Siete cabezas, de Jaime Osorio Márquez

Ni cine de género ni de autor

Íñigo Montoya

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El páramo (2011) es una de las películas más destacadas que se han hecho en Colombia en los últimos años, esto bajo el criterio del buen equilibrio que consigue entre un cine que logró conectar con un público amplio y sus cualidades cinematográficas reconocidas por la crítica en general. Es una película que juega hábilmente con la atención del espectador, insinuándole que se trata de una historia de horror, pero que poco a poco y con precisión va transformando el relato en un thriller sicológico.

Con Siete cabezas este director parece que quiso permanecer en ese territorio atmosférico del horror, la tensión y el thriller sicológico, pero esta vez ya no pensando tanto en los esquemas y recursos del cine de género sino más bien en los gestos y la contención del cine de autor. Porque también esta historia se desarrolla en un apartado lugar (un parque natural), sometido a extrañas y amenazantes fuerzas que parecen acechar a sus protagonistas.

¿Pero quiénes son los protagonistas? ¿El callado y misterioso guardabosque o la mujer embarazada y su esposo que se encuentran realizando una investigación? El punto de vista pasa de un lado a otro y por eso resulta difícil identificarse con alguna de las miradas: la bióloga que parece sospechar algo y sobre quien el relato trata de insinuar que se cierne un peligro o el ambiguo guardabosques, que no se sabe bien si es víctima o victimario, y tampoco termina convenciendo esa explicación de la condición que padece, la cual es del todo contraria, por lo extrema y singular, a ese tono realista y de cotidianidad que plantea todo el relato.

Entonces el director hace un doble juego con el relato y el espectador, donde ese tono propio del cine independiente o de autor (silencios y planos largos, ausencia de un conflicto evidente, imágenes sugerentes y acciones triviales) se contradice un poco con las imposturas del cine de género,  con los efectismos de la música, las falsas pistas y la aparición de un extremo motivo desestabilizador que padece el protagonista.

De manera que la película no termina siendo ni cine de género, porque no consigue los efectos del cine de horror o del thriller, ni tampoco una historia que diga algo significativo o potente de sus temas y personajes. Es cierto que consigue crear una atmósfera de extrañeza y opresión, pero eso solo es el ambiente propicio para que sucedan o nos cuenten unas cosas que nunca pasan ni nos dicen.

El viaje, de  Nick Hamm

Las dimensiones del diálogo

Oswaldo Osorio

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Para dialogar se necesitan dos, pero también una oportunidad para hacerlo. Esta película es sobre esa oportunidad histórica que podía acabar con una guerra civil de cuatro décadas en Irlanda del norte. La premisa inicial es muy básica: poner a conversar a dos enemigos, y la acción lo es más todavía: comparten un viaje de tan solo 84 kilómetros en un carro, y aun así, el director logra un relato dinámico, tenso, complejo y reflexivo.

Es el año 2006. Ian Paisley, ministro protestante y líder del Partido de la Unión Democrática, y Martin McGuiness, ex combatiente y líder del Partido Republicano Sinn Fein, son dos extremistas con una posición irreconciliable sobre al conflicto, sus razones y su odio frente al otro. Si bien estaban sentados en la mesa de negociaciones, estas poco o nada avanzaban ante los radicalismos de ambos bandos. Solo un arriesgado plan, mediado por el gobierno inglés, podía ser la esperanza para algún acercamiento.

El viaje que emprenden estos dos hombres no solo es el recorrido hacia un aeropuerto, sino también hacia las diversas posibilidades de un diálogo entre dos opositores que, de entrada, ni siquiera quieren conversar. Así que son las palabras y los argumentos donde se encuentra el drama, la acción, la construcción de personajes y el contexto de esta historia. Una interlocución que va desde la negación de la comunicación, pasando por la hostilidad y las recriminaciones, hasta la eventual empatía y la circunstancia de poder ver en el otro a un hombre con sus razones y no a un enemigo mortal.

El accidentado diálogo entre los dos líderes consigue exponer las distintas posiciones y puntos de vista de este conflicto, incluso reconstruir los momentos más críticos de esta confrontación. Es posible entender el radicalismo del predicador que reprocha todos los actos de violencia y terrorismo ejecutados por el IRA; así mismo, la necesidad de los insurgentes de obtener su libertad y derechos pagando el precio moral que exige una guerra; pero también, y sugerido con sutileza, la secreta urgencia de ambos por acordar la paz por el bien de todos.

Pero tal vez lo más duro de esta película es que, en últimas, a pesar de conseguir finalizar un conflicto largo y fratricida, no es una historia sobre la reconciliación, sino sobre política. Tal vez la reconciliación y el perdón llegarán paulatinamente a mediano o largo plazo, pero el mecanismo que logró un acuerdo fue la política, esto es, una negociación del poder. Es por eso que deja un sabor agridulce este histórico episodio, pues lo que se consiguió fue por intereses de poder inmediatos, pero también se consiguió porque dos hombres pudieron acercarse y conversar.

Esta historia resulta muy significativa en la coyuntura política que vive Colombia actualmente. Aunque ya está firmado el tratado de paz con la guerrilla, aún hay una incomunicación de los extremos que lo atacan y lo defienden. Son voces gritando desde orillas opuestas y que se desatienden mutuamente. Tal vez al país le falta eso que propone esta película: crear la oportunidad para que los hombres, y no las ideas radicales, se acerquen a hablar, aunque sea de sus intereses, pero buscando el bien común.

Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

Las lágrimas de los androides

Oswaldo Osorio

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Es una osadía creativa y un riesgo económico hacer, 35 años después, una segunda parte de una de las películas más emblemáticas de la ciencia ficción y uno de los más grandes filmes de culto de todos los tiempos. En 1982 la cinta de Ridley Scott cambió este género cinematográfico, que andaba en peligro de infantilización con Star Wars, y lo hizo desde su propuesta estética, la complejidad en sus planteamientos éticos y su conexión con el cyberpunk.

Esta segunda parte continúa la historia, veintiún años después, con un cazador de androides (Blade Runner) que no tiene un trabajo tan simple como el de su antecesor, Richard Deckard, quien tenía que “retirar” a cuatro “replicantes” y solo hacia el final vislumbra ese componente humano de estos seres sintéticos, esbozando con ello la cuestión ética de los sentimientos de los replicantes que estaba planteada desde el texto de Philp K. Dick, autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

En esta segunda entrega, en cambio, de su protagonista, el agente K, de entrada sabemos que él mismo es un replicante y un Blade Runner, entonces en adelante todo es ambigüedad, tanto para para el agente como para el espectador, pues él y los otros seres que no son humanos están cargados de una serie de gestos y necesidades que se mezclan con el automatismo e insensibilidad de su naturaleza artificial.

Pero lo que hace más de tres décadas empezaba ser una reflexión ética novedosa y compleja sobre la inteligencia artificial, ahora sorprende muy poco porque ya estamos harto familiarizados con este tipo de personajes. Incluso, en esta película de Villeneuve, esa ambigüedad del androide con sentimientos termina siendo más bien un confuso comodín que juega con el espectador, pues nunca se establece bien los límites de la combinación humano – máquina, y en ese caso todo vale.

De otro lado, la base de la trama es, en esencia, simple: buscar a un niño que puede ser la clave en esa relación entre humanos y androides. Además, apela al esquema de ponerle perseguidores al perseguidor, y de esta forma mantiene dinámica esa trama y la provee de giros sorpresivos. Y todo esto se desarrolla en ese particular tono propuesto por la primera entrega, que es lo que resulta más atractivo de este título, un tono que tiene que ver con el pesimismo y oscuridad propios de las distopías y de la estética cyber punk, con la música de Zimmer y Fisch  que se inspira en la célebre banda sonora de Vangelis, con la sombría carga de un oficio condicionado por la muerte y, sobre todo, con esa pesadumbre causada por los dilemas de identidad personal y emocional de una máquina que parece un hombre.

De ninguna manera esta entrega es decepcionante frente a esa obra maestra que la precede, y ciertamente propone un giro adicional a esa cuestión ética sobre la inteligencia artificial (ese giro es la naturaleza y la identidad del niño). Pero sin duda ya han pasado muchas películas bajo el puente del primer Bade Runner, que no permiten que este nuevo título sea algo más que un estimulante émulo de aquella fascinante y aún vigente pieza de Ridley Scott.

Mother!, de Darren Aronofsky

De cómo preservar la vida… En filmes muertos 

Diana Carolina Gutiérrez – Escuela de crítica de cine 

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Entre odiado, docto confundidor de audiencias y laureado director de obras magnas se encuentra Darren Aronofsky con su última película Mother! (2017), extraña mezcla entre drama habitado por el suspenso y thriller psicológico mal logrado. Sin embargo, al osado Aronofsky lo han puesto junto al surrealismo místico de Jodorowsky o la grandeza cinematográfica de Lynch y Polanski. Surge en este sentido una pregunta fundamental para la crítica cinematográfica: ¿Hasta qué punto es válido, aceptable, viable, romper las tramas al espectador de tal manera que queda una desazón desestructurada?

Si se miran sus antecedentes como director, hay un asunto con los juegos psicológicos, como en La fuente de la vida (2006) o el Cisne Negro (2010) donde los personajes se debaten entre la cruda realidad y un “otro-mundo” imaginado en el cual se represa el inconsciente; mismo caso, más lisérgico, es el de Requiem for a Dream (2001).

Esa presencia de la complejidad de la psique humana se ve también en Mother! Una pareja -él, escritor y ella, ama de casa entregada a su marido y a forjar su hogar- son cuestionados por la repentina visita de dos desconocidos que misteriosamente se van inmiscuyendo en la vida del matrimonio, siendo bien recibidos por el escritor, pues ve en lo desconocido la posibilidad de creación, ocasionando en su mujer un constante malestar. Sin embargo, su esposa, carente de satisfacción en algunas especificidades y él, volando en un mundo absurdo falsamente poético, llevarán el estado de calma hogareño a un caos confuso, cruento y desmedido.

Es necesario hablar de la dirección de fotografía y dirección de actores para plantear de manera exacta una postura negativa sobre el planteamiento dramático del filme. Es claro que la historia se cuenta más desde ella que desde él; los constantes close ups de su rostro, los escorzos desde su visión y la cámara tipo thriller siguiendo todas su acciones por la casa nos dan falsas sensaciones de una película de terror que no va a consumarse.

¡Esto no está mal!, sin embargo, son esos close ups y seguimientos los que plasman una sensación de confusión premeditada, forzosa, como si le dijeran al espectador: ok, es momento para que le mire los pezones a Lawrence mientras le transmite la sensación de que algo malo va a pasar, y nada pasa y se ve en pantalla un recorrido vacuo por una sala vacía donde explotan el ícono por el ícono, nada poético, nada profundo, nada que cuente más y se va sintiendo quien mira como un idiota paranoide.

Si bien hay movimientos hacia detalles con asociaciones que pasan de lo físico a lo mental (una grieta en la pared que lleva a una idea, agua que se asocia con delirios), poco a poco todo se va haciendo difícil de creer, y no a la manera de Dogville (2003) que plantea un absurdo creíble, sino soso, arrastrándose cuadro por cuadro.

Hay una falencia constante culpa de los tiempos manejados para cada escena, pues gran cantidad de planos no dan el tiempo suficiente para generar la verosimilitud de extrañeza que se quiere generar con la mujer, ni para demostrar cómo surgen las ideas literarias en el hombre; más bien parece que el escritor se agarrara de una musa repentina que le trae como vómito su mejor texto en un pedazo de pergamino a la antigua. Asimismo, el caos o la muerte llegan de la nada -aunque esto es entendible para la sensación de absurdo dramático que el director propone- y no se sabe si atrae tal espectáculo o si es por completo falaz.

El asunto de la metáfora con la feminidad desde las heridas y la sangre, la presencia de la mujer/madre y la sensibilidad propia de la misma es de resaltar en el filme. En ella habitan fantasmas mentales que cumplen la función de generarle frustración matrimonial, presión y autoexilio donde ella misma teme que su hogar ideal sea un hogar-pesadilla, y su paraíso, condena dentro de esas situaciones sin aparentes causas lógicas que se van haciendo más cruentas, y en parte termina por sostenerlas un buen montaje sonoro, no su fuerza dramática, aunque esbocen cortísimos instantes lúcidos.

Los desconocidos a la casa son al relato como las preguntas incómodas al hombre, ese cuestionamiento que arranca lentamente un pedazo de nosotros, y si desgajan el primer pedazo, probablemente desgajen hasta los huesos -¿Cómo preservar la vida?- Le pregunta el escritor a su esposa, pero ni su literatura, ni sus acciones difíciles de digerir conservan la escasa vida del filme.

Entre tramas mal anudadas, este híbrido parece sembrar en el espectador la importancia de entregarse en cuerpo y alma al proceso creativo que es tan humano, aunque a veces vencido por la vanidad propia de la estrella y la banalidad oriunda del fan; solo queda, sin embargo, un desasosiego fílmico regurgitado. Y si hablan de poetas, hay que cerrar con una frase de Huidobro que le queda demasiado bien a esta peliculita: Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas! Hacedla florecer en el poema. En esta película, claramente, lo único que florece son desiertos de palabras.

Barry Seal: solo en América, de Doug Liman

Con Dios y con el diablo

Oswaldo Osorio

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Con tanta producción en cine, televisión y hasta en plataformas como Netflix sobre el narcotráfico en Colombia, y en especial sobre la figura de Escobar, resulta refrescante y más atractivo ver una película que propone lo que muchos, desde este lado del problema de la droga, han insistido en tener también en cuenta: que este asunto debe ser mirado en doble vía, tanto desde los productores como desde los consumidores.

Aunque esta película va más allá, mostrando que no solo se trata de consumo, sino también de corrupción, aun en el más alto círculo del país del norte. Y esta historia, justamente, da cuenta de un punto en común y de enlace entre uno y otro universo: Barry Seal, el piloto estadounidense que, en los años ochenta, trabajó simultáneamente para el Cartel de Medellín y para la CIA.

Este filme es el recuento de esos agitados años, cuando los carteles de la droga estaban consolidándose, aunque aún no eran un gran problema, en cambio la Guerra fría todavía determinaba la política mundial. Entonces el relato que proponen aquí Tom Cruise y el director Doug Liman, no solo son las aventuras de un aguerrido y ambicioso piloto que trabajaba para Dios y para el diablo, sino que, adicionalmente, plantean una cuestionadora mirada a la política estadounidense, ya desde sus agencias de inteligencia así como del gobierno mismo.

Y tanto la estrella de Hollywood como este director de acción lo hacen no sólo decorosamente sino que consiguen una película inteligente y entretenida. El personaje logra tener una dimensión más allá de los lugares comunes del mero héroe de acción. Aunque es cierto que conserva muchos de los gestos propios de todos los heroicos roles de Cruise. Pero hay que reconocer que, con mayor frecuencia, este actor ha optado por papeles que, como este, son más ambiguos en sus planteamientos éticos y en sus capacidades como héroe: Jack Reacher, Al filo del mañana, Oblivion, La guerra de los mundos, Colateral.

La presencia de esta película en nuestra cartelera también tiene un componente extra cinematográfico, más ligado con el aspecto industrial del cine y, específicamente, en su relación con la ciudad de Medellín, pues fue una de las primeras producciones que apeló a los beneficios de la segunda Ley de cine y a los incentivos adicionales que esta ciudad está otorgando para promocionarse como escenario de rodajes. La experiencia fue muy positiva, según Juan David Orozco, Director de la Comisión Fílmica de Medellín: Trajo un gran flujo de dinero a la ciudad (más de seis mil millones), se reafirmó como buen destino de rodajes internacionales y hasta le dio un giro al tema del narcotráfico, poniendo el reflector en la participación culposa de los agentes externos.

Armero, de Christian Mantilla

Melodrama sin catástrofe

Iñigo Montoya

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Más de tres décadas después, se realiza la primera película de ficción sobre la tristemente célebre catástrofe en la que la erupción del Nevado del Ruiz conllevó una avalancha que arrasó con el municipio de Armero. La producción es apenas poco más que modesta y con cuestionables recursos tanto en lo cinematográfico, como en los efectos utilizados y en su definición como cine de catástrofe, y aun así, tuvo un sorprendente buen recibimiento por parte del público en su primera semana, en la que fue vista por casi cien mil espectadores.

El gran problema de esta película es que desatiende por completo las reglas del esquema esencial del cine de catástrofe, las cuales le hubieran asegurado al menos una solidez en términos argumentales y narrativos. Y ese esquema dice que en el primer acto del relato se presenta a varios personajes representativos en su diversidad de la comunidad de la que hacen parte, para luego, durante el largo segundo acto y después del hecho catastrófico, seguir su drama, ya sea uno a uno o reunidos como grupo, mediante el cual luchan por su supervivencia, que es el conflicto supremo en cualquier historia; para en el tercer acto, dar cuenta de los sobrevivientes finales y hacer una resolución abierta.

Los guionistas de esta película, en cambio, solo escogen a dos personajes y los trenzan, durante el primer y segundo acto, en un melodrama trillado y sin interés sobre el conflicto de no poder tener hijos. La catástrofe la dejan para el clímax y rápidamente en la resolución dan cuenta de lo que les pasó a esos dos protagonistas con los que difícilmente pudo haber alguna empatía. En otras palabras, nos cambian todas las posibilidades dramáticas y de tensión de un drama de supervivencia ante una catástrofe, por un melodrama largo y sin mucho impacto.

En medio de eso, hay una denuncia puesta en escena de una forma más bien burda y obvia, en la que los políticos de turno, y hasta el cura, cargan con las culpas de una tragedia que se pudo evitar. Así mismo, es inevitable reparar en los efectos especiales utilizados para representar la catástrofe, los cuales, si bien resultan apenas comprensibles para el bajo presupuesto con el que contaba la producción, de todas formas, para los estándares del cine que vemos ahora en esta era digital, realmente se antojan más bien precarios, cuando no por momentos inverosímiles o toscos.

Mother!, de Darren Aronofsky

La casa tomada

Oswaldo Osorio

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Hay películas que no permiten ser juzgadas con certeza y de inmediato como buenas o malas, que no es posible reducirlas a esos dos extremos e, incluso, decidir si en últimas nos gustó o no. Hay piezas, como esta, con la que Darren Aronofsky dividió al público del Festival de Venecia entre abucheos y aplausos, que desconciertan, para bien y para mal, por lo que lo mejor es asumir una posición ante ella tan ambigua como el mismo sentido y calidad de la película lo es.

Aronofsky en su corta filmografía (este es su séptimo largometraje) ya nos ha acostumbrado a ese sentimiento de perplejidad que deriva en duda sobre las cualidades de su obra. Ocurrió con Pi (1998), La fuente (2006), El cisne negro (2010) y Noé (2014). Solo parece haber consenso con Réquiem por un sueño (2000) y El luchador (2008). Pero independientemente de las posiciones encontradas, lo cierto es que se trata de un cineasta con una obra inquietante, provocadora y llena de virtudes, aunque no necesariamente consistente.

Mother! (2017) empieza con el esquema de la “casa tomada”, incluso flirteando con el de la “casa embrujada”. Por eso surgen las dudas sobre la naturaleza e intención de lo que estamos viendo. No se sabe bien si es una amenaza real lo que se cierne sobre el personaje de Jennifer Lawrence o es el jugueteo engañoso de un drama sicológico, como ocurre con El cisne negro, por ejemplo. Pero lo que sí es muy real y efectivo emocionalmente es la presencia de esa familia de intrusos que se salen de control y llenan de desesperación y zozobra a la protagonista y, de paso, a los espectadores.

Porque hay dos cosas que se mantienen firmes en ese, a veces, absurdo e inconsistente universo que construye aquí este director: nunca el relato sale de esa casa y el punto de vista siempre está con ella, esta mujer que termina siendo víctima del egoísmo de su esposo, de una casa que se comporta como una entidad enferma y de los mismos excesos y efectos de un Aronofsky, quien la somete a las situaciones más estresantes, extremas y hasta inverosímiles, para provocar todo tipo de sensaciones y reacciones en el espectador: miedo, sorpresa, fascinación, aburrimiento, perplejidad, emoción, desorientación…

La historia está planteada en dos grandes actos: el primero, es cuando esta familia se toma la casa y el relato inicia un envolvente y eficaz crescendo dramático que logra una sólida y contundente intensidad, todo a partir de una precisa concepción de los personajes y el planteamiento y desarrollo de una situación dramática de indudable fuerza e impacto. El segundo, es tan chocante como indescifrable. Un pandemónium se apodera de la casa tras el éxito del poeta, y lo que viene en adelante solo es posible entenderlo a partir de cábalas sobre el sentido alegórico o metafórico de aquella excesiva y bizarra situación.

Una posible interpretación tiene que ver con esa relación entre el artista y su musa, lo cual quedaría claro con lo que sucede en la primera parte, cuando se explica que ella reconstruye la casa de su marido para que este pueda crear; así mismo, y de manera tan explícita como simbólica, al final cuando (advertencia de spoiler) ella le ofrece su corazón y con él un nuevo inicio.

En este mismo sentido, tanto el primero, pero sobre todo el segundo acto, se refieren, en buena medida, a ese estado de obnubilación y casi pérdida de humanidad y sensibilidad del artista, primero por la adulación de un admirador y, luego, por la literal adoración de la masa tras su éxito. Su vanidad y enajenación con la fama lo hacen olvidar de lo importante, de lo que lo condujeron a ser lo que es: el amor, su esposa, su musa y hasta su hijo.

El cataclismo del segundo acto también se puede relacionar claramente con la sociedad del espectáculo, la necesidad de doctrinas redentoras y la búsqueda desesperada de –falsos- mesías. Esa casa es el mundo y allí se libran, literal y simbólicamente –otra vez-, las más feroces batallas, con toda la lógica cruel y absurda que tiene la guerra y las luchas de poder guiadas por oposición de creencias, y donde la madre puede ser tanto la víctima como la voz de la razón que nadie escucha, silenciada por el estruendo del odio, las facciones y la violencia.

Y así, esta película, y sobre todo su segundo acto, podría prestarse a numerosas interpretaciones (hay una que dice que el poeta es Dios, la casa la tierra y la madre la naturaleza). Pero esto puede ocurrir ya mirándola en perspectiva, porque al momento de experimentarla, todo es confusión y desazón. La pregunta aquí es por lo procedente o eficaz que sea querer utilizar este grado de simbolismo y extravagancia para comunicar una idea. Aunque no hay que desdeñar en ningún momento la fuerza emocional y expresiva que en esta película tiene el extrañamiento, la provocación y el efectismo.

Pero en definitiva, es el cambio de un acto a otro lo que más desorienta de este filme, en especial lo gratuito que podría antojarse el segundo. Parecen dos películas distintas, aunque no en su concepción visual y narrativa, áreas donde Darren Aronofsky se muestra tan ingenioso y expresivo como siempre. Es puro cinetismo, creación de atmósferas, tensión en la puesta en escena e imágenes sobrecogedoras.

 

Amor.com, de Stéphane Robelin

Cyrano 2.0

Oswaldo Osorio

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Una comedia francesa siempre será refrescante en medio de la oferta primaria y de mal gusto proveniente de Hollywood en cabeza de un Adam Sandler o una Amy Schumer. Por lo general, el humor galo es sofisticado e inteligente. Por eso esta no es tanto una comedia de carcajadas como sí de una estimulante gracia, una comedia de enredos que apela a los resortes básicos del esquema, pero que sabe bordear la línea de la transgresión e, incluso, del velado referente a uno de los personajes y relatos más célebres de la literatura francesa.

Guardadas las proporciones, se trata de un Cyrano de Bergerac en la era de las citas por internet. Así que ya el locuaz y romántico hombre no habla en las sombras debajo del balcón de la dama, mientras ella embelesada mira al tonto y apuesto galán, sino que este hombre se oculta tras el anonimato de las páginas de citas por internet. De manera que tenemos a un anciano descubriendo el mundo de las ciber-citas, pero, a la hora de dar la cara, manda al joven que le enseñó a manejar el computador.

Como es una comedia de enredos, resulta que el joven es el novio de la nieta del anciano y este no sabe que lo es, así como ella tampoco sabe lo que traman su abuelo y su novio. Pero más allá de los posibles apuros en que se metan los protagonistas por las mentiras y ocultamientos que generan la lógica de la comedia, al relato parece importarle más la reflexión en torno al amor: la pérdida irreparable, los contrastes entre la atracción física y emocional, el romanticismo o las relaciones de pareja.

Así que con esta puesta al día y sutil variación del célebre narigón, esta comedia divierte y entretiene de forma amena e inteligente. Incluso llega un momento en que la trama roza los cuestionamientos morales en torno a la posibilidad de una pareja de tres o de las relaciones amorosas con grandes diferencias de edades. Sin embargo, cuando parecía ser más atrevida en sus planteamientos y personajes, finalmente (alerta de spoiler) termina asentándose en la normalidad del amor y las relaciones, es decir, siendo complaciente con el gran público.

 

Game of Thrones

Dos defectos de la séptima temporada (Con spoilers, obviamente)

Gloria Isabel Gómez

Escuela de Crítica de Cine

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Hace años, cuando comencé a ver Game of Thrones, quería que Jon Snow tuviera un romance con Daenerys, pero siempre creí que era solo una ilusión de fanática y que en la lógica de la serie eso no sucedería. Sin embargo, en la séptima temporada pasó, y no fue el único acontecimiento que sorprendió a todos los espectadores.

Esta temporada tuvo algunos aciertos pero fueron superados por dos grandes defectos:

Desde que en el último episodio de la sexta temporada Varys fue y volvió de un continente a otro en menos de media hora, comenzó a gestarse lo que este año sería un desastre episodio tras episodio: el desequilibrio. Cada serie tiene un tempo y un ritmo particular que construye durante cada entrega. Game of Thrones nos acostumbró a que las distancias entre un lugar y otro eran vastas e inmensas. Pero esta vez, los personajes y los cuervos iban y volvían a su antojo durante el mismo episodio, lo que restaba coherencia narrativa a la serie, llenándola de vacíos argumentales.

Cuando un espectador tiene herramientas visuales previas de un universo ficticio se vuelve más sagaz, se concentra más en los detalles: Por eso las cadenas con las que sacaron al dragón del agua fueron más protagónicas que la impresionante secuencia en la que ese mismo dragón cae del cielo, se desangra y muere. Por esa misma razón, todos nos preguntamos ¿Por qué Sansa y Arya no acudieron a Bran para resolver su disputa? ¿Cómo es que Gendry vio que el oso tenía ojos azules a esa distancia y en medio de una tormenta de nieve? En una de las escenas eliminadas de esta temporada, Sansa visita al Cuervo de Tres Ojos para esclarecer las intenciones de Little Finger. Si se grabó, fue porque los guionistas sabían que sería poco lógico que la conversación no sucediera, pero se descartó* para generar sorpresa durante el episodio final.

El otro defecto de esta temporada es que fue demasiado complaciente. A pesar de las fastuosas escenas de batallas y combates ningún personaje de las familias importantes (Lannister, Stark, Targaryen) sufrió afectaciones serias durante los seis episodios (la muerte del dragón impactó más a los espectadores que a la misma Daenerys). Dramáticamente, esto pone a la serie en aprietos. Es posible que el hecho de que los capítulos ya no estén basados en los libros publicados por George R. R. Martin tenga mucho que ver. Los guionistas se han liberado totalmente del canon oficial de la saga y esto inevitablemente afecta la versión televisiva.

También está claro que el presupuesto de cada episodio aumentó ostensiblemente: Dragones en primeros planos, la aparición de Nymeria y los extras que participaron de las batallas son algunos ejemplos. Un amigo me dijo: “Esta temporada fue más de los productores que de los guionistas”, y tiene razón por las formas obvias en las que economizaron con diálogos: tiempos, recorridos y escenas que hubieran hecho de esta una temporada grandiosa.

A medida que avanzaba la temporada, el nivel de complacencia se unió cada vez más al desequilibrio ya mencionado: Nos alegramos porque Bronn y Jamie sobrevivieran al ataque de Daenerys con los Dothraki, pero nos decepciona que hayan salido del lago como si nada, y peor aún, que hayan llegado a King’s Landing con facilidad. Olenna confiesa haber asesinado a Joffrey y nos complace que sea soberbia y tenga una muerte tranquila, pero nos cuestiona el porqué Jamie no la atacó más ferozmente después de conocer esa información (Porque por más blando que se haya vuelto el personaje, él es el Kingslayer).

Como espectadora, terminé esta temporada con dos sensaciones contrarias: la alegría por los personajes que se reúnen, se aman y sobreviven, pero la decepción por la historia que los llevo a ello, tan comprimida en siete episodios que no le hace justicia a esa premisa prometida: “Winter is here”.

* HBO no ha publicado los videos con las escenas eliminadas pero Isaac Hempstead Wright contó algo sobre la escena en cuestión.

Publicado originalmente en: https://elcinesana.wordpress.com/

La sargento Matacho, de William González

Esa cosa bandolera

Oswaldo Osorio

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La historia nacional siempre ha sido una deuda del cine colombiano, y especialmente hay unos episodios o temas que han debido abordarse desde hace mucho tiempo y con mayor frecuencia. Uno de ellos es el de los llamados bandoleros en la época de la Violencia. Esta película paga una cuota de esa deuda al contar la historia de Rosalba Velasco, alias La sargento Matacho, un relato convincente en su puesta en escena que propone una singular mirada de la guerra desde esta particular mujer.

Lo que más llama la atención de esta historia, por supuesto, es la naturaleza de su protagonista, no solo por el hecho de ser mujer, con todo lo que esto implica, como se verá, sino también porque, inicialmente, es una víctima, pero que luego deviene en victimaria. Esa ambigüedad moral y lo que podría verse como una justificación de sus acciones y su actitud, de alguna manera la hace un personaje más complejo y atractivo. Aunque también se puede cuestionar su construcción y el insólito papel que desempeñó en este conflicto.

Después de presenciar la muerte de su esposo a manos de las fuerzas oficiales, Rosalba comienza a hacer parte de la resistencia que los liberales instauraron en el campo, lo que subsecuentemente terminará siendo el nacimiento de la guerrilla en el país (véase Canaguaro, de Dunav Kuzmanich). Primero, se arroja de frente a la guerra por su cuenta, impulsada por el deseo de venganza; y después, termina siendo reclutada por los grupos armados y hasta siendo la pareja de varios de sus jefes, incluso quedando embarazada varias veces.

Hasta aquí puede ser claro lo que ocurre con esta mujer y su contexto, no obstante, el relato se ve condicionado por un aspecto que lo cambia todo y que se puede leer de distintas formas: resulta que la  sargento Matacho, como fue bautizada por arrojada y sanguinaria, es presentada como un ente que no habla ni puede tener algún contacto emocional con nadie. Esto se puede ver como una consecuencia de la despersonalización por el trauma de la guerra o también que lo que parecía ser ese personaje complejo y atractivo, termina siendo un monigote unidimensional que solo reacciona en circunstancias extremas.

Es por eso que es el coro de personajes que la rodea y sus circunstancias, son lo que mueve la historia y plantea sus ideas sobre el conflicto y este significativo periodo de la historia del país. Ella, en cambio, parece quedar reducida a un objeto, ya de ese mundo machista (el de esta cultura y la época) o de la guerra misma; o incluso un objeto del mismo argumento y de la narración.

En otras palabras, esta película puede ser vista como el intenso relato de una mujer arrastrada a la espiral de la guerra, o también como la historia que reposa sobre un ambiguo personaje que es presentado como una cosa (una víctima convertida en aguerrida victimaria), pero que termina siendo otra (excusa argumental y objeto unidimensional usado por su entorno machista).

La sensación que queda, entonces, es la de una película acertada en su puesta en escena, la recreación de una época y su contexto, una mirada reflexiva al interior del conflicto y un coro de actores y personajes que hacen funcionar tanto el relato como la historia. Pero por otro lado, esa protagonista, que sirvió de hilo conductor para que todo esto sucediera y con la que el espectador se identifica casi todo el metraje, en retrospectiva parece solo eso, un hilo fino al que hay que inventarle una interpretación en los sucesos, sin dimensión ni matices, un animalito que solo sirve para matar y para parir… Aunque ya a partir de esta última contradicción se podría empezar a escribir otra crítica de la misma extensión.