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Árboles que son utilizados para las labores diarias

Además de proveer alimento, aire y frescura, los árboles también son aprovechados para que apoyen labores cotidianas en campos y ciudades.

  • El artículo 50 del decreto 1683 de 2003 en Medellín prohibió la instalación de avisos publicitarios en árboles. Sin embargo, hasta la misma Alcaldía los usa con este fin. FOTOS Juan Antonio Sánchez
    El artículo 50 del decreto 1683 de 2003 en Medellín prohibió la instalación de avisos publicitarios en árboles. Sin embargo, hasta la misma Alcaldía los usa con este fin. FOTOS Juan Antonio Sánchez
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03 de julio de 2016
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Como los pájaros, muchos son los humanos que viven de los árboles.

Y en los centros urbanos, donde cada árbol parece un oasis en el desierto, los entes vestidos a quienes les toca en suerte ser sus vecinos, pasar con ellos gran parte de sus días y, a la larga, gran parte de sus vidas, los aprovechan tanto como los pájaros carpinteros.

Los abogados clavan letreros de papel en los que ofrecen divorcios a 450 mil pesos; los artesanos, su servicio de esterilladores de sillas; los profesores, clases particulares de matemáticas y de inglés; los camioneros, trasteos... Y hay mecánicos que hasta les cuelgan una llanta, las hemos visto grandes como de volqueta, para indicar que ellos montan llantas en ese mismo sitio.

Eugenio García, “de los García de Valparaíso”, lleva más de cincuenta años en el oficio de cotero. Tiene setenta.

Quien lo ve, dueño de una figura delgada y poco fortachona; de altura normal; cabeza invadida de pelos blancos y la cara semipoblada de pelos blancos; sin que se le note, a través de la camisa, un morrillo en alguno de sus hombros, carga rastras de madera, incluso de más de 100 kilos: las de abarco.

Las lleva desde camiones estacionados en la vía, hasta el oscuro vientre de los aserríos, en Barrio Triste. Y siempre, siempre, desde que tiene memoria, ha puesto a cargar su morral con la ropa vieja a cualquiera de los árboles que embellecen la ancha acera de cemento que bordea el viaducto del metro. Mangos, carboneros, almendros, chiminangos y, más que todo, “ese pero de agua de la otra esquina se llena de morrales cada mañana. Tiene clavos y cada uno cuelga su bolso en uno de ellos. Tantos, que parece que la cosecha de la temporada no fuera de peras, sino de morrales”.

El suyo es azul. Y contiene un par de zapatos viejos, pantalones, camiseta y un retazo de dulce abrigo para proteger el hombro de cargar, el derecho, de los filosos bordes de los maderos, y para secarse el sudor de su frente cada que es preciso.

Los coteros, sansones independientes que llegan a ese sector a la espera de que los contraten para descargar los camiones madereros provenientes de Chocó, Urabá y el Nordeste de Antioquia, aguardan vestidos con ropa limpia a que les hagan una señal para ir a trabajar. Y mientras esto ocurre, dejan sus fardos en los árboles para estar livianos, por ahí, en grupos, conversando y tomando café.

“Por estos días, con el paro camionero, no están llegando tantos carros. Algunos de nosotros no alcanzamos a cambiarnos de ropa en todo el día y muchos deciden regresar temprano a la casa”.

El socio verde

«Se hacen trabajos con pasta y fibra. Tel. 314 57 40 978».

Es lo que alcanza a leerse, no sin dificultad, en uno de los ejemplares vegetales del mismo sector, llegando a la avenida Regional. Sobre un madero informe, parece escrito con un dedo inseguro untado de algún tizne negro o, bueno, tal vez de vinilo, pero dejando la impresión de que quien lo pintó disponía, en su momento, de apenas un centímetro cúbico de pintura y debió ajustarla con agua.

Otros, los de un restaurante de esquina, encuentran apropiado el árbol que tienen enfrente.

Las horquetas más bajas están ocupadas en sostener la caneca del agua de lavar las trapeadoras, dotada de canilla para mayor comodidad y, las más altas, en ser el apoyo de esos mismos utensilios, la parte de las tiras hacia arriba, descansando, secándose al sol, después de haber pasado las primeras horas arrastrándose entre la mugre... Y, como su suerte está más que escrita —que ni se creen falsas ilusiones—, no es preciso ser adivino para saber que cuando el astro se apague, se vaya el último de los comensales y las sillas del establecimiento vuelvan a estar patas arriba sobre las mesas, ellas retornarán a su lugar, el suelo, para revolcarse en los regueros de sopas y de jugos.

Los elementos

Vendedores mitigan la inclemencia de los elementos, el sol, la lluvia, atando desde temprano una tela plástica negra desde su expendio de golosinas hasta la palmera más cercana para formar un techo con ella. Y la cuerda les sirve de paso para colgar el pendón del letrero de ofrecimiento de telefonía: «$150 a cualquier operador».

Un vegetal sostiene el espejo en el que se miran los clientes de una tienda de gorras y gafas deportivas.

Otros, como el Flaco, un hombre de Carolina del Príncipe, que ha pasado más de cuarenta años en el Centro “oliendo humo de carros y viendo pasar gente” y, por supuesto, buscando sombras para situarse bajo su amparo a ofrecer herramientas de segunda mano, está sentado ante su cajón de hierros.

Un par de clavos de más de dos pulgadas están hundidos hasta la mitad en la corteza de su anfitrión desde hace dos años, cuando las autoridades municipales le ordenaron al carolinita trasladarse de un lugar para este.

Un racimo conformado por espátulas, llaves de boca fija de distintas dimensiones y copas de rache también disímiles, cuelga del tronco y forma de esta manera una extensión del negocio, que consiste en un cajón de madera parado sobre cuatro ruedas, con la tapa por encima, cuya superficie también sirve de banco de trabajo: del lado izquierdo, hay una prensa para sujetar tubos y poderles aflojar tuercas muy pegadas; del derecho, un esmeril movido a motor, para afilar machetes, cuchillos y tijeras; en el centro, el espacio preciso para reparar planchas.

Ese socio suyo es un pero de agua. Dio cosecha no hace muchos días, dice el Flaco. Él, contrario a muchos de los habitantes y los transeúntes del sector que se deleitan con los frutos dulces y carnosos, no es dado a comerlos.

“No hay como la poma campesina”, opina, mientras da una fumada a su cigarrillo.

Tanto a cambio de nada

Por todas partes se ven personas que recuestan su cansancio en los tallos enhiestos. También hay mujeres, vendedoras informales, que se sientan bajo los árboles a meter de a tres pares de medias por entre un cartón que las mantiene abrazadas y alistar así la promoción que más tarde pregonarán por las calles: “¡Tres pares de medias por dos mil!”.

Las Empresas Varias y la Alcaldía de Medellín aprovechan el pecho redondo de una palmera de la Plazuela Uribe Uribe para fijar un cartel en el que advierten que «Arrojar basuras y escombros en este lugar es ilegal».

Y en Junín, entre Ayacucho y Colombia, una cesta de basura anaranjada pende de un árbol de grueso tronco.

Y los dueños de «Coco del Conito», vaya uno a saber qué demonios es eso, pintaron otra palmera, esta en La Playa, para anunciar tal negocio. No hay teléfono ni dirección. Solo esas palabras escritas con pintura y formando cierta ondulación. Está borroso ya, por la intemperie, y pasa más bien inadvertido a hombres y mujeres que se detienen un momento a comer frutas o a tomar jugos en un expendio situado a los pies de la planta esbelta.

Los árboles, sí, los árboles son protagonistas de la urbe. Pocos seres hay en ella que brinden tantos servicios —aparte de aquellos propios de su naturaleza: dar aire y alimento— sin pedir nada a cambio. Y pocos son tan ignorados como ellos.

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