Esneider Alcaraz vive en el casco urbano de San Pedro de los Milagros, en un apartamento pequeño, junto a su mamá. Se mueve con facilidad por la casa, con un bastón o con las manos como guía, pero cuando su madre insiste en llevarlo del brazo, él acepta sin objetar, casi por costumbre cariñosa.
Usa siempre gafas negras. Detrás de ellas, sus ojos no ven, pero sus gestos traslucen a través del cristal oscuro: una ceja que se levanta, un parpadeo que acompaña la risa. Mueve las manos todo el tiempo, no con ansiedad ni con manía, sino con una regularidad casi musical, como si incluso en reposo estuvieran buscando algo para tocar.
Esneider nació con ceguera total hace 33 años. Llegó al municipio de San Pedro a los tres años, con su familia, y ahí se ha quedado desde entonces. Hizo toda su primaria y su bachillerato en ese mismo pueblo, cuando era mucho más pequeño de lo que es hoy.
En esa época, nadie sabía cómo enseñarle a leer, escribir, sumar o restar a un niño ciego. Tocaron puertas en escuelas y recibieron la misma respuesta: no sabemos cómo. Solo cuando la Secretaría de Educación los remitió a la Escuela Padre Roberto Arroyave —hoy convertida en colegio con bachillerato— alguien se animó a intentarlo. “Ensayemos a ver qué pasa”, recuerda que dijo la rectora.
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Su profesora, sin ninguna formación especializada, improvisó con plastilina, arcilla, lentejas y granos, cualquier cosa palpable, dibujos y conteos hechos a puro tacto.
El braille llegó después, y fue por una cadena de casualidades que Esneider recuerda con precisión: una profesora de apoyo de la escuela Gabriela sabía que existía el sistema, y sabía además de una vecina del barrio Belén, en el mismo San Pedro, que también tenía discapacidad visual y lo había aprendido en el antiguo Instituto Nacional para Ciegos (INCI), cuando esa entidad todavía tenía sede en Medellín.
Con ella, Esneider aprendió primero las vocales, luego el abecedario, después los números, hasta juntar palabras completas. Aprendió también la mecánica exacta del sistema: en la regleta se escribe de derecha a izquierda y se lee de izquierda a derecha, porque hay que voltear la hoja para que los puntos queden hacia arriba —algo que hoy, con impresoras braille o con la máquina Perkins, ya no es necesario hacer.
Esas mismas manos que aprendieron a leer punto por punto son las que, casi al mismo tiempo, empezaron a rasgar una guitarra mucho más grande que él. Se la regaló un señor que llegó de visita a la finca donde vivía su familia, cuando Esneider tenía apenas cinco o seis años. “Esa vaina la veía muy grande y yo no era capaz con ella. No sabía ni cómo se cogía”, recuerda.
La ponía sobre la cama o el mueble y ahí, acostado o de pie junto a ella, tocaba sin saber qué estaba haciendo. “No sabía qué es esta vaina. Pero eso sonaba, pues”. No tuvo la oportunidad de ir a una escuela de música, así que aprendió al oído y a puro ensayo, experimentando cómo sonaban las cuerdas.
Como con el braille, alguien apareció para mostrarle el camino: su papá, que tiene algunas nociones de guitarra, le fue explicando de a poco las posiciones básicas, los acordes, lo elemental del instrumento. Ahí se fue “encarretando” con ella, como dice él mismo.
A los 8 o 9 años, Esneider tocó completa su primera canción, “Mi vida es prestada”, del Dueto Revelación, una guasca carrilera de esas que suenan en las cantinas. La guitarra, dice, es un instrumento que nunca termina de aprenderse del todo: cada vez aparecen canciones nuevas, y la teoría —que él nunca estudió formalmente, sino de oído— sigue siendo, confiesa, un terreno que apenas está entendiendo poco a poco.
Después de la guitarra llegó el requinto, hace diez o doce años, por pura curiosidad: quería saber si tocarlo sería tan fácil o tan difícil como la guitarra. Es, dice, el instrumento con el que más se identifica, el que más le gusta por su sonido.
Vinieron después el tiple y la bandola —los tres, guitarra, tiple y bandola, conforman lo que se conoce como la lira o el trío colombiano—, además de nociones de bajo, violín y piano, y algo de canto, “aunque sea en el juzgado”, bromea, es decir, desafinado. Casi ninguno de esos instrumentos llegó por vocación, sino por necesidad: Esneider tenía, con un amigo, un estudio de grabación casero, y no conseguían músicos que tocaran lo que las canciones pedían.
“No teníamos instrumentistas. Entonces yo dije: vamos a aprender a ver qué pasa”. Primero fue el violín, cuyo sonido lo sedujo de inmediato; después el bajo, porque tampoco encontraban quién lo tocara. Así, instrumento tras instrumento, terminó siendo él mismo la solución que buscaba.
Con ese estudio —que ya no existe como tal, aunque hoy conserva uno mucho más pequeño y casero en su casa— llegaron a grabar cerca de diez o doce canciones, casi todas de música carrilera, guasca y parrandera, con algunas tropicales de por medio.
Hoy sigue aprendiendo por su cuenta la musicografía braille, un sistema que organiza la música y le asigna a cada figura un código de puntos propio. Antes tocaba todo de oído, sin saber en qué acorde estaba parado; ahora, poco a poco, deja atrás lo que él llama “el analfabetismo musical”.
Ese mismo tacto con el que aprendió a leer y a tocar es hoy su herramienta para enseñar. Desde hace dos años es profesor en la escuela de música de la Fundación Uniendo Artes, en San Pedro de los Milagros, adonde llegó por invitación de un viejo compañero de agrupaciones. Ahí dirige un grupo de proyección de música popular y parrandera.
Para Esneider, los obstáculo nunca han sido el final del camino, son el punto donde empieza a inventarse una manera propia de seguir adelante.
Bloque de preguntas y respuestas:
- ¿Quién es Esneider Alcaraz?
- Esneider Alcaraz es un músico y profesor de San Pedro de los Milagros, Antioquia, que nació con ceguera total hace 33 años. A lo largo de su vida aprendió de manera autodidacta a tocar varios instrumentos y hoy enseña música.
- ¿Cuál fue la primera canción que aprendió a tocar Esneider Alcaraz?
- A los 8 o 9 años, Esneider logró tocar completa Mi vida es prestada, una canción del Dueto Revelación perteneciente a la música guasca y carrilera.
- ¿Por qué Esneider Alcaraz aprendió a tocar tantos instrumentos?
- En buena medida, por necesidad. Esneider tenía un pequeño estudio de grabación con un amigo y muchas veces no encontraban músicos para interpretar determinados instrumentos. Entonces decidió aprender él mismo a tocarlos.