Cuando el teléfono sonó, Anita escuchó una voz que le hacía una propuesta. "¿Para cuándo es la reservación?", preguntó. Al otro lado de la línea, la persona que preguntó por la chef antioqueña le aclaró que la idea no era ir a La Cafetiere, su restaurante, sino que ella viajara a Washington a cocinar. Al teléfono quien hablaba era Denise Yanovich, agregada cultural de la Embajada de Colombia en Washington.
"Querían que fuera a cocinar en tres cenas que la Embajada daría en honor a los congresistas estadounidenses que habían apoyado el Tratado de Libre Comercio", cuenta la chef antioqueña.
¿Por qué ella? Su nombre está en la base de datos de un proyecto que busca mostrar a los talentos del país en el extranjero. Y no solo en gastronomía, también en otras manifestaciones culturales.
Con ella, en la Embajada se la jugaron a ciegas. "Ni el embajador, Gabriel Silva, ni su esposa, Mariana Espinosa, conocen el restaurante". Pero el que fuera mujer, que usara técnicas francesas y que fuera sensible con los ingredientes colombianos ayudó a que la escogieran.
Al recibir la invitación, Anita empezó a trabajar en lo que sería el menú para cada una de las cenas. La llamada fue en septiembre y las cenas la primera semana de diciembre, por lo que tuvo un buen tiempo para pensarlas. Así creó un foie gras con chips de mango, unas chuletas de cordero con salsa de flor de jamaica y unos pétalos de guayaba con almíbar de vino rosado; el segundo menú estaba compuesto por una caldereta de cangrejo y langostinos en leche de coco, un solomito de res con salsa de pimienta y unos tulipanes de pasta filo rellenos con papaya verde; y, finalmente, el último día los invitados degustaron unas bolitas de camarón con corteza de coco y salsa de mango, un filete de rodaballo en salsa de titoté de coco y una creme brulee de café. Sabores muy nuestros llevados a la alta cocina.
Los ingredientes
Muchos de los insumos que Anita usó para la cena tuvo que llevarlos desde Colombia. "Fue necesario procesar las frutas de los postres y llevarlas en almíbar. Me asustaba mucho que en los procesos de revisión reventaran las bolsas y el almíbar se saliera, por eso compré recipientes herméticos". Los vegetales frescos los compró en los mercados de Washington y no pudo tener mejor guía que el conductor de la Embajada. "Él conoce toda la ciudad y sabe dónde están los mejores mariscos, los vegetales más frescos...". Y, aunque llevaba en su maleta el menú básico, sabía que iba a tener que adaptar los acompañantes a los vegetales de temporada. Así, encontró que en invierno los tubérculos son maravillosos y se las ingenió para usar verduras como la ahuyama o los brocolines.
Para ella fue gratificante. "Muchos de los comensales se fueron diciendo que había sido una cena memorable, que probaron sabores que nunca olvidarán". También le gusta que el talento colombiano se esté mostrando en el extranjero. "Lo importante es que nos den la oportunidad".
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