No hay fórmula o receta que espante el dolor de las ausencias y por eso Paula Correa llora y llora y no para de llorar, y también por eso cree que su destino está marcado: probablemente se irá de La Gabriela.
Aún así, saca fuerzas -físicas y espirituales- para trabajar como hormiga en la zona de desastre de Calle Vieja. Allí colabora en los censos de los damnificados y afectados. Asiste a los que piden información. Con las botas puestas, colabora en las tareas de rescate. Y les da un abrazo a los que ve sufriendo el rigor de la tragedia.
Ella no perdió familiares y su casa, en La Orquídea, quedó intacta, pero sigue en riesgo. Y por eso cree que le tocará evacuar e irse a otra zona. Será la decisión más triste de su vida, pues hace veinte años habita en el sector, al que llegó cuando era una niña empezando a soñar.
Dice que fue de las primeras en arribar al lugar y su vivienda era la más cercana a la carretera a Machado.
-Los patrones de mi papá (los Peláez) le ayudaron con el lote. Después, ellos quisieron vender la finca y nos compraron en 25 millones-.
Con esa plata, la familia podía comprar en otro barrio, pero ¡qué va!, Calle Vieja tenía imán. Y aunque el clan probó sectores lejanos y aledaños, nada hizo ir a los Correa.
El barrio tan sano, la amabilidad de la gente, los lazos de solidaridad y amor que se habían extendido entre los pobladores, pesaron más que esas cosas que faltaban y que hacían la vida complicada: en Calle Vieja no había escuela, entonces niños y jóvenes debían irse, a pie o en bus, a colegios de La Camila, La Gabriela o Zamora, como le tocó a la misma Paula.
En Calle Vieja no había iglesia, entonces había que ir a rezar al templo de La Gabriela. Y tampoco había si quiera una cancha de fútbol, entonces los picados tocaba jugarlos en la calle o en canchas de Machado o Zamora.
-La calle ni siquiera era pavimentada, pavimentaron primero en La Orquídea, que fue un barrio más nuevo-, comenta doña Ángela del Socorro Toro, una señora que vive en el sector hace 21 años y cuya casa se salvó del alud, pero que seguramente la tendrá que evacuar, porque está en amenaza de quedar bajo el lodo de un morro a centímetros del muro.
Así y todo, Paula y su familia prefirieron seguir en la zona. Era el plan de esta joven madre, que por amor a su barrio, sin sentirse una mujer de gran encanto, se metió a un reinado con el único fin de dar a conocer a Calle Vieja, obtener algunos recursos o por lo menos que alguien pronunciara el nombre de su barrio en los recintos de la Alcaldía.
-Quería que nos miraran, que se lograra inversión para el barrio, pues el Alcalde siempre dice que en un predio privado no invertía-.
Dice Paula que no podía ser privada una zona habitada por decenas de familias que empezaron con ranchos y que ladrillo tras ladrillo fueron levantando sus casas.
Argumenta que no puede ser privado un sitio donde cada familia tenía escrituras y en donde, generación tras generación, la población creció unida por lazos de consanguineidad y comunitarios muy estrechos, muy fuertes.
-Me tocó ver, porque estoy acá desde niña, la gente haciendo préstamos para pagar los terrenos, para comprar arena, adobes y levantar los muros, es una comunidad luchadora y que con esfuerzo fue progresando...-.
Por todas esas cosas, cuando mira la tierra sobre las casas y sobre los que fueron sus vecinos y amigos, los ojos se le encharcan, la voz se le corta y entonces intenta mitigar su dolor abrazando con fuerza a su hijo Jonathan Estiven, de tres años.
-Por acá crecí, recorrí los caminos, recuerdo que había dos guarderías, una colchonería, una lavandería, una papelería y una miscelánea, todo quedó ahí sepultado. ¡Cómo no me va a doler eso! Ahí están mis amigas Yanira, Orfilia, Paula, Julieth, Miller, doña Tulia, todos los García, eso lastima...-.
Sueños sepultados
Igual le pasa a doña Ángela del Socorro Toro, que tiene la mente invadida de recuerdos de muchos de los que fueron sus vecinos.
Afirma que llegó a Calle Vieja con su esposo y sus hijos Wilmar, Orlando, Yenni y Juan David. Allí crecieron, allí se hicieron hombres y padres y allí materializaron sus sueños. Por eso siente que le dolerá irse, pero no habrá más remedio, pues la amenaza que pesa sobre su casa es muy fuerte, dice.
-Yo espero que me censen, porque no soy capaz de vivir ahí, en las noches no estoy durmiendo en la casa por miedo-, sostiene.
Y también, como Paula, lamenta que un barrio de gente tan solidaria, unida y tranquila, haya quedado bajo las 50.000 metros cúbicos de lodo que, se calcula, cayeron desde la montaña y arrasaron con todo.
-A Calle Vieja lo fundaron los García, don Romancito y doña Carmen Tulia Galeano (que murió en la tragedia) y a partir de ahí fue creciendo, era muy linda la vida-, cuenta. Y saca a relucir nombres: doña Amparo Gutiérrez, doña Nazareth, doña Carmen Tulia, con las que compartió charlas y seguramente dificultades y necesidades. A varias ni las han rescatado.
Y todo eso se fue en segundos. Todo eso quedó ahí, bajo la tierra, que ahora centenares de socorristas escarban para intentar al menos extraer los cadáveres, los cuerpos sin vida de esos mismos que un día, plenos de sueños, caminaron los caminos levantando y construyendo sueños.
No fueron sólo muros, casas y personas. Fue la vida que apenas afloraba en los más de 30 niños rescatados hasta ahora, lo que en su furia destruyó la tierra.
Por eso, tanto a Paula como a Ángela, les será difícil seguir por allí y tal vez a Calle Vieja, si se van, difícilmente volverán siquiera a deshacer los pasos. Es que no serían capaces de soportar tanta nostalgia...
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