Jimmy’s Hall, de Ken Loach

Un hombre sí hace la diferencia

Oswaldo Osorio

jimmys

Otra cinta más en que este indispensable director inglés plantea un alegato contra la desigualdad social. Buena parte de su cine se ha construido sobre esta idea, pero en situaciones y lugares diferentes. Este filme está por la línea de su muy elogiada El viento que acaricia el prado (2006), pero sin lo descarnado de la confrontación entre los dos bandos. Por eso se trata de una película bella y modesta, que le da una vuelta de tuerca a un mismo tema, pero sin excesos ni alaridos.

Es la Irlanda rural de los años treinta, y luego de estar diez años en Estados Unidos, Jimmy regresa a su hogar. Quiere volver a tener una vida tranquila y sin meterse en problemas, pero sus instintos y su ideología traicionan este propósito. Y es que él no solo es un campesino, sino también un hombre formado en las ideas del comunismo y un líder de su comunidad. Cuando vuelve a abrir el centro comunitario por el que tuvo que huir al exilio una década atrás, la historia se repite y sus problemas vuelven a empezar.

La diferencia es que ahora sus antagonistas no son aquellos irlandeses que están a favor de la unión con Inglaterra, ahora son dos instituciones históricas y poderosas: la iglesia y la propiedad. La primera ve como una amenaza las ideas comunistas de Jimmy y su trabajo con jóvenes en el centro comunitario. Y en este sentido Loach no es de ningún modo contenido y desecha cualquier sutileza en el tratamiento. El malo de la película es el cura, así de simple. Como si se tratara de una película de buenos y malos de Hollywood, ese lugar donde siempre se ha negado ir a trabajar. Igual sucede con los adinerados hombres dueños de las tierras.

Suele ocurrirle mucho en sus películas de crítica social. Inequívocamente toma partido por los más débiles y desamparados, por aquellos que oprime el sistema. Por eso en sus historias es mejor concentrarse, no en el conflicto entre ricos y pobres, poderosos y oprimidos, o izquierda y derecha, sino en la forma como construye a sus héroes proletarios y la manera como estos afrontan su lucha. Hay siempre en ellos una dignidad y entereza que inspira emotivamente ideas como fraternidad, solidaridad y libertad. Por eso, a pesar de que muchas de sus películas difícilmente pueden tener un final feliz, de todas formas se sale de ellas con la esperanza renovada.

De manera que en esta película de buenos y malos, los malos lo son hasta la médula (siendo una lástima que Loach renuncie a unos matices que podrían enriquecer mucho sus historias), mientras los buenos son seres queridos y entrañables. Por eso, a pesar del agridulce final, lo que queda en la memoria del espectador es el espíritu de su protagonista y esa semilla que dejó sembrada en los jóvenes que lo vieron hacerle frente a los poderosos y sus inequidades.

 

Julieta, de Almodóvar

La pérdida y la culpa

Oswaldo Osorio

julieta

El universo Almodóvar cada vez se hace más intrincado emocionalmente y disperso argumental y dramatúrgicamente. Lejos están ya esas historias sólidas en su relato, llamativas en su puesta en escena y contundentes en lo que tenían que decir en torno a los personajes y sus sentimientos. Volver (2006) fue la última con estas características. Ahora hay que enfrentar, con una mezcla de expectativa y aburrimiento, la posibilidad de que este querido cineasta solo esté en una de sus búsquedas o que ya haya perdido su genio.

En esta película hay todo un rodeo, un poco lánguido y desordenado, para llegar a esas emociones intrincadas. La protagonista es, naturalmente, Julieta, joven profesora o madre enajenada por la tristeza, según el momento en que se encuentre el relato. Porque este salta del pasado al presente para poder contar el origen de los pesares de todos los personajes y luego desarrollar sus hondas consecuencias. Para hacer esto, el director español apela a una voz en off disfrazada de diario, un recurso que usa habitualmente, y que es lo menos convincente de su método para construir historias, por obvio y facilista.

El caso es que hay que soportar como dos tercios del relato para llegar a ese gran giro que empieza a darle otra perspectiva al drama y a los personajes. En el ínterin, el melodrama y las situaciones y personajes “de preparación” para el final de intrincadas emociones que he llamado aquí, se van dando con soltura narrativa, pero sin mayor fuerza ni mucho interés en términos dramáticos. Es posible tal vez prever que tanta materia prima argumental y emocional luego será usada para un fin más sólido e intenso, pero no por eso deja de ser un poco tedioso y desabrido el proceso.

Cuando llega el gran giro, realmente se puede ver a la protagonista con otros ojos, pues toda esa carga dramática y la tristeza inmensa que le cae de golpe cambian el ritmo y la atmosfera del relato. Incluso cambia la actriz. Y allí es cuando aparecen las soterradas emociones para las que don Pedro nos estaba preparando, en especial la culpa y el dolor por la pérdida. Pero también aparecen insólitas relaciones y sentimientos entre los personajes que no eran posibles prever. Y hacia el final, otro gran giro, que vuelve y revuelca esa marejada de profundas y complejas emociones, que apenas luego de salir de la sala se pueden digerir y dimensionar debidamente.

Esta película de Almodóvar, entonces, produce sensaciones contradictorias, en especial por las decisiones tomadas a la hora de construir el relato. La enorme diferencia que hay entre gran parte de la historia y su último segmento, dejan el bizco juicio: denigrarla o celebrarla, soportarla o emocionarse. Tal vez esté perdiendo el genio, como ya dije, igual que ocurrió con sus últimas películas, o probablemente esta dicotomía esté en la naturaleza de los textos de Alice Munro en que se basa, los cuales ya tendré que leer para saberlo.

La última lección, de  Pascale Pouzadoux

Morir de pie

Oswaldo Osorio

ultimaleccion

Hay muchas películas sobre la eutanasia, pero casi todas sus muertes buscadas son a causa de enfermedades terminales o limitaciones físicas insalvables. Esta película francesa propone una variante interesante: ese motivo que impele a la protagonista a desear morir es simplemente la vejez. A partir de este interesante planteamiento el relato desarrolla un drama un poco edulcorado, pero que propone distintos puntos de vista de una situación en la que todos parecen tener la razón.

Madeleine tiene 92 años y, apenas a unos minutos de iniciada la película, les dice a todos que ya es hora de partir. Se los había anunciado hace años, y en un recurso dramático y argumental apenas obvio (como buena parte del filme), sus dos hijos asumen posiciones opuestas: la hija se demora en entender pero termina aceptándolo y el hijo se niega rotundamente y se resiente con su madre y su hermana. El contrapunto entre ambas posiciones es el conflicto que mueve el relato y lo hace de forma clara y eficaz.

No obstante, la historia está cargada de otros matices que la alejan de ese esquematismo general de su argumento y su conflicto, como la relación que hay entre madre e hija, que el relato construye desde la infancia con una serie de bellos flashbacks; también el pasado combativo y militante de la madre, así como la historia de su gran amor; aspectos que definen al personaje en toda su dimensión y justifican su radical decisión; pero especialmente, la película deja muy claros los argumentos sobre por qué es completamente razonable la idea de querer morir antes de caer a la cama por vejez y yacer allí por años, y lo hace tanto con diálogos como con imágenes y acciones.

La historia empieza con una lista de cosas que ya esta anciana no puede hacer y termina con una declaración de principios acerca de vivir con dignidad o morir cuando todavía esté de pie. En medio de esto pone en evidencia esa discusión ética de prolongarle obligadamente a los ancianos esas vidas que se sostienen en cuerpos desgastados y agotados; pero más aún, evidencia la posibilidad de que ese agotamiento no solo sea físico. Por eso el gran drama que sale a la luz aquí es que ellos casi nunca son los que tienen el poder de decidir sobre sus vidas.

En consecuencia, se trata de una película con una interesante variación sobre un tema recurrente, que además está planteado de forma inteligente, en la medida en que usa unos recursos esenciales del relato cinematográfico para desarrollar con elocuencia su premisa central; pero está armada también sobre una serie de elementos obvios y predecibles, así como endulzada por momentos con un tono sensiblero que no le hace justicia a esta mujer honesta y determinada, quien le hace frente a un mundo egoísta y regido por unos discutibles supuestos morales.

 

 

 

 

Nahid, de Ida Panahandeh

Otra mujer arrinconada

Oswaldo Osorio

nahid

Otra vez las adversidades de la mujer en el cine iraní, otra vez un sutil pero contundente alegato contra su condición en aquella sociedad, otra vez el retrato de una cultura machista y patriarcal que arrincona a las mujeres en una cotidiana marea de limitaciones y pequeñas o grandes tiranías. Son muchas películas sobre esta situación, que cada vez se hacen más y hasta nos llegan con mayor frecuencia, y sin embargo, no podría decirse que está agotado el tema.

Claro, para quien conozca buena parte de los títulos con los que, por demás, se podría hacer un largo ciclo y de gran nivel, puede que esta película de la debutante Ida Panahandeh no parezca mucha novedad, pues tiene los elementos esenciales en los que se basan casi todas las demás, desde La manzana (1998), pasando por El círculo (2002), hasta Una separación (2011): ese realismo cotidiano que caracteriza al cine iraní de las últimas dos décadas, el relato contado desde el punto de vista de una o varias mujeres, la sistemática opresión por parte de la cultura patriarcal a sus derechos, no solo como mujeres sino como ciudadanas, y su deseo de hacerle resistencia a este sistema.

Habría entonces que buscar los puntos en que este filme hace la diferencia. Uno de ellos, es que ese realismo está menos signado por los tiempos muertos y más por las acciones cotidianas de una mujer que nunca está quieta, que siempre tiene un afán físico o emocional. En ese sentido, es un relato con un ritmo más constante y un argumento más “movido”, en cual la mujer con el nombre del título, a pesar de estar divorciada, no puede reiniciar su vida con el hombre que ama, pues su ex marido le quitaría a su hijo y se ganaría el desprecio de todos quienes la rodean.

También, y sobre todo, está la naturaleza de carácter de Nahid, pues no se trata del todo de la mujer subyugada por los hombres y las tradiciones, ni tampoco la libertaria que tendría una apologética visión de la resistencia femenina, sino que es un amasijo de contradicciones y salidas en falso, una mentirosa sistemática, obligada a serlo un poco por las circunstancias, pero también por lo que podría leerse como banalidad o egoísmo. En todo caso, se trata de un personaje con muchos más matices que las habituales protagonistas de estas películas y, en esa medida, resulta más compleja y hasta atractiva en el contexto de la historia.

Puede que este filme a muchos les diga lo mismo que les han dicho otros tantos relatos sobre el tema, pero habrá también para quienes resulte reveladora y significativa en ciertos aspectos, como por ejemplo, que a fuerza de ver tantas películas así, la conclusión que se saca a la primera no es ya tanto la evidente injusticia y desigualdad en la que viven estas mujeres, sino que ahora hay una sistemática consciencia de que esto ocurre y que se puede combatir y resistir, al menos haciendo películas, inspiradas en mujeres inconformes con lo que sucede y que, a su vez, pueden servir de modelo para otras en su condición.

Lista negra de Hollywood: Trumbo, de Jay Roach

Solo contra el mundo

Oswaldo Osorio

trumbo

Esta es una de esas historias en la que un hombre está solo contra el mundo. Ese mundo en este caso es Hollywood durante la época de la llamada caza de brujas, cuando cualquiera en Estados Unidos que tuviera o hubiera tenido aun una mínima relación con el comunismo, era sospechoso de traición y excluido del sistema social y económico del país. En el mundo del espectáculo esto se dio con especial saña, y Dalton Trumbo fue la figura más visible contra la que se dio esta persecución.

Este filme es lo se conoce como un biopic, una biografía cinematográfica, un esquema para el que Hollywood tiene ya su sistema y convenciones. En tal sentido, este relato no se aleja mucho de la probada fórmula. De hecho, su director Jay Roach es conocido por comedias juveniles y de vacaciones como las sagas de Austin Powers o Los Fockers. De manera que no hay gran inventiva ni especiales virtudes en la construcción del relato ni en la representación de este personaje y su mundo viniéndosele abajo. Hace justo lo que dicta el manual.

No obstante, el personaje mismo, ese rutilante y traicionero mundillo en que le tocó vivir y las implicaciones éticas e ideológicas de la situación, ya de por sí tienen la suficiente fuerza, interés e intensidad para hacer de esta historia un relato potente y cargado de connotaciones. El talento de Roach está en saber aprovechar estos elementos, por lo que la película adquiere las características de estos componentes, logrando un certero retrato de la Meca del Cine en esa época, de aquella histeria ideológica que obnubiló la conciencia estadounidense y de un hombre inteligente y de convicciones sólidas que le dio una lección al mundo.

Porque lo que sobresale en esta historia es, por supuesto, la personalidad de Dalton Trumbo, un guionista de éxito en los años cuarenta que no hizo lo que casi todos en su país: ocultar y negar cobardemente sus convicciones ideológicas cuando  se polarizó la política luego de la Segunda Guerra. Bueno, él y otros nueve, quienes conformaron los Diez de Hollywood, personalidades de la industria que fueron incluidos en la lista negra creada por el Macarthismo, con la vergonzante complicidad de todos los grandes estudios.

Y si la médula de la historia es el personaje de Trumbo, el vehículo para que esto fuera posible fue la certera interpretación de Bryan Cranston, quien permite una permanente conexión y empatía con el protagonista, aunque también es cierto que no hay muchos matices diferentes que contradigan la versión heroica y apologética que el relato hace del célebre escritor y guionista. Pero eso pierde importancia frente al hecho de que uno siempre agradece a esos personajes de la vida, que luego el arte idealiza y que logran inspirarnos con su actitud y su posición ante el mundo.

 

Historia con sabor a haikú

Oswaldo Osorio

pasteleria

Hay historias que deciden juntar a excluidos de la sociedad para hablar tanto de ellos como de la sociedad misma. Se refieren a los primeros a través de la relación que van construyendo y a la segunda, generalmente, por contraste con ellos y en fuera de campo, criticando su naturaleza y funcionamiento, denunciando soterradamente su ignorancia e intolerancia. En este filme se unen tres de esos excluidos, un pastelero, una anciana y una adolescente, en una historia sosegada y sutil con lo que quiere decir.

Ver cine oriental siempre será una experiencia refrescante y diferente, porque maneja otros ritmos, otra sensibilidad con la imagen y otra lógica en su visión del mundo y de las relaciones. Todo eso está presente en esta película, en la que estos tres personajes se encuentran en una pastelería y terminan uniendo lazos afectivos por su carácter de excluidos: él tiene un oscuro pasado, la anciana una terrible enfermedad y la joven al parecer problemas económicos y familiares.

El relato está estructurado en dos partes bien definidas, en la primera, además de establecerse la conexión entre los personajes, se hace una bella y sensible mirada al amor y carisma con que se debe cocinar, en este caso un dulce de frijoles rojos. Así mismo, aflora esa siempre atractiva dinámica que se da entre el maestro y el aprendiz de un oficio al parecer minúsculo, pero que cobra significado si se afronta como un arte, casi como una filosofía de vida.

La segunda parte, tiene que ver con los prejuicios de la sociedad frente a los tres personajes, en especial por la enfermedad de la anciana, pero también por el pasado del pastelero y por la marginalidad de la joven. Y lo que en otro tipo de película podría parecer una falla, que este conflicto no se presente con demasiada fuerza ni intensidad, aquí se agradece que pase casi en fuera de campo, solo insinuado por las consecuencias, pues el tono del relato así lo demandaba. Hacer ruido con el conflicto era restarle fuerza a esa sosegada y entrañable relación que se tejía entre los personajes, así como entre estos y las cosas sencillas que los rodeaban.

Porque esas cosas sencillas están presentes en cada momento de la película. Sobresale especialmente la referencia permanente a los cerezos, a sus flores o a cómo el viento mueve sus hojas. La conexión con la naturaleza siempre está presente en el relato, una alusión emocional, estética y minimalista, justo como un haikú. Y ese espíritu se despliega en toda la concepción visual y narrativa del filme, propiciando un ritmo, más que lento, sereno, y unas imágenes sensibles y contemplativas, tanto con la naturaleza como con la cotidianidad de sus protagonistas.

Te amaré eternamente, de Giuseppe Tornatore

La correspondencia

Oswaldo Osorio

correspondencia

No importa qué tipo de historias o temas aborde Giuseppe Tornatore, todas sus películas están siempre atravesadas por ideas, sentimientos y personajes entrañables. Esto ocurre especialmente cuando habla de amor o desamor, que es el caso de este filme, un relato sobre una singular relación en la que el amor trasciende la misma muerte.

El director de Cinema Paraíso, El hombre de las estrellas y Malena propone su versión de una idea ya conocida en otros relatos (a partir de aquí el texto revela datos importantes de la trama), en la que un hombre, luego de su muerte, continúa en contacto a través de correspondencia con la mujer amada. Posdata: Te amo (John Powell, 2008) lo hizo sin ahorrase romanticismo y melosería, sin que necesariamente se trate de una cinta desafortunada, al contrario, es un buen ejemplar para quienes gustan del cine de romance. Tornatore pone al día la idea al utilizar el video y los celulares, pero además acompaña la historia de amor con una bella y potente metáfora sobre las estrellas y el cosmos.

Es cierto que puede ser difícil estar cómodos con esta historia, porque no cuadra esa rara mezcla de ella entre doble de acción y aventajada estudiante de astrofísica, porque por mucho tiempo el relato se anega en una misma y repetida situación y porque la idea misma de un muerto no querer abandonar a su amada se antoja egoísta y cruel. No obstante, es la idea de fondo la que prevalece, esa intensa y honesta historia de amor, el sentido de pérdida que se hace palpable en cada escena, el romanticismo puro ungido tanto de la cursilería del caso como del refinamiento propio de una pareja de intelectuales.

En La correspondencia, como original y más acertadamente se titula, casi todo el tiempo el relato está siguiendo a Amy (interpretada con entrega y ternura por una Olga Kurylenko que hasta ahora había estado desperdiciada en el cine de acción), quien constantemente se está relacionando con Ed a través de pantallas, cámaras y cartas. Esa interrelación entre los personajes por medios interpuestos es una singular forma de dramaturgia que tiene sus ventajas y desventajas. En el primer caso, resulta una interesante reflexión sobre la imagen y la memoria en los tiempos de la virtualidad y lo digital, además, tiene esa aura romántica y poética de la que siempre están cargadas las misivas de amor en papel (con sobres rojos); en el segundo caso, esta mediación, y con solo un personaje en escena todo el tiempo, resulta por momentos monótona y repetitiva.

Otro protagonista de esta obra es Ennio Morricone, habitual compositor de las películas de Tornatore. Sorprende su capacidad para continuar creado piezas novedosas y precisas para contribuir a las atmósferas del relato, aunque también es cierto que en otras tantas se repite. Pero en buena medida de eso se trata cuando se habla de la obra de unos autores, ya sea el músico o el director, quienes se muestran recurrentes con unos temas, tonos y universos. Le dan vueltas a las mismas ideas y, aún así, siempre dicen cosas nuevas o desde una distinta y reveladora mirada.

 

Taxi Teherán, de Jafar Panahi

¿Realismo sórdido?

Oswaldo Osorio

taxi

Hay películas en las que el contexto y condiciones de su realización son más intensos e interesantes que su propuesta misma. El arresto domiciliario (no salir del país) y la prohibición de no hacer cine por veinte años proferidos contra el famoso cineasta iraní Jafar Panahi, así como su sistemática burla a esta última imposición, son ya circunstancias bien extremas y llenas de connotaciones que superan lo simple y un poco obvio que es su último filme.

El director de El globo blanco (1995) y El círculo (2001) ha fundado su obra en historias que describen con elocuencia la sociedad iraní y no dudan en cuestionar las injusticias del régimen y las tradiciones mismas de su país. A pesar de su condena en 2010, ya ha hecho dos películas co-dirigidas con colegas, una de ellas sobre su propio proceso judicial titulada Esto no es una película (2011).

En esta tercera desafía más abiertamente la prohibición, pues la dirige solo, e incluso la protagoniza. El ardid usado resulta ciertamente ingenioso. Trabaja como taxista y graba a los pasajeros que se suben al vehículo. Con esto se ahorra las locaciones y todo el equipo de producción, reducido a las cámaras dispuestas en el taxi. El carácter del material registrado ya es un poco más complejo, pues la relación entre realidad y ficción, así como entre personajes y personas se mezcla de forma intrigante.

Lo intrigante está en que no se sabe si lo que se está viendo es un documental o una calculada puesta en escena. La naturalidad con que van subiendo e interactuando los pasajeros (al parecer la usanza es compartir el taxi), así como la ilación de los diferentes temas sobre la cotidianidad de la ciudad o las restricciones del régimen, permite una fluidez y continuidad que hacen de la película un relato siempre atractivo y envolvente.

No obstante, cuando se van sumando temas como las reglas impuestas para hacer una película, la discusión sobre la pena de muerte, la falta de libertades, la represiva justicia estatal, entre otros, se hace evidente que todo está en función de una agenda política e ideológica definida por el cineasta y consecuente con la posición crítica que ha tomado en toda su obra. Los diálogos y personajes, entonces, empiezan a verse claramente planificados e, incluso, molesta un poco la obviedad y reiteración de los tópicos y críticas.

Es por eso que, finalmente, la película no tiene nada de sugerente. Lo que empezó como un ingenioso recurso para burlar la prohibición de hacer cine, terminó siendo un tinglado, montado con economía de elementos, para de nuevo retratar esta sociedad y al régimen, pero esta vez sin sutilezas ni la poética propia del cine.

También es cierto que es una película que debe juzgarse a partir de sus limitaciones, las cuales la hacen una obra tremendamente valiente que insiste en la denuncia y el amor por el cine. Eso fue lo que le premió el Festival de Cine de Berlín.  Y eso es lo que, en últimas, quedará cuando la película y las circunstancias de su creación terminen, con el tiempo, siendo una sola cosa.

El padre, de Fatih Akin

Por la familia

Oswaldo Osorio

elpadre

La guerra, la familia y el desarraigo son los grandes temas que obligaron a los realizadores de este filme a elaborar un relato monumental, un relato de larga duración, que atraviesa medio mundo y deja regados en el tiempo y el espacio a numerosos personajes e intensos pasajes que se cruzan por la vida de su único protagonista, Nazaret, un hombre que es víctima del genocidio armenio de principios del siglo XX por parte del Imperio Otomano en Turquía.

Fatih Akin, director alemán de ascendencia turca, desde hace mucho tiene un lugar en el cine contemporáneo, esto gracias a películas como En julio (2000), Contra la pared (2004) y Al otro lado (2007). Su cine siempre ha sido trashumante y reflexivo en relación con el desarraigo producto de los movimientos migratorios (por lo general forzados), así como de sus consecuencias sociales e ideológicas.

En esta película hay mucho de eso, aunque desplaza la reflexión y cuestionamientos sociales de siempre a los históricos, los cuales, de todas formas, son las causas de muchos de los conflictos de los que se ocupa en sus películas desarrolladas en este tiempo. Todo empieza con la intolerancia étnica y religiosa, pasada por la violencia y represiones de la guerra, para dejar como consecuencia la que tal vez sea la mayor tragedia para un hombre: la separación de su familia.

Entonces muy pronto en el relato se sabe esto, y se hace evidente que lo que vendrá de allí en adelante es ese deseo por el retorno al hogar y la búsqueda de la familia, en el caso de Nazaret, su mujer y dos hijas. Son unos conflictos capitales, ciertamente, pero al mismo tiempo demasiado básicos y predecibles en su desarrollo. Por eso el gran problema de la película es que siempre se sabe para dónde va y escasamente sorprende.

El esquema del héroe que hace una gran travesía en busca de algo y en el que, alternadamente, se topa con gente que lo ataca o lo ayuda, en este relato se aplica de forma casi automática, despojándolo de la progresión e intensidad que una buena narración requiere. Y no ayuda en nada a esto el hecho de que el protagonista, muy temprano en la historia, se queda mudo, por lo cual el espectador tiene menos elementos para lograr una empatía con él, quien termina reducido a un monigote del destino, que solo en ocasiones nos dice algo de su ser más profundo con algunas acciones.

Si bien los temas recurrentes de este director se repiten aquí, pero desde la perspectiva histórica, no alcanza a tener la complejidad e intensidad que se le conoce en sus anteriores filmes. La grandilocuencia de una historia que se explaya en el tiempo y la geografía se ve reducida por la elementalidad y reiteración con la que aplica un esquema narrativo predecible y con un héroe limitado en su comunicación, tanto con los otros personajes como con el espectador.

Incomprendida, de Asia Argento

Una balada punkera

Oswaldo Osorio

incomprendida

La infancia es una patria sostenida por dos pilares, un padre y una madre; protegida por un entorno seguro, el hogar; y de ser posible, confortada y apoyada por amigos y hermanos. Cuando alguna de estas cosas falla, puede que la tristeza y la desesperación terminen por arruinarle el resto de la vida a cualquiera. En esta historia una niña, aparentemente, tiene todo esto, pero no en las mejores condiciones ni proporciones, por lo que es un desolador relato que, sin embargo, resulta muy emotivo y, por momentos, divertido.

La actriz Asia Argento, hija del reconocido director italiano Mario Argento, aunque afirma que no es una obra autobiográfica, lo cierto es que varios elementos de la historia de Aria, su protagonista, coinciden con la suya. Aunque lo importante es que la directora mantiene su estilo luego de tres películas y las cualidades de su cine van en aumento.

La pobre Aria está en medio de la separación de su padres, expulsada alternadamente de sus dos casas, padeciendo el favoritismo que tienen sus otras hermanas y con la relación con su mejor amiga siempre en riesgo. Parece una retahíla de adversidades, pero de ninguna manera se trata de un drama lloricón y sensiblero, al contrario, el relato y su protagonista exudan desenfado, vitalidad e inspiración.

Y no se trata tampoco de esas niñas de cine cuya precocidad proviene de un guionista sin sentido de las proporciones, sino que realmente se puede ver a una niña con su universo interior, uno muy particular por el entorno del que es producto, pero la directora sabe conferirle la ingenuidad e inocencia necesarias para que su actitud irreverente y original parezcan naturales.

La película también es el retrato de una época, mediados de la década del ochenta en Roma, con su extravagante mal gusto en la moda, el tufo de la resaca punkera y un liberalismo de farándula bohemia que raya en decadencia. En medio de este ambiente, a Aria solo le queda apelar a su imaginación y a figuras que reemplacen las carencias que tiene. Un gato y la idea de un ángel de la guarda le proporcionan un refugio afectivo y pasado por las palabras, porque su voz siempre está poniendo al tanto al espectador de lo que siente y la forma como asume el mundo.

Hay que destacar también de este filme sus componentes formales y de puesta en escena. La joven  Giulia Salerno y la siempre sólida Charlotte Gainsbour, con sus interpretaciones, le dan fuerza y credibilidad al relato. La música de la época es protagonista en tanto está creando ambientes y marcando el ritmo de una narración que nunca decae. Visualmente siempre hay un cuidado en las atmósferas, unas poéticas, también las hay realistas y otras enfatizando el caos que circunda a la niña.

Se trata de un filme sensible y demoledor al mismo tiempo. Una fábula dulce y amarga sobre la infancia, contada con un equilibrado sentido en relación con esas contrastadas situaciones que condicionan la vida de Aria. Una balada punk al desamparo, con un final tan emotivo como desolador.