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Javier Mejía, el economista paisa que dirige en Stanford un programa para que los humanos florezcan en sociedad

Este académico y columnista paisa acaba además de ser elegido por la Universidad de Antioquia como el egresado del año. Hablamos con él de su historia y su trabajo.

  • Javier Mejía estuvo en EL COLOMBIANO hablando de la propuesta de Stanford, Civics Iniciative. FOTO horus thor amaya
    Javier Mejía estuvo en EL COLOMBIANO hablando de la propuesta de Stanford, Civics Iniciative. FOTO horus thor amaya
Luz María Sierra

Directora de EL COLOMBIANO.

hace 2 horas
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Nacido en Medellín y criado entre Nuquí y Pereira, Javier Mejía es un economista de la Univesidad de Antioquia con un Ph.D. en Economía de la Universidad de Los Andes.

Ha trabajado como Postdoctoral Associate (investigador contratado) en la división de Ciencias Sociales de la Universidad de Nueva York - Abu Dhabi y actualmente es el director de Minor, una especialización de la Civics Iniciative de la Universidad de Stanford que se basa en el pensamiento y la práctica cívica.

Hablamos con él para conocer sobre la iniciativa que lidera y su misión de hacer que los seres humanos florezcan en contextos sociales justo cuando el Consejo Superior de la Universidad de Antioquia anunció, este mes, que Jaime recibirá la distinción José Félix de Restrepo al Egresado Sobresaliente 2026.

Antes de hablar del programa en Stanford, cuéntenos de usted...

“Nací en Medellín, mi historia es larga, pero la puedo resumir así: mis papás se conocen en Medellín. Mi papá tiene el sueño de irse a vivir a la selva frente al mar y decide irse a Nuquí. Aventurar, porque además, en esa época, hace cuarenta años era bastante más remoto”.

Por lo menos no le había llegado la guerra...

“Aún no en ese momento, pero eventualmente llegaría. Y esa, entre otras cosas, es una de las razones por las cuales mi familia se fue de Nuquí. Pero él decide pedirle matrimonio a mi mamá y se van, pero mi mamá viene a Medellín para tener a mi hermano y a mí aquí, ya que en Nuquí no había un hospital bien dotado”.

Pero se devuelven para Nuquí...

“Sí, la primera infancia la pasamos en Nuquí. Después mis papás deciden irse a Pereira. La familia de mi papá es de Pereira y esa es entonces mi conexión con Pereira. Mis recuerdos de infancia son fundamentalmente los de allí y por eso el terremoto ha sido tan doloroso a nivel personal.

Yo eventualmente regreso a Medellín a hacer mi pregrado. Estudio en la Universidad de Antioquia”.

Justo lo acaban de elegir como el mejor egresado del año...

“Si, tienen un reconocimiento que se llama José Félix de Restrepo y se lo dan a un egresado cada año. Y bueno, este año me lo dieron a mí y estoy muy contento. Me avisaron esta mañana”.

Volviendo a Nuquí, ¿qué recuerdos tiene de su vida en esas playas?

“Muy poco y honestamente, mucho de lo que creo recordar no lo recuerdo, sino que son construcciones de historias de la familia (...) Las historias de Nuquí, de esa época, son historias macondianas. Yo empecé la primaria en Pereira, por ejemplo. Cuando me preguntan de dónde soy yo, me siento tan pereirano como de Medellín”.

Usted termina en la Universidad de Antioquia y estudió Economía. ¿Pero por qué hay una historia suya como profesor en Abu Dhabi, de la Universidad de Nueva York?

“Sí, yo termino el pregrado en la UdeA, regreso a Pereira, mis papás se habían mudado a Cartago, que es muy cerca de Pereira y ahí enseño en la Universidad Cooperativa y después me voy a hacer el doctorado en Bogotá, en la Universidad de los Andes y luego me contratan en Abu Dabi.

En el auge de la globalización, las universidades de elite americanas enfrentan una gran decisión y es cómo capturamos el mercado global. Y hubo dos modelos: uno el de Stanford o Harvard, que son campus universitarios y la demanda internacional va allí. Y otro el de la Universidad de Nueva York que representó la otra alternativa, que es ir a la demanda. Entonces se dio en una expansión grande y había sedes en otros lugares.

Hay tres grandes campus de NYU, uno es el de Nueva York, el otro es el de Abu Dabi y el otro es de Shangai, pero hay campus pequeños en diez o quince ciudades en el mundo.

El de Abu Dabi es quizá el más exitoso, más allá del de Nueva York. En buena medida porque por el respaldo financiero, entonces es un modelo de joint venture en el que la U. de Nueva York pone el nombre y la operación y la financiación es del Fondo Soberano de Abu Dabi”.

Es decir, los árabes mismos dicen: señores, vengan y les enseñan a nuestros jóvenes y nosotros les pagamos todo...

“Básicamente. Y entonces, en la época en la que yo llegué, estaba aún en su etapa inicial, debía llevar seis años. Y funcionaba mucho con lógica startup. Tal como estas compañías tecnológicas jóvenes las ponen a producir a pérdida por años mientras ganan escala, mercado, reconocimiento. Era un esfuerzo por atraer la mejor gente de todo el mundo con las mejores condiciones”.

No era solo para los árabes...

“No, la idea era hacer un centro de calidad internacional en el Medio Oriente, pero para atraer demanda de todo el mundo. Entonces, cuando llegué, el contingente más grande de estudiantes era de Estados Unidos con un 15 %, después era quizá el 12 % de emiratíes y el resto eran del mundo. Habían pocos colombianos”.

¿Y les tocaba pagar?

“A la mayoría, no”.

Es que era una cosa grandiosa...

“Sí, rápidamente la universidad empezó a tener mucho reconocimiento, los profesores eran extraordinarios, los estudiantes eran muy buenos. Pero en efecto, uno de los incentivos de los estudiantes era eso, las becas. Cuando la gente aplicaba en NYU podía decidir si quería aplicar a el campus de Nueva York, al de Abu Dabi o al de Shanghai, y el de Abu Dabi tenía una gran ventaja y era que tenía estas becas extraordinarias, que no solo era la matrícula sino que tenía pasajes para ir cada año a visitar a sus familias de vuelta”.

¿Cómo llegas a ser profesor?

“La academia tiene un mercado centralizado. Una vez al año hay una reunión, hay un mercado medio organizado y las cohortes de doctorandos, gente que se gradúa ese año, va a ese mercado. Y no solo a las universidades, algunas compañías tecnológicas contratan también doctores en economía o bancos centrales, el sector financiero va a contratar. Ese mercado ha entrado en declive por diversas razones, pero en ese momento estaba en auge y yo fui a ese mercado. Yo no conocía a nadie, tuve mucha fortuna. Yo trabajé por varios años en redes sociales, de las de verdad y mi perfil justo encajó con lo que parecían estar buscando. Es una de las grandes coincidencias de la vida. Llegué entonces a Economía, pero allá no tenía departamentos muy rígidos, entonces Economía estaba en una división que tenía también a los politólogos y a los sociólogos. Y eso lo cuento porque yo ahora soy profesor del Departamento de Ciencia Política y eso fue en parte gracias a la exposición que empecé a tener. La academia tiene unas barreras invisibles, súper fuertes”.

¿Barreras invisibles?

“Entre departamentos, disciplinas, que esa es una de las cosas que con este programa, al que haré referencia, queremos romper”.

¿Cómo pasaste de Abu Dabi a Stanford, California?

“Esa también fue una gran coincidencia. Me fui haciendo una reputación de ser un economista que podía hablar con más gente, no solo con economistas, sino con historiadores, con politólogos, con filósofos. Y en Stanford habían acabado de crear la iniciativa cívica de Stanford, y querían contratar un economista. Y empezaron a preguntar y me llamaron. En ese momento yo tenía un trabajo, vivía feliz en Abu Dabi. Tenía una vida plena. Entonces yo hablé con esta gente, nos caímos bien y sentí que tenía mucho sentido lo que querían hacer y decidí aceptar ese trabajo”.

Quiero que hablemos ya en particular de esta iniciativa, ¿qué es lo que quiere Stanford?, ¿cuál es tu papel ahí?

“Desde que me contrataron a mí en el 2021, se empezó a juntar gente interesada en una formación integral del ser humano. Lo que trata en parte es rescatar la idea clásica de la educación. O sea, si uno piensa en los primeros experimentos de educación formal en el mundo, en la Grecia antigua, en la academia platónica o el liceo aristotélico, tenían una gran misión que era buscar cómo el ser humano podía florecer en contextos sociales. El 90 % de lo que se hacía en ese contexto era eso. Los sistemas educativos, sobre todo una vez se empiezan a masificar en el siglo XX, empiezan a diverger y a buscar otras cosas, sobre todo a ofrecer habilidades que sean valoradas por el mercado. Entonces las universidades se profesionalizan y uno estudia para tener un diploma de periodista o de economista y lo que espera es que le enseñen cosas que le sirvan para que una vez salga pueda conseguir un trabajo y un ingreso.

Eso no es exactamente lo mismo que florecer en contextos sociales. Esa es la idea de Civics Iniciative”.

Así se llama la iniciativa...

“Sí, y ha estado creciendo. Y lo que ya tenemos es un minor (un minor es un programa, una especialización dentro del pregrado). Yo soy el director de ese minor que estamos lanzando. Todo esto es nuevo. El programa ha crecido mucho. Éramos cuatro personas al principio, ya somos doce o quince de economía, de filosofía, de ciencia política. Porque la pregunta del florecimiento humano no es trivial. Es una pregunta que exige pensar filosóficamente sobre qué quiere decir eso, qué quiere decir que uno florezca, pero también necesita tener explicaciones sobre las condiciones materiales: cómo se genera un sistema que le permita a la gente tener los bienes y servicios que le van a permitir florecer. Y también necesita un ángulo de ciencia política: cómo se pueden tomar decisiones para que los individuos logren prosperar”.

Es para que el ser humano se ubique en el mundo como ciudadano...

“Sí, y no solo a nivel individual, sino cómo se construyen sociedades donde no solo yo pueda prosperar, sino también la gente a mi alrededor. Porque una respuesta donde uno prospera pero el resto de su alrededor es miserable, no es una genuina respuesta al florecimiento. Entonces, ese es el espíritu y la forma en la que el fundador de la iniciativa, que se llamaba Josiah Ober, que es un experto en el mundo griego clásico, trata de justificar su existencia.

La universidad perdió su horizonte. Cuando se fundó Stanford a finales del siglo XIX se creó para eso, para hacer personas que pudieran florecer y aportarle a la sociedad, no para sacar a los mejores programadores que pudieran crear la mejor startup y más rentable del mundo, ni los mejores economistas. Y no hay nada de malo con eso. Pero el corazón de la universidad y sus estatutos fundacionales estaban basados en esa aspiración cívica”.

Entonces, qué tipo de materias, por ejemplo, va a tener el programa para ir comprendiendo mejor la idea...

“Lo que hemos hecho con el minor es pensar que las personas necesitan conocer las ideas sobre qué quiere decir prosperar y generar una sociedad funcional y cómo eso se implementa. Entonces tenemos verticales que son sobre eso: una es sobre pensamiento cívico, tenemos un curso que se llama Justice (Justicia), que habla sobre justicia distributiva. Cómo puede uno decir que una distribución específica de recursos es justa, cómo se distribuyen los pesos de esa generación de riqueza y qué le corresponde a cada quien. Ese curso es sobre eso, sobre las grandes discusiones que hay sobre ese tema”.

Cómo se inscribe este programa en este tema de la guerra cultural, ¿trata de tomar algún bando en la guerra cultural o más bien es tratar de que todos entiendan mejor qué está pasando?

“Esa es una muy buena pregunta y es una que nosotros hemos tenido que navegar con mucho cuidado porque, en efecto, sentimos que en buena medida somos una respuesta a esas preocupaciones: a un ambiente en el que se ha polarizado el pensamiento y la enseñanza. Creo que hay una preocupación genuina de universidades generando espacios donde no hay lugar para la discusión abierta, donde una monocultura se vuelve dominante y no se acepta ninguna visión alternativa”.

Y cuando hablamos que se toma una manera de ver el mundo, estamos hablando de lo woke que se ha tomado las universidades...

“Yo honestamente no creo que haya una gran teoría conspirativa detrás de eso. Si uno ve datos sobre el perfil ideológico de los profesores en las universidades americanas son bastante más alineados, están ubicados mucho más a la izquierda que, por ejemplo, el senador promedio en la Cámara de Representantes americano. Eso creo que es informativo. Y no tiene que ver solo con el perfil ideológico de los profesores. Las universidades son organismos, son espacios vivos donde las ideas florecen y proliferan.

El movimiento de Civics en buena medida ha florecido como una reacción a eso, pero no en el sentido de que lo que se quiere es apoyar al bando opuesto y lo que tenemos que hacer es mover la distribución de la ideología del sistema al otro lado, sino que lo que tenemos que hacer es procurar que la universidad retorne a reflexiones que permitan nuestra coexistencia”.

Más hechos y argumentos que ideología, ¿o no?

“En efecto. Entonces el minor no solo trata de ofrecer que los estudiantes estén familiarizados con las ideas. También hay una serie de cursos sobre los hechos. Entonces, la mayoría de los cursos que yo doy como economista tienen que ver con la historia del mundo, qué sabemos de la evidencia de la historia y qué sabemos de la evidencia de los datos. Yo doy un curso sobre desarrollo económico con muchos elementos de filosofía moral en los que hablamos del por qué ciertas sociedades son más ricas, más allá de si es eso justo o no, ¿cómo hicieron para ser más ricas? ¿Cuál es la evidencia que tenemos al respecto? Eso es importante, una conversación donde podamos llegar a acuerdos, que tengamos primero claros cuáles son los hechos.

Pero además, no solo el espíritu del programa es que las conversaciones existan en el papel, sino que puedan tener lugar en el aula. Entonces, la mayoría de nuestros cursos están diseñados para ser seminarios donde queremos fortalecer las habilidades cívicas como poder tener conversaciones con gente que piensa distinto a uno y tolerar eso y llegar a acuerdos e identificar dónde están los desacuerdos. Y es sobre la base de eso que pueden emerger sociedades prósperas.

Nosotros creemos que este programa es una respuesta no solo la expansión de la monocultura en los campus universitarios, sino también el deterioro democrático que es visible en buena parte de Occidente. Es tratar de procurar que las generaciones que vienen puedan coexistir con otros que piensan distinto sin imponerles sus visiones”.

Precisamente una de sus columnas, que a mí me ha llamado más la atención, habla del tema de la desigualdad en Colombia, que ha sido como una bandera de ciertos sectores políticos: decir que Colombia es el país más desigual del mundo y con esa teoría, avanzan en su campo político. Pero usted hizo un estudio y mostró que no es del todo cierta esa apreciación...

“Siento que en el ambiente en Colombia se ha hecho un poco más abierta esa discusión, pero cuando yo empecé a hablar de eso era tremendamente controversial y no era muy favorable. Yo escuchaba que Colombia era el segundo país más desigual de Latinoamérica y que Latinoamérica era la región más desigual del mundo. Yo tenía problemas con esa afirmación por varias razones. Por un lado, después de haber vivido en el Medio Oriente, a mí no me cabía en la cabeza pensar que la brecha entre los pobres y los ricos en Colombia fuera mayor que en algunas de las ciudades del Golfo. Simplemente no era posible.

Y si uno viaja por el resto de Latinoamérica, una cosa que uno oye y es muy simpática, es que en México le dicen a uno exactamente lo mismo: México es el segundo país más desigual del mundo. En Brasil dicen lo mismo, en Chile y Perú igual, y no todos podemos ser los segundos más desiguales del mundo.

Pero había un extraño orgullo respecto a ese puesto, y cuestionarlo de alguna forma nos quitaba algo especial. A mí eso siempre me generó incomodidad y una vez uno empieza a ver los datos con suficiente cuidado, se da cuenta que eso simplemente no es el caso. Colombia es un país muy desigual, pero también lo es México, Perú, Brasil y simplemente decir que es el segundo más desigual del mundo no aporta mucho (...) Mucho más importante es pensar cómo está estructurada esa desigualdad”.

¿Hay diferencias en la desigualdad?

“Sí, la desigualdad latinoamericana, pero sobre todo la colombiana, es muy distinta a la desigualdad americana o a la desigualdad, en donde están concentradas las acumulaciones de recursos. Entonces, cuando uno quiere pensar la desigualdad, por ejemplo, en Estados Unidos, realmente uno lo que debe pensar es en los empresarios billonarios. Elon Musk tiene más riqueza que la persona promedio, que la persona que trabaja en un almacén de Wallmart que tiene que hacer muchos turnos para cubrir sus gastos básicos y hay cientos de billonarios en Estados Unidos que han hecho sus recursos a partir de utilizar el capital.

Si uno piensa en la distribución de ingresos en Colombia y ordena al que gana menos y los va acumulando y se va al 1 % que gana más, ahí tradicionalmente lo que han habido son empleados de altos ingresos, personas que fueron a la universidad, que tienen posgrados, de ingresos cercanos a los diez, quince millones de pesos, cosas así. Entonces la distancia grande no está en empresarios a los que el mercado les permite hacerse tremendamente ricos, sino en una élite amplia que puede usar sus conexiones para acceder a oportunidades que no son disponibles para el resto. Y hay muchas razones para eso, muchas de ellas tienen que ver con la historia del país, su tradición colonial y demás.

Pero entonces, en ese caso, por ejemplo, si uno piensa en soluciones concretas a la desigualdad, si uno enfrenta una desigualdad como la de Estados Unidos, lo que tiene más sentido es capturar recursos del capital al que el mercado lo está favoreciendo un montón y distribuirlos. Si lo que distancia a los ricos aquí y a los pobres no es el capital físico, el capital financiero, sino sobre todo el capital social, eso no es realmente una solución útil. Lo que se va a hacer con eso es afectar a gente que ya está viviendo en un sistema que no es particularmente favorable para ser empresario y hacer grandísimas fortunas.

Lo que la gente cuestiona es que uno se siente cómodo con la desigualdad. Creen que uno sale a la calle y ve a alguien recogiendo cartón de la basura y que uno dice: ‘eso está bien, qué sociedad tan buena la que tenemos’ y no, no tiene que ver con eso. Tiene que ver con que el correcto entendimiento de los fenómenos sociales es lo que le sirve a uno para pensar en alternativas que realmente sean efectivas. Porque un sistema que ataca al capital y lo que trata de hacer es que los mercados funcionen aún peor no va a ser que el país sea mejor, lo que va a hacer es quizá todo lo contrario”.

También tuviste una columna reciente que tuvo mucho impacto en la que recogías el poema If, (Sí, en español) de Rudyard Kipling para hablar del carácter del hombre...

“Lo que yo trataba de hacer con eso era hacer reflexionar sobre cómo hemos quedado huérfanos de un ideal, no solo de hombres, sino de liderazgo realmente. Y eso es algo que es inevitable sentirlo. Si uno piensa en buena parte de los líderes de la región y del mundo es gente que no parece ponerse al frente de las situaciones difíciles, que si algo pasa y sale mal, lo que hace es tirar al agua al primero que encuentra, que busca priorizar su interés y no el interés colectivo. Que esos son principios que en los que yo me eduqué, muy alineados con lo que describió el poema de Kipling, que es una serie de valores en los que uno debe enfrentar la pérdida con honor y si tiene éxito, no debe vanagloriarse de eso, sino entender que la suerte es parte tanto de la mala fortuna como la buena fortuna, que uno debe ayudar a los demás, pero no dejar ser utilizado por ellos, eran los principios clásicos de el honor y la hombría”.

¿Y te inspiraste en alguien para hacer esa columna, en algún líder?

“Yo creo que uno puede pensar en la historia mundial y identificar figuras. Si uno piensa en gente como Winston Churchill o algo así, que en buena medida fue criado bajo este paradigma moral victoriano, uno encuentra elementos de ese estilo, es decir, el no salió corriendo al primer peligro. En el contexto colombiano, yo creo que a pesar de la muy mala reputación que tienen los políticos en Colombia, yo creo que Colombia ha tenido grandes líderes, Colombia ha enfrentado contextos muy difíciles y uno piensa, por ejemplo en Barco, yo creo que es una figura que tuvo muchos de esos elementos: enfrentó el terror del narcotráfico en una situación donde su salud se deterioró. El gobierno de Gaviria mismo. Uno podría decir algo parecido, aunque sea más controversial, del presidente Uribe. Y uno también puede identificar otros en el contexto colombiano que ante la adversidad, la forma que tuvieron de reaccionar fue echar la culpa a otros. Y uno no debe ser aquí demasiado purista, porque los líderes son hombres y tienen fallas.

Yo escribo la columna y después grabo. Tengo un canal de YouTube y como las columnas son un formato tan corto y quedan tantas más cosas por decir, hablo sobre las cosas que no dije. Una de las cosas que sobre las que hablaba respecto a esa columna es que ese ideal de la hombría –que no tiene nada que ver con el género, sino de los ideales de liderazgo– tiene un elemento trágico y es que es difícil sostener eso y es fácil de falsear, porque qué quiere decir ser honesto y decir la verdad aunque cueste. Es fácil decir que uno es honesto y todos los políticos dicen yo soy muy honesto y encuéntrenme una mancha y están llenas de manchas. Contrario a otros atributos que son fácilmente negables, muchas de estas virtudes existen en la esfera privada. Entonces es muy fácil ser engañado por el esfuerzo por encarnar esos principios. Lo que yo siento que ha pasado es que ya a los líderes ni siquiera les interesa falsear esos principios. Y eso creo que es un cambio, y creo que eso hace mucha falta. Si volvemos a como el espíritu del programa en Stanford sobre cómo podemos generar sistemas que le permitan al ser humano prosperar, en buena medida eso exige el forjamiento de carácter de personas que digan bueno, yo debo estar dispuesto a sacrificar algo de mi bienestar para que otros estén mejor. Y eso es necesario. O sea, la ausencia de esos ideales creo que nos está haciendo falta”.

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