Al llegar a su apartamento en el corazón de Chapinero en Bogotá para grabar esta entrevista, Claudia López se quita un tapabocas, saluda tranquila y ligeramente cabizbaja. Minutos después, frente a la cámara, a punto de grabar, parece otra persona; quiere dominar el escenario y tiene claro su discurso, como la mayoría de políticos, y a veces se sale la Claudia senadora que conoció el país: frentera y ácida. “Cepeda tiene que leer un ‘papelito’ hasta para decir va a ir a debatir, ¿lo vieron?”, dice con sorna. También reparte ironías y sablazos a sus otros contendores como Abelardo y Paloma.
La exalcaldesa de Bogotá no logró unir al centro político y a la primera vuelta llegarán divididos con Sergio Fajardo. Ella cree, sin embargo, que en los debates televisivos es en donde más puede crecer y así lo demostró hace unos días en el de Naturgas y Noticias Caracol.
EL COLOMBIANO habló sobre ese tema de coyuntura con López, pero también de sus propuestas y críticas que le hacen sus contradictores y la gente en redes sociales.
Los dos punteros de las encuestas, Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda, parece que coinciden en no querer que usted asista a los debates presidenciales, ¿por qué?
“Yo estoy lista. Siempre he dado la cara, he presentado mis programas, he contrastado mis alternativas. Y creo que esto es un derecho de los colombianos. Debatir es una manera no solamente de conocer las propuestas, sino de contrastar el talante, el carácter, la experiencia y las soluciones de los candidatos. Eso es exactamente lo que necesitan los ciudadanos para tomar una decisión tan importante como la de la Presidencia de la República.
Yo, como ciudadana, como investigadora, como senadora, como alcaldesa y, obviamente, como candidata a la Presidencia, siempre he asistido a los debates. Yo no censuro, ni me da culillo, ni me da miedo. Por el contrario, es un escenario que disfruto, que sé manejar bien, y creo que ese es el temor de otros candidatos.
Yo invitaría a los medios de comunicación a que no se dejen manipular ni censurar. A ustedes les corresponde fijar reglas imparciales con las campañas y realizar los debates. EL COLOMBIANO nos ha invitado a uno en Medellín a principios de mayo, allá estaré muy gustosa. Y a todos los medios que nos inviten, allí estaré”.
¿Pero por qué cree realmente que ellos no quieren que usted participe?
“El señor Abelardo de la Espriella, que es un therian de papel, no tiene una sola experiencia de nada. Tiene un rabo de paja monumental por defender mafias y enriquecerse con ellas. Obviamente le da miedo debatir conmigo, que soy una mujer de carácter, cero tibieza. Él sabe que yo he denunciado, confrontado y metido a la cárcel a 108 políticos ligados con mafias, y que si él es uno, también lo confrontaré. Ese es el susto y por eso a la única que salió a vetar fue a mí. No me sorprende de un tipo como él.
Y en el caso de Iván Cepeda, creo que él solo quiere debatir en su formato, con sus periodistas, sobre los temas que le gustan y únicamente con candidatos de derecha. Sabe que el mundo progresista va más allá del petrismo; que yo represento una opción de centro no petrista, al igual que Sergio Fajardo y otros candidatos.
No quieren que el país sepa que hay progresismo más allá del petrismo, con experiencia y voluntad no solo de superar la desigualdad, sino también de garantizar seguridad. ¿Por qué no se escondieron cuando hicieron tarimazo con delincuentes en Medellín? Ahí sí no se escondieron; ahí sí fue el Pacto Histórico en pleno. La verdad es que estos candidatos quieren manipular a los medios y a la opinión. Lo que corresponde es no dejarnos manipular: que los medios, con imparcialidad, definan las reglas. Y a donde me inviten, allá estaré”.
A propósito de cómo se define usted, le leo un fragmento de una columna reciente para conocer su reacción. Es de Hernando Gómez Buendía, titulada El suicidio del centro. Dice: “Claudia entiende algo que Gustavo Petro nunca entendió: que gobernar no es insultar; y algo que Paloma Valencia y Abelardo tampoco entienden: que el orden no sirve si deja intacta la desigualdad. Pero también carga con el pecado del centro: cree que los ciudadanos quieren oír una explicación cuando en realidad quieren una promesa o una vuelta al pasado”. ¿Qué piensa de esto último?
“No, yo estoy de acuerdo. Hernando es un gran analista y le agradezco su deferencia y su descripción, con la que me siento cómoda.
Colombia está enfrentando dos populismos: uno por abajo y otro por arriba. Por abajo, porque es la primera vez que tenemos un gobierno de izquierda antisistema que vino a hacer cambios profundos. Algunos acertados, como el salario mínimo o reformas que mejoran la vida de la gente. Y otros desacertados: gobernar con corrupción, el tarimazo con criminales en Medellín, o ser el gobierno con más corrupción y más niños y jóvenes reclutados. Eso no es cambio. Además, cayó en la trampa de decir que la seguridad es fascista o de derecha. La seguridad es el principal bien que debe garantizar un Estado social de derecho: que la gente pueda caminar sin ser agredida, que no violen a las mujeres, que no recluten a niños y jóvenes impunemente. Yo creo en la seguridad sin falsos positivos, pero también en la justicia social.
Y tenemos otro populismo por arriba: el populismo global, el del trumpismo. Entre esas dos fuerzas están aplastando la democracia. Ahí es donde entra nuestro papel: el de Sergio Fajardo, a quien Hernando describe como la centroderecha moderna, y el mío, como la socialdemocracia moderna. Tenemos que perseverar, defender nuestras ideas con rigor, carácter y pasión para resolverle los problemas a la gente.
Yo no tengo un pelo de uribista, pero no creo que el futuro de Colombia se resuelva metiendo a Álvaro Uribe preso. Como tampoco se resuelve diciendo que Gustavo Petro es un narcotraficante.
Necesitamos terminar el túnel del Toyo, aprovechar Puerto Antioquia y también Buenaventura, porque Antioquia y el Eje Cafetero son la gran zona logística y exportadora del país. Para eso quiero ser presidenta: para construir una historia de soluciones, no de venganzas ni odios”.
¿El centro político se lo ganó Juan Daniel Oviedo?
“Hay renovación política. Qué bueno que aparezcan nuevas figuras como Juan Daniel Oviedo. Yo voté por él a la Alcaldía. Pero nos dijo que iba con toda por Bogotá y la dejó tirada; luego que iba con toda por Colombia y terminó prestándose para lavarle la cara al uribismo. Le dijeron en su cara que era un ciudadano de segunda clase, que era un peligro para los niños, y no fue capaz de responder. Terminó siendo el adorno del uribismo. Yo no. Yo tengo otro carácter. No vine a poner mi condición de mujer y de mujer diversa para lavarle la cara a la derecha ni al petrismo. Soy una mujer hecha a pulso.
La diferencia con Paloma Valencia y con Iván Cepeda —con quienes compartí en el Senado— es que, aunque los considero personas serias, cargan con el bacalao de sus jefes. Ellos no van a gobernar: gobernarán Álvaro Uribe y Gustavo Petro en cuerpo ajeno”.
Hablando de su talante, hay una crítica común: que en su momento usted apoyó a Petro y luego no; e incluso recientemente le han cuestionado un comentario positivo sobre Paloma Valencia. ¿Al fin qué?
“Primero, que lo cortés no quita lo valiente. Decir que Iván Cepeda o Paloma Valencia son personas decentes, aunque tenga profundas diferencias políticas con ellos, no significa que yo sea de alguno. De hecho, estoy compitiendo contra ellos.
Votar en segunda vuelta es un derecho de todos los ciudadanos. Mi opción preferida siempre ha sido una progresista de centro, de centroizquierda. Yo voté por Sergio en 2010, en 2018 y en 2022, pero Sergio siempre pierde y no pasa a segunda vuelta. Entonces, como a todos los colombianos, me toca escoger entre las opciones que quedan.
Y siempre lo hago con un propósito. Si ya perdí con mi candidato favorito, ¿qué quiero lograr con ese voto en segunda vuelta? Yo voté por Santos y por Germán Vargas. Nada más contrario a mí que Germán Vargas: yo denuncié a Cambio Radical como uno de los partidos más corruptos que ha tenido Colombia. ¿Por qué voté por ellos? No porque me gustaran, sino porque era la manera más rápida y menos violenta de salir de las Farc. Y eso fue una bendición para Colombia: dejar de tener minas quiebrapatas, pueblos tomados, salir de esa pesadilla.
Es mejor tener una izquierda en política que guerrillas matando gente. Lo mismo pasó en 2018 y en 2022. Sergio pierde y yo digo: como demócrata, así como desmovilizamos a los paramilitares, también es mejor que la izquierda esté en la política. No se puede excluir a punta de bala, estigmatización o persecución toda la vida. Eso no permite que una democracia evolucione.
Entonces yo digo: a unos les metí 108 a la cárcel por la parapolítica. Qué bueno que hoy compita Paloma sin parapolíticos. Qué bueno que hoy compita Iván sin las Farc. Pero también es nuestro turno: el de los que nunca hemos matado a nadie, nunca hemos apoyado grupos armados ilegales ni nos hemos beneficiado de ellos; los que trabajamos, pagamos impuestos y queremos que a Colombia le vaya bien.
Somos mayoría, pero los extremos tratan de asustarnos. El 31 de mayo, en primera vuelta, no se elige presidente: eso es en segunda. La primera vuelta es para que su opción preferida quede bien representada. Si usted es progresista, socialdemócrata, pero no petrista; si quiere justicia social, pero también seguridad y empleo privado sin asfixiar a quien produce, nosotros somos su mejor alternativa”.
Hablemos de propuestas. En seguridad, su plan incluye varias ideas. ¿Qué significa tener una Fiscalía antimafia?
“Llevamos diez años en la patria boba: acuerdo de paz y pelea política y luego Petro diciendo que lo acordado era insuficiente y proponiendo una ‘paz total’ grandilocuente. Nos dijo que en tres meses desmovilizaba al ELN y nada de eso pasó.
Lo que sí ha pasado es que, en diez años, ni Santos, ni Duque, ni Petro han invertido lo suficiente en la Fuerza Pública. Hoy tenemos 75.000 soldados menos. Con la ‘paz total’ se le sigue dando tratamiento político al narcotráfico, que ya sabemos que es un fracaso: lo único que hace es crecer la coca, y esa coca termina en crimen organizado que recluta a sus hijos, viola a sus hijas y rodea los colegios con jíbaros. Eso nos afecta a todos.
Nosotros no somos el único país con ese problema. ¿Cómo enfrentan el crimen organizado las democracias? Reconociendo que es una amenaza tan poderosa que no puede tener el mismo régimen de garantías que un delito común.
Por eso se crea un régimen más estricto. Que si se enferma el abogado, el proceso sigue. Que si se vencen términos, no hay excarcelación. Que esos criminales permanezcan presos hasta que entreguen armas y dinero. Así funciona en Italia contra la Camorra. El Clan del Golfo, comparado con la Camorra, es un grupito de apartamenteros.
Por eso propongo una Fiscalía antimafia: una para el delito común —que proteja a las mujeres, combata el hurto, la violencia intrafamiliar, las riñas— y otra, con un régimen mucho más estricto, para el narcotráfico y crimen organizado. Sin falsos positivos, sin abusos, pero con eficacia: cárcel real hasta que entreguen lo que han robado y sus estructuras”.
¿Qué medidas urgentes y concretas en seguridad implementaría?
“Lo primero es cambiar al comandante en jefe de la Fuerza Pública. El presidente Petro ni hace ni deja hacer. Tiene a la Fuerza Pública con baja inversión: los helicópteros y los aviones están más en tierra que en el aire por falta de mantenimiento, y no se recluta un soldado profesional desde hace diez años. Eso hay que cambiarlo de inmediato: nueva gerencia, nuevas prioridades, inversión en lo más urgente, que es el reclutamiento de pie de fuerza y el fortalecimiento tecnológico y operativo. Las tres reformas que te mencioné son lo primero que voy a radicar. Toman unos meses en el Congreso, no tienen resultados inmediatos, pero son urgentísimas.
Junto con eso, el rescate del sistema de salud. Son las dos prioridades con las que llego: primeras medidas, primeras reformas y asignación de recursos para, por un lado, garantizar que la gente reciba medicamentos y tratamientos, y por otro, recomponer la capacidad operativa de la Fuerza Pública mientras avanzan las reformas”.
Profundicemos en salud. En Medellín, por ejemplo, hay sobreocupación en varios centros de salud, y en el caso de la Nueva EPS no solo hay problemas con medicamentos, sino también con tratamientos. ¿Qué medidas concretas tomaría?
“Este puede tener un efecto un poco más rápido. Lo primero es un fondo de rescate. Si el Gobierno no le paga a las EPS, las EPS no les pagan a clínicas y hospitales; estos no les pagan a médicos, enfermeras ni droguerías. Eso genera un infarto en el sistema: se dejan de entregar medicamentos y se paralizan los servicios.
Yo creo que deben venir cinco reformas sociales. Estoy de acuerdo con la laboral, y en eso me diferencio de la derecha y coincido con el petrismo. En un país con tanta desigualdad, hay que construir justicia social. Por eso yo respaldo la laboral, la pensional y el aumento del salario mínimo. Pero hay que complementarlas con cinco reformas adicionales.
La primera es la de salud. Yo creo en el sistema mixto. Mi experiencia como alcaldesa, durante la pandemia, lo demostró: lideramos la respuesta en Bogotá, con controles, auditoría y precios regulados. No hubo escándalos de corrupción porque pusimos orden. Ese mismo enfoque se puede aplicar a nivel nacional: mantener el sistema mixto, pero con reglas claras y control efectivo.
La segunda es el apoyo a la microempresa. Estoy de acuerdo con el salario mínimo, pero también sé que para quien está empezando un emprendimiento o una microempresa es una carga pesada.
La tercera es educación y trabajo.
La cuarta es el sistema de cuidado para las mujeres. Nadie más lo está proponiendo. Las mujeres trabajan más y ganan menos, cargan con el trabajo no remunerado. Eso es injusto.
La quinta es el apoyo al campesinado. No basta con seguridad. A punta de plomo o glifosato no se acaba el narcotráfico. Hay que darle al campo crédito barato y precios de compra garantizados”.
Hay otra crítica recurrente: su relación con sectores políticos que en el pasado usted cuestionó y con los que luego, ya en el poder, terminó acercándose. Ejemplo, el exgobernador de Cundinamarca, Nicolás García, que hace parte de un grupo político con maquinarias. Pero también el apoyo del concejal liberal Samir Abisambra, cuestionado por sus prácticas políticas. ¿Qué tiene para decir?
“Samir Abisambra y Nicolás García votaron por Carlos Fernando Galán, no por mí. Yo nunca he aceptado ninguna maquinaria. He ganado repartiendo volantes en la calle. La gente me ha visto recorriendo ciudades con mi propia campaña, con organización, voluntariado y voto de opinión, no con maquinaria.
Ahora, una cosa distinta es gobernar. Por ejemplo, yo condecoré a Iván Duque. Él es uribista, yo voté en su contra, pero era el presidente con el que tenía que manejar la pandemia. ¿Qué le servía más a Bogotá: que yo me pusiera a pelear por intereses políticos o que coordinara con el Gobierno nacional?
El presidente Duque fue el que más inversión nacional le ha dado a Bogotá. Logramos acuerdos para la ampliación de la Autopista Norte, de la calle 13, para obras en Soacha y la financiación de la segunda línea del metro. Eso no fue por politiquería. De hecho, cuando me pidió apoyo político, le dije: ‘No, presidente, eso sí sería politiquería’. Una cosa es coordinar para gobernar y otra muy distinta hacer acuerdos políticos.
Lo mismo pasó con Nicolás García. Él ganó como gobernador de Cundinamarca. Bogotá está rodeada por 28 municipios de ese departamento. ¿Yo debía o no coordinar con el gobernador en plena pandemia? Claro que sí. Lo contrario habría sido irresponsable.
Muchas de esas críticas son oportunismo político, de gente que sí hace politiquería y corrupción y no tiene autoridad moral. Yo sí creo que uno compite en elecciones, pero al día siguiente gobierna para todos, para quienes votaron por uno y para quienes no.
Colombia sabe que yo no soy uribista. Pero imagínese que en pandemia hubiera dicho que no vacunaba a los uribistas. Eso sería absurdo. Un gobernante tiene que responder por todos. Si algo he tenido es carácter. Ningún otro candidato ha puesto la cara, las denuncias y la vida para meter a 108 corruptos a la cárcel. Yo lo hice, no por intereses personales, sino por colombianos que ni conocía, pero que estaban siendo víctimas de violencia y corrupción. Nunca me he quedado callada frente al abuso de poder, y no lo voy a hacer como presidenta”.
En esta campaña hay un panorama distinto frente a su antiguo partido, la Alianza Verde, del que usted renunció. Hoy hay figuras que fueron cercanas a usted pero ya no la apoyan: el gobernador Carlos Amaya, Katherine Miranda, entre otros. ¿Eso qué tanto afecta su campaña y cómo lo recibe personalmente?
“Con tristeza, porque eso ya era una crónica de una muerte anunciada. Por eso renuncié hace dos años.
Yo le huí mucho tiempo a la política. Fui lideresa estudiantil en la Séptima Papeleta, que permitió la Constitución del 91; fui investigadora, periodista. Durante años me dijeron que me lanzara a la política, y yo me resistía porque veía un sistema lleno de maquinarias.
Hasta que apareció Antanas Mockus y la ola verde. Y también hubo circunstancias personales muy duras, como amenazas de paramilitares y una enfermedad, que me hicieron replantear mi papel.
Pero lo que pasó con el Partido Verde fue muy triste. Hay gente que por ganar elecciones pierde el alma. Ni Antanas ni yo hemos perdido los principios. Ese Verde de la ola verde se acabó. Por eso recogí firmas para construir un nuevo movimiento, que represente a quienes creemos que con educación todo se puede, que los recursos públicos son sagrados y que Colombia necesita una nueva historia: no la de los odios entre izquierda y derecha.
Antes se mataban a tiros; ahora se quieren matar a punta de cárcel. Eso no es lo que necesita el país. La justicia debe encargarse de los pendientes del conflicto, pero la Presidencia no es para perseguir a expresidentes, sino para resolver los problemas de la gente: seguridad, educación, empleo. Más que afectar mi campaña, lo que lamento es que la democracia perdió una alternativa. El Verde terminó convertido en un apéndice del petrismo y del Pacto Histórico”.
Usted ya ha mencionado obras en Antioquia como el Túnel del Toyo, pero quiero aterrizar la pregunta. Aquí se ha vivido una relación muy tensa entre el Gobierno del presidente Gustavo Petro y las autoridades locales, como el gobernador Andrés Julián Rendón y el alcalde Federico Gutiérrez. ¿Cuál sería su relación con gobernadores y alcaldes que no sean de su línea política?
“Yo ya lo hice. El gobernador de Cundinamarca no era de mi línea política y el presidente Iván Duque tampoco, y aun así coordiné con ambos. Esa es mi filosofía: un gobernante tiene que tener una relación institucional con quienes eligió la gente.
Hace poco estuve con gobernadores y alcaldes en un debate y les dije: yo sé lo que es estar en sus zapatos, cuenten conmigo. El centralismo presidencialista en Colombia ni hace ni deja hacer, y además reproduce la corrupción, porque la inversión nacional termina intermediada por congresistas y contratistas.
Voy a descentralizar Planeación Nacional: equipos en territorio que trabajen directamente con grupos de alcaldes y gobernadores para estructurar proyectos y darles aval. Hoy tienen que venir a Bogotá a rogar por eso. Y vamos a implementar presupuesto participativo para que la gente decida en qué se invierte la plata nacional, en lugar de que eso se defina entre favores y coimas.
En Antioquia fui clara en el debate de las consultas con EL COLOMBIANO. Hay que terminar el túnel del Toyo, clave no solo para Antioquia sino también para el Eje Cafetero. Hay que cumplirle a Urabá con acueducto y alcantarillado, terminar la vía hacia Montería, que hoy está destruida, y resolver obras críticas que tienen a productores quebrándose porque no pueden sacar sus productos.
También propuse avanzar en los trenes del río y fortalecer el sistema de transporte. El Metro de Medellín es un orgullo, pero ya está llegando a su límite; hay que ampliar capacidades y sacar adelante proyectos como el tren de la 80. Para el campo antioqueño, propongo el sistema de precio de compra garantizado en los 125 municipios, en coordinación con la Gobernación. Y, en lo social, expandir el sistema de cuidado en comunas y municipios: servicios públicos para el cuidado de niños, adultos mayores y personas con discapacidad, que permitan a las mujeres estudiar y trabajar.
Eso ya empieza a verse: por ejemplo, iniciativas locales como lavanderías públicas van en esa dirección. Hay que escalarlo con una política nacional. También el Sistema Nacional de Apoyo a la Microempresa y las becas de educación superior, para que jóvenes y mujeres tengan oportunidades reales. Sacar a las mujeres de la pobreza es sacar a la mitad de Colombia de la pobreza. Todo eso lo expuse para Antioquia y lo seguiré defendiendo. Porque, mientras tanto, las peleas políticas frenan proyectos en todo el país: la segunda línea del metro de Bogotá, el tren de cercanías en Cali, obras en distintas regiones.
Los gobernantes tenemos que dar ejemplo. ¿Cómo le pedimos a la gente que no resuelva los conflictos con violencia si nosotros nos la pasamos peleando? Los políticos discuten, pero quienes pagan las consecuencias son los ciudadanos, que se quedan sin seguridad, sin transporte, sin oportunidades. Yo no vine a pelear: vine a resolver problemas. A mejorarle la vida a la gente, no a complicársela por disputas políticas”.