Los nacidos en Peque no son pequeños ni mucho menos pecadores, los de La Estrella no son estrellados y los de El Retiro, aunque parezca, no son retirados.
Sus gentilicios, palabra que proviene del latín gentilicium, que era el nombre del linaje al que pertenecía un varón en la antigua Roma, son pequenses, siderenses y guarceños. Nada fácil de adivinar.
Estos adjetivos o sustantivos definen la pertenencia de una persona a un lugar y se utiliza desde hace siglos, aunque en su origen tenía otro sentido: destacar la ascendencia de las familias.
Su conformación, casi siempre a partir de sufijos, no responde a ninguna norma gramatical tal y como lo aclara el periodista Juan David Villa, experto en temas de gramática y ortografía y quien escribe de este tema para este diario.
“Lo que hay es una lista de terminaciones y cada pueblo las elige, es un fenómeno básicamente cultural, tampoco hay un patrón o una tendencia para elegir ese sufijo ni la gramática de la RAE (Real Academia de la Lengua Española) lo menciona”, precisa el comunicador.
En ese concepto coincide Luz Stella Castañeda, académica de la Universidad de Antioquia. Ella señala que no hay normas ni reglas que regulen la conformación de los gentilicios. Los sufijos más comunes son eño (envigadeño), ense (caldense) o iano (segoviano).
La Fundeu (Fundación de la agencia Efe, asesorada por la RAE) explica que en sí no hay reglas fijas para estructurar los gentilicios, aunque recomienda la fórmula raíz o lexema más el sufijo o morfema. Por ejemplo, del nombre Quito (Ecuador), más los sufijos o terminaciones –eño– y –ense–, resultan quiteño y quitense. Las dos son correctas, ya depende del quién.
Lo demás son temas culturales de apropiación: por uso. “Cuando los moradores de un pueblo desean adoptar un solo gentilicio, les corresponde a sus autoridades decidir cuál es la denominación con la que más se identifican o sienten más cercana y que desean usar de manera oficial”, resalta la Fundeu.
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