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Con azadón pagan las penas en Acacías

  • Los uniformes naranja que llevan los internos son confeccionados por los mismos compañeros. No todos pueden salir al aire libre, a trabajar sin rejas, pero la idea es que todos realicen trabajaos para rebajar penas.
    Los uniformes naranja que llevan los internos son confeccionados por los mismos compañeros. No todos pueden salir al aire libre, a trabajar sin rejas, pero la idea es que todos realicen trabajaos para rebajar penas.
  • Los campamentos están separados entre sí y encerrados entre barrotes, pero los que pueden salir disfrutan de una libertad custodiada.
    Los campamentos están separados entre sí y encerrados entre barrotes, pero los que pueden salir disfrutan de una libertad custodiada.
  • Hay 500 gallinas que surten de huevos a todo el penal. Las manejan las mujeres, ubicadas en el campamento denominado Sardinata.
    Hay 500 gallinas que surten de huevos a todo el penal. Las manejan las mujeres, ubicadas en el campamento denominado Sardinata.
  • La comunidad terapéutica trabaja en la rehabilitación de drogadictos y alcohólicos. Allí todos se hablan frente a frente.
    La comunidad terapéutica trabaja en la rehabilitación de drogadictos y alcohólicos. Allí todos se hablan frente a frente.
  • Hay 68 reclusos en el curso de ganado doble propósito. A diario, las 80 vacas de lecheras, producen más de 250 botellas de leche.
    Hay 68 reclusos en el curso de ganado doble propósito. A diario, las 80 vacas de lecheras, producen más de 250 botellas de leche.
01 de enero de 1900
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  • En meta, 200 de casi 1.200 presos pagan penas en cárcel sin rejas.
  • Son reclusos condenador por delitos ?sin sangre? y de menos de 5 años
  • Congresistas proponen copiar modelo en Córdoba con los "paras".
Por
María Cristina Rivera Ochoa
Enviada especial, Acacías

En la Colonia Agrícola de Acacías, Meta, 200 almas purgan penas con azadón en mano, en la única cárcel sin rejas del país.

Los otros mil reclusos ven a veces el aire libre y desarrollan labores en los campamentos. La política es clara, todos tienen que hacer algo: Pala o tijeras, panadería, ordeño de vacas, arte country, punto de cruz, costura o asear las habitaciones.

Vestidos con uniformes naranja confeccionados por sus compañeros, los reclusos, que también son labriegos, reducen penas y matan el tiempo, que "con el encierro es eterno".

La Colonia Penal de Oriente es un experimento que nació con el decreto 1138 del 9 de julio de 1930, dirigido a campesinos que obtenían un terreno una vez recuperaran la libertad.

Los beneficiarios vendieron sus tierras o dejaron la tierra y de cuenta de esto, hoy hay cerca de 25 invasiones que sobreviven en medio de cultivos de noni o papa, en un terreno de 3.200 hectáreas donde paradójicamente se respira libertad.

Lo de los campesinos fue un proyecto malogrado, y la cárcel pasó a ser un lugar de penitencia para hombres y mujeres que han cometido delitos menores y que tienen que pagar una pena que no sobrepasa los cinco años.

Este modelo de penitenciaría agrícola sin rejas, podría ser copiado en Córdoba para albergar a los miembros de grupos autodefensas que se reinserten. Es el proyecto de algunos congresistas que hoy compite en el Congreso de la República con ocho iniciativas de Verdad, Justicia y Reparación, a la espera de a ver qué pasa y bajo el debate de cuánta cárcel deben pagar los 'paras'.

¿No se vuelan?
En Acacías no es necesario cavar túneles, planear intrigas, detallar en un mapa la estrategia de fuga.

En la cárcel sin barrotes, los reclusos casi no se vuelan. Las historias del que salió corriendo pie de monte llanero arriba, se cuentan con los dedos de la mano.

"Desde que yo llegué no hay ninguna, pero pasó una vez", cuenta el mayor (r) Pedro Nel Mahecha, director de la colonia desde hace seis meses.

No es porque no quieran cambiar la prisión por el "hago lo que quiero", es porque no cualquier interno sale de alguno de los ocho campamentos, a trabajar la tierra.

Les debe faltar 15 meses para terminar la sentencia, por eso sólo 200 cumplen condenas con azadón y bajo el sol, cuando hay calor, pues en esta zona llueve nueve de los 12 meses del año.

Los prisioneros de la colonia son trasladados al sector agrícola una vez la terapeuta ocupacional, la pedadoga reeducadora o la sicóloga, digan que están listos para terminar de pagar una sentencia sin rejas. Que lo más seguro no se vuelan.

Para Elkin Giovany, de 24 años, Acacías es la cárcel donde cumple su tercera condena.
Recita de memoria los nombres de otras penitenciarías y centros de reclusión de menores por los que ha pasado desde los 14 años: La Modelo, La Picota, El Redentor, en Bogotá, "en la 12 con 13"; la de Palmira, Valle; La Poesía, El Ser, La de Cajicá. Los tatuajes se asoman por el uniforme de trabajador, abierto a medio pecho para mitigar el calor de cargar bultos y bultos de concentrado.

Trabajo para descontar condenas
A Meta llegó hace 28 meses a terminar de pagar una condena de 80, después de pasar más de un año en La Picota. Hace 15 días salió a "la luz", a producir concentrado, a los cultivos, al corte de pasto.

"¿Volarme? No, para qué, sólo me queda un año".
Elkin vive en Ciudad Bolívar, sur de Bogotá, tiene dos hijos y una mujer que lo fue a visitar una vez. "Se aburrió y no volvió". Sabe muy bien por qué está allá: "hurto calificado y agravado y porte ilegal de armas", recita como su propio juez. Lo cogieron con las manos en la masa cuando iba a atracar, con un amigo, una joyería en la calle 100 con 15, norte de la Capital.

"He estado mucho preso y ya recapacité. Tengo pensado salir a trabajar, en donde me quieran dar trabajo, cualquier cosa menos robar".

Ese es el problema que enfrenta la reeducación de presos, no sólo en Acacías sino en cualquier parte del país: cumplen penitencia pero no hay perdón social. Un sábado de finales de enero, volvieron a la colonia 60 reclusos que habían cumplido su pena y reincidieron. La mayoría tenían un factor común: no consiguieron qué hacer, aunque supieran tanto de todo después de pasar por la Colonia Penal de Oriente.

Pero está el caso de un interno, El Turco, que exporta unos carritos de madera que aprendió a hacer en el penal.

Tres quintos
Los delitos que pagan la mayoría de los internos en Acacías son inasistencia alimentaria, hurto, lesiones personales y Ley 30 (porte de estupefacientes).

A Neiro lo cogieron con dos libras de marihuana y le impusieron una condena de 42 meses. Los presos pagan las tres quintas partes de la pena, son dos años y medio para salir en libertad condicional.

El primer día, los internos entran al campamento Alcaraván, donde están 24 horas y después son remitidos a uno de los otros siete campamentos: Trapiche, Cola de Pato, Central, Guayuriba, Piloto y Canario, en Acacías todo habla del campo. Las mujeres van directamente al campamento Sardinata, apelativo en honor al río que atraviesa el penal que parece una hacienda.

Como Neiro, muchos de los reclusos fueron sorprendidos como jíbaros. A Yuli la cogieron cuando iba para España con droga entre el cuerpo y le tocó aprender entre rejas el oficio de cuidar codornices. Tiene 21 años y en los 16 meses que lleva en el penal ha trabajado en cultivos, rosería y ahora se dedica a la avicultura. "Lo único que sabía de codornices era cuando me comía los huevos".

Ahora recita de memoria el ritual que cumple día a día, cuando deja su habitación: "esta es la comida- señala un bulto de cuido- la suplementamos con calcio y la melaza se les da en el agua. Todos los días las fumigamos, se les da agüita con decol pa'que no les vayan a caer bacterias".

Las 448 codornices de la Penitenciaría ponen en promedio 255 huevos por la mañana y 80 por la tarde. Son vendidos en almacenes Alcosto y en un restaurante chino del pueblo.

Los huevos de las 500 gallinas, que también cuidan las mujeres, se venden al proveedor de comida del penal, a la guardia, al personal administrativo y lo que queda "pa'l pueblo". La idea es que en Acacías todo sea autosostenible.

Yuli llegó, como las otras 75 reclusas que están en Sardinata, desde la cárcel del Buen Pastor, en Bogotá, y le gusta Acacías porque hay más oportunidad de descuento de penas. Lo que aflige a mujeres y hombres, la mayoría de Bogotá y Cali, es que en la colonia están más lejos y a la familia la ven menos.

"Acá todo es diferente, nos sacan a pasear, a jugar, aunque cárcel es igual donde sea".

¿Para copiar?
Por cada cinco hombres que sale de las rejas a cultivar la tierra, ordeñar las vacas y alimentar los cerdos, hay un guardián.

Cerca de 320 dragoniantes se turnan la tarea de vigilancia en la también única cárcel sin hacinamiento del país. De las 3.200 hectáreas de esa gran finca que parece Acacías, y que hay que recorrer en carro o caballo para pasar de un campamento a otro, 400 están en explotación.

Los internos aprenden de proyecto agrícolas con 360 cerdos, 304 bovinos, de éstos 80 dan leche y 224 son de carne con base cebú. El veterinario Carlos Correa está a la cabeza de este proyecto acompañado de asesores del Sena.

También hay 30.000 peces y está Martín, el espantapájaros que cuida el estanque, cerca del campamento Piloto donde viven la comunidad terapeútica, en rehabilitación de consumo de alcohol y drogas.

Después de vivir la experiencia de una colonia agraria, que algunos dragoniantes reconocen que es más por poner un nombre distinto, que porque todos los presos puedan disminuir sus penas en labores agrícolas, unos internos creen que el proyecto podría funcionar en Córdoba.

"Hay que darles la oportunidad. Sí funciona porque ellos están acostumbrados al trabajo que es el motor de una colonia", dice Claudio, en el patio dos del Cola de Pato.

Otros más pesimistas creen que el impedimento es material, poca agua, y del tipo de delitos: sangre y no sangre. Lo que estaría en juego sería el número de años de condena.
Lo cierto es que la reeducación juega un papel importante en el tratamiento que realizan en la cárcel de Acacías. En la comunidad terapeútica, los internos tienen una rutina. Carlos, el coordinador de la etapa de residencia, se la sabe de memoria.

Levantada a las cinco de la mañana, baño, gimnasia, aseo, desayuno, terapia, talleres, almuerzo, grupos de embellecimiento de la casa y a las 4:00 vuelven a entrar al campamento. Allí se aprendió una frase que recitan los internos del Piloto, abrazados en un círculo para darse apoyo en el encierro.

"Estamos aquí porque no existe refugio alguno donde podamos escondernos de nosotros mismos".

Una comunidad ecológica y activa
Acacías es un modelo agrario ejemplo en el Meta, hace parte de la Política Nacional de Producción y Competitividad y ha estado a la vanguardia de varios proyectos en la región, con apoyo del Sena y universidades locales. Ahora los internos trabajan en un programa denominado Ibofer, con el cual convierten los desechos de los animales en alimento, a partir de la fermentación. También hay proceso de reciclaje y en la panadería producen el pan que alimenta a todos los campamentos: 4.600 en un día. La idea es que se vuelva centro de investigación para las ciudades. Hay otros proyectos que se desarrollan en la actualidad como la inseminación del ganado y el proyecto de embriones. También, los internos pueden estudiar: en noviembre se graduaron 30 personas de educación secundaria y bachillerato rural.

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