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Hijos de una novela de amor: crónica de Juan José Hoyos

  • El mausoleo de Jorge Isaacs en el Cementerio de San Pedro, una obra de arte realizada por el escultor Marco Tobón Mejía. Las rosas fueron llevadas por el escritor Juan José Hoyos como un homenaje. Foto: Archivo.
    El mausoleo de Jorge Isaacs en el Cementerio de San Pedro, una obra de arte realizada por el escultor Marco Tobón Mejía. Las rosas fueron llevadas por el escritor Juan José Hoyos como un homenaje. Foto: Archivo.
Juan José Hoyos | Publicado el 14 de octubre de 2018

Generación comparte esta crónica de Juan José Hoyos, hoy corregida y ampliada, publicada por su autor hace algún tiempo en una de sus columnas de EL COLOMBIANO.

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Llegaron a Colombia en 1929, desde una tierra lejana y desconocida. Eran veintiocho personas. El 7 de octubre, abordaron en el puerto de Yokohama el barco de bandera japonesa Rakuyo Maru y se aventuraron a atravesar el océano Pacífico. El 18 de noviembre, el barco ancló en la bahía de Buenaventura, a más de mil metros de la orilla. Entonces no había muelles. Por eso, debieron ser llevados cargados por los bogas y en canoas hasta la playa. Allí, varios negros corpulentos los alzaron uno a uno como si fueran niños y los depositaron sobre la arena.

Al frente del grupo iba el hombre que los había convencido de hacer ese largo viaje. Se llamaba Yuzo Takeshima Yagamata. Era un estudiante de Idiomas y Economía de Tokio. El motivo del viaje parece una historia de novela: Takeshima había leído María, el libro del escritor colombiano Jorge Isaacs publicado en Bogotá, en 1867, y se había enamorado de los personajes y del paisaje del Valle del Cauca largamente descritos en sus páginas. Takeshima tradujo al japonés la obra de Isaacs y publicó algunos capítulos en la Revista Universitaria de Tokio. En un país como Japón donde la gente es educada para no llorar, María descubrió para miles de lectores el consuelo de las lágrimas.

Existe la leyenda de que uno de los párrafos del libro que más los conmovió fue este: “El cielo tenía un tinte azul pálido: hacia el oriente y sobre las altísimas crestas de las montañas, medio enlutadas aún, vagaban algunas nubecillas de oro, como las gasas del turbante de una bailarina esparcidas por un aliento amoroso”.

Ilustración de Jorge Cárdenas para el libro María, de Jorge Isaacs, edición conmemorativa del Fondo Editorial de Eafit.
Ilustración de Jorge Cárdenas para el libro María, de Jorge Isaacs, edición conmemorativa del Fondo Editorial de Eafit.

Después de leer María, Takeshima gestionó con los gobiernos de Japón y Colombia un proyecto de inmigración. El proyecto fue tan exitoso que el 14 de marzo de 1930, en el mismo barco, salió el segundo grupo, formado por cinco familias que atracaron en Buenaventura 36 días después. En 1935 arribó el tercer grupo.

Ryoko Teshima, entonces una joven mujer que también se aventuró a ese viaje, todavía recuerda su llegada a Buenaventura: “Subimos a un tren que atravesó la cordillera Occidental hasta llegar a Cali, y luego a un bus escalera que corcoveó a lo largo de una carretera que se acabó en Corinto. Continuamos a pie por un camino de herradura, atravesando ríos, montañas, selvas y quebradas durante dos horas de penoso caminar, exhaustos pero vigilantes de que los equipajes que iban a lomo de mula no se fueran a desplomar. Hasta que allá, a unos seis metros del río El Jagual, divisamos el campamento y a nuestros 58 paisanos inmigrantes”.

Luego se dieron a la tarea de talar árboles, construir sus casas y empezar a sembrar. Las primeras noches durmieron en una barraca con techo de iraca, mientras construían las casas con horcones de guadua, techos de zinc y paredes de esterilla sobre pisos de tierra.

“Dormíamos mirando por entre las rendijas la luna y las estrellas, muertos de cansancio, luego de un día de brega con las siembras de arroz secano, de maíz y de fríjol”, dice Ryoko Teshima.

Primero sembraban a mano y lograban recoger hasta dos cosechas por año. Después, inventaron una sembradora y luego una cámara de fumigación cerrada con láminas de zinc que les permitía conservar el fríjol intacto y libre del ataque del gorgojo durante todo el año.

Unos años más tarde, importaron tractores, arados, discos de rastrillo, cultivadoras, fumigadoras y moto niveladoras. Cuando las cosechas empezaron a desmejorar, emigraron hacia Florida, Candelaria y Palmira. Ryoko Teshima todavía recuerda cómo los campos del centro del Valle del Cauca se convirtieron en pocos años en grandes extensiones de tierra llenas de tractores y rastrillos y de figuras diminutas que se movían como gacelas en un inmenso mar de sombreros y cultivos. Así empezó la agricultura mecanizada en el Valle.

Manuscritos de Jorge Isaacs, además de narrador, fue poeta e investigador. Foto Colprensa
Manuscritos de Jorge Isaacs, además de narrador, fue poeta e investigador. Foto Colprensa

El testimonio de la señora Teshima fue recogido por Ximena Yuriko Tanaka, una descendiente de japoneses nacida en Colombia y miembro del Taller de Crónica de la Universidad ICESI, de Cali. Su relato fue publicado por la universidad en el libro Una botella de ron p’al flaco, que reúne 23 crónicas sobre personajes e historias del Valle del Cauca escritas por alumnos del Taller, dirigido por el escritor Harold Kremer. En ese Taller, al cual fui invitado por Kremer, escuché con asombro esta historia.

El objetivo inicial del grupo del señor Takeshima era producir frijol para el mercado japonés. Sin embargo, el éxito logrado en el mercado colombiano por el frijol rayado blanco y rojo, una variedad del shiro-kintoki, los hizo cambiar de planes. Cuando el precio del fríjol se fue abajo a fines de 1951, se unieron y fundaron la Sociedad de Agricultores Japoneses. Luego se expandieron por las fértiles tierras del Valle del Cauca alquilando haciendas que habían sido convertidas en pastizales para el ganado por sus dueños. Ellos las transformaron con rapidez en tierras de labranza gracias a la introducción de la mecanización. A través de la Sociedad de Agricultores, compraron tractores, trilladoras y camiones para modernizar no sólo sus cultivos sino toda la cadena productiva y de comercialización. La expansión por el Valle del Cauca les permitió tener educación para sus hijos, fundar un club social, viajar a Japón, decorar sus casas con jarrones, cuadros y biombos de su país, sembrar las huertas caseras con semillas importadas y tener jardines de estilo japonés.

Una canción compuesta por algunos de sus descendientes, llamada La canción del Jagual, resume esta historia: “Mirad la resplandeciente aldea, nuestra segunda patria, nuestro terreno cultivado... Aunque el tiempo para la gente cambia, el ideal permanece en nuestros corazones. Mirando la luna y las estrellas, explotamos esta tierra, y alabamos el nombre de nuestro terreno cultivado: ¡Valle del Cauca, Valle del Cauca, Valle del Cauca!”.

Según la Embajada de Colombia en Tokio, los japoneses han trabajado en nuestro país como barberos en Barranquilla, agricultores en Corinto y Palmira, comerciantes en Cali y jardineros en Bogotá. En los últimos años se han dedicado a cultivar en gran escala soya, maíz y algodón no sólo en el Valle del Cauca sino también en los valles del río Magdalena.

Hoy en día, la mayoría de los japoneses que llegaron en el barco Rakuyo Maru ya han sobrepasado la edad de los ochenta años y los jóvenes Nikkeis son san-seis o yon-seis, es decir, inmigrantes de tercera o cuarta generación. En total, son más de dos mil quinientos. Son japoneses, pero ahora Colombia es su segunda patria. Algunos sólo saben hablar en idioma español. Y todos ellos son hijos de una novela de amor.

Muchos de ellos no saben esta historia.

Sus abuelos, bisabuelos y tatarabuelos vinieron, pues, a Colombia por amor a María, la novela de Isaacs, publicada en 1867. A partir de entonces, Isaacs se convirtió en el novelista colombiano más importante del siglo XIX y también el más leído y traducido en todo el mundo durante más de un siglo. Hoy, junto con Gabriel García Márquez, el autor de Cien años de soledad, todavía comparte con él ese privilegio.

Obras maestras como María y Cien años de soledad no resisten comparaciones. Para empezar, fueron libros escritos con un siglo de diferencia. Tampoco sus autores.

En mi caso, pienso que aunque Gabriel García Márquez ha sido el escritor colombiano que más brillo ha dado a nuestras letras en el mundo, sobre todo con la gran difusión que lograron sus libros después de que obtuviera el Premio Nobel de Literatura en 1982, Jorge Isaacs es el escritor colombiano de más alta estatura moral y literaria. Sus libros, pero sobre todo su valor moral —ser un gran escritor no solo es juntar palabras bellas— están a la altura de los de Miguel de Cervantes Saavedra, León Tolstoi, Simón Bolívar, José Martí y, en el caso colombiano, de Rafael Uribe Uribe.

Isaacs —junto con algunos de los grandes pensadores liberales y radicales del siglo XIX— es uno de los pocos escritores colombianos que ha sido capaz de arriesgar su vida para empuñar no solo la pluma, sino la espada y el fusil para luchar en los campos de batalla en defensa de la libertad de su pueblo.

Tal vez, también por eso, los japoneses que leyeron María —educados en los altos valores de la cultura de los samurais— le entregaron sus sueños, cruzaron los mares y se vinieron a vivir a un país desconocido para ellos, ¡por amor a María! I

Lea también: María, el mayor de los ignorados logros de Jorge Isaacs

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Revista Generación

Magazín sobre temas contemporáneos que circula los domingos con El Colombiano. Entre sus temas, literatura, artes plásticas, cine, música y tendencias.

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