Anna, de Jacques Toulemonde

Plena y angustiada

Oswaldo Osorio

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El cine pone a viajar a sus personajes para que se trasformen, ya sea por lo que les pasa en el camino o por la gente que conocen. El viaje de Anna, primero de Francia a Colombia y luego del interior del país a la costa, no necesariamente es de transformación, pero sin duda es un viaje que le sirve para darse cuenta de algo, inevitable y doloroso, pero que tiene que solucionar.

Los viajes en el cine también son para escapar o buscar algo. En el caso de Anna es por las dos cosas, escapa de su arruinada vida en Europa y busca recuperar a su hijo y hasta recomponer su vida. En su intento arrastra al niño y a su novio, dos franceses que tienen que sobrevivir a las condiciones del nuevo paisaje y a la inestabilidad emocional de  Anna. El relato los sigue a los tres en su recorrido lleno de momentos plenos y felices, pero también angustiosos y dramáticos.

Por eso el tono de la película está dictado por el voluble comportamiento de Anna, lo cual mantiene el argumento y la narración en un constante estado de variación entre esos dos extremos definidos por la angustia y la felicidad. Este contrapunto sostiene siempre el ritmo del relato y el interés en la historia y sus personajes, aunque también los torna un tanto predecibles, por eso cada subida o bajada en el ánimo de la protagonista es esperado por el espectador y pocas veces llega a sorprender. Aunque más importante que la sorpresa son las consecuencias emocionales de esa situación en cada uno de los tres personajes y en eso cifra su atención el relato.

Además, las fortalezas del filme son mayores a su previsible argumento, empezando por la seguridad y solidez con que está construida y dirigida. A pesar de ser su ópera prima, Jacques Toulemonde presenta una película llena de fuerza dramática y eficacia en su narración; así mismo, consigue que Juana Acosta consolide su respetabilidad como actriz completa y con talento, porque desde el inicio de su carrera se ha pensado en ella más como una cara bonita salida de las telenovelas, a lo que no le ha ayudado muchas malas elecciones que ha tomado en el cine.

De otro lado, si bien Anna inicialmente aparece como la protagonista, el punto de vista del relato muchas veces se pasa a su hijo, Nathan, y de esta manera en distintas momentos se le puede ver a ella desde la perspectiva del niño, quien, a su vez, carga su propio drama, lo cual complementa y complejiza el drama mismo de su madre y de la película.

Se trata pues de una película elaborada con toda corrección en su puesta en escena y narración, definida en su ritmo y su trama por los cambios de ánimo de su protagonista y si bien se dirige a un final que fácilmente se intuye, no por eso se pierde el interés en unos personajes que emprenden un viaje lleno de desafíos emocionales, un viaje del que unos saldrán mejor librados que otros, un viaje turbulento y doloroso, pero necesario.

Kinetoscopio 113

La edición 113 de la revista Kinetoscopio dedica sus página a dos creadores de extremos del mundo, el filipino Brillante Mendoza y el colombiano Luis Ospina.

Portada Kinetoscoio 113-01

Incomprendida, de Asia Argento

Una balada punkera

Oswaldo Osorio

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La infancia es una patria sostenida por dos pilares, un padre y una madre; protegida por un entorno seguro, el hogar; y de ser posible, confortada y apoyada por amigos y hermanos. Cuando alguna de estas cosas falla, puede que la tristeza y la desesperación terminen por arruinarle el resto de la vida a cualquiera. En esta historia una niña, aparentemente, tiene todo esto, pero no en las mejores condiciones ni proporciones, por lo que es un desolador relato que, sin embargo, resulta muy emotivo y, por momentos, divertido.

La actriz Asia Argento, hija del reconocido director italiano Mario Argento, aunque afirma que no es una obra autobiográfica, lo cierto es que varios elementos de la historia de Aria, su protagonista, coinciden con la suya. Aunque lo importante es que la directora mantiene su estilo luego de tres películas y las cualidades de su cine van en aumento.

La pobre Aria está en medio de la separación de su padres, expulsada alternadamente de sus dos casas, padeciendo el favoritismo que tienen sus otras hermanas y con la relación con su mejor amiga siempre en riesgo. Parece una retahíla de adversidades, pero de ninguna manera se trata de un drama lloricón y sensiblero, al contrario, el relato y su protagonista exudan desenfado, vitalidad e inspiración.

Y no se trata tampoco de esas niñas de cine cuya precocidad proviene de un guionista sin sentido de las proporciones, sino que realmente se puede ver a una niña con su universo interior, uno muy particular por el entorno del que es producto, pero la directora sabe conferirle la ingenuidad e inocencia necesarias para que su actitud irreverente y original parezcan naturales.

La película también es el retrato de una época, mediados de la década del ochenta en Roma, con su extravagante mal gusto en la moda, el tufo de la resaca punkera y un liberalismo de farándula bohemia que raya en decadencia. En medio de este ambiente, a Aria solo le queda apelar a su imaginación y a figuras que reemplacen las carencias que tiene. Un gato y la idea de un ángel de la guarda le proporcionan un refugio afectivo y pasado por las palabras, porque su voz siempre está poniendo al tanto al espectador de lo que siente y la forma como asume el mundo.

Hay que destacar también de este filme sus componentes formales y de puesta en escena. La joven  Giulia Salerno y la siempre sólida Charlotte Gainsbour, con sus interpretaciones, le dan fuerza y credibilidad al relato. La música de la época es protagonista en tanto está creando ambientes y marcando el ritmo de una narración que nunca decae. Visualmente siempre hay un cuidado en las atmósferas, unas poéticas, también las hay realistas y otras enfatizando el caos que circunda a la niña.

Se trata de un filme sensible y demoledor al mismo tiempo. Una fábula dulce y amarga sobre la infancia, contada con un equilibrado sentido en relación con esas contrastadas situaciones que condicionan la vida de Aria. Una balada punk al desamparo, con un final tan emotivo como desolador.

 

Luis Ospina

Norma Desmond en Caliwood

Oswaldo Osorio

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Como un hombre del Renacimiento, pero en el contexto del cine, para Luis Ospina fue impensable dedicarse a una sola cosa. Se le conoce más como cineasta, especialmente como documentalista, pero también ha hecho ficción y experimental. Además, ha sido crítico de cine, ensayista, cineclubista, actor, montador, profesor, guionista, camarógrafo y, últimamente, organizador de un festival de cine.

En esencia, entonces, es un cinéfilo en el sentido pleno de la palabra. Esta cinefilia empezó, como muchos de su generación, cuando le regalaron una cámara de niño y cuando iba a cine todos los domingos. Y entre una y otra cosa se ha pasado la vida: haciendo cine y viendo cine, principalmente. Por eso y para eso comenzó estudiándolo, como pocos de su generación, y entre finales de los años sesenta y principios de los setenta estuvo en la Universidad del Sur de California – USC y en la Universidad de California – UCLA.

Caliwood

Ospina es una de las patas del trípode sobre el que se apuntaló el proyecto Caliwood. Las otras dos son Carlos Mayolo y Andrés Caicedo. Este ya mítico proyecto fue construido desde principios de la década del setenta a partir de la obra cinematográfica de Ospina y Mayolo, el Cine Club de Cali y la revista Ojo al Cine. El motor que movió este proyecto fue también la cinefilia, y en torno a ese amor por el cine, al talento y pasión de estos tres personajes y su decidida amistad, se dio una movida cinematográfica y cultural a la que se vincularon muchos otros artistas e intelectuales y la ciudad entera, mientras el país los siguió atento.

En Ojo al Cine Luis Ospina fue fundador, editor, crítico y reportero; mientras que en el cine club fungió como codirector por varios años. Pero sus aportes más reconocidos a este movimiento son por cuenta de su obra fílmica, la cual empezó aun antes de hacer sus estudios de cine, apenas a los quince años, con un corto titulado Vía cerrada (1964), en el que ya se vislumbra su espíritu pesimista y cuestionador del mundo que lo rodea, pues en él un joven aburrido de su ciudad va al encuentro de su propia muerte. Este espíritu no solo se puede leer en su obra, sino que el mismo director lo expresa siempre de forma manifiesta: “Soy una persona que no es muy optimista sobre el futuro y sobre la humanidad en general, sobre lo que es el proyecto humano en esta tierra.”[1]

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El soborno del cielo, de Lisandro Duque

El pueblo contra la iglesia

Oswaldo Osorio

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Hay un singular contraste entre la vocación crítica y transgresora de las historias de Lisandro Duque y su clásica estilística cinematográfica. Las suyas son películas concebidas con toda la corrección y eficacia definidas por el clasicismo del cine, pero también avocadas a cuestionar y arremeter contra la normatividad  y las sagradas instituciones. La Iglesia ha sido, especialmente, uno de esos sistemas que han motivado sus arengas y críticas.

El conflicto de entrada de esta película es la intransigencia de un cura frente a las circunstancias de un pueblo. Declara en entredicho la iglesia hasta que no trasladen a un suicida del cementerio. La imposición choca contra la necesidad de los feligreses de mantener sus creencias, en especial las que dependen de las labores eclesiásticas, como los sacramentos.

De esta manera, la película cuestiona el papel que tenía la Iglesia en los tiempos del concordato, cuando el Estado concedió a esta institución una serie de potestades que determinaban la vida civil y cotidiana de los ciudadanos. En tal sentido la historia está condicionada por una anécdota histórica, pues lo que sucede en ella, un cuarto de siglo después de la derogación del concordato, es impensable que ocurra ahora.

Pero igualmente es significativo el momento histórico en que Duque ubica su relato, pues antes de la década del sesenta (o setenta, no es muy precisa la época según los indicios de la puesta en escena) su historia no habría tenido lugar, pues simplemente el poder de la Iglesia, encarnado en la figura del cura, ni siquiera habría dado lugar a una mínima réplica. En cambio, bajo el espíritu ideologizado y militante de los años sesenta y setenta, es completamente lógica la resistencia de algunos ciudadanos y su poder de convicción sobre los demás.

En este sentido, la película tiene un valor y significación en tanto retrata ese espíritu de época, cuando el discurso y la consciencia política estaban definidos por ese contexto ideológico característico de esos años en América Latina. También por eso, y por momentos, podría antojarse un poco envejecido el discurso mismo de la película. Esas circunstancias ya no tienen validez en nuestra época y, en esa medida, esta historia solo tiene significancia haciendo el ejercicio de ubicarnos en aquel contexto histórico.

Independientemente de eso, es una película inteligente, estructurada y con planteamientos significativos, como todas las de este director. Solo molesta la forma maniquea y enfática con que concibe al cura, convirtiéndolo en un villano casi de caricatura y despojándolo de cualquier duda o matiz (si acaso unos gestos mientras lo motilan). Es evidente cómo el director toma partido por la resistencia ciudadana y simplifica al cura como el malo de la película. Aun así, sigue siendo un relato bien logrado, entretenido, ingenioso y de humor fino, además de ser la prueba de que si el cine colombiano tiene un clasicismo cinematográfico, Lisandro Duque es su principal cultor.

 

Anomalisa, de Duke Johnson, Charlie Kaufman

Una voz entre el sinsentido

Oswaldo Osorio

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No es frecuente que en la industria del cine el guionista sea la estrella. Es lo que ocurre con Charlie Kaufman desde que concibió historias como ¿Quieres ser John Malkovick? (1999), El ladrón de Orquídeas (2002) y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004). Desde entonces, solo ha hecho para el cine dos películas más, que él mismo dirigió: Sinécdoque en Nueva York (2008) y esta nueva película que, por ser animada en stop motion, ha pedido ayuda en la dirección.

A pesar de esta obra relativamente corta, su celebridad se debe a una singular combinación entre originalidad, rarezas argumentales y éxito de crítica y público. El suyo es un universo generalmente dislocado, transformado por realidades fantásticas o paralelas, las cuales usa como recurso para reflexionar sobre la identidad personal y el sentido de la vida, dos grandes temas que le han dado para abordar otros igualmente esenciales, como el amor, la muerte, el acto de crear y las relaciones del individuo con la sociedad.

Anomalisa (2015) tiene también estas características. Es la historia de Michael Stone, un experto en servicio al cliente que va a Cincinnati a dictar una conferencia. En el hotel conoce a Lisa y al parecer su mundo cambia. Y es que su mundo es como el de la mayoría de sus personajes, en eso sí no hay mucha novedad: son seres grises, insatisfechos con sus vidas, inseguros y con problemas para relacionarse con la gente.

La novedad en esta propuesta de Kaufman no está tanto en que recreó su relato a partir de la técnica del stop motion, la cual resulta atractiva estéticamente por el particular acabado “realista” de sus marionetas, escenarios y decorados, sino que la originalidad deviene de un recurso que fue posible usar, justamente, porque se trataba de una película animada: el doblaje de las voces. Con este elemento pudo transmitir, con ingenio y contundencia, la forma en que el protagonista percibía el mundo y lo que cambió cuando conoció a Lisa.

La historia se desarrolla en día y medio, pero con eso es suficiente para dar cuenta de una vida de frustraciones e insatisfacciones. Desde el primer momento, cuando un hombre le toma la mano en el avión y con la cháchara del taxista que lo lleva al hotel, todo es para Michael Stone una serie de eventos incómodos y desagradables. Pero ese poco tiempo y esas situaciones, incluyendo la promesa de un feliz cambio, son suficientes para hacer un breve aunque elocuente tratado sobre el sinsentido existencial, y no solo el que soporta este hombre, sino el que puede acechar a millones de personas en el mundo contemporáneo.

Es una película ingeniosa en sus recursos argumentales y metafóricos, un alegato contra el conformismo de la vida diaria, que termina resignándose apenas al triste lamento de una vida sin lustre. Por eso es un relato tan estimulante como incómodo, que deja un buen sabor por el cine y un mal sabor por la vida.

Brooklyn, de John Crowley

Enferma de hogar

Oswaldo Osorio


Una de las formas en que el idioma inglés se refiere a la melancolía es, traduciendo, enfermo de hogar. Así es como se siente Eilis, la bella e introvertida protagonista de esta película. Cruzó el Atlántico desde su natal Irlanda para buscar un futuro en Estados Unidos, pero hacerse a una nueva vida no será fácil. Y de esto es de lo que se ocupa este sosegado y emotivo relato, de acompañar a esta joven en su viaje físico y emocional camino a redefinir su vida en la llamada tierra de las oportunidades.

Para 1951 el país americano todavía era el Nuevo mundo frente a las condiciones y posibilidades que había en algunos europeos, como Irlanda. Era el lugar perfecto para para que cualquiera pudiera reinventarse, más aún si se contaba con juventud. Pero antes habría que pasar la dura prueba de la “enfermedad de hogar”, de la soledad y el anhelo de estar junto a los seres queridos.

Pero para Eilis tal vez fue menos traumático porque, aun en su timidez y recato, tiene un don de gentes que le permite caerle bien a todo el mundo, lo cual le facilita la vida. De hecho, una de las particularidades de esta historia es que durante casi todo el relato no hay un conflicto fuerte que ponga a prueba a la protagonista (y con ella al espectador), todo lo contrario, cada vez parece irle mejor. No obstante, la sensibilidad y sutileza con que está construido el relato y la relación entre los personajes, permite deslizar agradablemente la atención e interés en lo que le depara la vida a esta joven.

El gran conflicto aparece muy avanzada la historia y, sin necesidad de revelar importantes detalles de la trama, tiene que ver con el dilema que representa para Eilis tener su corazón dividido entre esos dos mundos separados por la inmensidad del Atlántico. El amor, la amistad y el trabajo son esas anclas que atan a las personas a un lugar. Pero tenerlo todo también puede ser un problema, porque el exceso puede ser tan abrumador como la carencia. Entonces aquí la heroína se enfrenta a un problema que parece insoluble.

Independientemente de cuál sea la decisión de esta joven, lo esencial de esta cinta es que hace posible viajar por un amplio rango de sensaciones y sentimientos con los que el espectador se identifica. En especial porque son planteados de forma sensible e inteligente a través de una historia narrada con sutileza y buen gusto, eso sin contar las posibilidades estéticas que ofrece su ambientación en los estilizados años cincuenta. Una historia que hace más énfasis en sus personajes que en una elaborada trama, así como en sus estados de ánimo, las implicaciones de sus decisiones y la relación entre personas.

Theeb, de Naji Abu Nowar

La ley del más fuerte

Oswaldo Osorio


Entre la simpleza de su argumento y las implicaciones del doble conflicto que plantea, esta película desarrolla un hipnótico relato que revela un universo casi inédito. Ese universo es la vida de los beduinos en el desierto de Jordania durante la coyuntura histórica de la Primera guerra mundial. Con estos elementos el debutante Naji Abu Nowar consigue contar una historia cargada de tensión narrativa y fuerza dramática con gran economía de recursos.

Su argumento, entonces, se reduce a la necesidad de sobrevivir a los peligros de una travesía por el desierto; mientras que el conflicto de contexto es la confrontación entre revolucionarios y la inferencia de los ingleses en su país, y el conflicto íntimo es el de Theeb, un niño que, por vez primera, sale al mundo y debe sortear riesgos y tomar decisiones cruciales por sí solo como nunca antes lo había hecho.

De manera que se trata de una película construida a partir del esquema de cine de aventuras y articulado sobre el concepto de la pérdida de la inocencia. Reduciéndola racionalmente así, a sus códigos y elementos, la verdad es que resulta una cinta realmente simple, no obstante, la combinación de esos elementos básicos converge en una historia potente y una narración envolvente, esto porque remite a unos instintos esenciales, incluso contradictorios, de la naturaleza humana, como el sentido de supervivencia, la fraternidad y el deseo de venganza.

La cámara casi nunca se desprende de Theeb y lo acompaña en esa transición en que su mundo se agiganta y con él su percepción de la vida y el rango de sus sentimientos. Entonces el niño pasa del limitado círculo de su tribu al insondable espacio del desierto, un mundo exterior que, además, está experimentando importantes cambios políticos, lo cual intensifica el conflicto del protagonista. Y aunque su edad y el primitivo entorno del que proviene apenas si le permiten establecer comunicación con ese nuevo mundo que le llena los ojos, son las decisiones que toma lo que da cuenta de su transformación, de su inocencia perdida.

La sencillez de sus esquemas argumentales y narrativos también está presente en su concepción visual, la cual solo es eficaz y funcional para lo que requiere la historia. Sin embargo, es el paisaje del desierto el que asume el protagonismo y la posible belleza de la imagen, con su apabullante claridad, esa inmensidad que reduce la figura humana y la sinuosidad de las dunas y las escarpadas formaciones rocosas.

El descubrimiento del mundo cruel y disfuncional de los adultos desde la mirada de un niño casi siempre propicia relatos  atractivos y refrescantes. En esta película se puede ver eso, y aderezado con el exotismo de un paisaje y una cultura muy singulares, resulta aún más atractivo. Además, está protagonizado por un personaje con el que hay una inmediata empatía, lo cual asegura la conexión emocional con la historia y el compromiso de seguir sus aventuras hasta el final.

Deadpool, de Tim Miller

De súper héroes antihéroes

Oswaldo Osorio


Con un cine plagado de súper héroes como nunca antes en la historia, la sensación de estar viendo al mismo personaje y la misma película es cada vez más frecuente, lo cual se intensifica con el sistema de franquicias, que es cuando se producen varias entregas de la misma saga, siendo Marvel y los X-Men los que están a la cabeza de esta práctica.

Deadpool, de hecho, es otro X-Men más, pero uno muy particular, pues si bien en el Universo Marvel hay muchos súper héroes con el carácter de antihéroes, como The Punisher o Wolverine, con este mutante malhablado llevan el concepto a territorios más indecorosos y rastreros. Las alusiones sexuales, la irreverencia y la ambigüedad ética de este súper héroe son su marca de distinción frente a sus estirados y prestigiosos colegas.

Luego de ser creado en 1998 y después de veinte años como un personaje secundario de Marvel, este súper héroe mercenario es relanzado en 2008, haciendo énfasis en su incorrección política y violencia extrema. Desde entonces, comienza a ser una historieta de culto que justo llega a este estatus en la época de esplendor de los cómics en el cine. Hacer la película solo era el siguiente paso obligado, pero tampoco había mucha fe en él como para que fuera una súper producción.

Sorprendentemente, y a pesar de ser clasificada para adultos, se convirtió en un éxito de taquilla. La razón más probable de esto es, justamente, que con esta película no se da esa repetición de la que me quejaba al inicio del texto. Aunque sea por vía del mal gusto, el exceso de violencia o la chabacanería, decididamente es una propuesta diferente. Pero también lo es por otros aspectos más estimulantes, como la ruptura de la cuarta pared (le habla al público), las constantes alusiones a la cultura popular, el ingenioso humor negro y la auto reflexividad acerca del Universo Marvel y de su propia naturaleza de súper héroe.

Deadpool es mitad The Punisher mitad Bugs Bunny, dijo el editor en jefe de Marvel. Por eso el relato se mueve pendularmente entre las secuencias con momentos de violencia que rayan con el gore  y situaciones o diálogos dislocados y graciosos. Su cruzada para atrapar a Ajax, su némesis, es solo una excusa argumental para desplegar la pirotécnica personalidad de este atípico súper héroe. Con este material, finalmente resulta una película entretenida y atractiva por sus variaciones en relación a este tipo de cine.

Sobre la monotonía de sagas como Iron Man, Spider Man, X-Men o Avengers, para un espectador menos conformista se imponen estos súper héroes disfuncionales, como lo fue en su momento Kick-Ass, como ocurre ahora con Deadpool y esperemos que en algún momento les dé por producir una película sobre un personaje como Rorschach. Con este tipo de súper héroes aumentan las posibilidades de hacer filmes menos predecibles, más ingeniosos argumentalmente y menos uniformados en sus planteamiento éticos.

El hijo de Saúl, de László Nemes

El horror en fuera de campo

Oswaldo Osorio


Esta no es solo otra película sobre el holocausto nazi, porque tiene una propuesta que marca la diferencia en el dispositivo formal que aplica a su punto de vista. No obstante, este dispositivo si bien es su gran apuesta narrativa y formal, también puede ser un lastre para la conexión con el espectador, una cuestionable decisión a priori que se impone a cualquier otra necesidad argumental o dramática de la historia.

El dispositivo es contar toda la historia con una cámara siempre puesta sobre el hombro o el rostro del protagonista, apenas muy eventual y caprichosamente muestra lo que este mira. A pesar de esta autoimpuesta limitación, el relato puede dar cuenta de la maquinaria asesina de los nazis en un campo de concentración. Solo con algunas imágenes que se cuelan por el rabillo del lente, y con el fuera de campo, es posible revivir la crueldad y absurda inhumanidad de aquella histórica situación.

La película no plantea una trama convencional, apenas una excusa argumental para dar cuenta de aquel horror: el protagonista se obceca en buscar a un rabino para darle sepultura a quien parece que es su hijo. En su desesperado deambular por conseguir lo que desea, lleva desordenadamente al espectador a cada uno de los pasos del macabro proceso de exterminio, en el que se puede constatar que lo más macabro de todo es la participación de los mismos judíos, como Saúl, en toda la operación.

Y esto es lo más interesante del filme y la clave de su propuesta, que no se ven a los judíos de todas las películas, esa masa de víctimas que sufren vejaciones mientras esperan la muerte, sino que solo están los sonderkommando, judíos que hacen de obreros de todo el proceso asesino. Esta debe ser la razón para esa decisión formal, por medio de la cual el espectador siempre es testigo de esa actitud fría e indolente de este tipo de judíos ante lo que allí sucede.

Uno de los inconvenientes de esta propuesta es que lo nazis, como en muchas películas, son de nuevo villanos de historieta, pues quedan reducidos a un cliché en ese fuera de campo que construye casi la mitad del relato. Otro de los inconvenientes es la monotonía de la imagen, casi siempre concentrada en el impertérrito rostro de Saúl, al punto que gran parte de la información se conoce es por el audio y por los diálogos.

De manera que esa es la gran paradoja de esta película, que su audaz propuesta es lo que la define y marca la diferencia con todo lo que antes se ha hecho, pero también es una decisión formal que trae consigo serias restricciones. Aun así, es innegable la potencia de este relato y el diferencial punto de vista que plantea del holocausto, una vuelta de tuerca que trae algo nuevo a un tema y un arte en el que parecía que ya todo estaba dicho.