Miles de negocios en toda la ciudad, desde los más organizados hasta quien está al frente de una cabrilla, vende mazamorra puerta a puerta o hace marionetas en un semáforo para ganarse la vida, tienen que pagarles a las bacrim para que los dejen trabajar o para que les garanticen “seguridad”. Lo peor es que ya la mayoría de las víctimas ni siquiera denuncian o porque no confían en las autoridades o porque creen que estas no proceden contra las bandas. Una nueva alerta sobre esta situación la dio el Concejo donde se denunció que lo anormal ahora parece lo normal.
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