El libro de los secretos, de los hermanos Hughes

La palabra de Dios, principio y fin

Por: Íñigo Montoya

Una película post apocalíptica con una original excusa argumental. En un mundo devastado por una guerra nuclear un hombre tiene una misión, proteger un libro para volver a empezar la civilización, mientras otro, el villano por supuesto, busca el libro para dominar el mundo. El libro es la Biblia, que originó la hecatombe y por eso fue erradicada. Sólo queda una, la que carga Dezel Washington.

Por lo demás, es como ver una actualización de Mad Max y tantas otras películas de mugrientos sobrevivientes que se destazan unos a otros por un sorbo de agua, o por puro gusto. Aunque el paisaje y la dinámica de las acciones y personajes se acercan más al western que a la historia post apocalíptica, lo cierto es que, en últimas, se trata sólo de otra película de acción más, con Denzel haciendo el mismo papel de hombre duro de otras tantas producciones.

No es que sea una cinta tediosa ni mal hecha, pero tampoco ofrece nada nuevo ni interesante, es sólo un filme de consumo hecho con elementos harto conocidos. Es como si el guionista y sus directores hubieran ido a una estantería donde se encuentran los ingredientes necesarios para hacer una película y hubieran tomado de aquí y de allá, para luego ensamblarlos justo como indica el libro de Hollywood.

Preciosa, de Lee Daniels

La marginalidad multiplicada (y manipulada)

Por: Íñigo Montoya
La cuota dramática, conmovedora y de compromiso social de la última entrega de los premios Oscar corrió por cuenta de esta película. Es cierto que se trata de una obra seria y sólida, especialmente en sus actuaciones (cuenta con un gran reparto femenino) y con un acabado visual en clave documental, pero tampoco es la obra maestra de la que muchos hablan.
La cinta cuenta la historia de Precious, una adolescente con todos los problemas posibles: pobre, con sobrepeso, abusada sexualmente por su padre, con una hija con síndrome de down, en embarazo, una madre que la maltrata física y sicológicamente, analfabeta, con  SIDA y negra (ella cree que su vida sería más fácil siendo blanca).
Lo que se puede ver con todas estas características de la protagonista es que se trata de una historia que se esfuerza demasiado en crear un personaje digno de lástima, marginal desde múltiples aspectos y, por eso, tremendamente dramático, un personaje con el que forzosamente –o forzadamente- el espectador debe sentir compasión. Y el relato permanentemente está manipulando este sentimiento en el público, lo cual no deja de ser cuestionable, pues no hay lugar para sutilezas.
Es una película que se deja ver, que conmueve, que tiene algunos momentos de gran fuerza e impacto, pero en últimas termina siendo un drama serio disfrazado de historia de superación y liberación, un relato que hace demasiado evidente su intención de tocar al gran público y mandarlo bien blandito para su casa.

Chance, de Abner Benaím

Abajo los ricos

Por: Íñigo Montoya

Una película colombo-panameña realmente parece un bicho raro que produce mucha desconfianza. Y si además está promocionada como una comedia, las sospechas son mayores. Pero a medida que avanzaba el relato, la sospecha es corregida por pequeñas sorpresas y guiños que anuncian que no es una comedia tonta y nada más (aunque algo de eso hay), sino una comedia negra que sabe llevar algunas cosas al extremo.

No se trata tampoco de una gran obra, porque más bien es un filme hecho con los recursos justos, un lenguaje narrativo apenas funcional y una estética más bien plana, pero en el fondo está impulsado por cierto ímpetu e irreverencia en la historia que cuenta y sus personajes.

Ya en el cine hay antecedentes de relatos sobre el personal del servicio que se revela o se toma la casa cuando los patrones no están. El excelente cortometraje de Carlos Mayolo titulado Asunción o la misma Viridiana, de Luis Buñuel, son buenos ejemplos. Pero esta cinta lleva esa situación a un punto de mayor confrontación, incluyendo la violencia y la narración en clave de humor negro.

El personaje de Paquita, interpretado por la colombiana Aída Morales, es la que lleva todo el peso de la trama, una trama muy seria, porque en el fondo el asunto de la película es nada menos que la guerra de clases y la reivindicación de los pobres sobre quienes siempre los han oprimido.

Pero si este personaje y su trasfondo son muy serios, es la dirección que toman las situaciones y la reacción de los demás personajes lo que logra construir un relato cargado de humor negro y hasta truculento, lo cual permite que la película alcance a conectar con el espectador y a salirse por momentos del molde de tanta comedia tonta con la que el cine latinoamericano quiere sostener su inexistente industria.

Día de los enamorados, de Garry Marshall

El amor como lugar común y sin gracia

Por: Íñigo Montoya

Como dirían en la industria del entretenimiento, el material con que está hecha esta película es oro. Lo tiene todo para crear historias buenas, divertidas, emotivas y que conecten con todo tipo de público: el amor y las relaciones de pareja a partir del hilo conductor del día de los enamorados, o el día de San Valentín, como lo llaman los gringos.

Pero ese oro se hizo polvo y el viento se lo llevó de las manos de Garry Marshall, un director que ha hecho algunas buenas comedias románticas y escrito innumerables películas y series de televisión. No supo explotar su material y lo que el espectador terminó viendo fue un conjunto de historias unidas por reiterativas -y por ello molestas- casualidades, todo con el fin de, supuestamente, hablar de amor de manera graciosa.

Sobre el amor nada nuevo dijo y los momentos graciosos fueron realmente pocos. La causa de esto fue tal vez querer recurrir demasiado a los estereotipos y a los casos comunes: amor de niños, de viejos, de adolescentes, de amigos, de homosexuales y de adultos. Todos estaban cubiertos. También el desamor, el despecho, el engaño, el amor imposible, el de toda la vida, etc. La soledad y la búsqueda del amor son, obviamente, otro de los motores que mueven la historia.

Y no es que sea difícil hacer algo original e inteligente con el esquema de película coral (muchos protagonistas) que cuenta varias historias entrecruzadas en torno al amor, y eso lo pueden demostrar dos buenas y recientes películas: Realmente amor (2003) y Definitivamente él no te quiere (2009). Están hechas con el mismo material pero en ningún momento se antojan tan trilladas, predecibles y poco agraciadas como ésta.

Los abrazos rotos, de Pedro Almodóvar

El mismo material, pero mal cosido

Por: Íñigo Montoya

Toda película del más importante director español de los últimos tiempos es esperada como un acontecimiento. Su carrera comenzó haciendo del mal gusto y las extravagancias picantes un arte, luego se transformó en un cine de gran madurez e intensidad, que llega a su punto más alto con Todo sobre mi madre (1999), pero ahora ya da signos de agotamiento, especialmente con esta última película.

Lo particular es que esta cinta tiene todos los elementos que caracterizan el cine del director manchego: es una historia sobre la turbulencia de las relaciones y los sentimientos, tragedias médicas, el quehacer cinematográfico como recurso del relato, melodrama, personajes pintorescos, diseño de arte con estilo propio, referencias directas a otras películas y una chica Almodóvar, esta vez Penélope Cruz.  Y sin embargo, nada funcionó como antes.

Lo que vemos es una tediosa historia en la que no es posible identificarse con ningún personaje, conflictos forzados y estirados que no consiguen que haya tensión alguna y una trama predecible y mal copiada de sus películas anteriores.

Incluso es muy significativo cuando al final nos damos cuenta de que la película que estaba dirigiendo el protagonista es nada menos que Mujeres al borde de un ataque de nervios, la cinta que le dio fama internacional a Almodóvar, lo cual sugiere que es el pago de una deuda consigo mismo, un ajustar de cuentas con tintes autobiográficos que tal vez fue lo que llevó a que esta nueva película estuviera desprovista de la chispa e intensidad de todas las anteriores.

Actividad paranormal, de Oren Peli

Un demonio está en casa

Por: Íñigo Montoya

Inevitable pensar inmediatamente en El proyecto de la bruja de Blair (1999) a propósito de esta película. El esquema es el mismo: una entidad misteriosa que acecha y ataca a unas personas, a una pareja en este caso, y que la veracidad del suceso es legitimada por el lenguaje documental, del cual hace parte la leyenda, plantada por los mismos productores, de que no se trata de una reconstrucción sino de la cinta encontrada luego del horrible suceso.

La bruja de Blair golpeó primero y por eso golpeó más fuerte, pero después de ella la fórmula del falso documental es menos efectiva porque, como se sabe, el cine de horror es el género que más se desgasta. Aún así, en esta nueva cinta la fórmula es bien aplicada y eficazmente mezclada con otro de los clásicos esquemas del cine de horror, el de la “casa embrujada”.

Es una película sólo para los fanáticos del género, para quienes gustan de dejarse llevar por las emociones y el miedo creado por las imágenes en la pantalla, sin importarles la factura visual o el efectismo. Y si, además, se trata de espectadores que cuando entran a una sala de cine se les diluye la diferencia entre realidad y ficción, pues ésta es la película perfecta para crearles sensaciones fuertes. Porque no se trata de una película de horror “tramposa”, es decir, de esas que le meten sustos al público en lugar de meterles miedo. Lo suyo es un trabajo limpio, sugestivo y bien planificado.

Tierra de zombis, de Ruben Fleischer

Reglas para matar zombis

Por: Íñigo Montoya

Las películas de zombis, desde que George A. Romero filmó su partida de nacimiento en 1968, han dado para todo, desde historias de horror, pasando pos chapucerías de la Serie B, hasta hilarantes comedias negras. Este último es el caso de Tierra de zombis, una comedia desenfadada a la que le interesa más crear situaciones y personajes divertidos que construir una sólida historia sobre la mitología zombi.

Por eso el planteamiento es tan simple como efectivo: una película de carretera en la que los personajes van de un lugar a otro matando zombis y creando lazos afectivos entre ellos. Porque en el fondo también habla de las personas y de las actitudes que asumen en esas circunstancias extremas, que si bien por el tono de la película no son dramáticas, aún así afloran aspectos esenciales de la naturaleza humana.

La película cuenta, además, con un guiño cinéfilo que, al mismo tiempo, es un homenaje a un actor muy querido por la cinefilia, Bill Murray, quien aparece interpretándose a sí mismo demostrando el particular sentido del humor con el que ha construido su carrera.

En definitiva, estamos ante una cinta de vacaciones, entretenida y divertida, llena de gags (chistes visuales) y diálogos ingeniosos. Una película especialmente para los fanáticos de este tipo de cine, para los que aprecian el cine de zombis, un poco el mal gusto, el humor entre tonto e inteligente y, por supuesto, a Bill Murray.

Infraganti, de Juan Camilo Pinzón

La risa agazapada y clandestina

Por: Íñigo Montoya

Como los buñuelos y la natilla, como el traído del niño, llega puntual la película decembrina de Dago García, ese productor que es el más nítido ejemplo del cine industrial y de consumo en el país. Muchos reniegan de su cine (incluyendo este artículo, por supuesto), pero en su defensa hay que decir que estas empresas son necesarias para el cine nacional, como industria al menos.

Como todas sus películas, ésta se asegura de tener un gancho fuerte para hilar su argumento y, sobre todo, atraer al público. Ya lo ha hecho con el fútbol, la música popular, el matrimonio, etc. Ahora lo hace con un espacio y lo que él significa: un motel y sus solapados visitantes. A este gancho le engarza otros, la comedia como siempre, los personajes estereotipados, la cultura popular y hasta a Natalia París, quien sin duda será la razón para muchos ir a ver esta cinta.

Para ser una comedia tonta está en general bien armada su historia, esto no parece decir mucho, pero si se le compara con las incoherencias argumentales de películas como La esquina, Las cartas del gordo, Ni tecases ni te embarques o Mi abuelo, mi papá y yo, pues estamos antes un relato decoroso y consecuente.

Que la risa que producen sus situaciones esté siempre agazapada y clandestina, sin dejarse ver casi nunca, así como los clientes de un motel, no es algo de extrañar, porque así han sido las últimas películas de este productor. El sentido del humor de estos filmes casi siempre es demasiado simple y burdo, cuando no populista y de mal gusto. Podría decirse que para un fanático del humor fino e intelectual de los Monty Phyton no podría ser de otra forma, pero la cuestión es que la vi en un teatro lleno y con las mismas escasas risas.

A estas películas decembrinas, diseñadas para el consumo rápido y la taquilla fácil no se le puede exigir que sean obras maestras, pero tampoco es mucho pedir que tengan algo de seso e ingenio, que si toman el camino fácil de los clichés y las fórmulas, pues que no lo hagan tan evidente. Esperemos que así sea en el próximo tutaina.

La teta asustada, de Claudia Llosa

El miedo heredado

Por: Iñigo Montoya

Una de las más sólidas y reveladoras películas latinoamericanas de los últimos años se llama Madeinusa (2007), una cinta que comparte con La teta asustada muchos elementos: su directora, su protagonista (Magali Solier), una mirada sin prejuicios a la cultura popular peruana, un gran sentido estético para crear imágenes y una economía de recursos narrativos para mirar esa realidad.

Se diría entonces que la segunda película de Claudia Llosa es tan buena como su ópera prima, y si le creemos al oso de oro que ganó en el Festival de Cine de Berlín hasta se podría decir que lo es más, pero hay en esta nueva cinta algo que no funciona del todo bien, a pesar de estar hecha con el mismo material que la primera.

La película cuanta la historia (igual que la anterior) de una joven que vive reprimida por una serie de miedos y costumbres de un entorno empobrecido y lleno de ignorancia. Lo que en la primera cinta parte de las creencias religiosas y la superchería, en la segunda es consecuencia de la violencia que aquejó al Perú y que se ensañó con sus mujeres en la época de las confrontaciones internas.

Sin embargo, en La teta asustada la forma como se nos muestra a este personaje, su historia y el mundo marginal en que vive es ya demasiado planificada para causar el mismo efecto de comprensión y sorpresa que causó con Madeinusa pero de forma más honesta y espontánea. El regodeo con lo de la papa en la vagina, el deambular con la madre muerta y el maniqueísmo con que se dibuja a la mujer burguesa a la que sirve, hace denotar el esfuerzo que la directora hizo para crear una historia que conmoviera e impactara. Y claro, funcionó con los europeos.

Planeta 51, de Jorge Blanco

Los alienígenas somos nosotros

Por: Íñigo Montoya

Esta película, que cuenta con la factura de las mejores cintas de animación de Hollywood y que relata la historia de un astronauta que llega a un planeta donde es él quien resulta el alienígena, para sorpresa de todos no es una producción de la meca del cine sino de unos españoles que están al nivel más alto de este tipo de cine.

La premisa de la historia es atractiva desde el principio, pues simplemente se invirtió la situación de muchas películas de ciencia ficción y se obtuvo un resultado novedoso y lleno de posibilidades argumentales.

La cinta no es tampoco “algo fuera de este mundo”, pero alcanza a ser divertida e ingeniosa, sobre todo en la concepción visual de ese planeta que recrea, el cual parte de la estética de formas redondeadas de los años cincuenta. Así mismo, está llena de guiños, homenajes y referentes del cine de ciencia ficción, que son aplicados de forma inteligente y graciosa.

Como ya es la usanza en estas cintas, puede funcionar perfectamente para el público infantil y el adulto, reservando una buena serie de chistes y situaciones que sólo los mayores podrían entender, pero conservando la lógica del cine infantil: la aventura, la diversión, el colorido visual, los valores, personajes arquetipos y la moraleja final.

Sólo molesta un asunto. Y es que después de saber que es una película española y no gringa, se echa de menos una historia y personajes que tuvieran que ver menos con Hollywood. Es cierto que la inversión fue muy grande (60 millones de dólares) y con una historia tipo Hollywood se iba más a la fija, pero también se perdió la oportunidad de hacer una película verdaderamente diferente de lo que ya estamos acostumbrados a ver.