El planeta de los simios: (R)evolución, de Rupert Wyatt

La culpa la tuvo el Alzheimer

Por: Íñigo Montoya


La primera entrega fue en 1968. Su éxito fue tal que le siguieron otras cuatro entregas, dos series de televisión (una animada) y un remake de la original dirigido por Tim Burton (2001). Esta nueva entrega es lo que se conoce como una precuela, es decir, en la que se cuenta lo que ocurrió antes de lo que vimos en la primera película (basada en la novela de Pierre Boulle).

No recuerdo una buena precuela. Casi todas ellas son excusas para sacarle más jugo a la franquicia. X-Men y El silencio de los inocentes, por solo citar los ejemplos más conocidos, tienen la suya. Pero esta precuela de El planeta de los simios parece ser la excepción a la regla, pues resulta una película con una historia sólida, un conflicto intenso y la suficiente dosis de tensión y acción como para resultar también una cinta entretenida.

La premisa de la historia es que los humanos -naturalmente- buscando la cura para el Alzheimer crearon una mutación en los simios. Pero en realidad fue su intolerancia, falta de ética y el manejo irresponsable de la ciencia lo que condujo a la revolución/evolución que anuncia el título.

Es tal la actitud de las personas que, salvo por el protagonista humano, es la primera vez en todas las entregas de la serie que el público se identifica con los primates y se pone del lado de ellos. Su condición es de marginales y maltratados, y por eso, una vez toman conciencia, no pueden hacer más que revelarse. En esto la película es muy lúcida y contundente.

A estas reflexiones de fondo les agregamos el atractivo cinematográfico de la acción y los efectos especiales, con los que ahora, en los tiempos de la animación digital, ya todo es posible y los personajes no humanos ya son cada vez más reales y verosímiles. ¡Se acabaron los animatronics, el stop motion, el maquillaje  y las máscaras! Ahora los límites son la imaginación, pero eso sí, con buenas e inteligentes historias, como ésta.

8 minutos antes de morir, de Duncan Jones

La muerte y la muerte del Capitán Stevens

Por: Íñigo Montoya

Empiezo este comentario por una nota de farándula. El director de esta película es el hijo de David Bowie, también conocido cuando niño como Zowie Bowie. La anécdota tiene importancia porque, siendo el hijo de uno de los más importantes artistas desde hace cuatro décadas, algo de ello se le quedó de su padre, quien, según el mismo Duncan, lo obligaba de niño a leer dos horas al día.

El niño leía mucho literatura de ciencia ficción, Asimov principalmente. Por eso no es de extrañar que sus dos primeras películas pertenezcan a este género. La primera es una joya titulada Moon (2009), una cinta que carga con el espíritu (e incluso las homenajea) de películas como 2001: una odisea espacial y Blade Runner.

Esta segunda película está dentro de la lógica de viajes en el tiempo, pero con una importante variante relacionada con los umbrales de la muerte que le da una dimensión más compleja a la naturaleza del protagonista, quien no solo tiene que afrontar los conflictos que se desprenden de las paradojas temporales, sino que también tiene que lidiar con serios asuntos existenciales.

Pero a diferencia de su primera cinta, que es más un relato sobre la introspección de su protagonista, en esta esos conflictos internos están complementados por una trama de acción y suspenso, de manera que la película siempre mantiene un ritmo y una tensión constantes que la hacen siempre inesperada y entretenida.

Su final es lo menos convincente, pues sucumbió a la complacencia de un desenlace en el que todo el mundo, salvo los villanos por supuesto, termina bien. Y esto no es contar el final, porque la verdad es que son pocas las películas -y menos en Hollywood- que tienen la valentía de decidirse por finales sin complacencias, aunque el planteamiento y el desarrollo de la historia así lo exijan, como en este caso.

La pontífice, de Sönke Wortmann

O de cómo agradar al público

Por: Íñigo Montoya


Más que en datos históricos confirmados, la premisa de esta película está fundada en una leyenda medieval que contaba la historia de una mujer que, haciéndose pasar por hombre, llegó a la más alta posición de la Iglesia Católica. El relato hace un recorrido por toda su vida, así como las cualidades y azares que hicieron posible conseguir esto.

De entrada resulta una película muy atractiva, tanto por el misterioso encanto de la época que recrea (siglo IX) como por la inmediata identificación que el espectador tiene con la protagonista. Esta identificación tiene que ver con el rechazo que producen los dogmas católicos de la época frente al papel de la mujer, no solo socialmente sino ante el conocimiento.

Por eso, la posibilidad de que al menos una mujer pudiera trasgredir todo ese rígido esquema es una promesa para el espectador. Pero cumplir esa promesa implica complacer al público, lo cual no tiene nada de malo si se hace con solidez y coherencia. No obstante, esta película se excede en esas complacencias, pues pone toda su trama, personajes y soluciones argumentales al servicio de ello, sin importar si se antoja gratuito o forzado, como efectivamente ocurre en muchas ocasiones. Solo habría que contar las grandes coincidencias que amarran la historia para darse cuenta de eso.

El punto es que, si bien es una cinta muy entretenida y atractiva por todo lo que pasa, gran parte del material está puesto allí, justamente, para que “funcione con el público”. Es por eso que ni siquiera se abstuvieron de inventarse una historia de amor, como es requisito de todo relato populista. De manera que de de la cinta solo queda sus valores de superproducción y lo atractivo de la leyenda que le dio origen, porque por lo demás es puro cine efectista y complaciente dramática y emocionalmente.

El Capitán America, de Joe Johnston

El súper héroe noble y patriota

Por: Íñigo Montoya


En Hollywood cada día empieza el rodaje de una película de súper héroes. No recuerdo que se hayan inventado uno nuevo, no hay necesidad, la inagotable cantera de los cómics o las series televisivas provee a la gran maquinaria de cine de personajes e historias. Unas les sale mejor que otras, y unas tienen más o menos éxito, aunque lo uno no siempre tiene relación con lo otro.

El Capitán América es un súper héroe venido a menos. Primero, cuando dejó de cumplir el objetivo propagandístico para el que fue creado durante la segunda guerra mundial, y más recientemente, cuando el público comenzó a preferir héroes más complejos y oscuros, lo cual contrastaba con la conducta modélica del hombre con la estrella en el escudo.

Así que la apuesta fue arriesgada… y parece que acertada, tanto porque le está yendo bien en taquilla, como por el trabajo que hicieron con la historia. Aunque viéndolo bien, había mucho asegurado, porque necesariamente la trama se desarrolla durante la segunda guerra mundial, y como se sabe, este es uno de los temas de acción preferidos por el público. Cuando la segunda entrega, como fue sugerido, se desarrolle en el presente, veremos qué tanto pesó este factor.

El caso es que la unión de fuerzas de película de guerra con trama de súper héroe (además uno que inicialmente era un hombrecito menos que común y corriente), le da a esta cinta el material suficiente para hacerla entretenida. Esto visto aisladamente no parece gran virtud, pero al lado de tantas películas de su tipo que no alcanzan ni siquiera a entretener, pues es inevitable valorarlo, porque ese es el principal objetivo de estas películas. Si se cumple ya es ganancia.

X-Men: Primera generación, de Matthew Vaughn

Donde todo empezó

Por: Íñigo Montoya


Es muy rara la vez que una precuela (película cuya acción se desarrolla en un momento anterior al de otra que ya ha sido estrenada) resulta tan o más interesante que sus antecesoras. Porque, en últimas, la precuela sale siendo una entrega más, solo que cuenta el inicio de la historia que ya conocemos. Es por eso que suele tener todo en su contra, pues después de varias entregas (esta vendría siendo la quinta) el esquema ya está gastado.

Sin embargo, en este caso el esquema realmente se ve en buena medida renovado por la naturaleza de la historia y de los personajes, pues se trata de los X-Men cuando todavía no lo eran y apenas tenían planes de serlo. Por eso, el solo hecho de que no fueran los seres maduros, inteligentes y poderosos (en especial el profesor X y Magneto) que vemos en la saga, ya les confiere un atractivo mayor, pues su vulnerabilidad hace que el espectador se identifique más con ellos y sienta más sus conflictos.

La cinta, además, tiene el atractivo de estar ubicada temporalmente en la década del sesenta, con toda la carga histórica e ideológica que esto representa al tener como contexto la Guerra Fría, esa época dorada para Hollywood en que tenían muy claro quiénes eran los buenos y los malos y cuál era la mejor ideología para defender.

En términos de la acción y los efectos, nada se puede decir que no se haya dicho de las películas de los últimos años, pero por eso, justamente, se debe valorar por lo que propone en términos de su historia y sus planteamientos, que en este caso, además del contexto histórico, resultan muy válidas y cargadas de fuerza las reflexiones que hacen en torno a la identidad de los mutantes. Porque es a partir de ese tópico que se desprende toda la dinámica de luchas y divisiones entre los mutantes y también con los humanos.

¿Qué pasó ayer? 2, de Todd Phillips

Guayabo (in)moral

Por: Íñigo Montoya


Las segundas partes siempre levantas sospechas. Luego de que la primera entrega de esta comedia causara sorpresa por su humor irreverente y con cierta originalidad, llega la segunda con el mismo planteamiento, pero tratando de darle una vuelta de tuerca a los excesos de la primera, cosa que solo funcionó parcialmente. Aún así, no se pierde el tiempo con ella, eso si uno puede dejar de posar de intelectual con el cine.

El planteamiento en cuestión es simple, pero con fuerza y lleno de posibilidades: un grupo de amigos despierta con un guayabo físico que, a medida de que van descubriendo todo lo que hicieron en su desbocada noche, se va tornado en guayabo moral, todo esto porque, además, luchan contra el tiempo, pues tienen que llegar a una boda a tiempo.

Es la misma historia en las dos. La primera en Las Vegas y la segunda en Bangkok, ambas ciudades de licencias y excesos, ciudades que se pueden tragar a estos hombres y ellos, con la anuencia de las drogas y el alcohol, saben responderle a tanta perdición y se abalanzan sobre la gran noche y no le hacen ascos a prostitutas, travestis, criminales, motines, simios, vandalismo y hasta a lo más sacro de oriente: la espiritualidad de sus monjes y monasterios.

Si bien la cinta no sorprende ni resulta tan hilarante como la primera, sin duda está hecha de lo mismo y proporciona muchos buenos momentos, sobre todo porque su humor está fundado en la incorrección política, algo más bien escaso en Hollywood, que prefiere hacer reír con escatología y la torpeza y mezquindad de sus personajes.

Piratas del Caribe 4, de Rob Marshall

La ventura con risa paga

Por: Íñigo Montoya


Desde los años veinte Hollywood está haciendo películas de piratas. Incluso con momentos de auge a finales de los cuarenta y mediados de los sesenta. Por eso, cuando apareció la primera entrega de esta saga en 2003, fue un encuentro con la nostalgia de ese cine que solo habíamos visto como viejas películas en televisión, y para ajustar, ahora lleno de la espectacularidad que proporcionan los efectos actuales.

Sin embargo, cuatro películas después, resulta inevitable la sensación de estar ante el mismo material, pero ya con los cansados recursos y salidas de las tres anteriores. Además, las películas de piratas ya están encasilladas de por sí en su propio subgénero, el cual pertenece a uno mayor, que es el cine de aventuras. De manera que entre tanto esquema conocido, el del género, el del subgénero y el de la saga, queda muy poco para la innovación y la sorpresa.

Es por eso que una película de estas no da para hacer una crítica de cine, es decir, para reflexionar sobre su narrativa, la construcción de personajes, sus planteamientos éticos o el desarrollo de sus temas. Ni siquiera para hablar de su concepción visual, que es la misma que le vemos a todas estas superproducciones de la última década. Entonces todo en esta cinta está hecho y dicho, ahondar en ello sería infructuoso o reiterativo.

Una última consideración. Hay una razón de peso por la que no me acaba de convencer la saga, en especial esta última. Y es que, como ya se dijo, las películas de piratas pertenecen al cine de aventuras, y en estos tiempos se mezcla, además, con el cine de acción. Pero para que el espectador pueda sentir la tensión de lo que le ocurre a los personajes en sus aventuras y en las secuencias de acción, es la gravedad del drama la que se debe imponer, no obstante, en esta cinta es la comedia, de manera que, si bien para muchos puede ser entretenida, el espectador nunca se toma en serio lo que le pasa a los héroes, y eso le quita fuerza a toda la trama.

En otras palabras, Jack Sparrow nunca parece estar en peligro, porque todo es medio en broma, medio jocoso. Además, se trata de chistes flojos o recurrentes. Justo el humor plano propio de los taquillazos de Hollywood. Eso le quita peso a la historia y a sus personajes, pero sobre todo, al otrora hostil y peligroso ambiente de los relatos de piratas, y desmerece el miedo y la tensión con que, por ejemplo, muchos vimos –en distintas adaptaciones- al joven y atribulado Jim Hawkins en La isla del tesoro ante la maldad del temible pirata Long John Silver. Eso sin contar la reflexión moral sobre la ambición que estaba de fondo en el gran relato de Robert Luois Stevenson.

Thor, de Kenneth Branagh

El hombre que cayó a la tierra

Por: Íñigo Montoya


Lo primero que sorprende de esta película es saber que está dirigida por Kenneth Branagh. Inmediatamente uno se pregunta ¿Qué hace uno de los mejores actores y directores shakespereanos –inglés para más señas- dirigiendo un producto con todas las características (y mañas) de las superproducciones de Hollywood?

Seguramente quiere una mansión más grande, podría ser la respuesta, porque no veo otra razón para que haya hecho esta película el autor de algunas de las mejores adaptaciones recientes de obras de Shakespeare (Hamlet, Mucho ruido y pocas nueces, En lo más crudo del invierno), además de otras deliciosas obras como Los amigos de Peter o Morir de nuevo.

En fin, por lo que sea, su genio en la puesta en escena y dirección de actores aquí pasa desapercibido porque esta nueva cinta, sin duda, es un encargo que aceptó dirigir bajo las condiciones que rigen en Hollywood para este tipo de producciones.

El material, ciertamente, era atractivo para hacer un relato llamativo en términos visuales y de cine de acción. Y efectivamente, se trata de una película que en general no defrauda, pues tiene todos los compontes que el espectador de este tipo de cine espera: imágenes fantásticas y grandilocuentes que hagan justicia al cómic de Stan Lee (inspirado en el dios de la mitología nórdica), llamativos y convincentes efectos especiales, una historia de amor (no consumado, que son las mejores), la lucha entre el bien y el mal, y un héroe todopoderoso, noble, simpático, bien ataviado y bonito.

No es de ninguna manera una historia tediosa, ni tampoco muy obvia o llena de lugares comunes, pero la enumeración de elementos del párrafo anterior bien es cierto que evidencia su gran similitud con todas las actuales producciones de Hollywood de súper héroes y basadas en cómics de la Marvel.

Solo ese contrapunto, visual y cultural, que se da entre los dos mundos le da a esta historia un componente novedoso y crea una permanente expectativa por lo que puede surgir de este encuentro, pero por lo demás, es una cinta que irá a parar al cajón de la memoria donde uno guarda todas las de su tipo.

La chica de la capa roja, de Catherine Hardwicke

La sexy caperuza

Por: Íñigo Montoya


La directora de Crepúsculo esta vez fue contratada para hacer otro relato de cine fantástico, ahora dedicado a la contraparte de los vampiros, esto es, los hombres lobos. La novedad es que se trata de un relato inspirado en el célebre cuento infantil de Caperucita Roja, pero llevado al territorio del cine de acción y romántico.

Porque lo primero que hace esta versión es otorgarle una carga sexual al personaje central para hacerla una cinta atractiva y ponerla al día. Una rubia con generosos atributos es la caperuza roja de esta historia, quien además es pretendida por un par de galanes, el leñador y el herrero. Luego sazonan el relato con un típico conflicto medieval de cacería de brujas y listo, ahí tienen el doble conflicto, el romántico y el de acción.

Aunque descrito así suena demasiado calculado –que en efecto lo es- de todas formas la composición general de la historia funciona para crear una trama atractiva, llena de inesperados giros, narrada con la precisión que siempre caracteriza al cine de Hollywood y con una concepción visual que sabe explotar el paisaje, la época y a sus bellos y carismáticos protagonistas.

Río, de Carlos Saldanha

Los colores alzan vuelo

Por: Íñigo Montoya


Cuando Hollywood se mete con Latinoamérica, nada más sabe reproducir estereotipos y deformaciones de la realidad. Solo puede haber diferencia cuando hay alguien “de la casa” tras el proyecto, y ese es el caso precisamente de esta película, pues su guionista, director y productor nació y se crió en Rio de Janeiro, la ciudad que le da nombre a esta nueva cinta animada.

La idea de la película es muy buena, pues conecta el colorido y vivacidad de las aves tropicales con el tema ecológico, que es tan popular y “apropiado” para los niños. Su historia está planteada de forma muy inteligente a la manera de comedia romántica, incluso por doble partida: por un lado, la historia de las aves, que es la central y más original, y por el otro, la de sus “dueños”, que es más previsible.

A pesar de todo esto, su desarrollo es el de siempre: unos malvados villanos, la necesidad de los protagonistas de llegar de un punto A a un punto B franqueando todos los obstáculos posibles, un pequeño grupo de amigos fieles y encantadores, y un final feliz y aleccionador.

Esto quiere decir que es una película que tiene lo de casi todas las de su tipo, por lo que en general sorprende poco. Pero, de todas formas, los detalles y las pequeñas soluciones son originales y atractivos, además de exótico y refrescante el contexto en el que plantean su historia, esto es, la ciudad de Rio de Janeiro con todo su abigarramiento y colorido y, por supuesto, en medio del carnaval.