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Así lo reconoce Julián Cardona, quien, de estar a punto de perderse para el ciclismo, pasó a ser contratado por uno de los mejores equipos del mundo.
Además del brillo verde de sus ojos, esos que parecen achinados cuando suelta una sonrisa, en Julián Cardona resalta una palabra tatuada en su brazo derecho y que en letra cursiva dice “familia”, seres que, como expresa, hicieron que enderezara el camino.
El corredor, que nació hace 20 años en el municipio antioqueño de La Unión, y que desde la próxima temporada competirá en uno de los mejores equipos del mundo, el Cannondale-Drapac, al lado de su compatriota Rigoberto Urán, confiesa que por culpa del licor sus sueños como ciclista por poco se truncan.
En 2015 deslumbró con su potencial al ganar la Vuelta del Porvenir, el giro juvenil de Venezuela y las medallas de oro, en contrarreloj, en el Nacional en Pereira y el Panamericano en México. Además, este 2017 en Bogotá, en la categoría sub-23, volvió a triunfar en el campeonato colombiano en dicha modalidad.
Pero cuando se creyó que continuaría imponiendo sus condiciones, las cuales le permiten defenderse también en la montaña, el ritmo demoledor...