El cine de horror en Colombia

El miedo en el trópico

Por: Oswaldo Osorio


A propósito del paso por la cartelera de la película colombiana Secretos (Fernando Ayllón, 2013) y del ciclo de Jairo Pinilla que acaba de emitir Señal Colombia, hacer un repaso por el cine de horror en el país es un ejercicio interesante, aunque puede dejar algunos sinsabores y la duda sobre aquel supuesto que dice que el cine de género no se le da bien a la cinematografía nacional.

Lo primero que hay que señalar es que la lista si acaso sobrepasa la quincena de títulos, de los cuales casi la mitad son de un solo director, Jairo Pinilla, y algunos otros están más cerca del thriller que del horror o solo tienen un tono o unos componentes de tipo fantástico que son más parte de un estilo que un deseo de producir miedo en el espectador a la manera clásica.

Todo empezó con Funeral Siniestro (Pinilla, 1977). El cine de horror le estaba dando grandes dividendos a Hollywood (El Exorcista, La profecía, Carrie) y en Colombia había una seria intención de hacer de su cinematografía una industria, ya fuera por vía del apoyo gubernamental (a través de la llamada Ley del Sobreprecio) o apelando al cine de género, como el horror, el thriller y la comedia, que eran entonces los preferidos por el gran público.

Pinilla era un autodidacta, pero esto, que podría parecer una virtud, en realidad se reflejó en un cine de muy precaria calidad en términos técnicos y narrativos, no obstante, eso impidió que sus películas conservaran un singular encanto,  tal vez debido a la devoción que le rendían al género y esa especie de ingenuidad con que lo afrontaban. Así se puede constatar, principalmente, en sus tres filmes siguientes: Área Maldita (1980), 27 Horas con la Muerte (1981) y Triángulo de Oro (1984). No es gratuito, entonces, que estas últimas características, en la actualidad, se hayan impuesto a la mencionada precariedad y sea posible ver su filmografía emitida por el canal cultural nacional y que tenga una serie de seguidores, sobre todo jóvenes y cinéfilos, que ahora han llevado su obra al nivel de cine de culto, donde la calidad, la originalidad y la buena factura no necesariamente son los  criterios para valorar una película, pues hay otros muchos igualmente válidos.

También en Cali se origina el Gótico tropical, el único género cinematográfico propiamente colombiano. Se lo inventó la gente de Caliwood, con Carlos Mayolo y Luis Ospina como sus principales cultores a partir de películas como Pura sangre (Ospina, 1982) y Carne de tu carne (Mayolo, 1983). No es estrictamente horror, sino más bien un estilo que incorpora atmósferas y elementos del horror (vampirismo, espectros, zombis) al contexto y la realidad del país. Una rara pero bien acoplada combinación entre unos elementos fantásticos y la realidad, en donde los primeros generalmente funcionan como una simbología que puede ser aplicada a la segunda. Otras películas, como La mansión de Araucaima (Mayolo, 1986), Yo soy otro (Óscar Campo, 2008) y el cortometraje Alguien mató algo (Jorge Navas, 1999), también tienen ese espíritu propio de este género criollo.

Fuera de Pinilla y del Gótico tropical, quedan unas cuantas películas: Holocausto caníbal (Ruggero Deodato, 1981), una impactante y provocadora película que está más cerca del gore que del horror y es más italiana que colombiana; La noche infernal (Rittner Bedoya, 1982), una mezcla de thriller con el esquema de casa embrujada; Contaminación, peligro mortal (Lewis Coates, 1982), criaturas mutantes que protagonizan “una horrenda conspiración de asesinatos, monstruos del espacio y café”; Al final del espectro (Felipe Orozco, 2006), sin duda la mejor lograda de todas en relación con los parámetros del género, porque es una cinta que conocía bien las leyes de este tipo de cine y las supo aplicar de forma eficaz y convincente.

Finalmente, están El páramo (Jaime Osorio Márquez, 2011) y Secretos. Aunque hay que aclarar que ambas son lo que se podría llamar, sin buscar ser peyorativos, “falsas películas de horror”, porque si bien empiezan sugiriendo toda la atmósfera propia del horror, donde el conflicto depende de fuerzas sobrenaturales, finalmente -y aquí se devela parte del secreto para quienes no las hayan visto-  terminan siendo explicadas por el thriller, por lo criminal, y no por lo fantástico, lo cual no les quita méritos en lo que logran con su objetivo principal: conectar con el público y causarle un fuerte efecto emocional. La diferencia es que El páramo lo consigue con la creación de atmósferas y la construcción sicológica de los personajes y las relaciones entre ellos, mientras Secretos apela más a los inesperados giros de la trama y al efectismo en la banda sonora.

La historia del cine de horror en Colombia es una historia muy corta, lo cual es paradójico si se tiene en cuenta que la mayoría de estas películas tuvieron buenos o aceptables resultados en la taquilla, incluyendo algunas de Pinilla. Y en un país como Colombia, donde hay que hacer catarsis de tantos miedos y amenazas, este cine, que cumpliría bien esta función y que, además, suele ser bien recibido por el público, debería ser mucho más frecuente.

Cazando luciérnagas, de Roberto Flores Prieto

El ermitaño acompañado

Por: Oswaldo Osorio


El cine colombiano ya no le tiene miedo a los tiempos muertos, a los silencios o a las tramas con argumentos simples. Ya por la fuerte tradición literaria o por la sangre latina hirviendo en medio de este trópico, las películas en este país siempre han hablado mucho, mostrado mucho y pasan demasiadas cosas en ellas. De un tiempo para acá, películas como El vuelco del cangrejo (2010), Porfirio (2012) o La sirga (2012), han buscado cambiar este paradigma.

Esta película de Roberto Flores Prieto también lo hace. Tal vez esto sea influencia del cine europeo o del Nuevo Cine Argentino o simplemente madurez, porque necesariamente se trata de un cine adulto, un cine que arriesgado narrativa y estéticamente, con todo lo que esto implica: en la parte industrial, un distanciamiento del gran público, que le va a dar la espalda o no la va a disfrutar (por más que vaya atraído por la popularidad de un actor más televisivo que cinematográfico, Marlon Moreno); y en lo expresivo, la posibilidad de contar con distintos recursos para decir lo que tal vez de otra forma no se puede decir.

Y es que este es un director valiente haciendo cine. Lo está siendo en esta película con esas decisiones narrativas y formales que tomó en un país como este, donde las comedias populistas en las que hablan mucho y pasan muchas cosas son las que apoya y aprueba el público general y hasta los medios; y también lo fue con su ópera prima, Heridas (2008), la primera vez que una película habla frontalmente del paramilitarismo en Colombia, y lo hizo con la solidez de pulso y la fuerza dramática que el tema exigía, por lo cual terminó marginada por la autocensura de todos los circuitos de exhibición del país.

Con Cazando luciérnagas cambia casi por completo de registro, pues cuenta una historia que podría ser universal y atemporal, porque es una historia intimista y sobre complejos y sutiles sentimientos. Un celador de unas minas de sal a orillas del mar pasa sus días en el silencio de su soledad y con una vida tan simple, por la rutina de un trabajo compuesto por mínimas tareas, que lo tienen al borde del misticismo.

La aparición de una joven, y hasta entonces desconocida hija, cambia ese silencio y esa rutina. Los planteamientos iniciales son conocidos, pues se trata del sujeto externo que llega a desequilibrar un universo y del contraste y choque entre los mundos y percepciones de un adulto y una niña. Tal vez por eso en algunos momentos puede parecer predecible, pero lo importante es lo que el director propone y desarrolla con esos elementos básicos, que en este caso es el juego de emociones y sentimientos, apenas sugeridos, que se empiezan a mover entre estos dos personajes, así como la sutil pero significativa transformación que opera esto en ellos. Tanto al ermitaño como a la niña se les abre un poco más el mundo, por lo que cada uno dejó al otro, incluso sin proponérselo.

Otro protagonista de esta historia es el espacio. El amplio paisaje del mar, las playas y las salinas enfatizan el aislamiento del personaje y es aprovechado desde la concepción visual para crear unas imágenes bellas y expresivas, que tienen como principales cómplices al encuadre y a la luz. Incluso por momentos el relato parece más interesado en desarrollar esa belleza y expresividad que las mismas emociones de los personajes, sobre todo de Manrique.

De todas formas, por esta concepción visual, por la naturaleza de los personajes y el minimalismo de la historia, esta es una película que le exige al espectador una disposición distinta para presenciar una experiencia cinematográfica diferente.

Blue Jasmine, de Woody Allen

Pobre niña rica

Por: Oswaldo Osorio


El regreso de Woody Allen al drama duro y a Estados Unidos es sólido e intenso. Luego de un puñado de películas en Europa y que son comedias o historias románticas, el prolífico y ya mítico director neoyorkino nos cuenta una historia de reveses y desesperación que llevan borde de la locura a su protagonista, todo contado con su estilo inconfundible en la construcción de personajes y la creación de diálogos, pero además jugando con la estructura narrativa para depararnos algunas sorpresas.

Jasmine, encarnada por una convincente Kate Blanchett, luego de tenerlo todo se queda sin nada después de que su esposo fue encarcelado por fraude. De su suntuosa vida en Nueva York pasa a vivir en la precariedad que le ofrece su hermana en San Francisco. De ahí en adelante se viene un desfile de pequeños y grandes dramas para esta pobre niña rica, desde la necesidad de buscar un empleo hasta las repercusiones de este desmoronamiento de su vida en su salud mental.

Lo primero que pone en evidencia la trama es el contraste que existe entre las dos hermanas, la una sofisticada pero vencida por la vida y la otra común y corriente pero que en general vive feliz con sus dos hijos y los hombres vulgares que tiene por pareja. Este contraste da lugar a un constante contrapunto entre ambas, que van desde los reproches hasta la desaprobación del estilo de vida que la otra eligió, lo cual obliga al espectador a establecer constantes comparaciones y juzgar las distintas decisiones que cada una ha tomado en la vida.

La que menos bien parada termina es siempre Jasmine, la triste Jasmine. En principio parece una víctima, de los hombres, de las circunstancias y de la vida misma, como la mayoría de los personajes femeninos que protagonizan las películas de Woody Allen, pero este es distinto, sobre todo por las decisiones que toma y por su actitud ante quienes la rodean, por eso no es casual que el espectador solo muy poco o en ningún momento se identifique con ella, salvo por vía de compasión debido a las lamentables cosas que le ocurren y por lo patética en que se ha convertido su vida.

La narración misma se encarga de corregir constantemente al espectador cuando trata de identificarse con ella, y lo hace con una sistemática dinámica de flasbacks que le muestran de tanto en cuando a la Jasmine en sus años gloriosos y esas decisiones que tomó. De manera que el relato siempre está jugando con la información sobre ella y el espectador es testigo de la vida de una mujer que, al tiempo que se va desmoronado poco a poco, se nos va develando todo lo que la llevó a tal situación, convirtiendo este en uno de los dramas más patéticos que han salido de este gran conocedor del cine y las mujeres.

Amores peligrosos, de Antonio Dorado

La historia de una “dura”

Por: Oswaldo Osorio


La historia del narcotráfico en Colombia está lejos de ser contada por completo. No importa los usos y abusos y futilidades de la televisión con el tema, es el cine el llamado a contar esta historia y hacerlo de forma consecuente y reflexiva (hasta que la otra historia tome su distancia y lo haga). A eso apuntan películas como las dos primeras partes de esa Trilogía de Cali que está haciendo Antonio Dorado, a pensar el tema con el cine, a hacerse preguntas y tratar de responderlas o dejárselas enunciadas al espectador.

Ya lo había hecho con El Rey (2004), cuando nos contó, en clave de cine de gánsters, los orígenes de este fenómeno en aquella ciudad a través de la figura del primer narcotraficante. El cine de género le funcionó muy bien para recrear esa dinámica de ascenso y caída con todos esos crímenes de por medio. En Amores peligrosos (2013) tal vez habría sido muy fácil repetir el esquema, porque el cine de género siempre conecta fácil con el público, pero se decidió por un camino más sinuoso, para bien y para mal.

De todas formas, el personaje no daba tanto para un thriller como en el anterior filme, pues el rol de la protagonista en el mundo de la mafia cambia sustancialmente. Ya no es quien toma las decisiones sino que deciden por ella y, por eso mismo, muy pocas veces es quien motiva las acciones y el avance de la historia. Eso es lo que más complicado resulta en esta película, que el espectador no se pueda identificar fácilmente con la protagonista, porque su actitud siempre es muy neutra, cuando no errática.

De manera que con una protagonista que no es muy activa y con un relato que, si bien tiene elementos del thriller, se decanta muchas veces por el melodrama, entonces estamos ante un filme que se arriesga a perder el gran público que tenía su antecesor. No obstante, sin duda fueron decisiones consecuentes con la historia que se quería contar y con el retrato que se pretendía hacer. Porque esta película genera un malestar y una incomodidad al verla, lo cual sin duda tiene que ver con las características del personaje, pero que no son tanto problemas del relato, sino que son inherentes a este tipo de mujer -que todavía no lo es del todo- y a su interacción, entre placentera y culposa, con ese mundo podrido en que está metida.

Pero otro lado, la película conserva muchos elementos que mantienen la necesaria relación con El Rey, además de adentrarse y tratar de explicar las dinámicas sociales y hasta sicológicas de ese fenómeno que permeó a la sociedad caleña, está el uso de la música (salsa, por supuesto) como contrapunto sonoro de la acción y una concepción fotográfica que, además de cuidada, es consecuente con el tono de thriller y las atmósferas de esa ciudad que quiere retratar y comentar.

Seguramente no es la película que muchos esperábamos, porque después de la fuerza y contundencia de El Rey, estábamos predispuestos para una historia y personaje definidos por un esquema más directo, pero lo que nos entrega Dorado es un estudio diferente, condicionado por un tratamiento más melodramático, el cual a su vez estaba determinado por la condición femenina de la protagonista y su rol dentro del mundo de la mafia.

Del thriller al melodrama y del temerario capo a la adolescente veleidosa hay grandes diferencias, las cuales se reflejan en un relato menos cohesionado y en unos personajes aparentemente menos sólidos, pero esas eran las condiciones de esta segunda entrega, que tiene como principal mérito no querer repetirse y explorar otras posibilidades.

Elysium, de Neill Blomkamp

Un héroe egoísta

Por: Oswaldo Osorio


En esta película los ricos van al “cielo” (o al paraíso, de acuerdo con el referente mitológico del título) y los pobres se quedan en el infierno de la tierra (y además hablan español). Sobre esta premisa, claramente planteada como una crítica a nuestro mundo, el director de Sector 9 (2009) construye una enérgica y envolvente cinta de acción y ciencia ficción, que si bien nunca abandona ese trasfondo ideológico como el conflicto de contexto que le da sentido a la historia, en últimas lo que le importa es concentrarse en los valores de entretenimiento del filme.

Justo en estos días el presidente de Uruguay consiguió un golpe de opinión con su discurso en la ONU. En su intervención se quejaba del carácter materialista y consumista de la sociedad actual. Decía que si la humanidad aspirase a vivir como un estadounidense medio, serían necesarios tres planetas. Pero claro, sus palabras seguramente se quedarán en eso, en un golpe de opinión y aumentarán su fama de hombre sencillo y lúcido, pero en el 2154, año en que se desarrolla esta cinta, seguramente la sociedad se parecerá más a lo que propone esta historia que al mundo ideal que quisiera este bonachón presidente.

Ya en Sector 9, su ópera prima, este director sudafricano había desarrollado una original historia de acción y ciencia ficción (que dejó enunciada una esperada segunda parte todavía sin realizar) sobre un trasfondo de crítica social, el cual hacía referencia a la segregación y su violenta aplicación, un asunto que tantas implicaciones históricas tiene en su país, pero que en este caso no era de los blancos sobre los negros sino de los humanos (la mayoría blancos) sobre una colonia de extraterrestres.

Así mismo, en esta segunda película crea un mundo injusto y desigual, el cual está dividido tajantemente por el poder adquisitivo. En él se encuentra Max, un hombre doblegado por estas circunstancias sociales, que lo único que tiene en mente, al menos en principio, es salvar su propio pellejo. No piensa en nada ni en nadie más. Y es en este sentido que resulta más interesante y verdaderamente atípica esta película, pues su protagonista durante casi toda la historia no aparece investido con las virtudes y habilidades del héroe convencional, sino que se muestra egoísta, timorato y siempre en desventaja. Eventualmente, y por cuestiones externas a él, adquiere una especial fuerza física, que le permite ser temerario y combativo, y eventualmente también, termina pensando en otros, pero es más por accidente que por su propia naturaleza.

Es sabido que una marcada desventaja del protagonista ante el conflicto de la trama hace mucho más intenso el relato. Y efectivamente, además de la permanente intensidad que mantiene el conflicto planteado en esta historia, es difícil predecir (como es hábito en el espectador) qué sucederá secuencia tras secuencia. Es por eso que esta película resulta tan atractiva y entretenida. Porque si bien todo su planteamiento descansa sobre los esquemas del cine de ciencia ficción y de acción, su director y guionista tiene la habilidad e inteligencia de organizar unos elementos harto conocidos de manera que resulte un relato estimulante e impactante.

Ante estos valores de entretenimiento, la dirección de arte y los efectos especiales se constituyen en los elementos más llamativos de la película. Entre ambos consiguen hacer evidente esa brecha que hay entre ricos y pobres, entre la distópica tierra y el utópico satélite artificial que es Elysium. Esta combinación entre la concepción visual, el tiempo en que se desarrolla y las características de la sociedad que recrea, la ubican dentro del siempre atractivo subgénero del cyberpunk.

Y así, con este estilo de culto como referente, un conflicto ideológico de fondo y una simple trama de supervivencia, además contada en clave de cine de acción y con el acabado visual de la ciencia ficción, esta película se erige como un producto bien hecho, con suficientes virtudes en lo cinematográfico y que conecta fácilmente con el espectador.

Súper héroes sin poderes :

A propósito de Kick-Ass 2

Por. Oswaldo Osorio


Hay trescientos súper héroes registrados en Estados Unidos. Y no se trata de los hoy tan populares Cosplay (gente disfrazada de personajes de cómics, anime, video juegos, etc.), sino de personas que diseñan un traje y unos artefactos, asumen un rol, se autobautizan y salen a patrullar las calles y combatir el crimen (pero sin el respaldo de los millones de Bruce Wayne). No es un fenómeno exclusivamente estadounidense, pero es allí donde más los hay, sin duda por la influencia directa de la industria del cómic, principalmente, pero también de sus adaptaciones al cine y la televisión.

Aunque también, desde una perspectiva histórica y cultural, este país es más proclive a la idea de los vigilantes y vengadores, así como a la ley del revólver y la defensa de la propiedad e integridad personal a sangre y fuego, sustentadas en la Segunda Enmienda. Esto se puede ver en el documental Superheroes (Mike Barnett, 2011), el cual da cuenta, sin juzgar ni idealizar, de un proceder que puede verse al mismo tiempo como ridículo, peligroso o encomiable.

El estreno de Kick Ass 2 (Jeff Wadlow, 2013), es una buena excusa para reflexionar sobre las implicaciones de este proceder, tanto en la realidad como en su reflejo cinematográfico, porque es un tema que va más allá de los disfraces, las parodias y las alusiones a los cómics. Y es que se trata de una situación cargada de dilemas, que van desde las improbables o cuestionables motivaciones (venganza contra el mundo criminal, altruismo temerario o algún tipo de esquizofrenia), pasando por los problemas de identidad ocasionados por la construcción de una segunda personalidad, hasta la claridad o no con que manejen la diferencia entre el mundo real y el de los súper héroes. Todo esto aplica tanto para los reales como para los de cine.

Ahora, en cuanto a las películas con este tema, suelen optar por la comedia o el drama, de acuerdo con la seriedad o intensidad con que asuman esos dilemas. Normalmente no se lo toman muy a pecho, por eso se trata por lo general de comedias como Blankman (1994), Mystery Men (1999) o Super (2011); pero también existen otras cintas en las que estos súper héroes sin poderes dan para ahondar en las reflexiones citadas atrás, resultando historias sólidas y con fuerza, como Special (2006) o Defendor (2009), dos cintas en las que los problemas sicológicos de los personajes dan lugar a su delirio por hacer el bien, pero también a la construcción de unos personajes y conflictos que son la base de unos significativos relatos. La magnífica The Watchmen (2009) también podría ser un buen ejemplo de las adversidades de este tipo de súper héroes, aunque es una película que mezcla a ambos tipos de personajes, es decir, con y sin poderes.

La diferencia entre optar por el drama o la comedia y el tratamiento profundo o no de este tema, desemboca en un asunto crucial: el manejo de la violencia. Porque de la decisión que se tome al respecto se define cómo asumirla. Generalmente en las comedias no hay muertos y se trata de una violencia de vodevil, pero en los dramas ocurre lo contrario, con la gran diferencia de que en las películas con súper héroes sin poderes es posible que el protagonista sea quien salga gravemente malherido o incluso pierda la vida. De hecho, la citada The Watchmen empieza con la muerte de algunos de ellos.

Es por eso que Kick Ass, en sus dos entregas, resulta una propuesta inédita, porque nos muestra a unos súper héroes sin poderes pero con las consecuencias reales, aunque llevando también la violencia al extremo de los filmes de acción, donde ya no es muy realista. De manera que es un filme que reflexiona con seriedad sobre los dilemas inherentes a este tipo de personajes, pero también tiene algo de comedia y es cine de acción, una rara y difícil combinación que termina por funcionar muy bien.

Tras la puerta, de István Szabó

El mundo según Emerenc

Por: Oswaldo Osorio


Una de las formas más eficaces de originar una historia y dar paso a un intenso drama es enfrentar a dos personas que se rigen por lógicas y personalidades diferentes. Incluso no es necesario poner un conflicto que las confronte, es decir, que cada una de ellas quiera algo y choquen sus deseos, es suficiente darles una vida en común y sus diferencias proporcionarán los elementos necesarios para construir un relato atractivo y envolvente.

Eso es justo lo que ocurre con esta película del reconocido director húngaro István Szabó (Mephisto, Encuentro con Venus, El amanecer de un siglo), donde coinciden, en la Hungría de los años sesenta, dos mujeres: Emerenc, una mujer de avanzada edad dedicada al servicio doméstico, y Magda, una escritora de mediana edad. Cuando la primera empieza a trabajar para la segunda, el relato comienza a construir, a partir del punto de vista de Magda, la férrea y enigmatica personalidad de Emernc, quien parece estar llena de oscuros secretos.

Poco a poco la historia va enganchando al espectador a medida que va adibujando, cada vez con más detalle, la singular personalidad de Emerenc, una mujer con una severa concepción del mundo, la cual parece moldeada por el dolor y la adversidad. No obstante, es una concepción que le permitió llegar a la esencia de lo importante y verdadero de la vida en asuntos como el amor, la honestidad, la amistad y la muerte.

Si bien este personaje es quien tiene un mayor peso en la historia, es la relación entre ambas el hilo conductor de todo el relato y la motivación de casi todas las escenas. Resulta especialmente atractivo, no solo la evolución de esta relación, que va de la desconfianza al aprecio inconcional, sino la manerra en que se van tranformando los roles de cada una en relación con la historia y con lo que las define, pues la que parecía más ignorante y que tenía menos que ofrecer, resulta siendo el soporte de la otra y un modelo para entender muchas cosas: emociones, sentimientos, la naturaleza humana y hasta la vida misma.

La virtud de este relato es que está construido, además, a partir de un doble secreto sobre Emerenc que intriga todo el tiempo a Magda y al espectador: por un lado, descifrar la personalidad de esta mujer, sobre todo en relación con sus motivaciones y su pasado, y por el otro, lo que oculta tras la puerta de sus casa, a donde nunca nadie a podido entrar. Poco a poco, algunas veces con gran sutileza y otras con cierta torpeza, el relato va develando a esta mujer y su pasado, hasta que llega el momento de la revelación, la cual, por simple que parezca, no decepciona, sino que antes dice mucho más de ella.

Sin embargo, el gran problema de esta película es que rompe una de las leyes de todo relato, esto es, mantener la permanencia de conflicto, que en este caso es ese doble secreto, porque después de develado, solo quedan conflictos secundarios, en especial el futuro de la relación entre las dos mujeres. Pero a pesar de este alargado y poco interesante final, se trata de un filme que en general resulta intenso y amotivo, además construido con el buen pulso de un director con oficio y talento.

Cría cuervos, de Carlos Saura

Un alegato ideológico y una dulce canción

La edición 103 de la Revista Kinestoscopio, a propósito del homenaje que el 11 Festival de Cine Colombiano de Medellín le rindió al cineasta Lisandro Duque, publicó en su edición impresa un dosiser sobre “Las infancias del cine”. Este texto sobre el clásico de Carlos Saura hace parte de él.


Por: Oswaldo Osorio

“No creo en el paraíso infantil, ni en la inocencia, ni en la bondad natural de los niños.” Esto es lo que afirma Ana, aunque ya siendo adulta, mientras el relato da cuenta de su infancia rodeada de autoritarismo y muerte. Es por eso que esta película se trata, no solo de la historia de una niña y su visión del mundo, sino también de la situación de un país, porque a Carlos Saura, por esa época, le interesaba tanto hablar de la cotidianidad e intimidad de las personas y la familia como de la sociedad y el régimen que condicionaban esa cotidianidad e intimidad.

Para mediados de los años setenta la dictadura del general Francisco Franco en España llegaba casi a sus cuatro décadas, y aún así seguía siendo tan vertical, represiva y poderosa como cuando empezó (aunque ya con fuertes signos de desaprobación desde el exterior). La censura era una institución doméstica que no se conformaba con suprimir las ideas en contra del régimen, sino que defendía un conservadurismo a ultranza que cruzaba desde las normas morales hasta las sociales, todo medido y auspiciado por la moral católica. El arte en general y el cine en particular eran objeto de esta censura, por eso había que apelar al ingenio y a los simbolismos para burlarla.

Carlos Saura burló la censura con especial sutileza, así se puede constatar en películas como El jardín de las delicias (1970), Ana y los lobos (1973) y La prima Angélica (1974). Y en este sentido Cría cuervos (1976) es el punto culminante (y más brillante) de esa intención de hablar del régimen sin pronunciar su nombre. Además, la película se filmó el mismo año en que, luego de una larga agonía, muere Franco. Aun así, su figura y lo que representaba seguían siendo intocables.

Pero es evidente el sentido general de la historia que relata esta cinta, el cual hace alusión al final de una era y al principio de otra (sin siquiera imaginarse todavía que habría una transición a la democracia en lugar de, como era más posible, que asumiera otro tirano). Porque es cierto que se trata de la historia de una niña que observa (y juzga y se rebela contra) el mundo de los adultos, pero esa es la historia que seguramente vieron los censores (o la que no pudieron censurar). En la otra lectura se puede ver al militar déspota e infiel que rige a esta familia, a la esposa oprimida y humillada por el poder y la doble moral del déspota, a la tía que es cómplice de la situación y se encarga de educar y mantener en línea a las tres niñas, y a la bonachona ama de llaves que se ve obligada a guardar silencio y rememora un pasado más justo con la gente. Ahí los personajes se convierten en símbolos y conceptos con otra carga de sentido en aquel contexto histórico.

Igualmente, la grande y antigua casona, que parece detenida en el tiempo, se encuentra aislada del exterior, un contraste que insistentemente muestra una panorámica que pone en evidencia el encierro de aquella familia ante el bullicio del mundo moderno, el cual no deja moverse afuera de los altos muros que cercan el lugar. El argumento da cuenta de un verano durante el cual las niñas no salen de la casa. Solo al final, con el padre muerto y el inicio de las clases, se les ve salir y caminar hacia la escuela: es una secuencia liberadora y prometedora, para las niñas, en la primera lectura, y para España, en la segunda.

A pesar de esta interpretación inicial, que privilegió la carga simbólica en relación con la crítica al contexto político, todo eso solo es posible a partir del personaje de Ana (y la fascinante interpretación de Ana Torrent, con apenas ocho años). Es esta niña con sus grandes y expresivos ojos negros, pero sobre todo, con su actitud rebelde y desafiante ante el mundo de los adultos, lo que define cada idea, emoción y sentimiento que desarrolla esta película. Ahí está el talento de Saura, en su capacidad para contar la oscura y melancólica historia de una niña sin que se vean las puntadas del discurso ideológico que su personaje contiene.

A esta niña la obsesiona la muerte, pero esto no ocurre por el capricho del guionista (el mismo Saura) que quiere crear un personaje impactante y extremo, sino que es una condición que surge coherentemente de la situación que Ana vive. Su madre ha muerto y ella culpa a su padre, a quien envenena. Mata al tirano y luego, recalcando su opinión sobre él, se niega a besarlo en su ataúd. También ofrece a su abuela liberarla de su sufrimiento y trata de matar a su tía (la colaboracionista). Solo al final sabemos que realmente no lo hizo, que su letal polvo no era tal cosa, pero aún así la fuerza y actitud del personaje permanecen indelebles después de hora y media de verla padecer, repudiar y actuar contra las condiciones que regían su casa.

Saura completa la complejidad de este personaje con un par de recursos, el primero, varios testimonios de una Ana adulta que le habla a la cámara sobre la falacia del paraíso infantil, y el segundo, los saltos del relato hacia el pasado. Estas rupturas con la linealidad narrativa muchas veces son sin cortes, sino en la misma escena, como si las situaciones o personajes del pasado fueran fantasmas que aparecen y desaparecen del lugar o que conviven por momentos con el presente. Casi todas estas situaciones dan cuenta de cuando Ana fue testigo de las infidelidades de su padre o de esos momentos íntimos y llenos de ternura en la relación con su madre (Geraldine Chaplin).

Y es que hasta ahora este escrito solo ha hablado del subtexto ideológico de la historia y de la carga dramática y simbólica que tiene esta niña, pero por encima de todo esto, también es posible ver a la tierna niña de ocho años: afectuosa con su hermanas, amorosa con su madre, cómplice y curiosa con el ama de llaves, que juega con mascotas y muñecas y que escucha una y otra vez esa dulce canción –aunque con un triste texto– de Jeanette (Por qué te vas). Así que de cualquier forma que se vea esta película, ya como un claro alegato ideológico o como la entrañable historia de una niña en su entorno familiar, se trata de una obra inteligente y potente, aunque lo ideal siempre será hacer la doble lectura y maravillarse con la habilidad de Carlos Saura para integrar los dos sentidos.