Prometeo, de Ridley Scott

La misma cosa pero peor

Por: Íñigo Montoya


Si las segundas partes excepcionalmente son buenas, las precuelas (continuación de una saga pero que da cuenta de la historia que ocurrió antes de lo que relató la primera entrega) si que menos. Y con esta película es impensable que una precuela hecha treinta años después se acerque siquiera un poco al nivel de la primera.

En efecto, ese gran clásico del horror y la ciencia ficción que es Alien, el octavo pasajero (1979), realizada por el mismo Scott, se supone que tiene en Prometeo su precuela, pues en esta se cuenta el origen del temible y baboso bicho que ya hemos visto en cinco entregas, contando las dos en que se enfrenta con Depredador.

Quien conozca Alien, el octavo pasajero, reconocerá en esta última entrega exactamente el mismo esquema con los mismos elementos, incluyendo los célebres diseños de H. R. Giger. Sin embargo, no tiene el mismo efecto en términos de la tensión y las sorpresas generadas por la original, todo lo contrario, al reconocer el esquema, y más sabiendo que es una precuela (inicialmente se había promocionado como Alien, los orígenes), es inevitable fruncir un poco el seño porque se reconocen los caminos ya recorridos y, por eso, uno siempre está anticipándose a todo lo que va a pasar. Absolutamente a todo.

Que es una gran producción y tiene secuencias visualmente muy bien logradas, pues eso apenas es natural en estos tiempos. Tal vez un espectador que no sea muy cinéfilo podrá disfrutarla como una película más de acción y ciencia ficción, pero para quienes conozcan el género y se hayan visto las películas de la saga (o al menos la primera), esta última experiencia del alienígena más temible del cine será olvidada rápidamente, en especial porque al bicho se le ve solo en los últimos segundos. Es decir, es una película de Alien pero sin Alien, ¡vaya paquete chileno!

Mi gente linda, mi gente bella, de Harold Trompetero

De orgullo patrio a vergüenza nacional

Por: Íñigo Montoya


Parece que la estrategia de Dago García de estrenar una comedia populista en tiempo de vacaciones se extenderá a las dos temporadas. De manera que tanto a mitad de año como el 25 de diciembre debemos esperar la ración de cine del productor más exitoso de la historia del cine colombiano.

Siempre es saludable que una cinematografía tenga de todo un poco, incluyendo el cine de consumo caracterizado por altos niveles de público y muy baja calidad cinematográfica. No obstante, lo ideal sería que esas películas tuvieran un mínimo nivel de elaboración y buen gusto, porque lo que estamos presenciando en los últimos años, y que ha sido confirmado con amargura por esta nueva cinta, es que lo que nos trae Dago, independientemente de a quién ponga a dirigir, es cada vez más deplorable en casi todos los sentidos.

Como se sabe, en cada película este guionista y productor (a veces director) busca un tema de la cultura popular que conecte con el gran público: el fútbol, la música, el primer carro, el matrimonio, el paseo familiar, las moteliadas, en fin. Para esta ocasión eligió el orgullo patrio. Para ello echó mano de una idea sugerida por el eslogan ese con que se promociona el país que dice que “el único riesgo es que te quieras quedar”. Entonces arma la película desde el punto de vista de un sueco que hará honor a dicho eslogan.

Hasta ahí tenemos una idea válida dentro de la lógica de construcción de sus comedias, el problema es que la forma como la desarrolla es a partir de unos episodios que supuestamente representan la colombianidad y el orgullo nacional: la selección, los reinados, las peleas en las fiestas, etc. Todo planteado en una estructura episódica que lo único que hace es hacer más esquemático y cliché cada uno de los capítulos.

El humor, como siempre, está basado en la mueca fácil, la burda caricatura, las actuaciones televisivas (con los mismos actores de la televisión) y las situaciones pretendidamente cómicas pero que solo alcanzan a ser un sainete que deja perplejo al espectador. Pero eso sí, seguramente este espectador perplejo será el que regularmente va a cine y conoce el buen humor que se ha hecho en el séptimo arte, porque ese espectador que va solo una o dos veces al año a cine, ese que cuando va y sabe que es una comedia está dispuesto a reírse con el primer hijueputazo, a ese seguramente le parecerá una película divertidísima, así mismo como le pareció El paseo, Ni te cases ni te embarques, La esquina y otros tantos adefesios del humor a la colombiana que han salido de la misma factoría.

Los Juegos del Hambre, de Gary Ross

Cuestión de sobrevivencia

Por: Íñigo Montoya


Otra saga salida de un best seller llega al cine. Siempre causa desconfianza esta fuente. Normalmente son historias esquemáticas que aplican muy bien las fórmulas ya probadas con el gran público. Además, las condimentan con de todo un poco: aventura, acción, efectos especiales, historia de amor, bellos especímenes como protagónicos y un cuento ejemplarizante.

Pues esta película tiene todo eso, y aún así, no es el producto del todo artificial y rutinario que se podría pensar. De entrada engancha con un universo en cierta medida original e inquietante. Un futuro entre tecno y retro donde un gobierno, que aplacó una insurrección, condenó a parte de la población a entregar una pareja de jóvenes para que se maten entre ellos, eso mientras todo el país los ve en un descarnado e inhumano reality.

Lo primero que llama la atención es el diseño de arte, el cual logra, sobre todo en vestuario y maquillaje, hacer una propuesta que poco se parece a otras cosas vistas antes en esas proyecciones que el cine futurista hace sobre cómo se va ver la sociedad dentro de cientos de años.

Pero lo que realmente arrebata de esta cinta es que en esencia se trata de una historia de supervivencia, con todo lo que ello implica: violencia extrema, cuestionamientos éticos, batallas de fuerza e inteligencia, en fin, todo un festín de situaciones de acción, ingenio y dilemas morales. Con ese material, más la política y las conveniencias externas al juego interfiriendo soterradamente, la trama completa cobra una fuerza que se mantiene hasta el final.

La película también nos recordó la existencia de una promesa de la actuación, Jennifer Lawrence, a quien ya se le había visto llevar sobre sus hombres todo el duro drama de Lazos de sangre (Debra Granick, 2010). Sobre ella está casi todo el tiempo el lente y es su belleza y la intensidad de la trama, con los mencionados elementos que la componen, lo que hace de esta película un título a tener en cuenta para pasar un estimulante rato en la sala de cine.

John Carter, de Andrew Stanton

¿Fiasco? ¿Por qué un fiasco?

Por: Íñigo Montoya


Es oficial. Esta película acaba de entrar a la lista de los grandes fiascos del cine. Lo de fiasco tiene que ver, en inglés de Hollywood, no con sus características cinematográficas sino con su recaudo en taquilla en relación con lo que costó producirla. Las cifras son: 250 millones en producción, más cien en promoción, pero solo recaudó menos de 200.

Es cierto que el cine comercial se debe medir en cifras, pero algo deja muy mal paradas estas cuentas, y es que ha habido películas terriblemente malas que les ha ido fantásticamente en la taquilla, como 2012 o Serpientes en un avión. En cambio, filmes como éste o los dos grandes fracasos de Kevin Costner (Waterworld y El mensajero), que son aceptables –incluso con muy buenos momentos- por razones desconocidas son repudiadas por el público y pasan a la historia como películas rematadamente malas.

John Carter apela a la probada fórmula de mezclar los géneros más comerciales del momento: aventuras, acción y ciencia ficción, y de hecho, consigue una mezcla balanceada e integral, sin que haya soluciones forzadas y con una argumento que lleva al espectador por la conocida del héroe que llega de otro mundo a salvar a los pueblos oprimidos. En este caso John Carter viaja del viejo oeste a Marte, donde obtiene algunos poderes, más su coraje, por supuesto. Esta la chica linda (Lynn Collins) y la historia de amor que termina motivándolo todo.

Entonces es una película que, de acuerdo con la medida para lo que fue hecha (entretener y crear imágenes espectaculares por vía de la imagen digital y los efectos especiales), resulta una cinta que no supera lo conocido pero que tampoco se queda corta en su cometido. Por eso es difícil entender qué fue lo que no funcionó con ella. Ese es uno de los grandes misterios de la industria del cine, que a pesar de las fórmulas, no existe -¡por fortuna!- una “fórmula maestra” que permita siempre ir a la fija. Esta película es la última prueba de ello.

Pina, de Win Wenders

Elogio a la danza

Por: Íñigo Montoya


Win Wenders es uno de los directores de culto del cine de los años setenta. Aunque no ha dejado de hacer películas, tan buenas o mejores que las de aquella época, son sus cintas pertenecientes al Nuevo Cine Alemán las que más están en la memoria de la cinefilia.

Hablar del arte y los artistas es uno de sus gustos. En este caso se dejó venir con un documental sobre Pina Bausch y su compañía de danza Tanztheater, de la ciudad de Wuppertal, Alemania. Aunque Pina murió en 2009 y, salvo por algunas imágenes que Wenders deja ver de ella, no la vemos como el objeto presente del documental, sin embargo, ella y sus coreografías son realmente los protagonistas de la película.

Lo que sorprende es cómo el director logra hacer atractiva y envolvente una manifestación artística tan específica, la cual se diría que necesita de una cierta formación para apreciarla y acogerla. No obstante, las coreografías, los espacios que escoge para presentarlas, la siempre novedosa propuesta de cada pieza y el oficio que demuestra esta compañía, hacen que este espectáculo tenga un poder hipnótico hasta sobre el más lego de los espectadores.

La plasticidad, el color, el movimiento y los inenarrables sentimientos que estos bailarines evocan con sus cuerpos, son registrados por la cámara de Wenders. Además, como cereza de este postre visual, se decide por grabarla en 3D, una técnica que, sin duda, aumenta la carga plástica que contienen estas coreografías.

La invención de Hugo, de Martin Scorsese

Un viejo cineasta con nueva tecnología

Por: Íñigo Montoya


Hace muchos años, podría decirse que toda una década, que Scorsese no es Scorsese. Tal vez Pandillas de Nueva York (2002) fue el último filme de esa estirpe de películas que le dieron prestigio y celebridad. Eran filmes que de forma descarnada y honesta hacían un viaje al interior de la violencia y la espiritualidad de la condición Humana. Taxi driver, Toro salvaje, Buenos muchachos y otras tantas, fueron hechos con esa madera.

Pero el director de Malas calles parece que tiene ya otros gustos, o que tal vez no le interesa más (o se le agotó) ese espíritu áspero y un poco salvaje que antes definía su cine. Y es que aunque recurra a temas y universos conocidos, como lo hizo en Los infiltrados (2006), ya todo parece planeado y artificial, o al menos solo una copia menor de lo que antes había hecho.

Igual ocurre con El aviador (2004) y La isla siniestra (2010), que más que películas suyas, parecen encargos de su nuevo amigo, Leonardo Di Caprio. Y no es que sean necesariamente malas películas, pero son cintas que pudo haber hecho cualquier otro director de Hollywood, porque resultan productos edulcorados y convencionales.

Con La invención de Hugo parece que primó su amor por el cine y su historia. Es sabido que Scorsese es el mayor defensor de la memoria que reposa en el celuloide, así como de los pioneros y maestros del cine. De manera que este sentido homenaje a uno de los mitos de la historiografía cinéfila, el magnífico Georges Melies, es por completo consecuente con sus gustos cinematográficos.

Sin embargo, esta fábula cinéfila termina siendo un encantador homenaje pero una sosa historia sobre un niño huérfano que deambula por una estación de tren y descubre al mago del cine mudo francés. La primera parte del relato es un tedioso seguimiento de este niño por su cotidianidad y la obsesión por reparar un autómata. Es otro “pobre gamín dickensiano” sin carisma alguno que visita uno y otro lugar común.

Cuando descubre al cine y a Melies, el relato gana algo de interés gracias a los referentes cinematográficos y la nostalgia por los pioneros del cine. Sin embargo, no pasa de un bello y divertido recorrido por la recreación de aquellos tiempos y los asombros con las primeras imágenes del cine. El relato sigue siendo soso, el tono sensiblero y su argumento predecible.

Lo que realmente sorprende de esta película es lo menos esperado, la incursión de Scorsese en el 3D. Luego de varios años de ver que el 3D es solo un truco para aumentar las ventas (y el precio) de boletas, sin que casi nadie lo haya asumido en todas sus implicaciones visuales y estéticas, aparece este viejo artesano, apoyado en su director de fotografía, Robert Richardson, y explota en todas sus posibilidades la imagen estereoscópica.

Ver esta  película es asistir a una lección sobre cómo debe ser concebido y registrada la imagen en 3D. Estos viejos lobos de cine se hicieron a cámaras, soportes, lentes y software que antes no habían sido usados para tal proceso y, de alguna forma, reinventaron el 3D. Por fin una película muestra la verdadera diferencia con el 2D y la usa a favor de la imagen, la composición y la concepción del espacio.

Quién iba a pensar que este gran contador de historias nos iba a aburrir con su relato, pero que nos iba a maravillar con argucias técnicas: la imagen digital y la tercera dimensión.

El artista, de Michel Hazanavicius

Antes las películas eran (verdaderamente) grandes

Por: Íñigo Montoya


En El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950), la mejor película que se ha hecho sobre el cine, su protagonista, una olvidada estrella del cine mudo, decía que las películas se habían hecho cada vez más pequeñas, refiriéndose a la grandeza del cine de su tiempo. Con este nuevo homenaje que se le hace al cine silente se corrobora esa afirmación, pues una cinta hecha hoy pero que pretendió ser como las de ayer, solo consiguió un elemental remedo.

¿Que por qué consiguió cinco premios Oscar y se ha hablado tanto de ella? Porque tenía el material con qué promocionarla de forma eficaz y llamativa. Porque se podía apelar a la nostalgia y hasta al esnobismo de quienes asocian el “cine viejo” con el cine de calidad. Además, como se sabe, los premios Oscar son premios a la popularidad y responden proporcionalmente a la inversión que se haga para publicitar la película entre los miembros de la Academia.

Para 1927, cuando llega el cine sonoro, el silente ya estaba en su más alto grado de perfeccionamiento narrativo. Tanto que muchas películas ni siquiera tenían los entre títulos con diálogos o explicaciones. Aún así, no podían ser muy complejas las historias que se contaban, no al menos en comparación con toda la carga de sentido que trajo el sonoro con sus parlamentos y narradores.

Lo que se ve en El artista es un relato que solo usa los entre títulos para algunos diálogos, por lo demás, es la imagen la que cuenta todo, pero eso que cuenta en realidad no es mucho, una simple historia de caída y otra de ascenso que son unidas por el amor. Una historia tan elemental que el espectador a la tercera secuencia ya sabe cómo va a terminar. Sobre todo ese espectador que conoce algo del cine silente o que ha visto películas como Cantando bajo la lluvia o la citada El crepúsculo de los dioses.

Con esa elementalidad en su planteamiento y conociendo estos referentes, esta cinta no tiene por qué entretener ni sorprender a nadie. Simplemente se queda en un ejercicio de estilo que remeda el cine de una época, pero no el gran cine, sino las películas populares que se hacían con poco seso, personajes estereotipados e historias de amor y éxito trilladas.

A ese público que le gustó esta película lo invito a ver el verdadero cine silente, el de Murnau, el de Fritz Lang, el de Stroheim, el de Chaplin o el de Gance, porque El artista solo es una mala mímica, maquillada, llena de nada e inflada por la publicidad de los distribuidores.

Historias cruzadas, de Tate Taylor

Cuando las buenas intenciones no bastan

Por: Íñigo Montoya


Una de las más sonadas películas para los premios Oscar tenía que ser con un tema políticamente correcto. La película está siendo vista –y al parecer esa era la intención- como una reivindicación por la lucha por los derechos civiles y un alegato contra el racismo, la injusticia y la discriminación.

Y para ser justos, en general ésta bien intencionada película se ocupa casi todo el tiempo de desarrollar su premisa de denuncia sobre la forma como era tratada la comunidad negra en Estados Unidos a principios de los años sesenta, en especial las mujeres del servicio doméstico. Da cuenta de los atropellos de los blancos y el valor de algunos pocos por combatir esto haciendo pública la situación.

Para conseguirlo, la cinta reúne a un grupo de buenas actrices que soportan todo el peso y el atractivo del relato. Son ellas las que se han ganado la simpatía del público y la crítica, aunque como siempre, inclinándose por lo más vistoso (la actuación de Octavia Spencer), en lugar de la solidez e intensidad (como la de Viola Davis). Además, es un relato bien armado y sin duda entretenido y muy emotivo.

Sin embargo, deteniéndose un poco en el tratamiento de esta historia y sus personajes, esta película puede antojarse también superficial y reduccionista. El tono en que está contada parec demasiado complaciente con la obvia denuncia que hace y, en realidad, es poco lo que confronta y trasgrede. La mejor muestra de ello es el esquematismo con que presenta a la antagonista, a quien además castiga implacablemente como a cualquier villana del cine de género.

Incluso La Asociación de Mujeres Historiadoras Negras ya le ha reprochado a la película los estereotipos generalizados que se presentan. En otras palabras, es una cinta que posa de políticamente correcta, pero que sus buenas intenciones solo le sirven para poner en evidencia que la mirada al problema del racismo en Estados Unidos aún no se soluciona en sus aspectos fundamentales.

Inframundo 4: el despertar, de Måns Mårlind y Björn Stein

Más vampiros, más lycans, más acción

Por: Íñigo Montoya


En estos tiempos en que los vampiros ya no asustan o están protagonizando cursis películas para adolescentes, el cine de acción y futurista es un buen nicho para explotar mejor la fascinación que este cinematográfico personaje produce. De eso se trata esta película, de balas, confrontaciones, efectos especiales, sangre y muertos por montones, como las tres películas anteriores.

Esta nueva entrega tiene aliciente de contar de nuevo con la bella Kate Beckinsale, quien había estado ausente en la tercera parte. Además, aparece un nuevo personaje que hace avanzar esta epopeya de una forma interesante y que, así como quedó anunciado al final, se muestra prometedora para la película que sigue.

Este nuevo personaje cambia la situación de la protagonista y le da un giro distinto a la lucha que vampiros libran contra lycans. Se trata de un cambio que, aunque significativo, en general es muy de fondo, porque siempre está en primer plano la confrontación física y armada entre protagonistas y antagonistas. Esa es la esencia de esta cinta, como cualquier otra película de acción.

Es por eso que se trata de un filme que solo pueden disfrutar los amantes del género y de los vampiros, porque alguien ajeno a ellos, difícilmente podrá ver la diferencia entre las cuatro películas.

Sherlock Holmes: Juego de sombras, de Guy Ritchie

Más de lo mismo… pero no hay problema

Por: Íñigo Montoya


Lo que hizo Guy Ritchie por el personaje de Sherlock Holmes en el cine es equivalente a lo que hizo Tim Burton por Batman, esto es, quitarle ese aire de héroe cursi y aburrido para ponerlo al día con el cine entretenido, de gran presupuesto y amplias audiencias.

Para hacerlo, lo primero fue convertirlo en un hombre de acción con carácterísticas de anti héroe, con lo cual el relato ganó vistosidad y vertiginosidad en el aspecto narrativo y visual, así como complejidad en la contrucción de los personajes, porque Watson también tuvo su transformación.

Esta segunda entrega es un poco más de lo mismo, lo cual no necesariamente es un defecto, pues la anterior cinta tenía mucho de entretenida, inteligente y bien lograda. Tal vez la gran diferencia está en el antagonista, pues en la primera película, muy ingeniosamente, opusieron a la racionalidad de Holmes un conflicto que provenía de lo sobrenatural, mientras que en esta “solo” le opusieron una mente genial equivalente a la suya.

De manera que toda la cinta es un duelo declarado entre la inteligencia de dos hombres y el desarrollo de la trama es la forma como mueven sus fichas. El juego de ajedrez final es una clara imagen de esa lógica que domina todo el relato.

Guy Ritchie se caracteriza por hacer una cine tremendamente vistoso y entretenido, pero sin mucho para decir. Esta película está dentro de esos lineamientos, y no es que se trate de una película hueca, pero lo cierto es que su virtud está en los aspectos formales y narrativos, así como en el fascinante empaque que este director inglés siempre sabe concebir, y eso ya es suficiente para quienes solo quieren pasar un buen rato con cine hecho con inteligencia y eficacia.