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06 de junio de 2014
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Viajar en el primer vuelo de la mañana y regresar antes de la medianoche es siempre una experiencia intensa. Hombres de corbata y mujeres de tacones interminables que hablan por el celular y no apartan la mirada de sus tablets. Seres acelerados que no ven la hora de llegar a la casa y muestran en la cara el cansancio, un halo de tristeza.

En mi último vuelo de esos, la azafata le pidió a un pasajero guardar el teléfono pero él no hizo caso. El hombre, desesperado, envió los últimos mensajes y solo después de varios avisos, se alistó para ese vuelo Bogotá–Medellín sobre montañas que dura casi 40 minutos. Una eternidad para algunos. Esas imágenes de seres que van por la vida a ritmos desaforados ya son comunes en bancos, centros comerciales, supermercados o edificios como aquel que veo desde mi apartamento y cuyas luces se desvanecen cada día mucho después de arribar la oscuridad.

No es solo Papá Noel el que ha llegado a los centros comerciales antes del 24 de diciembre. La comida gringa y la decoración country en algunos restaurantes también hicieron su aparición. El modo de vida estadounidense que habla de producir intensamente, acumular objetos y trabajar jornadas extensas, llegó a nuestras ciudades y se impone con furia. La vida avanza a tal velocidad en este lado del mundo que ya hay personas que esperan una disculpa cuando no se les responde un mensaje de mail o chat el mismo día. Algunos ni siquiera hacen una pausa razonable para comer ni tienen tiempo para llamar a un amigo.

Recuerdo al profesor Memo Anjel, quien en uno de sus programas "La otra historia " en Radio Bolivariana, hablaba de eso. De los tiempos modernos convulsionados, de la locura colectiva que nos embarga y nos lleva a creer que vamos a tocar el fondo. Mientras en países como Francia se prohibió ya enviar emails laborales después de las seis de la tarde y en los longevos pueblitos de la Toscana se burlan cuando uno les habla sobre el estrés y las jornadas en nuestras ciudades, aquí aumenta cada vez ese frenetismo que no es proporcional al éxito o la felicidad.

Sobre ese tema hablaba con un conocido que ha escalado varias posiciones en una multinacional. Yo le decía que estaba de acuerdo con la periodista Leila Guerriero quien en uno de sus artículos escribió recientemente en El País de España que la felicidad dura más o menos 5 minutos. El tiempo que puede tardar una canción, escribir una tarjeta, tomar sorbos de vino blanco o soplar una flor diente de león con los hijos para que sus semillas se las lleve el viento.

Él me decía que además de estar con su familia, sólo se siente feliz del todo si tiene el carro de sus sueños, viaja con los niños a Miami o si pasa los fines de semana en su parcelación de Oriente. Por eso necesita trabajar tanto. Para llevar el ritmo de vida que "el ambiente exige y los cercanos tienen". Y espera la misma dedicación de sus empleados, quienes ganan menos dinero. "Es el mundo que te han puesto sobre los ojos para cegarte la verdad", le decía Morfeo a Neo en la película Matrix. Son "voces que se agitan, un barco a la deriva", cantaba Cerati.

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