También existen seres no nacidos para el mundo. Ni para la época ni para la lógica imperante. En inglés les dicen outsiders, los que van por las márgenes de lo establecido. Sufren, pues no conectan con la normalidad. Pero alumbran rincones de la misteriosa y plural realidad, que quizá algún día los reconocerán como descubridores.
Murió la semana pasada en Miami uno de ellos, colombiano, periodista, promotor cultural, nómada, desposeído. Lo encontraron en su cama, pasmado por infarto tajante, solitario como acostumbraba. Tenía 66 años, la mitad de los cuales los pasó en el exterior.
Contra lo que podría pensarse, Gustavo Alfredo ‘Tico’ Noguera, su nombre, no fue un hombre solo. De primera mano derrochaba simpatía, su verbo arrollador no conocía obstáculos, convertía en aliado de sus propósitos al más lejano o indiferente contertulio, poderosos y celebridades cedían a sus argumentos. También las mujeres bellas.
¿Cuáles fueron esos propósitos, sus motores vitales? Aquí está el problema. Fueron quijotadas. Era capaz de mover el mundo para inclinar la mirada de una rubia renuente. Concebía proyectos culturales o de comunicación, sin pensar en el dinero. Convocaba cien planetas para espectáculos pirotécnicos.
Su última locura, la más duradera, consistió en convertir a Miami en capital americana de la música de Beethoven. Creó para ello en 2000 una organización sin ánimo de lucro, cambió nombre de una calle, consagró un parque a la memoria del compositor, puso en fila a cónsules europeos, autoridades del condado, arquitectos diseñadores, orquestas, poetas, mantuvo programa musical de televisión. Todo sin un dólar. A pesar de que algunos de estos sueños quedaron en etapa de diseño, Noguera cobró aura sinfónica. En las calles lo saludaban "¡good-bye, Beethoven…", alimentó melena similar a la del genio de Bonn. Se codeaba con gente del gran mundo, consiguió mecenas para su obra, de noche arrastraba un carrito de ruedas lleno de periódicos sin leer hasta una casa para gente sin casa donde por influencia de un magnate le dieron albergue hasta su muerte cardiaca.
Se ufanaba de pasarla bien, sin dinero, en la ciudad solar del país del dinero. Su excedida imaginación y desorden visceral nunca fueron contenidos por agente o empresario que le hubieran agregado eficiencia y productividad. Vibró, iluminó, alegró, se apagó.
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