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Más que un campeonato, este Mundial terminó siendo un espejo. Y lo que reflejó no fue solo el buen nivel de nuestra selección, sino el carácter con el que solemos medir los triunfos y administrar las derrotas.
El fútbol saca algo de lo más profundo del alma de los colombianos que vale la pena analizar. Por supuesto que hubiéramos querido avanzar más en el Mundial. Por supuesto que nos ilusionamos con la idea de quedar campeones. Gritamos cada gol como si hubiéramos tocado el cielo con las manos y ese puñado de jugadores logró esa magia extraña de ponernos en otro plano de la realidad.
Pero dicho esto también es cierto que no faltaron las voces que decidieron convertir lo que fue un proceso lleno de emociones y de logros en una derrota. Colombia jugó bien, entusiasmó, la hinchada dio ejemplo y el equipo quedó entre los dieciséis mejores del planeta y, sin embargo, para algunos, la conclusión es “no ganamos nada”.
Más que un campeonato, este Mundial terminó siendo un espejo. Y lo que reflejó no fue solo el buen nivel de nuestra selección, sino el carácter con el que solemos medir los triunfos y administrar las derrotas.
Hay una enfermedad que consiste en creer que solo existe una forma legítima de triunfo: la copa levantada. Todo lo demás, el proceso, la mejora, el mérito relativo y la alegría honesta de un pueblo que se ilusionó durante un mes, queda reducido a descalificaciones e incluso insultos por un error o por no ganar la lotería de los penales.
Es significativo que varios de los jugadores más destacados del equipo decidieran publicar en sus redes sociales mensajes en los que por momentos parecieran estar pidiendo perdón. ¡No faltaba más!
Esa lógica empobrecedora es la misma que en la vida pública nos hace no reconocer los avances graduales del país porque no fueron la revolución total o que en lo personal nos hace sentir fracasados si no llegamos a la cima exacta que nos imaginamos. Los países que alcanzan grandes metas rara vez lo hacen persiguiendo milagros. Lo consiguen construyendo procesos, corrigiendo errores y entendiendo que el éxito suele ser la consecuencia de un método y de muchos intentos, no de un golpe de suerte.
Hay quienes dirán que ya llevamos muchos años esperando, y sí. Pero tal vez todavía nos falta madurar en algunos aspectos para lograrlo.
El exitismo no viene solo. Casi siempre llega acompañado de otra característica muy colombiana: la exigencia sin consideración. Exigir es fácil desde la comodidad de un sofá o de un teclado; lo difícil es correr noventa minutos con el peso de un país entero sobre los hombros. Quien exige sin haber medido nunca el costo real del esfuerzo –el entrenamiento invisible, la lesión, los viajes extremos, no estar cerca de la familia– exige desde la ignorancia. Hay una diferencia enorme entre la exigencia que empuja a mejorar y la que solo busca a quién culpar.
Ojalá este Mundial nos sirva para aprender. No tiene excusa una minoría que convierte la frustración en agresión. En particular hay un episodio que debería avergonzarnos como país: las amenazas contra la familia de Jaminton Campaz. No puede ser que un joven que le puso el cuerpo a un Mundial con la camiseta de todos, que espero con paciencia en el banco, que la primera vez que entró hizo gol y que luego en apenas una única oportunidad de ese último partido falló como lo pudo haber hecho cualquier otra estrella consagrada, haya tenido que preocuparse por la seguridad de los suyos por culpa de un enfermo cualquiera que desahogó sus propios fracasos en las redes sociales. No hay excusa posible para eso. Ni la pasión, ni la desilusión, ni la cerveza que se calentó viendo el partido. Amenazar a la familia de un jugador es barbarie.
Vale la pena recordar qué fue realmente este Mundial para Colombia. Nos devolvió la ilusión, que no es poca cosa en un país por momentos tan sufrido como el nuestro. Durante semanas, un partido de fútbol volvió a ser lo que debería ser siempre: una excusa legítima para creer juntos en algo. Y fuimos, en nuestra inmensa mayoría, una hinchada ejemplar. Circularon historias que vale la pena no dejar morir en el algoritmo: los hinchas colombianos que vivaron a Uzbekistán para consolar al pequeño hincha que lloraba desconsolado por la derrota ante Colombia, las ciudades y estadios llenos de colombianos sin una sola queja por nuestro comportamiento, y muchos otros gestos de solidaridad que se volvieron virales. Ese contraste, la barbarie de unos pocos frente a la nobleza de la mayoría, es también una fotografía de quiénes somos.
Colombia no salió campeona. Salió, eso sí, con una selección que compitió de tú a tú con el mundo, con una hinchada que en su gran mayoría estuvo a la altura del cariño que dice sentir y con una lección pendiente de aprender. El verdadero reto no es ganar un Mundial. Es aprender a reconocer el mérito antes de que llegue una copa. Porque los países que solo celebran al campeón terminan castigando precisamente los procesos que algún día podrían llevarlos a ganar la copa.