Qué grato y motivador es abrir las páginas de este diario y robustecernos espiritualmente con sus reflexiones sobre los valores. Han sido inteligentemente destacados en la parte visual y su contenido es excepcional como aporte al mejoramiento y superación personal. Son un conjunto de moldes para generar vida ejemplar a las nuevas generaciones. Un aplauso sonoro.
Para los que hemos sido sus asiduos lectores, quiero recordarles que hace dos décadas aproximadamente también fue coloquio reiterativo en las famosas tertulias del Café Literario de EL COLOMBIANO, el tema "La enseñanza y la práctica de la ética". Por la misma época, la Arquidiócesis de Medellín promocionó una campaña extraordinaria denominada "Familia, Valores y Vida".
El programa "Adiós a las trampas", lanzado hace pocos años a través del Ministerio de Cultura y Educación, en conjunto con la Oficina Anticorrupción de la Presidencia y Banco de la República, debería ser acondicionado para implantarlo como materia obligatoria en todas las entidades educativas, principiando por las guarderías, los colegios y finalizando con las universidades; sacarles de la mente a los muchachos el concepto -que muchos de nosotros erróneamente-, les inculcamos tempranamente en el hogar, de que en este mundo solo salen adelante los "avispados".
Me motiva escribir estas notas con especial sentimiento, recordando el caso reciente de una familiar que ha estado a punto de perder la mitad de un hermoso y luchado apartamento, porque "otros familiares muy allegados" le hicieron firmar una escritura de venta sin pago real, porque iba a ser investigada por la Dian y porque le llegarían impuestos demasiado altos que no podría cancelar en vista de que sus otros hermanos ya habían fallecido. No se aterre amigo -me decía un abogado-, "esto ocurre, hace mucho tiempo y hasta en las mejores familias".
El adjetivo calificativo ladrón está completamente desfigurado. No solamente es el que atraca y roba a mano armada, también lo es el que saca provecho de la desigualdad intelectual ante otros para hacer detrimento en su patrimonio, también es ladrón el político clientelista que defrauda a su región y el que no le da méritos a su opositor político porque simplemente si las buenas ideas no son propias, hay que destruirlas.
Recojo este acertado apunte que cuando lo escuché, lo celebré y me dolió: "Como era de bueno este país cuando solo robaban los ladrones".
Apreciados lectores, debería ser un compromiso de todos los que hoy se identifiquen con estas líneas, lograr que en su núcleo familiar, empresarial y de amistades, se cree y se mantenga un entorno positivo, que en cada ambiente o sitio en que nos encontremos, sea un claustro más donde se reconstruye la ética, que las cosas siempre se logren con honestidad y no esperando, como hoy sucede, el lucro o beneficio personal por encima de la moral y los principios.
Es obligación de todos nosotros ser constantes celadores y guardianes de lo bueno; ser revisores de día y de noche. Confiando en las instituciones legalmente establecidas, debemos hacerle seguimiento a todas las actividades no claras y censurar y denunciar todo lo que tenga olor y sabor a descompuesto.
Está pues en cabeza de todos los colombianos de bien recuperarle puntos o peldaños a la inmoralidad reinante. No nos dejemos involucrar nunca por primera vez. La corrupción es un cáncer y hace metástasis.
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