A medianoche, cuando la ciudad duerme y el cuerpo todavía duda, empezamos a caminar. No para ver más lejos, sino para ver mejor. La Piedra El Tabor —la roca más alta de Antioquia desde su base— nos esperaba en silencio. Subirla de noche fue una decisión consciente: renunciar a la vista para escuchar lo que el camino tenía que decir.