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“Dentro de esa nube de polvo iban las almas que estaban muriendo”: crónica del terremoto desde Pereira

Tres historias de un mismo temblor que recuerdan con amor lugares que ya no existen: una abogada que atravesaba el centro, un exmilitar y cantante que revivió a Armero y tres amigos que ríen frente a lo que perdieron. Pereira suma 94 muertos, 259 heridos y más de 140.000 damnificados.

  • La Lorena, una de las unidades residenciales que se perdió por completo tras el terremoto. FOTO Julio César Herrera
    La Lorena, una de las unidades residenciales que se perdió por completo tras el terremoto. FOTO Julio César Herrera
  • Rubén perdió a un amigo aplastado por la cúpula de la iglesia de La Virginia. FOTO Julio césar herrera
    Rubén perdió a un amigo aplastado por la cúpula de la iglesia de La Virginia. FOTO Julio césar herrera
  • Habitante de Quimbaya, Quindío, recupera tejas para arreglar su casa. FOTO Julio césar herrera
    Habitante de Quimbaya, Quindío, recupera tejas para arreglar su casa. FOTO Julio césar herrera
  • Este fue el mural más hermoso del mundo, ubicado en la carrera 12 del centro de Pereira. FOTO Julio césar herrera
    Este fue el mural más hermoso del mundo, ubicado en la carrera 12 del centro de Pereira. FOTO Julio césar herrera
  • Pereira es la segunda ciudad con más muertes en el país, después de Cali; hasta ahora la Alcaldía entregó un censo de 94 fallecidos. Aquí fotos del barrio Providencia. FOTOS Julio césar herrera
    Pereira es la segunda ciudad con más muertes en el país, después de Cali; hasta ahora la Alcaldía entregó un censo de 94 fallecidos. Aquí fotos del barrio Providencia. FOTOS Julio césar herrera
  • Aquí fotos del barrio Providencia. FOTOS Julio césar herrera
    Aquí fotos del barrio Providencia. FOTOS Julio césar herrera
Daniel Rivera Marín

Editor General

hace 2 horas
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Semanas atrás habían fumigado en la casa de los Romero Marín, por eso cuando Paola se despertó a las cuatro y media de la mañana y vio una cucaracha caminando por una pared con rumbo al techo no entrevió un mal presagio, cosa que pensaría después con una arcada de asco y miedo. Era el 10 de agosto de 2026. Rápidamente se puso la ropa de ejercicio y salió del barrio Villa del Prado de Pereira rumbo al Centenario, donde a las cinco de la mañana empezaría clase de crossfit en una gran bodega. En el último circuito de ejercicio tuvo que salir a correr cien metros a gran velocidad y vio el cielo diferente, raro, incandescente, como los atardeceres rojizos del Eje Cafetero; vio un amanecer invertido y pensó que sería un día caluroso.

Paola, de treinta y tres años, nacida en Villavicencio y que ha hecho su vida en Pereira desde los diez, tiene un problema con el tiempo: siempre llega retrasada a sus citas, aunque todos dicen de ella que es un abogada impecable y responsable. Salió pitada para su casa, se bañó y no alcanzó a desayunar. Le pidió a la madre, Stella, que la llevara hasta la Secretaría de Cultura del Departamento, así se ahorraría diez o quince minutos de buscar parqueadero y volver caminando hasta el edificio patrimonial de Renta Departamental; tenía que llegar a comité primario a las siete y treinta y ya sabía que no alcanzaría, como tantas otras veces. Durante casi toda su vida profesional, Paola ha hecho todo en el centro de Pereira, en esas pocas cuadras que hay entre el Centro Comercial Victoria y la Plaza de Bolívar. Salieron a toda prisa de la casa y Stella recordaría a las siete y cuarenta de la mañana que había dejado la estufa prendida y la puerta abierta.

Salieron de Villa del Prado, atravesaron el barrio Providencia, donde habían vivido muchos años atrás, donde les fiaban en la tienda, donde las cuadras nunca más serían las mismas. Para evitar los tacos de la mañana atravesaron el Centro Comercial La 14 y llegaron al semáforo del Centro Comercial La Victoria, en la carrera 12, justo en la esquina de la bomba de gasolina Terpel Altoque. Paola sintió que el carro se mecía levemente, como si desde afuera alguien lo estuviera empujando con las manos, pero muy rápido supo que estaba temblando y, sabiendo que su madre podía entrar en pánico, se quedó en silencio, pero el temblor se hizo más fuerte y le puso una mano a Stella en la pierna y le dijo ‘amá’ está temblando. El terremoto incrementó, no cesaba.

Paola se aseguró de que nada pudiera caerles encima y aplastarlas adentro del carro. Vio que el bus de adelante desapareció por una humareda de polvo y de un edificio que nunca miraba porque le parecía tan feo como una humillación, salió una mujer corriendo y gritando: salgan, salgan. Pensó en tirarse del carro, pero Stella estaba paralizada por completo, así que aceleró suavemente hasta el jardín que tiene en frente el Centro Comercial Victoria. Miró el retrovisor y se dio cuenta de que aquel edificio viejo ya no existía, era puras ruinas. Stella comenzó a gritar con una voz aguda que crujía en los tímpanos y Paola se bajó del carro para no entrar también en pánico. Vio el Victoria moviéndose como un juguete de caucho, casi inclinado sobre el jardín de la carrera 12. Así llegó a la idea que tiene cualquiera mientras vive ese pequeño fin de todas las cosas: solo esperó que todo se derrumbara, que esos edificios entre los que caminó durante años se esparcieran como fichas de Lego. Más allá, entre el pánico, vio cómo se vino abajo la fachada del edificio de Rentas.

Pasaron un minuto y treinta segundos, un poco más o un poco menos, y el terremoto pasó. Un anciano salió de algún lado y miró a los ojos a Paola y le dijo mija, ¿usted había visto algo así?, yo no, y ella le preguntó si estaba bien y él movió la cabeza en afirmación. Luego Paola vio a un perro café y pequeño, perdido y desorientado; desde que años atrás se murió su perra Donna, cuyas orejas la asemejaban a un burro pequeño, ve en cualquier perro los ojos de la que fue suya, la imagen de un amor perdido pero vivo. Todo era polvo y había mucha gente en la plaza cívica Ciudad Victoria, oficinistas del Lucy Tejada, el edificio de Rentas, la Empresa de Energía, las oficinas de la Alcaldía, la notaría.

El desastre arroja una luz de sombra en la cabeza durante unos pocos segundos. Luz, porque te haces consciente de que estás vivo; sombra, porque el mundo exterior se abre hacia adentro como única prueba de tu propia presencia. Una vez se atraviesa ese túnel de existencia pura, de asomo ante el abismo, la vida exterior vuelve con la pregunta verdadera: ¿los míos también están vivos?

La madre estaba ahí, al lado, paralizada. El hermano, Carlos, estaba en el trabajo: la planta de tratamiento de agua municipal, en una explanada segura. ¿Y qué había pasado con Cristian, su novio, que en el terremoto del 25 de enero 1999 salvó a sus hermanas menores y segundos después supo que sus padres habían quedado adentro de una casa derrumbada? Nadie contestaba, las líneas estaban caídas. Stella entonces dijo: dejé la estufa prendida. Dos cuadras después, en la carrera 12 con la calle 20 trató de voltear a la izquierda, como dice la norma, y todo era escombros. Subió en el sentido en que aumentan las carreras. Pasó por la maltrecha Gobernación de Risaralda y en un giro cruzó la calle 21 y volvió al barrio Providencia, por donde había pasado más temprano, y esta vez los escombros por cada cuadra, la gente bañada por una lluvia de polvo, hombres parados en calzoncillos y mujeres envueltas en toallas, le hizo recordar a su perra Donna corriendo por allí, atravesando el parque donde esa misma noche pasarían el sueño decenas de personas.

Bajó entonces por la vía que cruza los guaduales, porque Pereira es una ciudad levantada sobre hendiduras formadas por cañadas. La ciudad está en ramales de pequeñas montañas como una mano abierta. Subiendo a Villa del Prado desde una moto un hombre la sacudió la mano, la saludaba. Se extrañó: era Cristian, con la cara pálida, en una mueca de pavor, que había salido a buscarla. Bajó la ventana y se tocaron la mano.

En la casa, con el paso del día y gracias a internet, se dio cuenta de que algunos lugares de su vida más emotiva habían desaparecido o desaparecerán. Vio un video donde se ve el sacudón que sufrió la Universidad Libre de la 40, vio algunas partes del edificio desmoronándose; vio uno de los edificios azules de La Lorena, donde vivió cuando era una niña y amenazó a su madre con irse para siempre de la casa, esa casa ya no existe más.

2.

Mi nombre es Ramón Elías Cardona Castaño, a mí conocen aquí en el departamento como Chente, porque me parezco a Vicente Fernández y también canto, aunque mi voz se parece más a la de Antonio Aguilar. Participé hace varios años en Yo me llamo y gané concursos aquí en varias emisoras. Tengo setenta años y medio. Nací en Belalcázar, Caldas, pueblo que sufrió bastante con este embate de la naturaleza. Allá está el Cristo más grande de Latinoamérica y quedó intacto. El cementerio fue un lío, porque se abrieron las criptas. ¿Cómo una resurrección, me dice? Sí, sí. Digamos que sí. Se abrieron los nichos, se cayó la pared donde reposan los cadáveres, y mucha gente damnificada. En Pereira ya llevo treinta y un años, es mi ciudad, mi tierra, mi hogar. Desde niño siempre me traían acá, porque usted sabe que, aunque Belalcázar es Caldas, está más cerquita de Pereira.

Sí, yo fui militar. Trabajé veinticuatro años en el Ejército y los últimos tres años los trabajé acá en Pereira. La vida de verdad ha pasado aquí y por eso me da tristeza hablar de esto. Acá hay un referente, un lugar que todo el mundo le llama “La Calle del Tuvo”, porque allí llega una cantidad de gente que tuvo plata, que tuvieron fincas, camionetas, negocios y ahora se les ve con la cara larga y aburrida, tomando cafecito y haciendo memoria de lo que ya no fue. Esa calle se perdió por completo y ese cafecito tan rico que vendían allá.

Rubén perdió a un amigo aplastado por la cúpula de la iglesia de La Virginia. FOTO Julio césar herrera
Rubén perdió a un amigo aplastado por la cúpula de la iglesia de La Virginia. FOTO Julio césar herrera

También perdimos la iglesia San José, que está en mi corazón porque queda frente al lugar donde mi hijo tenía la oficina, entonces yo entraba a orar, porque soy un creyente. Esa iglesia es, por antonomasia, un referente de Pereira, porque es una de las primeras que fueron construidas por los españoles. Hay un video en redes sociales en el que se ve esa iglesia cayéndose, es ahí al lado del Pereira Plaza, se cayó, se cayó, y es algo muy duro para nosotros. Así mismo le cuento de un edificio que no es tan antiquísimo, en la séptima con treinta y cuatro, edificio donde vivía una amiga nuestra, la señora Esperanza, que fue Fiscal. Ese edificio lo tienen que demoler. Está frente al restaurante de la treinta y cuatro, que es un restaurante muy bueno, donde uno va a comer pescadito y toda la cosa. Qué lástima. Justo el lunes después del terremoto fui con mi hija a recorrer Pereira y qué nostalgia.

Ese lunes yo había pasado la noche en vela porque estaba con el comienzo de la gripa más tremenda. Entonces no dormí nada. Me iba a ajustar justo a esa y cuando menos pensé fue que empezó el remezón más tremendo, y como estaba en ropa interior me quedé ahí quieto, no iba a mostrar las vergüenzas a la calle. Entonces me tocó aguantarme, pero sí pensé que me iba a morir. Mientras se sacudía la tierra se me vino a la memoria ese terrible día en que Armero fue destruido, porque también me tocó ese evento. Yo era jefe de transporte del Batallón Patriota, en Honda, Tolima, y me tocó ir a auxiliar a esa gente con mis conductores, no sin antes arriesgar mi vida pasando por el río Guarinó.

Y pasó todo y me coloqué rápido una sudadera, salí y ya la gente empezó a consultarme, porque yo fui edil: mire, don Ramón, que se le cayó la casa allí a la profesora pensionada. Y empiezo a ver el polvero más berraco desde el barrio Jardín, y me asusté porque el polvero se alzaba desde el centro y siempre estábamos retirados. Vemos cómo se levantaba ese polvero, y era consecuencia del polvo de las edificaciones. Era una nube de polvo, y saber que dentro de esa nube de polvo iban las almas de los que estaban muriendo.

Al momentico llegó mi hija Xiomara, que es profesora, y salimos a auxiliar a mi hijo, que estaba en su oficina del centro. Salí con ella a recorrer, pero solo vimos desolación: carros bajo los escombros, casas caídas, todas esas concesionarias frente al Parque de la Gobernación. Estábamos muy preocupados porque mi hijo estaba con sus dos hijitos, mis nietos. ¿Que cómo se llaman? Iván Elías y mis nietos Cristóbal y Pablito. Cuando llegamos, los encontré ayudando a sacar gente y evacuando la tecnología que podían, porque él ahí venía tecnología. Se perdieron muchas cosas.

Sí, claro, siento mucho dolor. El momento en que uno está viviendo la situación del terremoto es muy diferente al que se vive cuando empiezan a pasar las horas, cuando uno ya empieza a reaccionar y empieza a amargarse más por el hecho de ver a la gente en los parques, abandonados por ahí, gente que tenía sus apartamentos, sus casitas, y ver esa desgracia. Se hace un nudo en la garganta, ahí en el corazón, puro y duro.

Empecé a cantar por supervivencia después de pensionarme del Ejército, vi que tenía talento y desde siempre me decían que me parecía a Vicente Fernández. Y yo cantaba, entonces intenté que la voz se me pareciera. Pereira también me dio eso. Recorrí toda la ciudad, los pueblos de Risaralda con mi personaje. Hice muchos amigos y ahora me queda la incertidumbre de no saber si alguno de esos amigos murió.

Habitante de Quimbaya, Quindío, recupera tejas para arreglar su casa. FOTO Julio césar herrera
Habitante de Quimbaya, Quindío, recupera tejas para arreglar su casa. FOTO Julio césar herrera

3

Ríen al frente de los escombros.

Son las cinco de la tarde del jueves 13 de agosto de 2026. Las calles del centro de Pereira están en silencio, se cree que entre los escombros de algún edificio hay una persona con vida. Se escucha a los lejos el llamado de un rescatista: “Necesito silencio absoluto, vamos a meter entre los escombros un micrófono muy sensible que capta vibraciones muy bajas, pongan los celulares en modo avión”. Hay que caminar por la mitad de la calle, en cualquier momento puede caer una losa de cemento. Quienes acordonan cada calle impiden el paso, pero algunos logran convencerlos. Llegamos al parque de Bolívar, donde sigue imponente el Bolívar desnudo de Rodrigo Arenas Betancur y Guillermo González Zuleta. Detrás del anca del caballo veloz del libertador, mirando a La Calle del Tuvo, hay tres hombres que ríen al frente de los escombros.

La risa, ese bien escaso y valioso ahora, aparece de pronto en la amistad de tres hombres que claramente tienen edades disímiles. Ríen y la Plaza está completamente rodeada por policías y en la mitad hay cuatro camionetas de lujo. En estas pocas cuadras está el epicentro del daño en Pereira, se cayeron el hotel El Lago, el edificio Santiago Londoño, un banco, decenas de pequeños edificios comerciales.

Uno de los hombres, barba bien definida, ojos claros, saluda al ver las prendas de prensa que llevamos.

—Mucho gusto, mi nombre es Jaime Parra. Soy el propietario de Santo Café, un establecimiento de Santo Café, que quedaba en La Calle del Tuvo, o que queda. Pero es tuvo con “uve”, no con “be”, ¿sí conoce la historia?

Lo interrumpe el hombre del lado, calvo, que parece diez años mayor. Está sin camiseta y se le ven los brazos desnudos con algunas heridas recientes, parecen raspaduras producto del roce con el cemento.

—Yo soy Johny Delgado y soy cliente de él —suelta la risa espontánea, fresca. Todos ríen.

—Y yo soy Diego Cardona, obrero del municipio. Cliente también. Somos amigos.

Jaime tenía Santo Café hace trece años, lo compró en 2013, cuando regresó de España después de trabajar en todo un poquito, construcción, aseo, reparaciones, la vida del migrante. Pasó en Europa cinco años y cuando volvió a su Pereira le compró el lugar a una pareja. Cuenta la historia sin un temblor en la voz. Dice sin lágrima ni grietas que ahí tenía una vida completa, que construyó un negocio con sus amigos y clientes, clientes que se convirtieron en amigos.

El lunes cuando tembló, Jaime estaba en su apartamento de la calle 20 entre octava y novena arreglándose para salir. Vio que el mundo se le venía encima, que los vasos se caían al piso, que los cuadros bailaban solos, vio las paredes abrirse como quebradas. Cuando pasó todo se asomó a la ventana y vio la nube de polvo, salió corriendo para el negocio. Encontró el edificio Santiago Londoño derrumbado y vio a la gente en la calle rubia de tanto polvo.

—Aquí en la torre uno del Santiago Londoño había puras oficinas, estaban la Secretaría de Salud, un laboratorio odontológico, un almacén Alberto Vo5 y puras oficinas de abogados. A esa hora había pocas personas, yo creo que había entre quince y veinte personas.

—¿Cuántos murieron?

—Una sola persona.

Desde los escombros llega un olor a muerte fuerte, penetrante.

—Parece que hay una persona muerta, pero no se pueden mover más los escombros, fíjese que la montañita parece que está sosteniendo el edificio. Qué pesar. El caso es que la mayoría de las personas alcanzaron a salir, cuatro fueron sacados de los escombros con vida, incluso uno de ellos salió caminando todo asustado, y aquí rescataron a Daniela Largo, que estuvo treinta y seis horas debajo de los escombros, creo que le amputaron el brazo, pero quedó viva.

(Ayer 15 de agosto en la mañana, el padre confirmó que Daniela había muerto por la gravedad de las heridas).

Son las cinco y media y los tres amigos se acomodan, no se les nota ningún miedo de estar ahí, mucho menos afán.

—Es triste ver la situación, pero tenemos la esperanza de que podamos volver y retomar labores en algún momento. Nosotros vivimos de esos negocios. Los restaurantes. Los cafés. Los bares. Hemos venido todos estos días a sacar escombros como voluntarios. El lunes por la noche nos saquearon. Los ladrones se metieron cuando los rescatistas y los voluntarios se fueron; apalancaron las puertas, rompieron los vidrios y se entraron para sacar las cajas. Se llevaron dinero en efectivo, mercancía, licores. Nosotros al otro día pudimos rescatar un poquito, pero estamos hablando de dineros de producción, de rentas anticipadas, de pagos de proveedores, de mercancía de tabaco y licor que manejábamos nosotros, que podrían ser $20 millones fácilmente.

Este fue el mural más hermoso del mundo, ubicado en la carrera 12 del centro de Pereira. FOTO Julio césar herrera
Este fue el mural más hermoso del mundo, ubicado en la carrera 12 del centro de Pereira. FOTO Julio césar herrera

Johny, el cliente y dueño de una empresa de mensajería que no sufrió daños, lo interrumpe y dice:

—Entonces como él se va a quedar acá vigilando, nosotros lo vamos a acompañar, vamos a vigilar toda la noche, porque no puede ser que aquí se roben las cosas. Y usted ve la policía, que nos han ayudado mucho, pero estos ladrones muchas veces se vienen como rescatistas y así ven qué hay para robar, se meten por los huecos, por diferentes accesos y roban. Ellos saben más que cualquiera.

Los tres se acompañaban, buscaban una razón para reír en medio de tanta tristeza, de tanto escombro, aunque el olor a muerte se esparciera. Era las seis de la tarde y quedaron ahí, mirando las ruinas oscuras de La Calle del Tuvo.

Lea también: “Dios me tiene para grandes cosas”: Ana María Saavedra, la única trilliza que sobrevivió tras el terremoto en Cali

Providencia, uno de los barrios más destruidos de Pereira

En uno de los barrios más golpeados por el terremoto, los cerca de 300 rescatistas desplegados en la ciudad buscaron durante días señales de vida entre los escombros de las viviendas colapsadas.

Pereira es la segunda ciudad con más muertes en el país, después de Cali; hasta ahora la Alcaldía entregó un censo de 94 fallecidos. Aquí fotos del barrio Providencia. FOTOS Julio césar herrera
Pereira es la segunda ciudad con más muertes en el país, después de Cali; hasta ahora la Alcaldía entregó un censo de 94 fallecidos. Aquí fotos del barrio Providencia. FOTOS Julio césar herrera

Providencia es uno de los barrios más destruidos por el terremoto en Pereira. El jueves en la tarde, en la hendidura de lo que fue una casa de tres pisos, decenas de rescatistas no profesionales trabajaban para saber si debajo de los escombros había una persona viva.

El olor a cuerpo en descomposición se sentía a una cuadra de distancia. Había un gran alboroto porque los rescatistas se empecinaban en su labor y un hombre del barrio insistía en que no perdieran el tiempo, en que allí no había quedado nadie.

Varios vecinos intervenían hasta que a alguien le pareció que entre tanto cemento se escuchaba un quejido suave, casi un ronroneo de gato. En dos minutos llegó un grupo de rescatistas profesionales, descendieron a la cavidad y uno gritó con fuerza: “Silenciooooooooooo”.

Cayó entre la multitud el espanto, casi un temor reverente. Explicaron que usarían un micrófono muy sensible para detectar el más mínimo movimiento.

Lo hicieron: “Soy el rescatista número uno, si me puede escuchar haga algún ruido”; repitieron el protocolo varias veces, pero siempre eran interrumpidos por ruidos mínimos, por bicicletas que pasaban, por envolturas de almuerzos que se desempacaban. Al final nadie respondió y la tristeza entre los vecinos se hizo más honda.

$!Aquí fotos del barrio Providencia. FOTOS Julio césar herrera
Aquí fotos del barrio Providencia. FOTOS Julio césar herrera

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