Rocketman, de Dexter Fletcher

Solo quiero que me amen

Oswaldo Osorio

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“No es un biopic, es una fantasía musical”, dijo Taron Egerton, el actor que interpreta a Elton John en esta película sobre la vida del célebre cantante. Pero en realidad, se trata de las dos cosas, una biografía cinematográfica y un musical con las características de ese género caído en desuso hace décadas y solo revisitado eventualmente. Y es justo esta combinación lo que puede diferenciar a este filme de otros biopics que recurren una y otra vez a los mismos esquemas, que se quedan en el plano expositivo de los hechos y donde se echa de menos la creatividad.

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Guerra fría, de Pawel Pawlikowski

Porque el desamor conmueve

Oswaldo Osorio

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Desde Abelardo y Eloísa, pasando por Romeo y Julieta, hasta llegar a Titanic, las historias de desamor siempre han vendido, pues resultan tan fascinantes y entrañables como las de amor. Tal vez sea ese masoquismo agazapado que tantos llevan dentro o la idealización romántica de los sinos trágicos, quién sabe. El caso es que de Polonia llega esta otra historia de desamor, acompañada del nombre de un director que ya cuenta con algún prestigio, melancolizada aún más con una bella banda sonora y con el tufillo “indi” que le da el ser de época, cuadrada en su formato y con un acabado en blanco y negro. Continuar leyendo

Barbara, de Mathieu Amalric

En la piel de una diva

Oswaldo Osorio

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En esta película una actriz, Jeanne Balibar, interpreta a dos mujeres, a una célebre cantante francesa de los años sesenta y setenta, Barbara, y a una actriz quien, a su vez, encarna a la cantante en una película para un obsesionado director. Es el arte de la creación dentro de una creación, un relato provisto de sutiles capas que el espectador debe identificar y, si esa es su forma de ver el cine, adivinar los pasajes en que una simulación se transforma en la otra. Continuar leyendo

La melodía, de Rachid Hami

La música siempre salva

Oswaldo Osorio

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Mr. Holland’s Opus (1995), Música para el corazón (1999), Los coristas (2004) y August Rush (2007) son solo algunas películas de una larguísima lista que se podría hacer entre las que comparten el mismo tema y argumento de esta pieza de Rachid Hami: El arte, y específicamente la música, como el vehículo por medio del cual un entusiasta maestro redime a un joven o a un grupo de jóvenes de su marginalidad o falta de oportunidades. La mayoría de ellos suelen ser relatos sensibleros y predecibles, así como aleccionantes.

Esta película francesa tiene algo de todo esto, sobre todo que casi desde el principio se sabe cómo va a terminar, pero por distintas razones, esto no parece importar mucho a la hora de presenciar esta película, en especial porque su director sabe encontrar el tono adecuado para no caer en facilismos emocionales o artificios dramáticos en su trama o personajes. Están los conflictos de siempre, sobre todo la tensión entre el nuevo profesor y los niños problema, pero también hay otros elementos, como el humor y la reflexión sobre la vocación de enseñar, que matizan esos conflictos obvios.

Simon es un violinista profesional que termina dando clase en una escuela de la periferia parisina. Algunos entre el grupo de jóvenes están urgidos de ejercer su rebeldía y hasta el irrespeto, tanto para con sus profesores como para con sus compañeros, por lo que tratar de enseñarles el difícil arte de tocar violín parece una empresa inviable. Pero la historia plantea como recurso concentrarse en un niño con una especial dedicación y pasión por este instrumento, con lo que funge de guía del grupo y por lo que el relato se sale de los transitados caminos de todas esas películas similares a las citadas al principio.

El carácter callado y ensimismado de la pareja protagónica, el maestro y el niño más adelantado, es otro elemento que contribuye a definir ese tono diferencial de esta película. Hay en ellos una suerte de melancolía, por la música y la familia, que determina el ritmo y la atmósfera de las escenas, además de que causa una emotiva conexión y empatía entre ellos, al punto de poder presenciar la sutil forma en que va naciendo y fortaleciéndose una honesta amistad entre ellos.

 

 

 

También se le agradece a esta historia que no haya tenido que recurrir a problemas sociales de fondo para potenciar el drama, como casi siempre ocurre en este esquema cuando se habla de una comunidad de alguna forma marginal. Aquí ese drama y conflicto se da por cuenta de la naturaleza y forma de ser de los personajes, así como de las volubles relaciones entre ellos. Incluso cuando recurren a un conflicto externo (el incendio), es para introducir a las familias de los niños en la ecuación y desarrollar otra línea de reflexión sobre la necesidad e importancia del arte en la formación de los jóvenes, con lo que acaba por redondearse esta película que, a pesar de su tema recurrente, termina siendo emotiva y encantadora.