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En Remedios apareció una mina de oro en la obra de una vía 4G

El descrubrimiento desató el apogeo, una fiesta popular en la que nadie se queda sin su pedazo de oro.

  • Durante la búsqueda del mineral, los pozos se llenaron de agua lluvia, lo que ayudó a limpiar el oro. FOTO manuel saldarriaga
    Durante la búsqueda del mineral, los pozos se llenaron de agua lluvia, lo que ayudó a limpiar el oro. FOTO manuel saldarriaga
  • Esta es la fotografía de la zona por la que pasará la vía, la misma donde se encontró la mina. Aquí se construirá un puente para unir los barrios que dividirá la autopista. FOTO Manuel Saldarriaga
    Esta es la fotografía de la zona por la que pasará la vía, la misma donde se encontró la mina. Aquí se construirá un puente para unir los barrios que dividirá la autopista. FOTO Manuel Saldarriaga
  • Días después del apogeo, habitantes de Remedios continúan hurgando en el lodo por oro. FOTO Manuel Saldarriaga

    Días después del apogeo, habitantes de Remedios continúan hurgando en el lodo por oro.

    FOTO Manuel Saldarriaga

  • FOTO Manuel Saldarriaga
    FOTO Manuel Saldarriaga
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Por Álvaro Guerrero | Publicado el 04 de septiembre de 2022

El único hombre de Remedios que a los 33 años no tiene ni idea de minería se encontró el viernes 26 de agosto una mina de oro en una montaña detrás de su casa, porque en esas montañas el mineral de la ambición brota en cualquier parte. Ese hombre se llama Albeiro y vive con su esposa Deisy y sus tres hijos en una casa de tablas y sillas azules. Deisy, que este viernes lleva puesto un camisón rojo de Mickey Mouse, atiende una pequeña tienda que ocupa el espacio de la sala en la que no se vende trago ni cigarrillos.

Albeiro nunca ha perforado una montaña. Su padre tampoco lo hizo y sus hijos, que ya pasaron la edad en la que la mayoría de sus compañeros de clase se inician como barequeros, tampoco lo harán. Albeiro trabaja por el mínimo en la construcción de una autopista 4G que pasará al pie de su casa, se encontró una mina de oro justo allí y no sacó nada porque nunca le interesó el oro.

La mina apareció en medio de la construcción de la carretera que irá desde Remedios a Zaragoza, en un fragmento de la Autopista del Nordeste que conectará a Medellín con el Bajo Cauca, pero que dividirá a los barrios Alto de los Muertos y el Llano de Córdoba, donde vive Albeiro.

El Llano de Córdoba tiene una sola calle y una sola carrera, y las casas —coloridas y de techos de zinc— solo tienen dos tipos de nomenclatura: las que tienen las siglas de las AGC pintadas con aerosol negro en la fachada principal o las que tienen un brochazo de pintura blanca como un liquid paper.

La palabra remedios viene del latín mederi, que significa cuidar o curar. El municipio se llama así en honor a Nuestra Señora de los Remedios, que cura enfermos y evita desastres. Pero en el pueblo hay barrios y veredas con nombres trágicos, como de amenaza y terror: El Alto de los muertos, El Ahorcado, El Matadero, El Chorro de lágrimas.

El apogeo —como se le llama al evento festivo en el que todo el pueblo puede ir a sacar oro de un mismo lugar— comenzó el viernes 26 de agosto al final de la tarde, cuando un par de vecinos que cruzan a diario en moto la calle de barro rojizo que han trazado las máquinas, se dieron cuenta de que la retroexcavadora había dejado al descubierto una hilera de rocas en forma de cinta que sobresalía sobre resto de la montaña y que significaba la presencia del oro.

Primero intentaron catear, que significa probar que efectivamente hubiera oro en la tierra, pero los funcionarios de la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI) no los dejaron entrar, entonces se quedaron en sus motos a la orilla de la obra murmurando, planeando, soñando.

Fue hasta que el murmullo se hizo insoportable que los mismos funcionarios de la ANI, casi todos llegados desde la Costa Atlántica a la región, decidieron tantear la montaña. Buscaron entonces al único remediano que tenían a la mano. Ese hombre era Albeiro —que no sabe leer ni escribir y que se dedica a cargar y a descargar estacas y herramientas—, y no le quedó de otra que mandarle el primer palazo a la montaña. Ahora, sin una batea que de todas formas no hubiera sabido usar, tenía que separar la tierra roja y pedregosa de los diminutos granos amarillos. A pesar de la evidente falta de experiencia y de herramientas, Albeiro demostró ingenio: decidió lavar la tierra en la misma pala.

El resultado fue un incipiente destello amarillo pegado al acero, nada concluyente. Entonces caminó un poco, se agachó y repitió el proceso. El resultado esta vez fue claro, brillante: en solo una palada sacó un rial, que es el equivalente a 0.2875 gramos de oro. El que sepa de minería o el que busque en Google, sabrá que le medida universal es el real, salvo en Remedios, donde el oro, sin excepciones, se mide en riales.

Este tipo de minería se llama aluvial y es a cielo abierto, porque se hace en una montaña por la que en algún momento de la historia hubo agua: un río, una quebrada o una laguna. Pero debería llamarse minería de pancoger. En menos de una hora, un puñado de tierra puede convertirse en un kilo de carne, en un litro de aceite, en un galón de gasolina o en una hora de caricias.

En los días que siguieron, la montaña recibió miles de palazos más, tantos que hasta se derrumbó. Tantos, que hasta el puente que se iba a construir en ese punto para reconectar al Llano de Córdoba con el Alto de los muertos por encima de la autopista tendrá que ser más largo de lo que estaba previsto hasta la semana pasada, porque la montaña que iba a servir como soporte ya no existe. Iba a ser el primer puente en Colombia con base de oro.

Según los mineros y los compradores de oro del municipio, en este apogeo, que fue más bien un apogeíto si se compara con el que hubo hace tres años en una finca cercana, en el transcurso del fin de semana pasado llegaron más de cien mineros informales y se sacaron más de doscientos millones de pesos, de los cuales a Albeiro le tocaron cuarenta y cinco mil, lo que sacó en su segunda y última palada.

—¿Por qué no fue después con sus hijos a sacar más?

—No quiero que hagan esfuerzos físicos como yo. Quiero que trabajen en una oficina.

FOTO Manuel Saldarriaga
FOTO Manuel Saldarriaga

A Ómar Alexis lo conocen en todo el barrio: “Es el monito de la DT naranjada, la casa es del mismo color. Usted sabe que casa es porque encuentra la moto parqueada ahí afuera”. Alexis tiene 22 años y vive con su novia a la salida del Llano de Córdoba, en los límites con la Loma del Ahorcado. Es minero como su padre desde que tuvo la fuerza suficiente para aguantar el meneo de la batea en cuclillas, y fue de los primeros en llegar a la mina el viernes por la noche, cuando las máquinas de la obra ya estaban guardadas. Llamó a los cuatro amigos con los que se pasa los días y las noches recorriendo las montañas de Amalfi, Segovia y Buriticá buscando lo que encontró esa madrugada en la carretera por donde había pasado toda su vida, y trabajaron en silencio bajo el agua hasta el sábado a las diez de la mañana. Cuenta que sacaron ocho millones de pesos y lo repartieron en partes iguales, los vecinos dicen que fueron los que más sacaron. Después de eso no volvieron a la mina en todo el fin de semana. Pegaron primero, pero no dos veces.

Según Guillermo Cardona, secretario de minas y medio ambiente del municipio —un hombre amable de uñas arregladas que habla de los mineros en primera persona—, en Remedios hay aproximadamente treinta y tres mil habitantes y once mil barequeros registrados como mineros de subsistencia, que en el lenguaje noticioso serían ilegales. Estos barequeros, mineros autónomos y artesanales, se mueven entre los municipios más cercanos al son de los apogeos y de los restos que dejan las máquinas de las multinacionales mineras. Más del 80% del territorio del municipio tiene un título minero asignado o solicitado. Lo que queda son zonas naturales protegidas y la casa de Albeiro.

Además de una pala, un costal y una batea para practicar la minería de pancoger se necesita agua, un río, una quebrada, agua que fluya. En Remedios, la lluvia del viernes, del sábado y del domingo en la noche se encargó de llenar los estanques que sin saberlo habían construido los trabajadores de la autopista.

El sábado en la mañana eran diez o veinte mineros, el domingo al mediodía ya eran más de cien. En la tarde llegó la Policía y el Ejército a controlar la situación, pero no había nada que controlar. En el apogeo todos son libres para trabajar, ni siquiera se necesita ser minero de tiempo completo. Incluso se puede ir solo a tomar fotos o a pasar el día de sol. Las bandas criminales no molestan a nadie, no se cobran extorsiones, por eso a nadie le da miedo decir cuánto sacó. La mina, por pequeña que sea, alcanza para todos.

El apogeo se apagó el domingo en la noche. El jueves primero de septiembre Adriana* y Joel* estaban gurreando al lado de la montaña. Gurrear es hurgar en los restos, en los despojos de los primeros mineros, confiar en que los demás no batearon lo suficiente, no limpiaron con cuidado y dejaron caer el oro al pantano. Joel busca silencioso, cabizbajo, con algo de pudor en la basura y encuentra un poco, una pelusa en cada tanda. En toda la tarde saca más de lo que ganaría en su trabajo habitual como mecánico de motos.

El viernes llegó una nueva pareja de gurreros, eran un guajiro y una samaria que dos años atrás habían aterrizado en Remedios, y mirando, como si aprendieran a bailar, aprendieron a batear. Ayer llegaron otros dos y hoy tal vez sean tres o cuatro. Y así hasta que el sol seque el pantano o hasta que la autopista lo tape, lo que ocurra primero.


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