Piratas del Caribe: La venganza de Salazar, de Joachim Rønning, Espen Sandberg

Héroe borracho y patético

Manuel Zuluaga

Escuela de Critica de cine

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Con más de 15 años desde el estreno de la primer película de la saga de Piratas del Caribe, Disney Channel empresa productora, al igual que con otras de sus franquicias, ha conseguido una fanaticada significativa y una rentabilidad económica que deberían apuntar a consolidar argumentos, personajes, y aventuras que llamen la atención como para continuar asistiendo a cine a ver la siguiente película. Sin embargo, la más reciente entrega de la saga protagonizada por Johny Deep decepciona y falla en este sentido.

Mientras el Capitán Jack Sparrow busca la manera de conseguir una nave, es buscado por el joven corsario Henry Turner, quien espera recibir su ayuda para encontrar el tridente de Poseidón, artefacto que acaba con todas las maldiciones del mar. En su búsqueda se cruzan con Caryna Smyth, astrologa que está segura de saber llegar al sitio donde se esconde el tridente.

Por otra parte, un capitán fantasma, Salazar, quien fue derrotado por Jack, lo busca para vengarse con la amenaza de que toda su tripulación es inmortal, lo que pone en jaque a Sparrow y por lo cual tiene la necesidad de encontrar el tridente. Esta situación lleva a los personajes a lo largo del metraje por distintas peripecias en el mar y que, con creatividad y lucidez, divierten en todo momento, pero revelan las falencias del guión, como síntoma de la crisis que vive Hollywood en la actualidad.

La película se vendió con la idea del regreso a la franquicia de Orlando Bloom, que desde el año 2008 había decidido abandonar el personaje de Will Turner en la tercera entrega de la saga. En la venganza de Salazar, ocupa una participación minúscula, cuya relevancia es la excusa gratuita y cliché para la incorporación de un nuevo personaje, su hijo, quien decide salvarlo. Ese detonante lleva a Henry Turner hasta Jack Sparrow, esperando recibir su ayuda.

El paso a seguir para completar la fórmula de la casa, sería que Sparrow encontrase utilidad en él para aceptar el trato, solo que esta vez, por lo que parece ser una serie de circunstancias desafortunadas, el capitán no tiene ningún objetivo, y más que nunca, se la pasa borracho. Se ha convertido en un personaje patético, sin encanto, y que a lo largo de la historia resulta irrelevante, sin hacer nada que avance la trama.

Solo en el viaje hacia el tridente de Poseidón, se cruzará con el enemigo que espera acabar con su vida, y que se presenta como principal obstáculo para conseguir el preciado tesoro. Lo más decepcionante en la situación, es que Sparrow no hace nada por confrontar al antagonista, en cambio, es salvado una y otra vez por esos personajes que son nuevos en la saga. De aquellas habilidades que tanto gustan en su personaje, ya no queda ninguna.

La presencia de algunos personajes secundarios llena la historia de matices y de comedia, que empobrecen aún más la caracterización de Jack, y conducen a preguntarnos por su fin. La extinción del único pirata que ha tenido continuidad en el cine, y que se esperaría fuese un tema más explotado en el séptimo arte, como lo ha sido por la literatura, o inclusive la televisión, con el referente más cercano, Black Sails, una propuesta llena de crimen, inteligencia y aventura.

Esta película me deja con la misma sensación de la famosa anécdota de Indiana Jones y los cazadores del Arca Perdida, en donde sí se extrae al personaje interpretado por Harrison Ford, la historia se desarrolla exactamente igual, indicando así la mala construcción del guion. En la quinta entrega de esta saga, todo apunta a expandir un universo de aventuras, en el que se incluyan más personajes ¿qué reemplazaran a Jack? Hay casos de grandes sagas de Hollywood en las que una película sirve de enlace entre otras, X-men, Rocky, etc.

Para terminar, y con un poco de pesimismo, para todos los que gustan de la saga de piratas, pronostico un fin cercano para la historia y los invito a no ver la película si no quieren dañar su visión sobre el Capitán Jack Sparrow. A todos quienes les es indiferente, la película garantiza dos horas llenas de humor y entretenimiento.

Sin mover los labios, de Carlos Osuna

El hombre invisible

Oswaldo Osorio

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El humor del cine colombiano poco conoce más allá de los códigos propios de Sábados felices o de las películas Dago García, es decir, un humor populista, muy básico, pocas veces físico y sí más cercano al chiste fácil o de segundo sentido que a la situación ingeniosa. Pero ese humor absurdo, elaborado desde distintos frentes y que apela al patetismo y a la comedia negra, que en suma es lo que propone este filme de osuna, tal vez nunca se ha visto en un título nacional.

Los mismos realizadores de Gordo, calvo y bajito (2012), una película que se arriesgó estéticamente con la técnica del rotoscopio, ahora proponen, no exactamente una comedia, pero sí un relato inusual en su protagonista y argumento, provisto de ese mencionado tipo de humor y que apela a otros recursos igualmente escasos en la cinematografía nacional, como las situaciones surreales, la autorreflexibilidad sobre el relato de ficción y la ausencia de realismo sicológico en algunos de sus personajes.

Se trata de la historia de Carlos, un hombre que aún vive con su madre y en sus tiempos libres es ventrílocuo. Pero a pesar del patetismo de su vida, su actitud no necesariamente es de derrota, al contrario, parece mirar al resto del mundo con una suerte de indiferencia o desprecio. Este contraste entre su apariencia y actitud le da al relato un tono, cuando no indescifrable, sí impredecible. Por eso es una película que constantemente está sorprendiendo al espectador, a veces con salidas muy ingeniosas e insólitas, pero otras desconcertantes y que rozan con la chapuza, que no siempre se sabe cuándo es premeditada o no.

Toda la historia de Carlos es en blanco y negro, pero está alternada con fragmentos de un melodrama televisivo que es recreado paródicamente apelando a los estereotipos y lugares comunes del género. De manera que el relato plantea un permanente contraste entre el discurso trillado, vacío y predecible de ese producto de ficción que se consume por millones y el otro tipo de discurso que propone esta película: absurdo e insólito, muchas veces grotesco, nada complaciente y con personajes definidos por la fealdad y su comportamiento errático.

Incluso llega un momento en que la historia y el relato se desbocan hacia un caos y  delirio que empieza con el encuentro del protagonista con estos dos misteriosos personajes que, intermitentemente, aparecen desde el principio. Carlos se transforma de una forma extrema y bizarra, mientras desaparecen los límites entre las dos ficciones. En este punto no puede haber ningún espectador reclamándole a la película cordura ni reglas de la narrativa clásica, y mucho menos realismo. Ahora la trama y su universo están definidos por otra lógica que permite hacer innumerables lecturas, ya desde el humor, lo surreal, la crítica a la alienación televisiva, el existencialismo, el absurdo o el patetismo.

Es una película que seguramente dejará desconcertados a muchos espectadores, sobre todo aquellos que esperan del cine la comodidad de una trama y un esquema legibles y de discursos  reconocibles, pero lo que hay aquí es una propuesta atrevida e ingeniosa, irreverente con las normas del cine más convencional, estimulante en sus posibles interpretaciones y con un humor inédito en el cine colombiano.

Paula, de Christian Schwochow

Una mujer contra su tiempo

Oswaldo Osorio

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La historia está llena de artistas incomprendidos, igual que lo está de mujeres cuyo talento ha sido ignorado justo por el hecho de ser mujeres. En esta película se combinan ambas condiciones en la figura de la pintora alemana Paula Modersohn-Becker, quien en el umbral del siglo XX se negó a quedarse en la posición a la que los hombres la querían relegar y, más aún, con esa batalla parcialmente ganada, se resistió a copiar el arte que ese patriarcado del óleo le exigía.

Historias como esta han sido muchas veces contadas por el cine, y realmente no es que esta tenga algo muy distinto o excepcional, aun así, no se antoja repetitiva ni predecible o tediosa. Tal vez esto obedezca a los distintos cambios en el tono del relato y en la atmósfera visual y emocional que propone la película. Claramente se puede ver una jovial primera parte en la comuna de artistas, luego el peso de la frustración por no obtener lo que ella quería, después la promesa de la libertad en París, para terminar en otro momento oscuro y adverso.

Cada uno de esos momentos no solo pone en evidencia el sinuoso e imprevisible camino que debió sortear Paula en su tozuda resistencia contra las normas sociales y artísticas establecidas, sino también esa entereza y calidez con que lo afrontó todo. Es cierto que la película habla de un contexto y de los prejuicios frente a una mujer que quería ser artista, pero el relato se concentra casi totalmente en el personaje, y es a través de ella que se pueden entender ideas y emociones que reflexionan sobre la condición de la mujer, sobre una honesta concepción sobre el arte, el espíritu libertario y la dicha de vivir.

Visual y atmosféricamente ocurre igual, la primera parte copia esa belleza preciosista como pasada por velos y con la luz del final de la tarde, así como era esa concepción de la pintura que tenían aquellos artistas alemanes de principio de esa centuria: una réplica de la naturaleza. Luego el ambiente se parece más a esas pinturas en las que Paula prefiguraba el expresionismo, con toda su carga emocional y casi lúgubre. Después, en París, la vida, el amor y la libertad hacen florecer la imagen, aunque luego esos mismos espacios se los toma la angustia y la precariedad, ya sin sol y sin belleza.

El relato, entonces, le permite al espectador acompañar a Paula en esta aventura de vida, una aventura donde se resalta, más que los dramas y adversidades que se suelen ver en estos artistas constreñidos e incomprendidos por su tiempo, su pasión y determinación por la forma como ella veía la vida y el arte. Este camino junto a una personalidad tan genuina, sumado a esos cambios en su estado y la imagen ya mencionados, permiten ver esta historia de forma distinta, como un entrañable cuento vital y como un reflexivo manifiesto sobre la libertad para las mujeres y para la creación.

Alien Covenant, de Ridley Scott

Un entierro de sexta

Íñigo Montoya

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Casi a treinta años de estrenada la primera película, Alien: el octavo pasajero (Scott, 1979), ya con esta nueva entrega se cuentan seis títulos (Siete, si se menciona Alien Vs. Depredador) sobre una de las criaturas más letales y célebres del cine. Es también una de las sagas más afortunadas en cuanto a la calidad de sus películas, aunque también es cierto que esta última evidencia un desgaste de la eficacia de ese universo.

Covenant es una nave que va camino a colonizar un planeta, pero su tripulación decide desviarse a otro planeta donde se originó una comunicación que parecía humana. Lo que encuentran allí es el destino final de la que fuera la anterior película: Prometeo (Scott, 2012), y claro, también encuentran a la temible criatura.

Lo más atractivo de casi todas estas películas es ese doble conflicto y amenaza que generalmente definen sus tramas: por un lado, el permanente acecho del monstruo alienígena, usualmente en espacios muy reducidos, y por el otro, las tensiones entre los mismos seres humanos, que suelen estar trenzados en luchas de poder o por la búsqueda de beneficios individuales.

No obstante, en Covenant este segundo conflicto no tiene mucha fuerza, eso sí, hasta que nos cuenta (advertencia de spoiler) que esta amenaza se traslada al androide de la nave Prometeo. Con esto, la historia toma otro matiz, uno no muy original, por cierto, pues propone la trillada idea de las máquinas se revelan ante los hombres aduciendo su incapacidad para comportarse racionalmente.

Total, que uno termina viendo casi por inercia esta trama de humanos y androides sin fuerza alguna, mientras que las pocas veces que aparece el monstruo tampoco es nada nuevo en relación con las tantas veces que ya lo hemos visto en las otras películas y con mayor grado de originalidad y sorpresa. Así que estamos ante tal vez la más floja de toda la saga y, consecuentemente, la que probablemente le da un final de sexta a una de las series cinematográficas más sorprendentes e intensas de la ciencia ficción.

Colossal, de Nacho Vigalondo

El monstruo soy yo

Oswaldo Osorio

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El encanto del cine fantástico es que, por más descabellada que sea la premisa que define su lógica o su universo, el espectador la acepta sin objeción. Naturalmente, luego de estar definida esa lógica, se le exige que sea consecuente con ella misma. Eso es lo que sucede en esta película, en la que una mujer parada en un parque de una ciudad estadounidense, se materializa en un monstruo en Seúl, planteando así una intrigante situación que no está limitada solo a la originalidad de su argumento.

Y es que aunque hablar de originalidad en un argumento sea difícil, porque ya todas las historias están contadas, el español Nacho Vigalondo se las ingenia siempre para que sus películas parezcan relatos inéditos, o al menos con una gran dosis de innovación. Así se puede constatar desde su célebre cortometraje 7:35 de la mañana (2003), hasta sus tres sorprendentes largometrajes: Los cronocrímenes (2007), Extraterrestre (2011) y Open Windows (2014).

Lo más particular de esta propuesta es que, si bien la situación general es similar a cualquier versión de Godzilla y la peripecia mediante la cual aparece el monstruo es de cuño fantástico, casi todo el desarrollo del relato está más cerca de un drama propio del cine independiente, en el que se construye con solidez a sus personajes y se ponen en juego una serie de ideas y reflexiones sobre su mundo interior y sus relaciones.

La vida de Gloria es un desastre, tiene problemas de alcoholismo, desde hace mucho está desempleada, su novio la deja y duerme todo el día. Cuando regresa a su ciudad natal tiene que lidiar con una crisis existencial y unas precarias condiciones de vida que la hunden cada vez más en el sinsentido y la baja autoestima. Sus nuevos compañeros de vida no ayudan mucho, pues la alientan a beber más y a tomar un trabajo muy por debajo de su formación.

Solo cuando aparece el monstruo, la verdadera naturaleza de Gloria y su amigo Óscar emergen. Los dilemas morales y las oscuras conductas crean un nuevo conflicto que complementa ese insólito asunto del monstruo y la destrucción de la capital coreana, conduciendo la historia a una confrontación sicológica y moral, donde se evidencian todos sus complejos, defectos y virtudes. Y si bien la radical transformación de Óscar parece un comodín para que la trama funcione, luego queda bien argumentada cuando toda la historia se conoce.

El caso es que se trata de un original e inquietante relato, tanto en esa premisa fantástica como en su singular combinación con el drama de personajes. Una película que sorprende, entretiene y desarrolla un genuino drama de crisis existencial. Todo empacado en una historia bien armada, difícil de prever y estimulante.

El caso Watson, de Jaime Escallón Buraglia

¿Y dóndes está el suspenso?

Íñigo Montoya

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Tal vez el thriller es el más universal de todos los géneros cinematográficos. El crimen, la corrupción, el suspenso y la intriga funcionan más o menos de la misma forma en cualquier tiempo y país o para distintas circunstancias. En Colombia se han hecho muchos thrillers, algunos de gran nivel, como Perro come perro, Saluda al diablo de mi parte o satanás.

No obstante, este thriller basado en el sonado caso del agente de la DEA asesinado por cuatro taxistas bogotanos en 2014 deja muchas dudas sobre el manejo que se hizo de los elementos del género. Específicamente se trata de un thriller policiaco, pues todo el relato está contado desde el punto de vista de los agentes que desarrollaron la investigación. En esa medida, la propuesta general del argumento y la narración están definidas con claridad, así como realizada con una factura de buen nivel, tanto en los aspectos técnicos como de puesta en escena.

Pero dicha propuesta empieza a cojear en el caminado menudo, en el paso a paso de aplicación de los recursos del thriller y de la concepción de la historia. Hay muchas salidas gratuitas y forzadas por el poder del guionista, más que por la naturalidad de los sucesos, como que el mafioso pueda congelar la imagen de un noticiero que se emite en vivo para identificar a una policía infiltrada, o que justo los criminales buscados hayan asaltado y violado a la novia de uno de los detectives, o que una policía que está en permanente comunicación con sus compañeros sea secuestrada sin que nadie se entere.

Esos y muchos más detalles hacen que todo el relato pierda su solidez y credibilidad, eso sin contar que se les olvida una de las principales condiciones de cualquier relato: que los antagonistas tengan la suficiente fuerza como para que el conflicto tenga la intensidad que requiere el espectador para engancharse a la trama e identificarse con los protagonistas. Pero aquí no sucede eso. Los criminales nunca son una amenaza y mucho menos una fuerza de oposición equivalente a  la de los policías.

El resultado, entonces, es una película con una trama simplista, en unos casos, y gratuita y forzada, en otros. A pesar del buen material que se podía desprender del hecho real, no supieron aprovecharlo y terminaron elaborando un argumento más bien obvio y sin fuerza alguna, empezando por la práctica  inexistencia del principal recurso de este género: el suspenso.

Another Forever, de Juan Zapata

El vacío de una pérdida

Oswaldo Osorio

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El duelo es una de las situaciones más críticas en la existencia de cualquier persona. Aunque están bien definidas las etapas por las que alguien pasa en estas circunstancias y el cine ha recurrido a este tema con insistente frecuencia, cada película propone su propia forma de dar cuenta de él. En el caso de esta película, dirigida por el colombiano Juan Zapata, se hace a partir del silencio, la mirada contemplativa del relato y la estructura narrativa.

Escrita por el mismo director y la actriz brasileña Daniela Escobar, quien también protagoniza el filme, esta historia apela a una economía de recursos en términos argumentales y dramatúrgicos, pues parece que lo que más le interesa es ese paisaje emocional de Alice luego de la pérdida de su esposo, un paisaje constituido mayormente por la ausencia de picos o de cualquier otro gesto que revele algún interés por algo que no sea distinto al vacío y el ensimismamiento.

La principal apuesta expresiva de esta película está en la estructura narrativa que propone, la cual está definida por un sistemático paso del pasado al presente, esto es, cuando la pareja vivía un feliz idilio, por un lado, y cuando Alice se encuentra en ese estado casi catatónico, por el otro. Es en el contraste entre uno y otro momento donde radica la mirada al duelo que proponen los realizadores, pues el dolor de ese momento es evidentemente potenciado por la comparación entre uno y otro estado.

Además, este contraste es reforzado por elementos como la luz (más viva y brillante en el primer momento), el dinamismo de la cámara cuando muestra el pasado y su estatismo registrando en el presente, y especialmente, con la forma como conecta escenas y elementos entre ese estado de felicidad y el otro de tristeza. El resultado es un contrapunto que funciona muy bien para hablar de ese dolor y esa radical forma en que puede cambiar la vida de una persona cuando sufre una pérdida. También recurre a otros recursos para dar cuenta de aquel difícil proceso, como el viaje, donde el cambio de escenario contribuye a la superación de aquella honda tristeza propia del duelo. Aunque otros resultan verdaderamente forzados o gratuitos, como el encuentro con el fotógrafo en el tren.

No obstante, no necesariamente esta bien pensada forma de presentar y contrastar las circunstancias de un duelo la hacen una película especialmente emotiva o sensible con el tema. A pesar de estos recursos narrativos y dramáticos, todo el relato en el fondo se antoja un poco distante y calculado, quitándole la intensidad emocional que podría tener un tema y un personaje como estos. El resultado, entonces, es una película inteligente y con sus elementos bien definidos, pero que no consigue por completo que se haga una plena conexión emotiva con su protagonista, que es la razón de ser de la película.

X500, de Juan Andrés Arango

Encajar, madurar y resistir

Oswaldo Osorio

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Tres historias separadas en sus argumentos, contadas de forma alternada, pero que tienen en común a unos personajes, su condición y circunstancias. El director colombiano Juan Andrés Arango ubica estas historias en Ciudad de México, Buenaventura y Montreal, tres ciudades que no podían ser más diferentes entre sí, pero que terminan siendo universos similares para estos tres jóvenes que se enfrentan cada uno a sus respectivos contextos, arrojando como resultado un relato duro y reflexivo sobre la identidad, el sentido de pertenencia y la transición de la juventud a la adultez.

La historia de David es la de un joven campesino de ascendencia indígena que viaja a Ciudad de México luego de la muerte de su padre. El choque con la gran urbe es rotundo, incluso se enfrenta a dos mundos muy distintos, el de sus amigos punkeros y el de las pandillas del barrio donde se aloja. Entretanto, Alex regresa a Buenaventura después de haberse ido como polizón a Estados Unidos, y aunque lo que quiere es ser pescador, en el camino de conseguir un motor termina trabajando como soldado para la mafia local. Mientras que en Montreal se encuentra María, quien llega de Filipinas tras la muerte de su madre, y a pesar de que su abuela le tiene un futuro planeado, ella opta por la rebeldía propia de una adolescente confundida.

Como se puede apreciar en estos planteamientos argumentales, la película bien pudo ser tres cortos contados uno tras otro, pero se decide por un relato alternado al cual ese trenzado de las historias le otorga una unidad definida por la asociación directa que se hace de las distintas circunstancias y acciones de estos jóvenes. A dos de ellos, a los hombres, la falta de oportunidades de su entorno los arrincona hacia la marginalidad y la violencia. Y aunque sus circunstancias iniciales son muy parecidas, sus historias presentan dos alternativas muy diferentes de acuerdo con sus decisiones.

En cuanto a ella, si bien no tiene los problemas de un contexto tercermundista y marginal, su marginalidad se da por vía de la edad y de su condición de inmigrante, pero sobre todo, y este es el elemento que más los une y los determina a los tres, por la ausencia de sus padres. Ese desamparo afectivo, esa falta de referentes, que no quieren reconocer como tal, pero que los amarga y los endurece, es el móvil de muchas de sus decisiones, para bien y para mal: Para buscar con una nueva identidad  a una nueva familia, como David; para sacrificarse y convertirse para su hermano en el padre que él no tuvo, como Alex; o para ocasionar una pequeña catástrofe y forzar el regreso a la tierra de su madre, como María.

Como ocurrió con La Playa D.C. (2012), este joven director colombiano demuestra aquí gran claridad y sensibilidad para dar cuenta de un universo adverso desde el punto de vista de unos jóvenes que tienen que empezar a tomar decisiones cruciales en su vida, y con ello definir de una vez por todas lo que van a ser el resto de su existencia. Esto lo hace desde un sólido trabajo con actores naturales y una soltura y espontaneidad en la puesta en escena que no por su vocación realista está exenta de muchos momentos de belleza estética.

Un jefe en pañales, de Tom McGrath

Cine infantil para adultos

Oswaldo Osorio

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Ahora el cine infantil suele no ser solo infantil. Muchas películas tienen la capacidad de funcionar perfectamente para los niños de distintas edades, pero también resultar estimulantes y cargadas de connotaciones para el público adulto, aun para el más exigente. Eso es lo que sucede con películas como El gigante de hierro, Toy Story, Monsters Inc, Up, Los Croods, Ralph El demoledor, Intensamente o el cine de Miyazaki, por solo mencionar algunos ejemplos.

Igualmente ocurre con esta película (The Boss Baby, 2017), de Dreamworks Studios y basada en el libro ilustrado de Marla Frazee. Se trata de la historia del nuevo bebé que llega a un hogar donde ya hay un niño, quien se siente desplazado por su nuevo hermano. Pero además, (advertencia de spoilers) es una trama de espionaje, pues en realidad el bebé es una especie de ejecutivo que tiene una misión en la competencia que hay entre la Corporación de bebés y la de cachorros.

Así que, como las buenas películas, esta tiene un doble conflicto que le da mayor significación y complejidad: el interno, que es la contienda entre “hermanitos”, y el externo, que es la disputa entre las dos compañías. Aunque mencionado así, solo se trata de las líneas argumentales, pero en el fondo, cada conflicto está cargado de unas implicaciones más complejas que plantean cuestionamientos y reflexiones de tipo sicológico y social.

De un lado, está esa metáfora de la que parte el relato (que es la que propone el cuento original) y que habla de ese tirano en que se convierte un bebé cuando llega a demandar todo el tiempo de los padres, así como el consecuente desplazamiento al que se ven sometidos los demás hermanos, lo cual no puede menos que traer frustración y resentimiento en ellos. De otro lado, propone, si no una crítica, al menos un cuestionamiento por la forma en que muchas personas han cambiado su sentido y naturaleza “paternal”, de los niños hacia los animales, en este caso perros, pero también se aplica a los gatos.

Estos planteamientos, por supuesto, están de fondo, y cada espectador, dependiendo de su edad y su interés en la interpretación de las películas, podrá comprender y reflexionar en diferentes niveles. Sin embargo, ese elaborado y polisémico fondo no es obstáculo para desarrollar una historia tremendamente entretenida y divertida, sembrada de momentos ingeniosos y chistes inteligentes y llenos de referentes cinematográficos, musicales y de la cultura popular que cada quien capta a su medida de atención y conocimiento.

Las grandes productoras se han dado cuenta de que puede ser más rentable una película que funcione para los dos públicos, porque eso garantiza que toda la familia le pague boleta. Además, podrá ser bien tratada por la crítica, lo cual le puede dar una vida que vaya más allá de la coyuntura de su exhibición en cartelera.

Nuestra hermana pequeña, de Hirokazu Koreeda

Familia y flor del cerezo

Oswaldo OsorionuestrahermanaUna historia sin conflicto aparente, sin sobresaltos, sin un único protagonista, sin un tema evidente, sin giros argumentales y, aun así, es una historia encantadora y envolvente, de una sutileza casi hipnótica, en la que se llega a aprender tanto de la cotidianidad y el espíritu de la cultura japonesa como solía hacerse con las películas de Yazujiro Ozu. Un cine donde las relaciones sociales, los lazos familiares, el disfrute por la comida y la armónica relación con el contexto inmediato no produce más que sosiego y admiración.

Hirokazu Koreeda es un director que ya habitualmente cuenta con el aval de los prestigiosos festivales en los que se ha destacado, empezando por Cannes. Por eso es posible que en estas latitudes se tenga noticia de él y hasta lleguen sus películas a nuestras carteleras. Otros títulos suyos, como Nadie sabe (2008), Milagro (2012) o De tal padre tal hijo (2013) giran en torno a los mismos temas, en especial las relaciones filiales y el miedo o las consecuencias de la desintegración de la familia.

La diferencia con Nuestra hermana pequeña (2015) es que aquí no hay toda esa serie de sucesos dramáticos y hasta rebuscados que alimentan los filmes citados (madres que desaparecen, niños que cruzan el país para buscar un hermano, cambio de bebés en un hospital). Aquí lo dramático ya está en un distante pasado (muertes, divorcios, infidelidades, abandonos) y solo quedan cuatro hermanas que tratan de convertirse en una feliz y amorosa familia, a despecho de las decisiones de sus padres.

Toda la historia, entonces, es sobre la llegada y acople de una joven de quince años a la casa de sus tres hermanas medias tras la muerte del padre de todas. Una historia que se ha visto demasiadas veces, pero que normalmente se explota dramáticamente a partir del choque de personalidades o las dificultades de la recién llegada para encajar. En esta, en cambio, la joven no solo llega a ajustarse armónicamente, sino que se convierte en motivo de alegría y satisfacción para sus hermanas.

Este planteamiento permite concentrarse en otras posibilidades, tanto de estos personajes como de la comunidad a la que pertenecen, distintas a las altisonancias del drama de las emociones. Incluso, como siempre, llama mucho la atención esa suerte de distancia emocional que siempre se evidencia en esta cultura. A pesar de los fuertes sentimientos que se van estrechando, todo contacto afectivo se soluciona con una inclinación y, si acaso, hacia el final alcanza a haber algún abrazo. No obstante, es en los detalles y en las acciones donde se demuestran estas profundas emociones entre los personajes: preparar licor de ciruelas, compartir una comida, dar un paseo por un túnel de flores de cerezos o decidirse por la familia antes que por una dudosa relación sentimental.

Se trata, entonces, de una bella y delicada película que no le hace concesiones a las convenciones de una narración convencional, a las tramas rebuscadas, a los giros sorprendentes o al furor del drama emocional, pues confía en sus personajes y en esos sutiles sentimientos que va construyendo a partir de su cotidianidad, de las pequeñas acciones y de un amor mutuo que no requiere de exaltadas manifestaciones para que cualquier espectador se identifique con su fuerza y su pureza.