Regresó a su casa de piso de tablas, en donde vio crecer a sus hijos y al mismo Puerto Valdivia, para recoger sus documentos de identidad y a darle, al menos, una ración de comida a tres cerdos y a una gata que no pudo llevarse tras la orden de evacuación. María Isabel Sinitaberria, de vestido largo y cubierta de canas, ha vivido 37 de sus 72 años en el ahora desolado caserío ribereño.
El sábado pasado, cuando la creciente del río Cauca llegó con la voracidad de 6.000 metros cúbicos por segundo, casi tres veces su caudal habitual, la “Chava”, como la conocen sus vecinos, estaba en la eucaristía que se celebra en el cementerio por las madres fallecidas. Se percató de la algarabía y divisó a lo lejos la multitud que se agolpaba en los accesos del puente peatonal que destruyó la borrasca.
“Algo grave está pasando”, le dijo a su compañera, como si estuviera recitando el título del cuento de García Márquez. “Pongamos todo en manos de Dios y sigamos en la santa Misa”, añadió.
Cuando la liturgia terminó, Isabel se asomó al río y escuchó cuando zumbaba sin aspaviento. Presenció cuando el nivel del agua alcanzó el corral de los marranos y se llevó dos cerdos de engorde. “Ha sido la vez que más ha crecido el río desde que vivo aquí”, dice, mientras corta tajadas de plátano maduro y alista la medida de arroz que va a poner en la olla.
“Va a quedar destruido el amor de mi vida”
María Isabel regresó a su casa, desde donde se divisa el puente José María Córdova, de la troncal a la costa Atlántica, y gran parte del caserío que la adoptó en 1981, después de dejar el municipio de Ituango. Regresó y preparó su almuerzo como si nada estuviera pasando, porque se niega a creer que su pueblo puede desaparecer.
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