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“Petro soñó con pasar a la historia como el rebelde que desafió al establecimiento. A dos meses de dejar el poder, se parece más al fundador de Macondo en sus últimos días: enfrascado en sus obsesiones y cada vez más distante de la realidad.”
El Colombiano
El presidente Gustavo Petro mostró de nuevo este puente festivo esa faceta de su personalidad que asusta y preocupa a Colombia: dedicó el día de descanso de la mayoría de trabajadores del país a lanzar diatribas, insultos y a tejer argumentos que resultan desmedidos, descontextualizados e indignos de su cargo.
Este domingo abrió X y no lo cerró en todo el día. La secuencia de sus mensajes es devastadora. Un bebé nace en el buque Benkos Biohó y en lugar de celebrarlo, lo utiliza para calificar a “algunos bogotanos” como “drogodependientes” porque necesitan medicinas de las EPS. ¿Qué pensará una mujer hipertensa, que tiene que tomar su medicamento todos los días, y descubre que el presidente la llama adicta?
Luego la emprendió contra RCN. El canal de televisión dijo, citando un informe de las Fuerzas Militares, que los grupos armados expandieron su territorio un 36%. Petro dijo que era “carreta” y que “si estudiantes de geografía me muestran un mapa de esos, los rajo y repiten el curso”. El Presidente descalificando a inteligencia militar desde su celular, como quien espanta una mosca.
A la revista Cambio le mandó dos sablazos: respondió a una columna diciendo que “la prensa llena de odio clasista” era la que había “pavimentado el camino del fascismo” en Colombia; y replicó otra tildándolos de encubrir ladrones, porque según Petro la venta de acciones de Ecopetrol fue “un robo al pueblo”.
También la emprendió contra El Heraldo. El diario de Barranquilla recordó que la Constitución no le permite al presidente actuar como hincha de una campaña electoral como lo está haciendo con la de Iván Cepeda. Petro respondió que tiene “derecho a defenderse”. Nadie se lo niega. Pero Petro hace rato perdió la capacidad de distinguir entre presidente y candidato.
A EL COLOMBIANO lo tildó de “ignorante” y habla de “brutalidad ciega” simplemente porque este diario publicó un perfil de Cepeda titulado: “El filósofo comunista que sigue los pasos de Petro”. Y tal vez el momento más crítico del día fue cuando replicó una columna del periodista Felipe Zuleta en El Espectador que invitaba a votar por Abelardo de la Espriella. Petro la retuiteó con dos palabras: “Heil Hitler”. 31 millones de impresiones y 136.000 interacciones. El presidente de la República le dice nazi a un columnista simplemente porque pide votar por un candidato.
Todo este inquietante espectáculo comenzó el viernes. Petro fue a Montería, siguiendo el plan de buscar votos en el Caribe para su candidato, y desde la tarima lanzó llamas para todos lados: habló de los que trataban a las mujeres “como si fueran vacas”; desafió a Trump: “Me pueden meter mil veces a la lista OFAC, pero no bajaré la voz” y se refirió a “los terratenientes que mandaban a sus hijos a estudiar derecho en Miami y entregaban sus hijas, reinas de belleza, a acostarse con los jefes paramilitares”.
Al otro día, sábado, publicó un meme sobre Yerry Mina, defensor de la Selección Colombia: puso una foto con él antes de viajar al Mundial, y otra del jugador mientras el expresidente Uribe hace una maniobra en un caballo alrededor suyo. Petro escribió: “Dignidad o nostalgias de hidalgos esclavistas”. Sin ninguna consideración por el deportista, Petro lo lanza al fango político y produjo una aterradora avalancha de comentarios racistas contra Mina en redes sociales. Cuando un periodista intentó señalar el absurdo, Petro lo llamó “torpe”. Ninguna disculpa para Yerry Mina.
El Presidente de la República termina los dos meses que le quedan de mandato como si fuera uno de esos personajes habituales en los parques, que se pasan los días hablando sobre lo divino y lo humano, jugando a destruir y a arreglar el mundo con arengas, convencidos de que tienen la solución de todos los males y de que solo ellos tienen la razón.
Y ahí se quedan para siempre en la mitad del parque. La gente pasa ya como sin verlos o sin ponerles atención, no porque estén equivocados en todo, sino porque ya nadie puede saber qué de lo que dicen es cierto y que es pura fantasía.
La tragedia para Gustavo Petro es que quiso ser el coronel Aureliano Buendía, el guerrero mítico, el hombre que perdió treinta y dos guerras, el que enfrentó al establecimiento. Pero, faltando dos meses para salir del cargo, terminó pareciéndose a otro personaje de Cien Años de Soledad, a José Arcadio Buendía en su ocaso de los últimos días.
José Arcadio, que alguna vez fue brillante, terminó atado al castaño del patio de su propia casa. Lo amarraron porque se volvió imposible de manejar dentro de la casa. Rompía cosas. Desafiaba la realidad física. Nadie podía razonar con él. Hablaba en latín con un hombre muerto. Vivía en un mismo lunes que se repetía sin fin.
Úrsula Iguarán, que lo amaba y que es quizás el personaje más poderoso de la novela de García Márquez, fue la que tomó la decisión de amarrarlo.
Mientras los Buendía se pierden en guerras, delirios, pasiones y locuras, Úrsula permanece. Es práctica, concreta, terrenal. No entiende la magia pero la administra. No comprende la política pero sobrevive a todas sus consecuencias. Cuando José Arcadio enloquece, ella lo amarra. Cuando la casa se cae, ella la reconstruye. Cuando los hijos se destruyen entre sí, ella recoge los pedazos.
Úrsula representa a Colombia. O a la gran mayoría de colombianos que sostienen a la Nación en medio de la locura.