Dos mujeres y una vaca, de Efraín Bahamón

La guerra de los hombres

Oswaldo Osorio

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Las historias sobre el conflicto en el cine colombiano coinciden mucho con los componentes esenciales que tiene esta película: son historias sobre las víctimas (generalmente mujeres y niños), están condicionadas por el fuego cruzado de los actores del conflicto y tratan de reflexionar no solo de la guerra, sino también sobre asuntos que trascienden a la esfera social y personal de los protagonistas.

En su ópera prima Efraín Bahamón se propone desarrollar estos aspectos a partir de un relato con esquema de road movie, en el que los personajes a que alude el título viajan de su finca al pueblo para que alguien les lea una carta. La situación es solo una excusa argumental para hablarnos de estas dos mujeres, una mayor y su nuera embarazada, también para enfrentarlas con el conflicto armado del país y dar cuenta de su condición como víctimas y mujeres, así como de su secreta y sorpresiva participación en él.

Se trata de un relato concebido con coherencia y solidez, así como estructurado y eficaz en su narrativa. Todo en él está definido y desarrollado como dicta el manual. Es por eso que en esos aspectos (narrativa, componentes del relato y estructura), la película empieza con una sugerente idea y dos personajes, para luego ir creciendo como relato y enriqueciéndose en sus connotaciones. Cada nuevo elemento llega en el momento preciso a robustecer y complejizar la historia, cada giro sorprende y avanza la trama hacia la necesaria intensidad en su progresión dramática.

No obstante, el relato en sus imágenes no siempre funciona con la eficacia descrita. Es decir, estamos ante un guion inteligente y bien formulado, pero ante una puesta en escena sin tanta precisión. Tal vez solo sean detalles, como algunas actuaciones que no son consistentes todo el tiempo, o unas líneas de diálogo que pertenecen más al guionista que a un par de campesinas analfabetas, o la muerte desdramatizada de un querido amigo, el caso es que estos detalles afectan la plena solidez de lo visto en pantalla, reflejándose como vacíos en la verosimilitud y fuerza dramatúrgica.

Aun así, lo que finalmente prevalece de fondo es la potencia que guarda la idea general del filme sobre las víctimas del conflicto, sobre la condición femenina y las implicaciones sociales y emocionales de esta situación. A la postre, no se trata solo de dos mujeres que necesitan saber lo que dice una carta acerca de un ser querido, sino que es un relato sobre su relación y la forma como estrechan sus lazos en medio de una guerra de hombres, sobre duras decisiones tomadas que adquieren la forma de oscuros secretos del pasado, o sobre lo que representa una vaca en un contexto donde la composición de la familia se reduce a mujeres, animales y niños.

Te amaré eternamente, de Giuseppe Tornatore

La correspondencia

Oswaldo Osorio

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No importa qué tipo de historias o temas aborde Giuseppe Tornatore, todas sus películas están siempre atravesadas por ideas, sentimientos y personajes entrañables. Esto ocurre especialmente cuando habla de amor o desamor, que es el caso de este filme, un relato sobre una singular relación en la que el amor trasciende la misma muerte.

El director de Cinema Paraíso, El hombre de las estrellas y Malena propone su versión de una idea ya conocida en otros relatos (a partir de aquí el texto revela datos importantes de la trama), en la que un hombre, luego de su muerte, continúa en contacto a través de correspondencia con la mujer amada. Posdata: Te amo (John Powell, 2008) lo hizo sin ahorrase romanticismo y melosería, sin que necesariamente se trate de una cinta desafortunada, al contrario, es un buen ejemplar para quienes gustan del cine de romance. Tornatore pone al día la idea al utilizar el video y los celulares, pero además acompaña la historia de amor con una bella y potente metáfora sobre las estrellas y el cosmos.

Es cierto que puede ser difícil estar cómodos con esta historia, porque no cuadra esa rara mezcla de ella entre doble de acción y aventajada estudiante de astrofísica, porque por mucho tiempo el relato se anega en una misma y repetida situación y porque la idea misma de un muerto no querer abandonar a su amada se antoja egoísta y cruel. No obstante, es la idea de fondo la que prevalece, esa intensa y honesta historia de amor, el sentido de pérdida que se hace palpable en cada escena, el romanticismo puro ungido tanto de la cursilería del caso como del refinamiento propio de una pareja de intelectuales.

En La correspondencia, como original y más acertadamente se titula, casi todo el tiempo el relato está siguiendo a Amy (interpretada con entrega y ternura por una Olga Kurylenko que hasta ahora había estado desperdiciada en el cine de acción), quien constantemente se está relacionando con Ed a través de pantallas, cámaras y cartas. Esa interrelación entre los personajes por medios interpuestos es una singular forma de dramaturgia que tiene sus ventajas y desventajas. En el primer caso, resulta una interesante reflexión sobre la imagen y la memoria en los tiempos de la virtualidad y lo digital, además, tiene esa aura romántica y poética de la que siempre están cargadas las misivas de amor en papel (con sobres rojos); en el segundo caso, esta mediación, y con solo un personaje en escena todo el tiempo, resulta por momentos monótona y repetitiva.

Otro protagonista de esta obra es Ennio Morricone, habitual compositor de las películas de Tornatore. Sorprende su capacidad para continuar creado piezas novedosas y precisas para contribuir a las atmósferas del relato, aunque también es cierto que en otras tantas se repite. Pero en buena medida de eso se trata cuando se habla de la obra de unos autores, ya sea el músico o el director, quienes se muestran recurrentes con unos temas, tonos y universos. Le dan vueltas a las mismas ideas y, aún así, siempre dicen cosas nuevas o desde una distinta y reveladora mirada.

 

Taxi Teherán, de Jafar Panahi

¿Realismo sórdido?

Oswaldo Osorio

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Hay películas en las que el contexto y condiciones de su realización son más intensos e interesantes que su propuesta misma. El arresto domiciliario (no salir del país) y la prohibición de no hacer cine por veinte años proferidos contra el famoso cineasta iraní Jafar Panahi, así como su sistemática burla a esta última imposición, son ya circunstancias bien extremas y llenas de connotaciones que superan lo simple y un poco obvio que es su último filme.

El director de El globo blanco (1995) y El círculo (2001) ha fundado su obra en historias que describen con elocuencia la sociedad iraní y no dudan en cuestionar las injusticias del régimen y las tradiciones mismas de su país. A pesar de su condena en 2010, ya ha hecho dos películas co-dirigidas con colegas, una de ellas sobre su propio proceso judicial titulada Esto no es una película (2011).

En esta tercera desafía más abiertamente la prohibición, pues la dirige solo, e incluso la protagoniza. El ardid usado resulta ciertamente ingenioso. Trabaja como taxista y graba a los pasajeros que se suben al vehículo. Con esto se ahorra las locaciones y todo el equipo de producción, reducido a las cámaras dispuestas en el taxi. El carácter del material registrado ya es un poco más complejo, pues la relación entre realidad y ficción, así como entre personajes y personas se mezcla de forma intrigante.

Lo intrigante está en que no se sabe si lo que se está viendo es un documental o una calculada puesta en escena. La naturalidad con que van subiendo e interactuando los pasajeros (al parecer la usanza es compartir el taxi), así como la ilación de los diferentes temas sobre la cotidianidad de la ciudad o las restricciones del régimen, permite una fluidez y continuidad que hacen de la película un relato siempre atractivo y envolvente.

No obstante, cuando se van sumando temas como las reglas impuestas para hacer una película, la discusión sobre la pena de muerte, la falta de libertades, la represiva justicia estatal, entre otros, se hace evidente que todo está en función de una agenda política e ideológica definida por el cineasta y consecuente con la posición crítica que ha tomado en toda su obra. Los diálogos y personajes, entonces, empiezan a verse claramente planificados e, incluso, molesta un poco la obviedad y reiteración de los tópicos y críticas.

Es por eso que, finalmente, la película no tiene nada de sugerente. Lo que empezó como un ingenioso recurso para burlar la prohibición de hacer cine, terminó siendo un tinglado, montado con economía de elementos, para de nuevo retratar esta sociedad y al régimen, pero esta vez sin sutilezas ni la poética propia del cine.

También es cierto que es una película que debe juzgarse a partir de sus limitaciones, las cuales la hacen una obra tremendamente valiente que insiste en la denuncia y el amor por el cine. Eso fue lo que le premió el Festival de Cine de Berlín.  Y eso es lo que, en últimas, quedará cuando la película y las circunstancias de su creación terminen, con el tiempo, siendo una sola cosa.

Todo Comenzó por el fin, de Luis Ospina

Una obra final, una obra completa

Manuel Zuluaga

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Con viejas técnicas de la casa, Luis Ospina continúa su obra  documental en video, explorando y retratando la vida de artistas reconocidos. Trátese de músicos, pintores o escritores, siempre ha sido consecuente con su manera de representar, no solo la intimidad de estos, con todo lo que implica, debilidades y fracasos; sino además su vínculo con la sociedad, enmarcándolos siempre en contextos que los apabullan y que definen sus actitudes. De allí que su ejercicio como realizador necesite de tanta investigación y trabajo etnográfico, comprometiéndose siempre con los personajes de sus historias,  manteniendo una relación ética que le permita abarcar la totalidad de matices que comprenden estos artistas, y llegando a un nivel de intimidad que se hace evidente con la empatía que tiene con cada uno de ellos.

En Todo Comenzó por el fin, su última película, los métodos y formas son los mismos, división por capítulos, mucho material de archivo, entrevista  a los implicados indirectos del artista, etc. Solo que esta vez el personaje al que se le hace el retrato es un grupo de amigos que tuvieron la iniciativa y la convicción de hacer cine a toda costa, conocidos como “Caliwood” y del cual hacía parte el mismo Luis Ospina. Esta película es una autobiografía de las tres personalidades más destacadas que integraban este grupo: Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y Luis Ospina. Sin embargo, lo más innovador en esta película, con respecto a su obra, es que Ospina se expone como nunca lo había hecho, y a pesar de que siempre aparecía como partícipe en sus películas, esta la protagoniza y se expone explotando su figura, para generar una reflexión ambigua  sobre una vida entregada al cine, y su infelicidad por haberse convertido en un anciano senil. Pues de una manera muy autocrítica y tácita, nos entrega imágenes de él desnudo, internado en un hospital, en silla de ruedas, imágenes que hacen contraste con la fuerza y vertiginosidad  de las imágenes de su juventud y de las parrandas de Mayolo y la vida intensa de Caicedo, sugiriendo así que es mejor estar muerto que enfermo terminal.

Así mismo, asume esta película como  una tarea final de representar lo que fueron para el país, comprometiéndose a hacer el retrato de su grupo y su generación, una búsqueda que ya anunciaba en Un tigre de papel (2007); y en ese intento se excede en tres horas y media, algo pretensiosas y aduladoras, que más que un buen ejercicio audiovisual, que resalte sobre las demás de sus películas, termina siendo un archivo útil para los que estudian historia del cine y les interesa la farándula. Para el bien de su obra, espero que con esta anuncie el final de su carrera y marque la conclusión de su búsqueda temática  y autoral.

Siembra, de Ángela Osorio y Santiago Lozano

Un canto triste

Oswaldo Osorio

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El desplazamiento forzado y la marginalidad como consecuencia son de nuevo el tema de una película colombiana. No es un reproche, porque es un tópico que no se ha agotado y cada relato tiene lo suyo. Lo que tiene este es una serie de elementos complementarios, como el conflicto generacional y el duelo, así como una propuesta narrativa y estética que, sin duda, le da fuerza a sus personajes, a su contexto e historia.

El Turco y su hijo viven en un barrio marginal, luego de haber vivido de la pesca en su tierra y de ser desplazados por la violencia. La idea del desarraigo cruza todo el relato y en especial a su protagonista. Pero es un desarraigo que va más allá de haberle arrebatado su hábitat, porque también lo hace con su hijo. Su gran tragedia es que este ya no quiere volver, pues se ha adaptado y adquirido los hábitos del nuevo ambiente. Entonces la ruptura generacional se hace evidente y lo ancestral convive con lo nuevo, en tensión y amalgama al mismo tiempo.

Pero todavía hay una tragedia mayor (y aquí se adelanta un dato importante del argumento), y es que ese nuevo ambiente, que también tiene su propia violencia, acaba con la vida de su hijo. Entonces el relato ahora sí se centra por completo en el Turco, en su dolor y desesperación, porque ya no tiene nada, ni tierra ni familia. Y así se despliega una puesta en escena de este doble duelo, definida por elementos como el gesto oprimido del protagonista, la música con sus lamentos, la lluvia como alegoría y alguna metáfora del sueño.

Es una película con un especial carisma, concentrado particularmente en la figura y el personaje del Turco, un hombre adusto y sensible al mismo tiempo, que lleva siempre consigo la carga de su desarraigo y el deseo por recuperar su naturaleza. No obstante, hay un momento en el relato en que este carisma y personaje pierden el rumbo. En plena velación de su hijo, el Turco comienza un deambular que tal vez se puede explicar conceptualmente, pero desde la lógica argumental y narrativa resulta un poco incomprensible, o al menos inconsistente.

Es una película hecha en un blanco y negro bello y lleno de fuerza, que funciona muy bien con la piel de estos personajes, con el realismo, la poética de algunas imágenes y lo duro de la historia (aunque también es cierto que esta decisión estética se está convirtiendo en un tic del cine actual). Así mismo, la música es un significativo componente de la narración y la cultura que retrata, con esa inevitable mezcla entre lo viejo y lo nuevo, entre la tradición del litoral Pacífico y la alienación de la ciudad (o una nueva identidad, si se quiere), representado esto en los alabaos y los sonidos urbanos.

Es una película que, a un tema que ya es recurrente (tal vez el más del cine nacional), sabe encontrarle un punto de vista que diga algo nuevo y de forma diferente. El blanco y negro, la música, el realismo cotidiano en la puesta en escena y la imponente y fotogénica figura del turco con su pesada carga, son elementos concebidos con inteligencia y encajados entre sí con naturalidad y elocuencia. Es un canto triste a la realidad del país, a las consecuencias de su violencia y a las nuevas realidades que se han dado a partir de ella.

El padre, de Fatih Akin

Por la familia

Oswaldo Osorio

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La guerra, la familia y el desarraigo son los grandes temas que obligaron a los realizadores de este filme a elaborar un relato monumental, un relato de larga duración, que atraviesa medio mundo y deja regados en el tiempo y el espacio a numerosos personajes e intensos pasajes que se cruzan por la vida de su único protagonista, Nazaret, un hombre que es víctima del genocidio armenio de principios del siglo XX por parte del Imperio Otomano en Turquía.

Fatih Akin, director alemán de ascendencia turca, desde hace mucho tiene un lugar en el cine contemporáneo, esto gracias a películas como En julio (2000), Contra la pared (2004) y Al otro lado (2007). Su cine siempre ha sido trashumante y reflexivo en relación con el desarraigo producto de los movimientos migratorios (por lo general forzados), así como de sus consecuencias sociales e ideológicas.

En esta película hay mucho de eso, aunque desplaza la reflexión y cuestionamientos sociales de siempre a los históricos, los cuales, de todas formas, son las causas de muchos de los conflictos de los que se ocupa en sus películas desarrolladas en este tiempo. Todo empieza con la intolerancia étnica y religiosa, pasada por la violencia y represiones de la guerra, para dejar como consecuencia la que tal vez sea la mayor tragedia para un hombre: la separación de su familia.

Entonces muy pronto en el relato se sabe esto, y se hace evidente que lo que vendrá de allí en adelante es ese deseo por el retorno al hogar y la búsqueda de la familia, en el caso de Nazaret, su mujer y dos hijas. Son unos conflictos capitales, ciertamente, pero al mismo tiempo demasiado básicos y predecibles en su desarrollo. Por eso el gran problema de la película es que siempre se sabe para dónde va y escasamente sorprende.

El esquema del héroe que hace una gran travesía en busca de algo y en el que, alternadamente, se topa con gente que lo ataca o lo ayuda, en este relato se aplica de forma casi automática, despojándolo de la progresión e intensidad que una buena narración requiere. Y no ayuda en nada a esto el hecho de que el protagonista, muy temprano en la historia, se queda mudo, por lo cual el espectador tiene menos elementos para lograr una empatía con él, quien termina reducido a un monigote del destino, que solo en ocasiones nos dice algo de su ser más profundo con algunas acciones.

Si bien los temas recurrentes de este director se repiten aquí, pero desde la perspectiva histórica, no alcanza a tener la complejidad e intensidad que se le conoce en sus anteriores filmes. La grandilocuencia de una historia que se explaya en el tiempo y la geografía se ve reducida por la elementalidad y reiteración con la que aplica un esquema narrativo predecible y con un héroe limitado en su comunicación, tanto con los otros personajes como con el espectador.

Anna, de Jacques Toulemonde

Plena y angustiada

Oswaldo Osorio

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El cine pone a viajar a sus personajes para que se trasformen, ya sea por lo que les pasa en el camino o por la gente que conocen. El viaje de Anna, primero de Francia a Colombia y luego del interior del país a la costa, no necesariamente es de transformación, pero sin duda es un viaje que le sirve para darse cuenta de algo, inevitable y doloroso, pero que tiene que solucionar.

Los viajes en el cine también son para escapar o buscar algo. En el caso de Anna es por las dos cosas, escapa de su arruinada vida en Europa y busca recuperar a su hijo y hasta recomponer su vida. En su intento arrastra al niño y a su novio, dos franceses que tienen que sobrevivir a las condiciones del nuevo paisaje y a la inestabilidad emocional de  Anna. El relato los sigue a los tres en su recorrido lleno de momentos plenos y felices, pero también angustiosos y dramáticos.

Por eso el tono de la película está dictado por el voluble comportamiento de Anna, lo cual mantiene el argumento y la narración en un constante estado de variación entre esos dos extremos definidos por la angustia y la felicidad. Este contrapunto sostiene siempre el ritmo del relato y el interés en la historia y sus personajes, aunque también los torna un tanto predecibles, por eso cada subida o bajada en el ánimo de la protagonista es esperado por el espectador y pocas veces llega a sorprender. Aunque más importante que la sorpresa son las consecuencias emocionales de esa situación en cada uno de los tres personajes y en eso cifra su atención el relato.

Además, las fortalezas del filme son mayores a su previsible argumento, empezando por la seguridad y solidez con que está construida y dirigida. A pesar de ser su ópera prima, Jacques Toulemonde presenta una película llena de fuerza dramática y eficacia en su narración; así mismo, consigue que Juana Acosta consolide su respetabilidad como actriz completa y con talento, porque desde el inicio de su carrera se ha pensado en ella más como una cara bonita salida de las telenovelas, a lo que no le ha ayudado muchas malas elecciones que ha tomado en el cine.

De otro lado, si bien Anna inicialmente aparece como la protagonista, el punto de vista del relato muchas veces se pasa a su hijo, Nathan, y de esta manera en distintas momentos se le puede ver a ella desde la perspectiva del niño, quien, a su vez, carga su propio drama, lo cual complementa y complejiza el drama mismo de su madre y de la película.

Se trata pues de una película elaborada con toda corrección en su puesta en escena y narración, definida en su ritmo y su trama por los cambios de ánimo de su protagonista y si bien se dirige a un final que fácilmente se intuye, no por eso se pierde el interés en unos personajes que emprenden un viaje lleno de desafíos emocionales, un viaje del que unos saldrán mejor librados que otros, un viaje turbulento y doloroso, pero necesario.

Kinetoscopio 113

La edición 113 de la revista Kinetoscopio dedica sus página a dos creadores de extremos del mundo, el filipino Brillante Mendoza y el colombiano Luis Ospina.

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Incomprendida, de Asia Argento

Una balada punkera

Oswaldo Osorio

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La infancia es una patria sostenida por dos pilares, un padre y una madre; protegida por un entorno seguro, el hogar; y de ser posible, confortada y apoyada por amigos y hermanos. Cuando alguna de estas cosas falla, puede que la tristeza y la desesperación terminen por arruinarle el resto de la vida a cualquiera. En esta historia una niña, aparentemente, tiene todo esto, pero no en las mejores condiciones ni proporciones, por lo que es un desolador relato que, sin embargo, resulta muy emotivo y, por momentos, divertido.

La actriz Asia Argento, hija del reconocido director italiano Mario Argento, aunque afirma que no es una obra autobiográfica, lo cierto es que varios elementos de la historia de Aria, su protagonista, coinciden con la suya. Aunque lo importante es que la directora mantiene su estilo luego de tres películas y las cualidades de su cine van en aumento.

La pobre Aria está en medio de la separación de su padres, expulsada alternadamente de sus dos casas, padeciendo el favoritismo que tienen sus otras hermanas y con la relación con su mejor amiga siempre en riesgo. Parece una retahíla de adversidades, pero de ninguna manera se trata de un drama lloricón y sensiblero, al contrario, el relato y su protagonista exudan desenfado, vitalidad e inspiración.

Y no se trata tampoco de esas niñas de cine cuya precocidad proviene de un guionista sin sentido de las proporciones, sino que realmente se puede ver a una niña con su universo interior, uno muy particular por el entorno del que es producto, pero la directora sabe conferirle la ingenuidad e inocencia necesarias para que su actitud irreverente y original parezcan naturales.

La película también es el retrato de una época, mediados de la década del ochenta en Roma, con su extravagante mal gusto en la moda, el tufo de la resaca punkera y un liberalismo de farándula bohemia que raya en decadencia. En medio de este ambiente, a Aria solo le queda apelar a su imaginación y a figuras que reemplacen las carencias que tiene. Un gato y la idea de un ángel de la guarda le proporcionan un refugio afectivo y pasado por las palabras, porque su voz siempre está poniendo al tanto al espectador de lo que siente y la forma como asume el mundo.

Hay que destacar también de este filme sus componentes formales y de puesta en escena. La joven  Giulia Salerno y la siempre sólida Charlotte Gainsbour, con sus interpretaciones, le dan fuerza y credibilidad al relato. La música de la época es protagonista en tanto está creando ambientes y marcando el ritmo de una narración que nunca decae. Visualmente siempre hay un cuidado en las atmósferas, unas poéticas, también las hay realistas y otras enfatizando el caos que circunda a la niña.

Se trata de un filme sensible y demoledor al mismo tiempo. Una fábula dulce y amarga sobre la infancia, contada con un equilibrado sentido en relación con esas contrastadas situaciones que condicionan la vida de Aria. Una balada punk al desamparo, con un final tan emotivo como desolador.