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Como un fantasma

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06 de agosto de 2011
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Domingo diecinueve del tiempo ordinario

" La barca iba muy lejos de tierra, sacudida por las olas. De madrugada, se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole se asustaron y gritaron de miedo pensando que era un fantasma". San Mateo, cap. 14.

Los pescadores que madrugaban al lago Genesaret descubrieron, tal vez una mañana, que éste tenía la forma de una cítara. De ahí su nombre: Kinneret, derivado de "Kinnor" que, en hebreo, significa cítara. Aunque también el Evangelio lo llama Tiberíades, o Mar de Galilea.

Cristo se ha retirado, desde la víspera, a orar en un monte cercano. Los apóstoles, a la cuarta vigilia, es decir, cerca de las tres de la mañana, luchan desesperadamente con un viento contrario. Entonces el Señor viene en su ayuda, caminando sobre el mar.

Pero ellos, al verlo, gritan asustados, creyéndolo un fantasma. La soledad, las extrañas figuras de las olas, el estruendo del vendaval, llenan el panorama de la gente de mar de seres misteriosos. Pero esa madrugada era Cristo en persona quien caminaba hacia la barca.

Para seguir al Señor no basta escuchar su palabra, recibir su perdón, presenciar sus milagros, participar de su pan multiplicado. A veces es necesario luchar en las tinieblas, lejos de su visible compañía. Cuando el amor que nutre la amistad, que alimenta el hogar, que edifica la fe, entra en crisis, todo nuestro horizonte se puebla de fantasmas.

Si alguien que se dice ser cristiano nos hiere, miramos a la Iglesia como una sombra que persigue nuestra felicidad y viola nuestros más íntimos derechos.

En la familia se borran los contornos amables del otro. Su presencia se convierte en cansancio y el diálogo se cambia por una forma de explicar el hastío.

Frecuentemente las catástrofes y las penas nos empañan los ojos. Entonces consideramos la fe como un refugio para gente cobarde y la esperanza cristiana como un pretexto para alentar a los tímidos.

También el sacerdote y la religiosa padecen crisis. De pronto los perfiles de su propia identidad se diluyen y su vida aparece deshumanizada e inútil. Pero detrás de cada crisis está oculto el Señor. Y desde la oscuridad podemos avanzar hacia una fe mejor cimentada, a un amor más valiente, a una entrega más decidida. La experiencia del eclipse nos hace humanos, realistas, ecuánimes y más capaces de tender la mano a los demás.

Jesús les dijo enseguida a los discípulos: "Ánimo, soy yo, no tengáis miedo". Y en cuanto subió con Pedro a la barca, amainó el viento. Y aquellos hombres asustados se postraron ante Él diciendo: Realmente eres Hijo de Dios.

Recordemos que, como alguna vez dijo monseñor Fulton Sheen (1895-1979), obispo católico norteamericano, famoso pionero de la evangelización por televisión, la crisis tiene un sentido de revelación: Nos muestra lo que somos. Pero también lo que podremos ser.

(Publicado el 9 de agosto de 1981).

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