Así es la caminata para llegar al letrero de Hollywood y por qué vale cada kilómetro
En un recorrido que puede durar dos horas y media se puede llegar hasta el punto más alto del letrero de Hollywood que justo en 2023 cumplió 100 años. Esta es la historia de un símbolo que estuvo a punto de desaparecer.
Periodista de la Universidad de Antioquia, especialista en periodismo digital en la UPB con 32 años de experiencia. Locutora y programadora de RCN Radio, reportera en Hora 13 Noticias y periodista en EL COLOMBIANO desde su página web hasta la sección de Tendencias de la que actualmente soy editora.
La caminata prometía una ruta de senderismo llena de charlas y anécdotas. Decidí tomar el tour completo, el que llega hasta la cima y dura cerca de dos horas y media de caminata (hay otro que llega hasta la mitad y se hace en menos tiempo) para llegar a ver las famosas letras que se convirtieron en un símbolo de la era dorada del cine norteamericano, que tienen más de 100 años y que hasta han sobrevivido a actos vandálicos, el paso del tiempo y el olvido: el famoso letrero de Hollywood.
Quería hacer ejercicio, caminar, aprender y entender por qué un letrero tan básico, blanco, gigantesco y sin mucho sentido había inspirado alguna vez que una ciudad como Medellín, encerrada entre montañas, hubiera tenido su propio letrero hollywoodense por cuenta de una empresa textil que decidió financiar un aviso inmenso en la ladera oriental de la ciudad con las letras de la palabra Coltejer. Desde niña me habían dicho que el de Hollywood lo había inspirado, por eso quería verlo de cerca y si era con un guía, que me contara historias, mucho mejor.
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La cita fue acordada a las 10:30 de la mañana en la 6301 Innsdale Drive, la entrada de una casa y con una instrucción muy clara que llegó por Whatsapp por parte de Michaela, una de las guías del tour Hollywood Hikes: “No toque el timbre de esa casa ni de cualquier casa vecina y la esperamos en el letrero del oso que dice ‘prohibido fumar’ también conocido como el Smokey the bear”. El mensaje venía acompañado del enlace de la dirección en Google Maps y cuatro fotografías que ilustraban el lugar exacto del encuentro.
Ignorando mi desgaste de rodilla me aventuré en este plan y llegué al sitio acordado a las 10:17 de la mañana tras una ruta de metro del centro hacia el paseo de las estrellas de unos 25 minutos sin cambio de línea y de allí un Uber que me llevó a la dirección exacta en 12 minutos. Este es un barrio muy hollywoodense, de grandes casas, carros parqueados afuera. La casa en cuestión, la de la dirección, es la última de una calle que termina en una barrera despintada de color blanco y que no permite el acceso a vehículos hacia más arriba. Comienza, la que llamamos aquí, la carretera destapada, un camino sin pavimentar. Al lado derecho un carrito callejero de venta de jugos y gente entrando y saliendo constantemente por un lado porque la barrera nadie la toca.
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En uno de los vehículos parqueados en la cuadra está Jon Ebeling con su perro Mozart, un bernedoodle amigable y adorable que nos acompañará en la caminata porque sí, se puede ir con perros siempre y cuando estén con traílla. Jon se presenta y llega en ese momento una pareja de Texas que se fue a pasar unos días de descanso a Los Ángeles. Jon nos dice que esperamos a cinco personas más y que si son puntuales salimos a las 10:30 en punto.
El clima está fresco, es bastante primaveral, no hay sol directo ni un viento helado. Jon nos pregunta si necesitamos agua o alguna barra de proteína para entregarnos las dotaciones antes de empezar. Desde ese punto el letrero se ve muy cerca, pero es solo una ilusión óptica porque para llegar a este todavía nos faltan cerca de 5 kilómetros.
Jon es actor, es comediante, ahora entiendo cuando decían que sería una caminata llena de anécdotas. Escuchar a Jon hablar es como si el espíritu de Jim Carey se apoderada de él, es muy divertido y agradable oír los cambios en su voz, las muecas, todo un contador de historias. Nos explica al iniciar que debemos respetar la naturaleza (hay flores tóxicas durante el recorrido), no molestar a los vecinos (varios kilómetros más arriba hay más casas gigantes, incluida en la que vivió Madonna con Guy Ritchie cuando eran pareja) y que podíamos tomar todas las fotos que quisiéramos en el camino, pero que él nos llevaría a un punto ideal para tener las mejores tomas del letrero.
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A la cita se sumaron dos parejas más de turistas norteamericanos, concretamente de Dallas y una amiga de Jon que sirvió también de guía (olvidé su nombre) y que llevaba a dos chihuahuas en un bolso, uno de ellos bastante anciano como para seguirnos el ritmo. Ya con el grupo completo llegó la hora de empezar.
Hablemos del letrero: Hollywood
El sendero de tierra seca y empinada comienza y Jon nos explica que esas nueve letras no nacieron para ser símbolo ni del cine ni de nada y que al comienzo eran 13. El 8 de diciembre de 1923 se encendieron unas luces, cerca de 40.000 bombillos que adornaban esas letras colocadas en la ladera del monte Lee y que decían: Hollywoodland.
Todo nació gracias a un proyecto inmobiliario, “una urbanización semilujo en las colinas del distrito conocido como Hollywood, financiada por algunos de los empresarios más poderosos de la época”, explicó la BBC cuando registró hace 3 años el centenario del famoso letrero.
Para ese momento el 80 % de la producción cinematográfica mundial, tenía en Hollywood su epicentro, la ciudad de Los Ángeles comenzaba a llenarse y ese Hollywoodland era un paraíso prometido, un espacio sin contaminación ni ruido y propenso para la calma y el buen descanso.
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El diseño original del cartel fue obra del joven publicista John D. Roche, aunque aún hay quien duda de la autoría porque ni siquiera hay reportes de prensa ni una sola crónica que cuente cómo se ubicaron esas 13 letras de 15 metros de alto por 9 de ancho que se soportan con unos postes de 18 metros. “Hoy en día están hechas de acero corrugado con esmalte blanco horneado. Tienen unas cadenas para protegerlas del viento y clavos de acero profundamente enterrados en el suelo para hacerlas resistentes a los terremotos”, detalló Jon.
Cuenta la historia del letrero, registrada en el libro The Hollywood Sign: Fantasy and Reality of an American Icon de 2012, del profesor e historiador Leo Braudy, que la marca Hollywood ya estaba bien establecida en la década de 1930, pero no así la conexión del letrero con ella. Fueron décadas después que este empezó a formar parte de la ciudad, a aparecer en películas y paralelamente, a caerse en pedazos.
En la década de los 40 el letrero Hollywoodland pasó a manos de la ciudad y tuvieron mucho trabajo: la H estada dañada por culpa de las tormentas (hasta se había caído), y le quitaron las últimas cuatro letras, LAND porque no todas las mansiones que iban allí se construyeron. El tema inmobiliario dejó de importar. Además llegaron torres de comunicación a la cima de la montaña (a finales de los 30), vitales para tiempos de guerra.
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Jon nos cuenta que fue concretamente en los 40 cuando el LAND desapareció. Pero todo estuvo precedido de la donación a la ciudad del terreno de 184 hectáreas por la compañía M. H. Sherman, “y en 1947, después de que la Comisión de Recreación y Parques de Los Ángeles quisiera arrasarlo por considerarlo una monstruosidad irrelevante, la Cámara de Comercio de Hollywood protestó y se ofreció a restaurar el letrero, arreglando la H y eliminando la palabra LAND”, detalla el libro que explica que exactamente “en enero de 1949, nació, o quizás renació, el letrero de Hollywood. Como un ave fénix, tendría algunos renacimientos más antes de convertirse en el icono que vemos hoy”.
Porque al pobre letrero le pasó de todo en años posteriores: una de las O había rodado por la montaña, la D estaba incompleta y alguien le prendió fuego a la base de la segunda L. Jon nos cuenta que el letrero se veía fatal; las letras se caían y era vergonzoso.
Cuando completamos esa parte de la historia ya estábamos en una pequeña meseta en la que se veía el letrero de frente y era el lugar ideal para las fotos. Jon, todo un profesional en la materia, nos puso a posar, a brincar, hizo videos con zoom out y hasta se tiró en la tierra para encontrar las mejores tomas y para que nos fuéramos con un gran recuerdo.
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En ese punto ya Michaela, la esposa de Jon y de quien recibí el primer mensaje de WhatsApp se había cruzado con nosotros y bajaba con otro grupo de turistas que subió desde las 9:00 de la mañana. Mozart, el perro, se fue con ella y también se devolvieron los que pagaron medio tour. Los demás subiríamos hasta la cima. Después de las fotos era hora de continuar la caminata y la historia. Casi una hora más de recorrido, subiendo.
Las estrellas salvaron el símbolo
El letrero fue nombrado Monumento Histórico-Cultural de Los Ángeles n.° 111 en 1973, pero aún seguía en mal estado.
Siguió contando Jon que en la década del 70 emergía un nuevo Hollywood en el cine con figuras como Steven Spielberg, George Lucas, Francis Coppola, Martin Scorsese y con esto el letrero fue el gran beneficiario. “Restaurar el letrero reviviría a Hollywood como un lugar, un punto de referencia, un nodo vital en Los Ángeles y la cultura estadounidense”, completa la idea el libro citado.
Incluso en nuestro camino hacía la cima encontramos una placa que resalta la conservación de esas tierras por parte de varios donantes del mundo incluyendo la Fundación Lucas Film y Steven Spielberg porque en este espacio no se puede construir nada que obstaculice la vista del letrero.
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Fueron varias estrellas entonces las que comenzaron, en 1976, a devolverle la vida al letrero comenzando una faena de salvación. Primero, Hugh Hefner, el famoso creador de la revista Playboy organizó una fiesta benéfica en su mansión para el símbolo, pero el verdadero despegue llegó un mes después, “cuando Alice Cooper, el músico de heavy metal, donó cerca de 30.000 dólares para reconstruir la última O en memoria de su amigo Groucho Marx, quien había fallecido el año anterior. Warner Bros. Records financió entonces la segunda O, mientras que el beneficio de Hefner recaudó lo suficiente (incluida su propia contribución de 30.000 dólares) para darle la propiedad caritativa de la Y. El cantante Andy Williams recibió la W. El editor de periódicos Terrence Donnelly se inscribió para la H (por su periódico Hollywood Independent); Dennis Lidtke, propietario de Gribbit!, una empresa de diseño gráfico de Hollywood, se quedó con la D; y Gene Autry, cantante de country y propietario del equipo de béisbol California Angels y de la emisora KTLA, optó por la segunda L”, se lee en el libro.
Jon resalta que fue la primera fiesta de Hefner la que empezó a generar el deseo de las estrellas de comprar letras para proteger este patrimonio visual de la ciudad.
Más adelante “un productor italiano llamado Giovanni Mazza pagó por la primera O y Les Kelley, de Kelley’s Blue Book, la primera L”.
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Con ese dinero comenzó la reconstrucción y en 1978 nacería la fundación Los Angeles Conservancy y el letrero de Hollywood fue remodelado, demolieron las anteriores letras y quedó construido con una forma muy similar a la que vemos hoy. El letrero se reconstruyó para convertirse en ícono.
Y entre charla, la historia y las vistas hacia Los Ángeles –vimos el cementerio o los grandes estudios– llegamos a la cima. Un punto concreto, al lado de las torres de comunicación, que nos permite ver la parte de atrás de las letras. Ahí más fotos porque hacía la parte baja del letrero no podemos acceder; una malla lo protege del vandalismo y hay hasta cámaras de seguridad.
La vista desde allí deja ver que las letras no están uniformemente puestas, entendemos que este símbolo son más que nueve letras pintadas y repintadas de blanco con 240 toneladas de peso, este letrero resalta a Hollywood como un lugar de diversión, de glamour, pero también como un espacio que paso de ser nada a serlo todo para una industria.
A la 12:35 de la tarde ya estábamos bajando de la cima. Fue un total de dos horas y media de recorrido. Mi rodilla lo logró y no hubo contratiempos.
Jon nos cuenta que puede hacer ese recorrido tres veces al día porque siempre habrá alguien que quiera conocer la historia –de cerca– de uno de los grandes símbolos de la industria cinematográfica norteamericana: el letrero de Hollywood. Una experiencia que volveré a repetir, si mi rodilla me lo permite.