La liga de la justicia, de Zack Znyder

Paisaje de super héroes

Íñigo Montoya

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Después de la explosión (y ahora sobre exposición) de cine de super héroes que se ha dado desde principio de este siglo, ya poco queda por mostrar o decir, sobre todo cuando de los personajes más conocidos se trata, tanto del universo Marvel como DC, los cuales se resumen en su zaga de Vengadores, el primero, y ahora de Liga de la justicia, el segundo.

Esto se evidencia en esta película con los héroes estelares de DC (en adelante, spoilers): Batman, la Mujer Maravilla, Flash y Superman. Lo que cuenta y muestra esta entrega no difiere mucho de lo visto en toda esa invasión de poderosos con disfraz. Es el mismo esquema cansado y gastado: una amenaza de proporciones apocalípticas para la tierra, un líder que reúne a un equipo mientras explica las características de cada miembro y una serie de pequeñas batallas que se encaminan a una definitiva que funge como clímax, después del cual todo vuelve a la normalidad, no sin antes dejar pistas para el siguiente capítulo.

El argumento, lleno de vacíos y ligerezas resulta, además, de lo más básico. La historia trata de darle complejidad a la trama y hondura a los personajes inventando conflictos pueriles entre ellos, pero todo resulta en simplificaciones y pataletas de egos y artificiales resentimientos. Que Lois Lane sea todavía la única cosa que le importa a Superman sigue siendo lo más odioso e inconsistente del Hombre de acero. Que la bella amazona solo sirva para detener terroristas de caricatura o ladrones de obras de arte es un desperdicio.

El elemento jocoso casi siempre en estas películas resulta patético e insoportable, pero, paradójicamente, en este caso la más de las veces les salió bien los jugueteos protagonizados por el joven Barry Allen (a quien nunca le dicen Flash), aunque no faltaron los chistes simplones para adolescentes de todas las edades, que son el público objetivo de este tipo de películas.

En definitiva, una película apenas entretenida, con más de lo mismo que hemos visto desde hace casi dos décadas, pero con la falta de dimensión y oscuridad que caracteriza al universo DC. Pocas imágenes o momentos memorables, ninguna reflexión o posible lectura de fondo, nada de sorpresas que no hayamos previsto minutos antes, puro paisaje de super héroes que se ha vuelto aburridoramente común a los ojos y los sentidos.

Cezanne, de Danièle Thompson

El rechazado de los rechazados

Íñigo Montoya

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Películas sobre la pintura y los artistas siempre serán atractivas para el cine, más aún si se trata de épocas y movimientos tan fotogénicos como el Impresionismo. Pero la historia de Paul Cezanne, por más que se haya cruzado con este célebre periodo de la pintura, parece tener más diferencias que aspectos en común con los protagonistas del movimiento y sus contemporáneos Manet, Renoir, Pissarro o Degas.

De hecho, esta no es la historia sobre la pintura y un pintor, sino sobre una amistad, y es la que cultivaron durante casi toda su vida este artista y el afamado escritor Émile de Zola. La narración va y vuelve en el tiempo para dar cuenta tanto de los fuertes lazos que los unieron en la niñez y juventud, como de la manera en la que se fue menoscabando su amistad en la vida adulta y la vejez.

En ese sentido, por más que ese recurso de alterar el orden de la historia en la actualidad sea más un gesto de pretendida modernidad, en este caso funciona para entender la naturaleza de la relación entre estos hombres y la forma en que una larga amistad puede deteriorarse con las vicisitudes de la vida, pero mantener su esencia a fuerza de una historia en común y la, a veces, inexplicable lealtad que profesan las amistades de vieja data.

Y aunque se dijo que es la historia de una amistad, el leitmotiv del argumento y la relación es el énfasis que el relato le pone a la desventurada vida, como persona y artista, de Paul Cezanne. Pero sobre todo, a ese carácter, muy difícil de llevar por cierto y definido por la tozudez, que fue el que lo condujo a marcar la diferencia entre sus colegas, quienes si bien tuvieron todo el éxito y reconocimiento que buscaban, terminaron –incluyendo al mismo Zola- por entregarse al gusto mercantil y popular, convirtiéndose finalmente en esa Academia que antes combatían.

Cezanne, en cambio, fue el artista que definió el paso a la siguiente era del arte, al cubismo, la abstracción y las vanguardias. Por eso esta película, aun siendo muy dura con su protagonista, termina argumentando y validando la fuerza personal y artística de un pintor que supo soportar ser el rechazado de los rechazados.

Siete cabezas, de Jaime Osorio Márquez

Ni cine de género ni de autor

Íñigo Montoya

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El páramo (2011) es una de las películas más destacadas que se han hecho en Colombia en los últimos años, esto bajo el criterio del buen equilibrio que consigue entre un cine que logró conectar con un público amplio y sus cualidades cinematográficas reconocidas por la crítica en general. Es una película que juega hábilmente con la atención del espectador, insinuándole que se trata de una historia de horror, pero que poco a poco y con precisión va transformando el relato en un thriller sicológico.

Con Siete cabezas este director parece que quiso permanecer en ese territorio atmosférico del horror, la tensión y el thriller sicológico, pero esta vez ya no pensando tanto en los esquemas y recursos del cine de género sino más bien en los gestos y la contención del cine de autor. Porque también esta historia se desarrolla en un apartado lugar (un parque natural), sometido a extrañas y amenazantes fuerzas que parecen acechar a sus protagonistas.

¿Pero quiénes son los protagonistas? ¿El callado y misterioso guardabosque o la mujer embarazada y su esposo que se encuentran realizando una investigación? El punto de vista pasa de un lado a otro y por eso resulta difícil identificarse con alguna de las miradas: la bióloga que parece sospechar algo y sobre quien el relato trata de insinuar que se cierne un peligro o el ambiguo guardabosques, que no se sabe bien si es víctima o victimario, y tampoco termina convenciendo esa explicación de la condición que padece, la cual es del todo contraria, por lo extrema y singular, a ese tono realista y de cotidianidad que plantea todo el relato.

Entonces el director hace un doble juego con el relato y el espectador, donde ese tono propio del cine independiente o de autor (silencios y planos largos, ausencia de un conflicto evidente, imágenes sugerentes y acciones triviales) se contradice un poco con las imposturas del cine de género,  con los efectismos de la música, las falsas pistas y la aparición de un extremo motivo desestabilizador que padece el protagonista.

De manera que la película no termina siendo ni cine de género, porque no consigue los efectos del cine de horror o del thriller, ni tampoco una historia que diga algo significativo o potente de sus temas y personajes. Es cierto que consigue crear una atmósfera de extrañeza y opresión, pero eso solo es el ambiente propicio para que sucedan o nos cuenten unas cosas que nunca pasan ni nos dicen.

Armero, de Christian Mantilla

Melodrama sin catástrofe

Iñigo Montoya

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Más de tres décadas después, se realiza la primera película de ficción sobre la tristemente célebre catástrofe en la que la erupción del Nevado del Ruiz conllevó una avalancha que arrasó con el municipio de Armero. La producción es apenas poco más que modesta y con cuestionables recursos tanto en lo cinematográfico, como en los efectos utilizados y en su definición como cine de catástrofe, y aun así, tuvo un sorprendente buen recibimiento por parte del público en su primera semana, en la que fue vista por casi cien mil espectadores.

El gran problema de esta película es que desatiende por completo las reglas del esquema esencial del cine de catástrofe, las cuales le hubieran asegurado al menos una solidez en términos argumentales y narrativos. Y ese esquema dice que en el primer acto del relato se presenta a varios personajes representativos en su diversidad de la comunidad de la que hacen parte, para luego, durante el largo segundo acto y después del hecho catastrófico, seguir su drama, ya sea uno a uno o reunidos como grupo, mediante el cual luchan por su supervivencia, que es el conflicto supremo en cualquier historia; para en el tercer acto, dar cuenta de los sobrevivientes finales y hacer una resolución abierta.

Los guionistas de esta película, en cambio, solo escogen a dos personajes y los trenzan, durante el primer y segundo acto, en un melodrama trillado y sin interés sobre el conflicto de no poder tener hijos. La catástrofe la dejan para el clímax y rápidamente en la resolución dan cuenta de lo que les pasó a esos dos protagonistas con los que difícilmente pudo haber alguna empatía. En otras palabras, nos cambian todas las posibilidades dramáticas y de tensión de un drama de supervivencia ante una catástrofe, por un melodrama largo y sin mucho impacto.

En medio de eso, hay una denuncia puesta en escena de una forma más bien burda y obvia, en la que los políticos de turno, y hasta el cura, cargan con las culpas de una tragedia que se pudo evitar. Así mismo, es inevitable reparar en los efectos especiales utilizados para representar la catástrofe, los cuales, si bien resultan apenas comprensibles para el bajo presupuesto con el que contaba la producción, de todas formas, para los estándares del cine que vemos ahora en esta era digital, realmente se antojan más bien precarios, cuando no por momentos inverosímiles o toscos.

La torre oscura, de Nikolaj Arcel

El niño con el toque

Íñigo Montoya

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Generalmente los relatos de fantasía proponen dos mundos paralelos que se cruzan o chocan. Los habitantes de uno pasa al otro y se da la confrontación. También hay magia, poderes que sirven tanto al bien como al mal y uno de esos mundos está en riesgo. Esta película tiene todo eso, pero como sucede siempre en el cine de género, lo importante es la forma como presentan y combinan estos elementos para conseguir una obra novedosa y de calidad.

Si no la novedad, al menos la acertada combinación que logra esta cinta es la pareja de héroes que quiere salvar a los distintos mundos del universo de un personaje oscuro y poderoso. Un niño, a quien creen loco y perteneciente a nuestro mundo, neoyorkino para más señas, atraviesa un portal que lo lleva al mundo del villano y lo une con un pistolero que también combate a este hombre.

El contrapunto entre el apasionamiento y optimismo del niño con el derrotismo y negativo deseo de venganza del pistolero, mantiene la atención del espectador en su cruzada por salvar el universo, esto a fuerza de valentía, ayuda mutua y combinación de conocimientos y habilidades en los dos mundos, en los cuales, alternadamente, estarían perdidos el uno sin el otro.

Se trata, pues, de una entretenida pieza, creada a partir de personajes carismáticos, incluyendo al mimo villano, llena de momentos emotivos, ingeniosos, divertidos y llenos de acción. Un choque de mundos y realidades que siempre será estimulante para el espectador que gusta de la aventura y la fantasía.

Churchill, de Jonathan Teplitzky

El poder obsoleto

Íñigo Montoya

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Casi por consenso se considera a Wiston Churchill, el Primer ministro de Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, como el político más importante del siglo XX. Su liderazgo y experiencia fueron decisivos para llevar a la victoria a los Aliados frente a los alemanes en este definitivo momento histórico de la humanidad.

A pesar de eso, nunca se había hecho una película sobre su figura vista por fuera de los textos que él mismo escribió, y menos aún, se había concebido una mirada tan poco generosa y de un acercamiento íntimo como hombre en medio de sus labores como figura pública. Lo más cercano había sido la serie de Netflix, The Queen (2016), donde aparece como un importante personaje secundario.

El argumento de esta película solo toma unos cuantos días ante de la célebre Operación Overlord, la cual planificó el desembarco en Normandía el Día D. Lo primero en que se afana el relato en mostrarnos a un viejo y tozudo político que se enfrenta a los dos grandes comandantes de la Gran guerra (Eisenhower y Montgomery), no solo con caducos argumentos, sino expuesto a que lo dejen por fuera de las grandes decisiones.

De manera que la película se concentra en ese momento crítico cuando el hombre más poderoso del mundo se ve desorientado, ignorado e irascible. Es un dramático contraste que el director sabe capitalizar emocionalmente de cara tanto al personaje como al espectador. Así mismo, pone en evidencia con esta situación la vulnerabilidad de la vejez, las veleidades del poder y, en un contexto más amplio, el cambio histórico que daba las formas de hacer la guerra.

No es, entonces, una película sobre la guerra, ni sobre la historia, tampoco acerca del poder mismo, sino sobre la tragedia particular de un hombre insigne y poderoso en un momento crítico de su carrera. Es un contundente retrato privado y doméstico de un célebre líder, por lo que esta mirada distinta cambia por completo la historia, y por eso la hace relevante, intensa y conmovedora.

Dunkerque, de Christopher Nolan

El relato de la guerra… y nada más

Íñigo Montoya

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No se me ocurre otro director en la actualidad de quien la cinefilia espere más su última producción. Ya ni Tarantino. Nolan, con su impecable, compleja, estimulante y variada filmografía nos obliga a repensar el cine desde cada nueva propuesta que trae: El thriller con Following (1998) e Imsomnia (2002), la fragmentación del relato con Memento (2000), el cine de súper héroes con Batman Begins (2005), la ciencia ficción con Interestelar (2014) y ahora el cine bélico con Dunkerque (2017).

Esta última película es sobre aquel célebre capítulo de la Segunda guerra mundial cuando miles de soldados ingleses son rescatados del asedio alemán. En este caso, la gran apuesta de Nolan está en su propuesta narrativa: en primer lugar, con la alternancia de tres distintos tiempos en el relato, que obedecen a tres momentos y duraciones de ese mismo episodio: una semana de los soldados en playa, un día de los civiles rescatistas y una hora de un piloto.

En segundo lugar, concentrando (reduciendo, también se podría decir), el grueso del metraje en secuencias de acción que tenían como únicos objetivos sobrevivir o rescatar. Estas secuencias, además de verse potenciadas por el suspenso propio de su dinamismo y la alternancia con los otros momentos, con los otros tiempos, resultan especialmente acuciantes gracias a la música de Hans Zimmer, constituida por piezas casi desprovistas de melodías, incluso muchas veces de sonidos salidos de instrumentos convencionales, que transforman el ritmo, el drama y las atmósferas en pura angustia y desesperación, incluso de una forma dudosamente artificial.

Así que, con este juego de tiempos y de montaje, la historia casi limitada a la acción y la enfática banda sonora, la experiencia de la guerra que nos propone este gran director es visceral y emocional, aunque en un sentido inmediatista, es decir, el impacto de la guerra no está presente en personajes sólidamente construidos ni en sentimientos o emociones hondos o complejos.

Es otra forma de crear un relato bélico, y una no solo valida sino de gran intensidad y pericia cinematográfica, cargada de momentos e imágenes tan inolvidables como épicos y grandilocuentes. No obstante, a la luz de muchas de sus películas, que nos desafiaron la ética, la emoción y el intelecto, tal vez dudamos un poco con este planteamiento tan directo y casi primario. Es como si, parafraseando aquel viejo refrán, haya habido mucho cine y pocas nueces.

La doncella, de Park Chan-Wook

La trampa y el engaño

Íñigo Montoya

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Es lamentable que un director como el coreano Park Chan-Wook, quien nos ha sorprendido y turbado al mismo tiempo con fascinantes y originales películas (la trilogía de la venganza, I’m a Cyborg, but that’s OK, Stooker), llegue ahora con una de esas historias que reposan en un esquema harto transitado por el cine occidental, el de las tramas de estafadores y engaños. La lista es larga: House of games, The grifters, The Spanish Prisiones, Nueve reinas, Following, Intacto y tantas otras.

La diferencia es que (advertencia de spoilers) el juego de engaños en este filme está empaquetado con la estilización de una historia oriental ambientada en los años treinta y alambicada con el erotismo de la tradición japonesa, pero con el gancho adicional del amor lésbico. Todo está planificado para que esta película funcione con distintos tipos de públicos.

Las películas con este esquema siempre repiten una dinámica que resulta siempre tramposa con el espectador: le muestran unos hechos, luego en un giro sorprendente le dicen que lo que vio era otra cosa y se lo explican diferente con flashbacks o un narrador. Esto puede ocurrir varias veces a lo largo de la trama. Entonces, el espectador ve algo que después le dicen que es otra cosa y se supone que debe sentirse agradecido y encantado por la sorpresa y el artificial engaño.

Sin embargo, muy pocas de estas películas son honestas con sus recursos. La manera de identificar cuáles no lo son es si durante la historia uno constantemente se está preguntando por la solidez de la trama, la lógica de las acciones y personajes o la verosimilitud del argumento. No importa que más adelante le expliquen a uno por qué esos aparentes vacíos y todo quede claro: se lo explicó el guionista, no la historia.

El caso es que si el espectador descubre las suturas de la trama, no importa qué tan lógica sea luego la explicación, porque será explicación de guionista, no la sólida construcción de un argumento. Y eso es lo que ocurre en esta película, que uno constantemente se está preguntando por la inconsistencia de ciertas acciones, diálogos y decisiones de los personajes. En otras palabras, las cosas cuadran para que transcurra el argumento y con una de esas peripecias narrativas sorprenda al espectador.

Podrá ser muy bella visualmente, tremendamente sensual en algunos de sus pasajes, pero para qué esas empaquetaduras y ganchos si su estructura ósea adolece de consistencia y termina siendo solo un truco de mago en las manos de un guionista efectista.

Alien Covenant, de Ridley Scott

Un entierro de sexta

Íñigo Montoya

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Casi a treinta años de estrenada la primera película, Alien: el octavo pasajero (Scott, 1979), ya con esta nueva entrega se cuentan seis títulos (Siete, si se menciona Alien Vs. Depredador) sobre una de las criaturas más letales y célebres del cine. Es también una de las sagas más afortunadas en cuanto a la calidad de sus películas, aunque también es cierto que esta última evidencia un desgaste de la eficacia de ese universo.

Covenant es una nave que va camino a colonizar un planeta, pero su tripulación decide desviarse a otro planeta donde se originó una comunicación que parecía humana. Lo que encuentran allí es el destino final de la que fuera la anterior película: Prometeo (Scott, 2012), y claro, también encuentran a la temible criatura.

Lo más atractivo de casi todas estas películas es ese doble conflicto y amenaza que generalmente definen sus tramas: por un lado, el permanente acecho del monstruo alienígena, usualmente en espacios muy reducidos, y por el otro, las tensiones entre los mismos seres humanos, que suelen estar trenzados en luchas de poder o por la búsqueda de beneficios individuales.

No obstante, en Covenant este segundo conflicto no tiene mucha fuerza, eso sí, hasta que nos cuenta (advertencia de spoiler) que esta amenaza se traslada al androide de la nave Prometeo. Con esto, la historia toma otro matiz, uno no muy original, por cierto, pues propone la trillada idea de las máquinas se revelan ante los hombres aduciendo su incapacidad para comportarse racionalmente.

Total, que uno termina viendo casi por inercia esta trama de humanos y androides sin fuerza alguna, mientras que las pocas veces que aparece el monstruo tampoco es nada nuevo en relación con las tantas veces que ya lo hemos visto en las otras películas y con mayor grado de originalidad y sorpresa. Así que estamos ante tal vez la más floja de toda la saga y, consecuentemente, la que probablemente le da un final de sexta a una de las series cinematográficas más sorprendentes e intensas de la ciencia ficción.

Whiplash, de Damien Chazelle

Un choque en busca del genio

Íñigo Montoya


Esta película no es sobre música, ni sobre el talento, ni sobre el genio artístico, tampoco sobre el jazz o el espíritu que anida en todo artista y cada arte. Es una película sobre dos hombres egocéntricos, arrogantes y que hacen lo que hacen, al parecer, por los motivos equivocadas. En razón de esto, no me parece la bella y apasionada película que muchos han querido ver, sino una complaciente pelea de gallos que tiene a la música solo como una excusa (solo se escuchan un par de canciones!).
Tenemos entonces a Fletcher, un profesor de música que entrena -no se puede usar otro término- una banda de jazz en una prestigiosa universidad. Más que una práctica o enseñanza, sus clases son torturas físicas y sicológicas a los estudiantes, más cercano a la primera parte de Nacidos para matar que a Mr. Holland Ophus. Y se supone que hace esto porque está buscando al próximo Charlie Parker. Por otro lado, está Andrew, un mozuelo sin madre que, más que aprender y disfrutar de la música, quiere ser el más grande baterista que existe.
Como se puede ver, pues, la música para ellos solo es un medio, porque el fin es una meta que solo les traería grandeza a sí mismos, con lo cual se despojan de toda seña del humanismo o de la sensibilidad que siempre están asociados al arte y a su práctica. Por esta razón, no hay manera de identificarse con ninguno de los dos personajes ni con sus acciones o motivaciones. Hay una tensión constante en el relato, claro, pero por la dinámica víctima victimario o por la confrontación de egos, pero al final resulta artificial cuando, de forma complaciente, al parecer los dos ganan, los dos tienen la razón.
Yo quería ver una buena película sobre música, sobre ese misticismo y libertad que representa el jazz, pero solo vi a un niño arrogante que asumió ese misticismo como una mera competencia contra el mundo y a un inclemente profesor que convirtió esa libertad en un mecánico entrenamiento de máquinas humanas que saben leer música.