Por Juan José Gaviria
Una calurosa tarde de 1997, seguidores y amigos de José Obdulio Gaviria se reunieron en el modesto auditorio de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín para celebrar la publicación de su segundo libro. Por aquel entonces, Gaviria era un menudo y singular polemista local que convocaba a viejos militantes de izquierda, miembros del oficialismo liberal, atrevidos reporteros de radio y prensa escrita, intelectuales socialdemócratas, algunos profesores universitarios y, uno aquí, otro allá, algunos funcionarios del ya terminal gobierno departamental de Álvaro Uribe Vélez (de estirpe notoriamente liberal).
La presentación de Somos todo lo que dicen de nosotros, pero peor era la inauguración de la colección “Libros del IELA” (siglas del Instituto de Estudios Liberales de Antioquia), un centro de pensamiento que Gaviria había fundado y dirigido desde la segunda mitad de la década del ochenta, y que había servido de cantera ideológica del senador y luego gobernador Uribe Vélez. Los “Libros del IELA” buscarían, según una nota del editor, “aportar a las organizaciones políticas y sociales instrumentos de análisis y estudio a fin de enriquecer la participación de las gentes en los debates coyunturales”.
Aquella tarde, en un ambiente festivo y de camaradería, Antonio Restrepo Botero, a quien llamaban Toño Restrepo Joven (en contraste con Toño Restrepo Viejo, un popular profesor de Historia de la Universidad Nacional), leyó con magnética entonación el prólogo que abría las páginas del libro: “Hace algo más de 25 años los claustros cuasimonacales de la Facultad de Derecho de la Universidad Pontificia Bolivariana, donde la crítica y la actividad estudiantil no académica eran prácticamente inexistentes, sufrieron un estremecimiento con una carta expuesta en una incontaminada cartelera, cuyo texto remataba: ‘Aquí, como en Dinamarca, algo huele a podrido’”.
Según Restrepo, “el firmante del libelo era un mocoso de escasos 16 años con nombre de abuelo: José Obdulio”, a quien terminaron rebautizando Josio para simplificar el asunto. “Josio resultó no sólo ser un aventajado estudiante de Derecho, sino también un atrevido crítico y activista... ¿de qué? Yo (dice Restrepo), que para entonces ya me movía como pez en el agua en el movimiento estudiantil antioqueño y empezaba a ubicarme en los predios de la izquierda radical, me preguntaba una y otra vez: Activista... ¿de qué?”.
La pregunta retórica de Toño Restrepo se explicaba por las, según él, notorias disputas ideológicas de Gaviria con el ala ultragoda de la universidad, representada en ese entonces por los jóvenes Rubiel y Ramiro Valencia Cossio; con los liberales, entre los que destacaban Jesús Vallejo Mejía y Héctor Quintero Arredondo; o con los izquierdistas de todas las pelambres, “una amalgama que reunía a cristianos de la Línea de Puebla, a activistas de Equipos de Revisión de Vida, a demócratas cristianos, a simpatizantes de los elenos y de los ML”. Los artículos que contenía el libro que se presentaba aquella tarde en la Piloto constituían justamente una variada muestra de la falta de coherencia del autor en cuanto a personas o partidos objeto de sus críticas (a excepción del para ese entonces presidente Ernesto Samper, a quien le dedicó muchas palabras, la sorna le caía por goteo a Alfonso López Michelsen, a Cecilia López Montaño, al general Bedoya o a cualquier personaje de poder que le mereciera un comentario), pero contenía una cohesión monolítica en los conceptos que le producían desprecio: el estatismo, la burocracia (y su connatural compañera, la corrupción), el terrorismo, el colectivismo, la estulticia populista, la demagogia, el centralismo, el fanatismo...
Durante los últimos 25 años, después de su agitada incursión en los asuntos nacionales desde el primer gobierno de Uribe Vélez, los muchos simpatizantes y detractores del autor de Magnicidios han querido etiquetarlo para responder la pregunta que en 1997 se hacía Toño Restrepo Joven. Algunos lo vieron como el ideólogo de la ultraderecha, otros en sus toldas como a un izquierdista encubierto, otros asumen que es un representante de la oligarquía y algunos lunáticos que han construido sus carreras en la mendacidad y la calumnia se atreven a encasillarlo como una especie de ajedrecista del mal. La verdad es que en este libro queda otra vez claro que José Obdulio Gaviria (Josio, como tengo guardado a mi padre en el celular) es un liberal a secas, uno que defiende su derecho inalienable a pensar y decir lo que quiera, uno que abomina la violencia y que ha procurado aportar en la erradicación del crimen como forma de hacer política.
Sin embargo, su atrevida y aguda lectura de la violencia colombiana le ha ganado la enemistad de toda la izquierda, cuyos más feroces representantes lo han emparentado con posiciones justificadoras del abuso de poder y de un supuesto Estado criminal; mientras que algunos exponentes de la ortodoxia conservadurista han visto su pragmatismo y su escepticismo como una forma de debilidad conceptual en aquel esquema de pensamiento fanático que defienden.
En algún momento entre 2013 y 2016 (no he logrado encontrar referencia al material que me permita afirmar la fecha precisa), Gaviria me invitó al rodaje de un documental en el que se expondrían las diferentes posiciones de la sociedad colombiana frente al proceso de paz que por aquel entonces adelantaba el Gobierno Santos con las FARC. El escenario era un cómodo apartamento en el barrio El Chicó de Bogotá, desde cuyos ventanales se veían las crestas grises de los urapanes del Virrey meciéndose en la noche. En la amplia sala de pisos de madera, la figura bovina de un hombre echado en una poltrona permaneció inmóvil a pesar de que los demás asistentes se levantaron tras el director de la película, quien nos dio la bienvenida y presentó a los participantes, entre los que estaban el para entonces representante a la Cámara Alirio Uribe y alguna otra persona que no recuerdo. El voluminoso ejemplar de la poltrona se limitó a saludarnos con desprecio y siguió rumiando para aguantar a la mesa.
La puesta en escena sería la de una comida en la que representantes de posiciones encontradas (la verdad es que eran tres contra uno) hablarían civilizadamente sobre el peliagudo asunto del proceso de paz mientras el chef-director les servía una suculenta carta de varios pasos. Fue en algún momento en el trayecto entre la sala y el comedor cuando el hombre de la poltrona irrumpió a los gritos como en una mala comedia. Su cuerpo se infló como si fuera a elevarse y su rostro mofletudo se puso tan rojo que alcanzó a asustarme. A los gritos señalaba a Gaviria de haberlo amenazado de muerte y le reclamaba haberle hecho pasar los peores momentos de un perseguido.
Aquel hombre, cuyo nombre no vale la pena mencionar, era para aquel entonces (o lo había sido hasta hacía poco), el rector de una prestigiosa universidad bogotana en la que se habían fomentado debates antiuribistas liderados por Natalia Springer Von Schwarzenberg (en realidad Natalia Lizarazo García), Claudia López (quien hasta hacía poco se presentaba como una académica e investigadora que sólo buscaba la verdad de las “elecciones atípicas” sin ningún sesgo o interés político) y otros reconocidos detractores del gobierno Uribe, así que, pensándolo bien, el clímax de la noche, con la debida humillación del “ideólogo de Uribe”, debió haber sido planeado con cinematográfica paciencia. Sólo un loco asistiría a una cita con su verdugo. Al menos yo habría buscado asilo antes que sentarme a la mesa con quien me enviara un sufragio (por supuesto, salí de inmediato a buscar las razones de tan graves acusaciones en internet y descubrí que el asunto se limitaba a una discusión al aire en un programa de radio).
Después de la escena, Josio permaneció tranquilo y no reaccionó a las calumnias del rector. Se limitó a decirle con calma al director: “Así es esto con esta gente”, pero no se retiró ni imitó el drama del histérico. Al final, se sentó en la mesa que habían preparado y dijo lo mismo que habría dicho si no le hubieran hecho semejante escándalo. La intimidación nunca ha funcionado con él, ni siquiera en esa incómoda situación frente a su hijo mayor, y siempre ha querido sentirse en una cancha con juego limpio, así sea evidente la maledicencia y la mentira.
Tres años después de la presentación y lectura del prólogo de Toño Restrepo, José Obdulio Gaviria publicó un pequeño ensayo con el título Colombia: Asesinato y política. Por aquel entonces, dos años antes de la llegada a la presidencia de Álvaro Uribe, Gaviria dirigía un programa en Telemedellín en el que conversaba con el profesor Roberto Luis Jaramillo sobre asuntos de cultura e historia antioqueñas, y animaba la Cátedra Ciudad de Medellín, que había creado en el Instituto Tecnológico Metropolitano, cuyo sello editorial se animó a publicar el ensayito. Se trataba del embrión de Magnicidios y contenía un “antiprólogo” en el que el autor informaba que el texto introductorio de la publicación le había sido encargado al profesor Eduardo Pizarro Leongómez, quien antes de empezar la escritura había sido acribillado en Bogotá. El 22 de diciembre de 1999, Pizarro caminaba por el barrio La Soledad en dirección al Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional (IEPRI), del que era director, cuando dos sicarios enviados por las FARC le dispararon a mansalva desde una moto. El prologuista de un libro que hablaba del singular karma colombiano de la política hecha a sangre y fuego, se convertía en otro personaje del elenco de víctimas que aparecían en el texto.
La tesis del libro del año 2000 es la misma de este que se presenta 26 años después: es necesario hacer entender a la sociedad colombiana que un homicidio es sólo eso y no un acto político, se hace urgente señalar a los criminales como tales y evitar cualquier justificación sociológica o política de un acto de violencia. Por insólita que parezca la necesidad de esta afirmación, este libro deja claro que en Colombia se ha fomentado la idea contraria y que incluso hoy seguimos enredados en el disparate de la “paz total” por cuenta de la idea arrevesada de que alguien tuvo que matar “para que otros vivan mejor”.
Ferviente lector de Maquiavelo, Josio ha creído siempre que debe crearse un “cuerpo de doctrina” alrededor del uribismo y ese es el esfuerzo que ha hecho con sus publicaciones. Mi reserva personal con la idea de “una doctrina” se diluye cuando leo sus libros. Cuando en 2005, en pleno proceso de derrotar a las diferentes amenazas terroristas que hundían a Colombia, publicó el libro Sofismas del terrorismo en Colombia, más que establecer unos principios o una guía de gobierno (como lo había intentado Maquiavelo), Gaviria invitaba a ver la realidad tal y como era, desprovista de lentes ideológicos u otros productos racionalistas y abstractos. La verdad era que había unos grupos criminales que mataban, secuestraban, traficaban, desplazaban y mortificaban a los colombianos, pero de manera increíble había un grupo importante de ciudadanos dispuestos a justificar semejante situación por una serie de abstracciones alucinantes.
Como con el episodio del documental, cuando en ese entonces señaló en su libro (¡lo dijo en un libro, no en una carta anónima enviada a la residencia de un profesor!) que había varias tesis justificadoras de las organizaciones terroristas que se admitían como plausibles en universidades, organizaciones sociales e incluso en círculos periodísticos (aun admitiendo que podía tratarse de un efecto inadvertido), muchos personajes de la vida nacional se apresuraron a atacarlo con saña. Así ocurrió cuando hizo notar que un profesor de la Universidad Nacional había hecho la siguiente afirmación en un artículo que hizo parte de una publicación colectiva: “Junto a sectores importantes del movimiento social y sindical y a reductos democráticos y de izquierda legales, el movimiento insurgente colombiano representa una fuerza de oposición política y militar del mayor significado”. Llovieron insultos y, como se dice hoy, etiquetas, pero nada se dijo cuando años después el mismo profesor apareció como representante de las FARC en las negociaciones de La Habana.
El libro que próximamente será publicado promete convertirse en otro buen instrumento de debate. Muchos estarán inconformes con la visión del autor sobre las figuras de Bolívar, de Uribe Uribe o de Gaitán. Nuevamente, el ala ultragoda, el liberalismo radical y el mamertismo en todas sus variantes se sentirán animados a polemizar con el “ideólogo del uribismo”, de quien, les anticipo, se sentirán desilusionados si esperan una guía ortodoxa para pensar la política colombiana. Mi sensación es que la tal “doctrina” de Josio es la falta de doctrina, la libertad absoluta para pensar con la responsabilidad de quien se hace cargo de lo que dice.
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