Si tragó todo el polvo del mundo como aserrador en sus tiempos de campesino, se fumaba 114 cigarrillos a la semana y tomó aguardiente y cerveza hasta saciarse, nadie sabe en la familia de Francisco Luis Sánchez Pulgarín cómo ha llegado a los 109 años.
Pero ahí está, como un pachá, sentado en un cómodo mueble de su casa, en Bello Niquía, rodeado de sus hijos, hijas, nietos y bisnietos, durmiéndose a ratos, pero despertando en otros a contar historias, con las que a todos entretiene y les demuestra que está en pleno dominio de sus facultades. Sólo está un poco sordo, pero aún no se le asoman los achaques de la ancianidad.
No se sabe cómo, pero tiene fresquitos muchos episodios de su vida. Y los cuenta con pelos y señales, como si hubieran pasado ayer, como aquel cuando unos desconocidos lo tiraron al río y si no hubiera sido porque su padre le enseñó a nadar desde muy niño, seguro Francisco no habría llegado a los 109 años que cumplió el pasado miércoles.
-Fui a buscar trabajo de aserrador a San Carlos y en el camino me topé con unos muchachos, se presentaron muy caballeros y me fui con ellos, pero cuando llegamos al río me dijeron que querían verme nadar. Y me tiraron, eso tenía un remolino y ellos se fueron riéndose y me dejaron ahí, tuve que trabajar mucho pa' salir-, recuerda Francisco. El suceso pudo haber ocurrido hace más de 90 años, porque era aún un muchacho cuando sucedió. Y lo tiene fresco.
Una prole feliz
Felices los nueve hijos que aún disfrutan de su compañía, pues de 13 que tuvo, fallecieron 4: Ovidio, Leonel, Didier y Marta. Dichosos los 45 nietos que gozan con sus historias. Y afortunados sus 46 bisnietos, que lo ven como un ejemplo de vida en estos tiempos de reguetón, fútbol y Facebook.
-Yo soy la que lo cuido y más comparto con él, me divierto mucho oyéndolo-, cuenta Janeth Barrientos , su nieta de 30 años, con quien vive en Niquía al lado de su hija menor, Beatriz.
Francisco es ternura. Apenas mide 1,58 de estatura, y de haber pesado casi 70 kilos, ahora está en 52.
-Quiero vivir hasta que Dios disponga, ojalá mucho, mucho-, repite.
Dicen sus hijas Fanny, Dolly y Nubia que fue tomatrago, que se fumaba más de un paquete de 114 cigarrillos a la semana y que la vida se le quebró cuando murió su esposa, Aura de las Mercedes García , hace 48 años.
Cuando eso pasó, entró en depresión y fue el profundo amor mutuo que se profesaba con sus hijos e hijas lo que lo mantuvo con vida.
-El patrón de la finca me tenía estimación por buen trabajador y me llamó y me dijo: oiga Francisco, usted por qué no consigue novia y se vuelve a casar y yo le dije que no porque ella era muy buena mujer y no creía encontrar otra igual-, recuerda el viejo.
¿Que cómo se mantiene vivo y lúcido?
Él no sabe responder porqué y se hunde en el silencio de sus ojos cerrados. Sus hijas, que lo inundan de amor cada día cuando se encuentran en la casa de Niquía, pues todas viven cerca de él, dicen que hace treinta años le cambió la vida, cuando se pasó a la religión pentecostal, la misma de ellas.
-Ahí dejó el cigarrillo y el trago, después dejó la finca en San Roque y se vino pa' Medellín y acá se mantiene encerradito-, cuenta Fanny.
Francisco se baña solo. Come sin ayuda, aunque solo alimentos licuados, pues no le queda sino un diente. Anda apoyado en un caminador y tiene tranquilos el alma y el corazón, pues ya repartió la herencia, "para no dejar cuentas pendientes", susurra.
Sentarse en el balcón a gozar el sol de la mañana es su mayor dicha. Y recibir cada día el abrazo, la caricia, el beso sincero de su prole, lo llena de alegría. Por eso no se quiere ir de la vida. Y Dios, en eso, sí le ha dado gusto. Los 109 años así lo certifican.
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