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La guerra que une al mundo

El Mundial de Fútbol es, tal vez, la única creación humana capaz de detener el mundo 39 días. Una maravillosa escenografía de banderas, himnos, emociones y lágrimas.

hace 3 horas
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  • La guerra que une al mundo

El Mundial no es solo deporte. Es el único momento en que buena parte de la humanidad deja de pensar en sus guerras reales para pelear por su país en una cancha. Es, tal vez, la única creación humana capaz de detener el mundo durante 39 días. Una maravillosa escenografía armada de banderas, himnos, emociones y lágrimas.

Hoy arranca el Mundial de Fútbol más grande de la historia. Por primera vez, 48 selecciones disputarán la Copa en tres países al mismo tiempo —Estados Unidos, México y Canadá—, en 16 estadios y 104 partidos. Los números son casi obscenos en su ambición: la FIFA recibió más de 500 millones de solicitudes de boletos durante la fase de ventas del sorteo, un promedio de quince millones de peticiones diarias. Se esperan cerca de 6.000 millones de personas siguiendo el torneo. Las tres cuartas partes de la humanidad, pendientes del mismo balón.

Deténgase un momento en esa cifra. Ninguna guerra, ninguna elección, ningún fenómeno climático, ningún colapso financiero logra convocar a tantos seres humanos alrededor de un mismo evento al mismo tiempo. El 75% de la humanidad –si se nos permite la exageración– pone sus ojos sobre una pelota de cuero rodando sobre un rectángulo de césped, con veintidós hombres que la persiguen como si en ello les fuera la vida.

¿Qué tiene este juego que no tienen las demás instituciones que el hombre ha inventado para ordenar el mundo? El fútbol le da a cada nación la ilusión perfectamente igualitaria de que puede ganarle a cualquier otra. Cuatro países debutarán en este Mundial —Cabo Verde, Curazao, Jordania, Uzbekistán— y cada uno llegará a su primer partido con la misma esperanza matemática que Argentina, que Francia, que Brasil. Esa igualdad que la economía niega, que la geopolítica aplasta, el fútbol la simula durante 90 minutos. Y si alguno de los países “chicos” llega a hacerle un gol a las encumbradas potencias lo guardará en ese lugar sagrado de la memoria donde cada Nación guarda sus mejores trofeos, como hizo Colombia luego de ese gol a Alemania.

Por eso el fútbol no es solo un deporte. Es el único lenguaje que no requiere traducción, que entienden igual un pastor en Mali, un oficinista en Seúl y un niño en Medellín. Cuando Maradona le metió la mano a Inglaterra en 1986, el mundo entero supo exactamente de qué se trataba —aunque la mitad lo celebrara y la otra mitad lo maldijera–. Esa comunión simultánea de emociones opuestas es, en sí misma, una forma de civilización.

Pero hay algo más que este Mundial revela, y es quizás su dato más fascinante: 289 de los 1.248 jugadores que pisarán estas canchas representan a un país en el que no nacieron. Uno de cada cuatro. La nación, esa ficción solemne por la que los hombres han muerto durante siglos, resulta ser en el fútbol un lugar que se elige. Francia exporta 76 jugadores que defenderán otras banderas —muchos en Marruecos, Senegal o Cabo Verde–. Curazao llega al torneo con 25 de sus 26 convocados nacidos en Países Bajos. Achraf Hakimi nació en Madrid y es la gran figura de Marruecos. Michael Olise se crió en Inglaterra, podía elegir entre cuatro selecciones y eligió jugar por Francia. Solo ocho selecciones —entre ellas Colombia— viajan con plantillas nacidas enteramente en su propio territorio. El lugar donde te acunaron ya no dicta el escudo que besas al marcar un gol.

La guerra más bella es, al mismo tiempo, el negocio más rentable que el ser humano haya montado sobre una pasión gratuita. La FIFA proyecta ingresos de cerca de 11.000 millones de dólares en el ciclo mundialista 2023–2026. Todo el aparato industrial del entretenimiento global puesto al servicio de lo que, en su origen, fue apenas un juego de calle.

El Mundial en este 2026 tiene un sabor particular. El mundo llega a este torneo fragmentado como pocas veces antes. Se producen guerras reales en varios continentes. Hay muros levantados entre naciones que alguna vez fueron vecinas. Los algoritmos nos encierran en burbujas de rabia donde solo escuchamos lo que ratifica nuestros prejuicios. La polarización es el aire que respiramos cada día.

Y sin embargo, este jueves, cuando el balón ruede en el Estadio Azteca y 48 banderas distintas comiencen su particular versión de la guerra, algo extraordinario va a ocurrir: uzbekos, congoleses, portugueses, canadienses, marroquíes y colombianos van a mirar la misma jugada, al mismo tiempo, y van a sentir lo mismo.

Eso, en el mundo roto que habitamos, no es un dato menor. Es casi un milagro. Que ruede el balón. .

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