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Mercedes, la vida entre letras y boticarios

Un homenaje más allá de su rol en la obra de García Márquez. Inteligencia y alegría describieron su camino.

  • Nació el 6 de noviembre de 1932 en Magangué y falleció a los 87 años en Ciudad de México. FOTO getty images y afp
    Nació el 6 de noviembre de 1932 en Magangué y falleció a los 87 años en Ciudad de México. FOTO getty images y afp
  • Mercedes, la vida entre letras y boticarios
  • Mercedes, la vida entre letras y boticarios
Por laura tamayo y
jaime ortega (efe) | Publicado el 17 de agosto de 2020

Para Mercedes, por supuesto. Así dice la dedicatoria de Gabriel García Márquez a a su esposa en “El amor en los tiempos del cólera”, que para algunos es la mejor novela del autor, al mismo nivel de “Cien años de soledad”, su obra cumbre. Como una mujer esencial en la vida y en la obra del nobel colombiano, con quien estuvo casada 56 años, hasta la muerte del escritor en 2014, es que se suele describir a Mercedes Barcha Pardo, quien falleció este sábado en Ciudad de México. Su familia le dijo a la prensa que tenía problemas respiratorios.

Ella nació el 6 de noviembre de 1932 en Magangué, Bolívar, a orillas del río Magdalena, y se conoció con García Márquez en 1941, en un baile de estudiantes en Sucre, adonde las dos familias habían llegado años antes.

“Por aquellos días de buena fortuna me encontré por casualidad con Mercedes Barcha, la hija del boticario de Sucre a la que le había propuesto matrimonio desde sus trece años. Y al contrario de las otras veces, me aceptó por fin una invitación para bailar el domingo siguiente en el hotel del Prado”, recuerda el nobel en su libro de memorias “Vivir para contarla”.

Historia de amor

La suya no fue una historia de amor cualquiera, no solo porque desde el inicio el joven Gabriel García Márquez tuvo el arrojo de proponerle matrimonio siendo ella una adolescente, sino porque Mercedes se convirtió en la más devota admiradora del joven escritor y en fuente de su inspiración.

“Incondicional y silenciosa, ella se mantuvo siempre al lado del escritor, viviendo con él todas las aventuras del oficio literario”, recuerda la Fundación Gabo.

El hijo del telegrafista de Aracataca y la hija del boticario de Sucre se casaron el 21 de marzo de 1958 en Barranquilla, “cuatro años después de haberse prometido en matrimonio y trece después haber estado atizando un noviazgo a fuego lento, sin prisas y sin pausas”, según cuenta el escritor Dasso Saldívar en “Viaje a la semilla”, la biografía de García Márquez.

“El ‘cocodrilo sagrado’, como solía llamarla cariñosamente Gabo, fue indispensable para el desarrollo de la carrera literaria de su esposo, en especial para la escritura de “Cien años de soledad” (novela en la que Mercedes aparece con nombre propio). Siempre que le preguntaban por ella, García Márquez no dudaba en decir que se trataba del personaje más sorprendente que había conocido jamás”, señaló la Fundación Gabo.

Entre la ficción y realidad

Pero así como Mercedes aparece en “Cien años de soledad” como “la sigilosa novia de Gabriel”, “la boticaria silenciosa” o la “mujer de cuello esbelto y ojos adormecidos”, también figura en “El olor de la guayaba”, donde el escritor se refiere en varias ocasiones a ella en la conversación con su amigo Plinio Apuleyo Mendoza. “Ningún personaje de mis novelas se parece a Mercedes. Las dos veces que aparece en ‘Cien años de soledad’ es ella misma, con su nombre propio y su identidad de boticaria, y lo mismo ocurre las dos veces en que interviene en la ‘Crónica de una muerte anunciada’”, señala el nobel en ese libro.

Pero más allá de lo que Mercedes representó para García Márquez en su papel de esposa y madre de sus dos hijos, Rodrigo y Gonzalo, su contribución a la obra del nobel fue fundamental, como ancla de la familia en los difíciles años en que el escritor se encerró en su casa en Ciudad de México a escribir su obra cumbre (ver Recuadros).

El envío de la novela de Ciudad de México a Buenos Aires a finales de los años 60 es una anécdota digna del universo macondiano que Gabo relataba con desparpajo, especialmente para referirse al momento en que Mercedes decide empeñar lo último que podía de la casa para completar el dinero necesario para pagar el correo, tras lo cual le advirtió: “Ahora lo único que falta es que esta novela sea mala”.

Después vinieron el éxito y la consagración, que la pareja disfrutó tanto en su casa de Ciudad de México como en sus viajes por el mundo, como el de aquel 30 de mayo de 2007, cuando fueron aclamados en el regreso del nobel en tren a su natal Aracataca con motivo de la celebración de los cuarenta años de publicación de “Cien años de soledad”.

Tras la muerte de García Márquez, el 17 de abril de 2014, Mercedes y sus hijos se dedicaron a la preservación de su legado, principalmente mediante su participación en la Fundación Gabo, con sede en Cartagena de Indias y de cuya junta directiva hacen parte.

“Creo que el secreto está en que hemos seguido entendiendo las cosas como las entendíamos antes de casarnos. Es decir, que el matrimonio, como la vida entera, es algo terriblemente difícil que hay que volver a empezar desde el principio todos los días, y todos los días de nuestra vida. El esfuerzo es constante, e inclusive agotador muchas veces, pero vale la pena”, así resumió Gabo esa relación en 1982, meses antes de celebrar las bodas de plata.

Contexto de la Noticia

en estos fragmentos, garcía márquez describió a “su gaba”: “vivir para contarla” (los dos primeros) y “el olor de la guayaba” (tercer recuadro).

“Una hoja de esquela con ribetes dorados y su cubierta del mismo papel de lino rosa, crema o azul, y a veces perfumado. En mis pocos viajes anteriores los había usado para escribir poemas de adioses que convertía en palomitas de papel y echaba al vuelo al bajar del avión. Escogí uno celeste y le escribí mi primera carta formal a Mercedes sentada en el portal de su casa a las siete de la mañana, con el traje verde de novia sin dueño y el cabello de golondrina incierta, sin sospechar siquiera para quién se había vestido al amanecer. Le había escrito otras notas de juguete que improvisaba al azar y sólo recibía respuestas verbales y siempre elusivas cuando nos econtrábamos por casualidad. Aquéllas no pretendían ser más de cinco líneas para darle la noticia oficial de mi viaje. Sin embargo, al final agregué una posdata que me cegó como un relámpago al mediodía en el instante de firmar: ‘Si no recibo contestación a esta carta antes de un mes, me quedaré a vivir para siempre en Europa’. Me permití apenas el tiempo para pensarlo otra vez antes de echar la carta a las dos de la madrugada en el buzón del desolado aeropuerto de Montego Bay. Ya era viernes. El jueves de la semana siguiente, cuando entré en el hotel de Ginebra al cabo de otra jornada inútil de desacuerdos internacionales, encontré la carta de respuesta”.

“Horas después, en el taxi que me llevaba al aeropuerto de Barranquilla bajo el ingrato cielo más transparente que ningún otro del mundo, caí en la cuenta de que estaba en la avenida Veinte de Julio. Por un reflejo que ya formaba parte de mi vida desde hacía cinco años miré hacia la casa de Mercedes Barcha. Y allí estaba, como una estatua sentada en el portal, esbelta y lejana, y puntual en la moda del año con un vestido verde de encajes dorados, el cabello cortado como alas de golondrinas y la quietud intensa de quien espera a alguien que no ha de llegar. No pude eludir el frémito de que iba a perderla para siempre un jueves de julio a una hora tan temprana, y por un instante pensé en parar el taxi para despedirme, pero preferí no desafiar una vez más a un destino tan incierto y persistente como el mío”.

“Sin Mercedes no habría llegado a escribir el libro (Cien años de soledad). Ella se hizo cargo de la situación. Yo había comprado meses atrás un automóvil. Lo empeñé y le di a ella la plata calculando que nos alcanzaría para vivir unos seis meses. Pero yo duré año y medio escribiendo el libro. Cuando el dinero se acabó, ella no me dijo nada. Logró, no sé cómo, que el carnicero le fiara la carne, el panadero el pan y que el dueño del apartamento nos esperara nueve meses para pagarle el alquiler. Se ocupó de todo sin que yo lo supiera: inclusive de traerme cada cierto tiempo quinientas hojas de papel. Nunca faltaron aquellas quinientas hojas. Fue ella la que, una vez terminado el libro, puso el manuscrito en el correo para enviárselo a la Editorial Sudamericana”.

“Desgraciadamente a Mercedes le toca la peor parte de esta historia. No podría escribir. Porque si tú y yo estamos sentados y hemos logrado conversar tan siquiera una hora es porque Mercedes está sosteniendo la puerta. Está manejando a la gente por teléfono, aplazando las citas, moviendo las cosas. Yo no sé nada de eso, no sé cómo está esta casa; ni sé cuánto dinero tengo en este mundo. No sé si tengo para comer mañana, o si no tengo para comer. No sé absolutamente nada de eso. Además, no tengo chequera, no tengo firma en los bancos, plata en los bolsillos. Yo he llegado tan así que a veces me quedo sin gasolina en la calle, voy a pagar y no tengo plata. Tengo que dejar el gato, el reloj, porque yo no me ocupo en nada absolutamente de eso. Tengo también un agente literario en Barcelona, que es otra mujer, Carmen Balcells, que es la que se encarga de todos los asuntos de libros, de traducciones, de editores y de dinero. Ella no se entiende para asuntos de dinero para nada conmigo, sino con Mercedes. De manera que esa es una preocupación que yo no tengo”. Tomado de “Gabriel García Márquez: «El machismo es la desgracia de la humanidad»”, 1981. En Conversaciones con 9 creadores, 2017.

sobre eL PASO DE MERCEDES POR MEDELLÍN

La boticaria estudió en el Colegio María Auxiliadora, en Medellín, en los años 50. Se graduó en 1952. El historiador Nicolás Pernett cuenta que García Márquez escribió en sus memorias que “cuando fue enviado por el diario El Espectador a hacer su primer cubrimiento periodístico a Medellín, lo que él sabía de la ciudad eran cosas muy vagas, entre ellas, que ahí estudiaba Mercedes, y eso lo animó a hacer el cubrimiento. Ahí se encontró con uno de sus amigos que se llama Orlando Rivera, con el que planea posiblemente la idea loca de sacar a Mercedes del internado para casarse con ella. Nunca se llevó a cabo, pero él cuenta esa anécdota como una de sus fantasías juveniles más extrañas y delirantes. Mercedes se enteró de eso mucho tiempo después, cuando ya estaban casados”. Además, Pernett resalta el papel de Mercedes como la que ayudó a difundir los archivos de Gabo. “Después de su muerte fue ella la que decidió donar muchos de los libros de García Márquez a la Biblioteca Nacional y a la Luis Ángel Arango, dar también sus traducciones. Esta labor de los últimos años de ella, ayudando a distribuir el legado material de libro del nobel es algo valioso y se debe recordar”.


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