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En Santa Fe de Antioquia está la mejor biblioteca de todo el departamento

En un hotel de Santa Fe de Antioquia hay una colección de libros y objetos importante para la cultura y la idiosincrasia de los paisas.

  • La biblioteca está ubicada en el interior del hotel Mariscal Robledo. FOTO Carlos Velásquez.
    La biblioteca está ubicada en el interior del hotel Mariscal Robledo. FOTO Carlos Velásquez.
  • Verdaderas joyas históricas se conservan en la biblioteca. FOTO Carlos Velásquez
    Verdaderas joyas históricas se conservan en la biblioteca. FOTO Carlos Velásquez
01 de julio de 2023
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Afuera el sol. Adentro la bofetada de aire acondicionado. La recepción del hotel Mariscal Robledo ofrece al visitante el escenario típico de los hospedajes cinco estrellas: esa conjunción de sobriedad y elegancia. Se trata de un edificio de los cuarenta –de la misma época del Nutibara de Medellín y, con medida larga, del Aristi de Cali–, convertido en un hotel pensado para cubrir las necesidades de la franja social compuesta por parejas de profesionales que tienen el viaje y la cultura entre sus expectativas vitales.

“Por eso todo acá es muy silencioso, muy discreto, muy cultural”, dice Alonso Monsalve, dueño y gestor del Mariscal Robledo. Y sí: las luces son suaves y los movimientos de los huéspedes y de los trabajadores marcan un compás reposado, menos vertiginoso. Quince pasos más allá de la puerta principal hay otra –esta vez de madera, antiquísima– que comunica con una biblioteca. Es decir con el sueño de perdurar.

Toda biblioteca entraña una utopía: la tarea imposible de vencer el tiempo. En sus estantes el conocimiento, la belleza y el horror están al alcance de la mano. Sin la necesidad de los oficios de un espiritista, allí los muertos hablan, interpelan el presente de quien transita por sus corredores. En la biblioteca del Mariscal Robledo la historia se palpa, se vuelve real y está en todas partes: en el retrato que Francisco Antonio Cano le hizo a Rafael Uribe Uribe, en el techo construido con fragmentos del antiguo techo de la Catedral de Santa Fe de Antioquia. En uno de los lados del recinto de setenta metros cuadrados hay un conjunto de sillas de uno de los teatros del Medellín de los cuarenta, el María Victoria, ubicado en esa larga pasarela que fue y es el Junín.

En las bibliotecas el sonido es distinto. El tiempo también: las prisas del mundo adquieren otros ritmos, otras densidades. Aunque parezca un símil forzado, la biblioteca es el cruce entre un café de centro, una parroquia y un cementerio. “Todo lo que tenemos aquí tiene la misión de ser un objeto de conversación”, dice Alonso, que se mueve entre los libros y los asientos con la confianza del dueño. Las piezas dispuestas para el visitante están cargadas de sentido. Por ejemplo, en la entrada de la sala Antioquia hay un escritorio de madera negra que, al menos según la tradición oral, perteneció en instantes distintos a Tomás Carrasquilla y al grupo teatral de José Manuel Freidel.

En este caso, un objeto de colección enlaza dos trayectorias contrapuestas y complementarias de las letras antioqueñas. El autor de La marquesa de Yolombó encarna el centro del canon mientras el de Ay días, Chiqui sintetiza la marginalidad. Hay otras piezas que el relato popular –el otro nombre de la fe en los museos y las bibliotecas– les adjudica a personajes célebres: un bastón de Carrasquilla y un arma de fuego de José María Córdova.

La biblioteca nació para plantarle cara al olvido. “Con unos amigos quisimos juntar todos los libros de los autores de Santa Fe, reunirlos en un sitio en el que la gente pudiera consultarlos”, dice Alonso. A simple vista, y para alguien que ignore el azaroso camino de los libros, el asunto parece sencillo. Nada más lejano de la realidad. Muchos de esos volúmenes eran raros volúmenes de coleccionista o menciones borrosas en las memorias de los lectores de otras épocas. Sin embargo, la paciencia, el azar y la ayuda de los sabuesos de biblioteca y de anticuario, además, por supuesto, de una chequera generosa, ayudaron en la tarea de hacer de esta biblioteca una de las mejores del departamento.

“Esa biblioteca es el mejor centro de documentación regional de Antioquia fuera de Medellín”, dice el músico y bibliófilo Sebastián Mejía, quien, desde los once años, está metido en estos temas de los incunables y las rarezas bibliográficas.

Y la opinión de Sebastián es la del experto que conoce a la perfección el catálogo. A su cargo y el de su esposa Alejandra Abuchaibe está la curaduría de la biblioteca. Ellos son los responsables de filtrar las compras de los amigos y las donaciones de los visitantes. En sus manos está el trabajo de mantener el rumbo de la colección. “Sebastián y su esposa me sacan un fin de semana de la biblioteca y separan los títulos que se quedan acá de los que son donados a las bibliotecas de las veredas”, dice Alonso mientras ojea un volumen de tapa roja que tiene un prólogo de Juan de Dios Uribe –el Indio–, que, confiesa después de mucho pensarlo, es su libro preferido de la biblioteca.

“Casi todo el mundo me pregunta por mi libro preferido y siempre es muy difícil contestar”. Minutos antes estuvo a punto de decir que su predilecto era el Libro Azul, una edición de 1918 que reúne lo mejor de Colombia, al menos según la opinión de la élite conservadora. “Este libro hizo hace un siglo lo que hoy hace Fontur”. Que un texto del Indio Uribe esté a pocos metros de uno de los vademécums de la república conservadora confirma la amplitud de miras de esta biblioteca.

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Verdaderas joyas históricas se conservan en la biblioteca. FOTO Carlos Velásquez
Verdaderas joyas históricas se conservan en la biblioteca. FOTO Carlos Velásquez

Ante la pregunta por la cifra de libros en los estantes, Alonso entorna los ojos, echa un vistazo circular y suelta: “Tenemos casi veinte mil ejemplares. Hay muchos títulos de los que tenemos dos o tres ejemplares porque si alguien se encapricha con uno se lo puede llevar”, dice. Esta práctica es una estrategia inteligente para contrarrestar la manía de los lectores de enamorarse de los libros ajenos y, en consecuencia, oficiar excéntricos rituales de sustracción de materia.

En esos veinte mil ejemplares hay libros antiquísimos, publicados en Europa y encuadernados en cuero de animal. También hay reediciones, auspiciadas por la biblioteca, de obras que hace rato dejaron de circular en el mercado. Y hay volúmenes que por razones extraliterarias nunca llegaron a los lectores. Es el caso del acervo fotográfico de Jorge Obando, un mago de las panorámicas y de los retratos colectivos. Por cuestiones relacionadas con sus descendientes un trabajo editorial de Eafit se quedó guardado en las cajas de un almacén, en donde acumula polvo y tiempo. Esa es otra de las lecciones de las bibliotecas: la posteridad es un malentendido y la fama es la sombra de un pájaro en vuelo.

El plan con esta biblioteca es la de abrir una sala dedicada a los libros de y sobre Cervantes. Por supuesto, en este fondo el Quijote ocupa un sitio de honor. Tan es así que hay una parte del recinto llena con estatuillas y pinturas del hidalgo manchego, donadas por los cervantistas consumados Gerardo Gómez, Vicente Pérez Silva y Alberto Velásquez Martínez.

A lo largo de sus carreras públicas, ellos juntaron piezas sobre la novela del Manco de Lepanto, las mismas que hoy están en la biblioteca para que los visitantes del Mariscal Robledo las observen sin las restricciones de los museos estatales. “Este es el único centro cervantino privado del país y uno de los pocos que hay en América Latina”, dice Sebastián. Otra de las metas del hotel es hacer parte de la lista de hoteles literarios del mundo, algo que atraería un público particular a sus instalaciones. “Han venido muchos escritores y profesores que se hospedan acá y pasan tardes enteras en la biblioteca”, dice Alonso.

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En este punto de la charla Alonso habla del valor de un turismo que no se restrinja a enriquecer a los empresarios sino que, además, mejore la vida de los lugareños. “Creo que nos hemos equivocado en hacer que nuestros pueblos les resulten cómodos a los turistas. Debemos trabajar por un turismo que ayude a la señora que hace las arepas, al artesano que trabaja en el municipio, a la gente que es nativa de los lugares”, dice. Un turismo con este cariz haría menos imparables las dinámicas de gentrificación –la pérdida de los territorios para los locales– y de corrupción social que conllevan la llegada de foráneos con los bolsillos ahítos de dinero y la sangre llena de hormonas y fármacos. Tal vez decir esto resulte muy cándido en un mundo gobernado por el dólar, pero, al final, decirlo en una sala presidida por la imagen de un hombre flaco que se iba lanza en ristre contra los molinos de viento, no desentona tanto.

Termina la visita. La puerta de la calle se abre y el sol es un puñetazo en el pecho. Después de ajustar las retinas a la luz del verano eterno, el ojo se engolosina con la arquitectura impregnada con la historia de un pueblo que está en las listas internacionales de los imperdibles de Antioquia.

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