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Ojo con la machósfera

Esta marea de contenidos, que mezcla consejos de superación personal con resentimiento hacia mujeres, llegó con una penetración en Colombia que los números destapan: la discriminación por género en colegios creció 377%.

hace 3 horas
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  • Ojo con la machósfera

Las redes sociales han venido incubando uno de los fenómenos culturales más rentables, peligrosos y menos examinados de nuestro tiempo. La llamada machósfera, una tribu digital impulsada por figuras como el británico-estadounidense Andrew Tate, que se está expandiendo por América Latina.

Una marea de contenidos, que mezcla consejos de superación personal con resentimiento hacia las mujeres, ha llegado a Colombia con una penetración que los números parecieran destapar: la discriminación por género en colegios colombianos creció un 377% entre 2022 y 2025, ONU Mujeres incluyó al país como uno de sus focos prioritarios de intervención contra la machosfera, y las comunidades de seguidores de El Temach –la réplica mexicana del británico Tate– llenó el Teatro Astor Plaza de Bogotá en abril pasado con su conferencia ‘Solo’, con seguidores colombianos que se hacen llamar ‘el ejército de los compas’”.

No es un fenómeno virtual o una moda inocua: es un negocio que se lucra del malestar de los jóvenes, y sus efectos se están midiendo ya en el mundo real.

El mecanismo no es obvio. No empieza con un discurso abiertamente hostil hacia las mujeres sino con un video de gimnasio, un consejo de productividad o un tutorial sobre cómo “mejorar tu vida”. Los algoritmos de YouTube y TikTok hacen el resto. Como están diseñados para maximizar el tiempo de pantalla, saben que el resentimiento engancha más que la autoayuda. Un adolescente que busca “cómo ser más seguro” puede estar consumiendo, tres semanas después, contenido que le explica por qué las mujeres son hipócritas por naturaleza.

El modelo de negocio es sencillo y eficaz. Andrew Tate, la figura más visible de este ecosistema, construyó Hustler’s University, una plataforma de pago donde vendía cursos de “mentalidad de millonario” e incentivaba a sus suscriptores a compartir sus clips a cambio de comisiones, convirtiendo a sus propios seguidores en red de distribución. Llegó a declarar ingresos superiores a los diez millones de dólares anuales. Cuando fue expulsado de Instagram, TikTok y Facebook en 2022, su fama se disparó. Hoy enfrenta cargos por tráfico de personas en Rumania, un proceso que sigue en curso.

En Colombia, el equivalente más influyente es el mexicano Luis Castilleja, conocido como El Temach. Hace diez años era actor en Los Ángeles; después de una ruptura amorosa y varios fracasos laborales volvió a México y construyó un imperio digital sobre el resentimiento. Su hermana Alex, que ya no le habla, lo describe con precisión: “No me gusta decir El Temach porque para mí es una persona completamente distinta. Así que soy hermana del ser humano que él fue”. Con más de once millones de seguidores en América Latina, Castilleja admitió —según esa misma hermana— haber replicado deliberadamente el modelo de Tate. Su filosofía “Modo Guerra” promete despertar al “mejor hombre”: uno que debe ser duro, dominante, y cultivar con disciplina el resentimiento hacia las mujeres. Mezcla ese discurso con consejos financieros, cobra hasta 800 dólares por persona en talleres presenciales, y facturó cerca de dos millones de dólares entre 2025 y 2026 solo entre visualizaciones y Super Chats. El producto que vende no es autoayuda: es un culpable. Y ese culpable siempre tiene cara de mujer.

Lo que hace más peligroso este discurso no es su brutalidad sino su verosimilitud parcial. Una encuesta del King’s College de Londres a 23.000 personas reveló que más del 57% de los hombres de la Generación Z sienten que los avances en igualdad se han traducido en discriminación contra ellos. Ese malestar es real. La machosfera también construye sobre él una identidad: tiene su propio lenguaje —“pastilla roja” para quien “despierta a la verdad”, “beta” para quien no se suma— que funciona como código de pertenencia y hace que salirse cueste, porque implicaría perder el grupo.

Las consecuencias no se quedan en las pantallas. El Reuters Institute y el Centro para Combatir el Odio Digital documentaron que tras interactuar con un video de Tate, el algoritmo de YouTube recomienda contenido progresivamente más extremo en menos de cuarenta minutos. En Colombia, investigadores de la Universidad de los Andes han rastreado cómo estos contenidos circulan en grupos de WhatsApp escolares, trasladando la exposición fuera de cualquier control algorítmico.

La respuesta no puede ser la censura ni la estigmatización de quienes consumen estos contenidos. Si la machósfera gana adeptos es porque cubre un vacío real: muchos hombres jóvenes se sienten solos, sin referentes, sin espacios donde procesar la frustración sin que eso se interprete como debilidad. Atacar a quienes consumen ese contenido sin atender esa carencia es tan ineficaz como tratar un síntoma ignorando la enfermedad.

La responsabilidad es institucional. Las nuevas autoridades que asumirán a partir del próximo 7 de agosto tienen una tarea concreta: actualizar los manuales de convivencia de las instituciones educativas para incluir las nuevas modalidades de violencia digital, y diseñar programas de educación emocional que no sean talleres esporádicos sino parte del currículo. No para adoctrinar, sino para darles a los jóvenes herramientas que hoy no tienen.

Y hay un dato poderoso para querer hacerlo bien: las sociedades con mayor igualdad de género tienen mejores indicadores de salud mental masculina, menor tasa de suicidio entre hombres y mayor cohesión social. La igualdad suma, no resta.

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