A menos de mil días para que Brasil muestre al planeta entero su músculo como potencia global, los que quedan para el arranque del Mundial de fútbol en 2014, a su presidenta se le acumulan los problemas.
Dilma Rousseff ha perdido nada menos que a cinco de los ministros con los que arrancó su mandato en enero de este año. Cuatro de ellos, renunciaron por su implicación en casos de corrupción. De seguir a este ritmo, un "chorizo" cesante cada dos meses, a Rouseeff se le agotará el gabinete con el que comenzó su andadura a mitad de legislatura. Más o menos.
Sería todo un récord, aunque ella está dispuesta a cortar la cabeza a quien sea. La última, la del ya exministro de Turismo, Pedro Novais, quien ha salido escaldado tras verse acosado por las denuncias constantes del diario Folha de São Paulo.
El rotativo acusó a Novais, de 81 años, de contratar a un chofer y a una empleada doméstica para su mujer, María Helena de Melo, con fondos del Congreso durante su etapa como diputado (2003-2010) y de asignar unos 620.000 dólares a una empresa fantasma.
A estos "cargos" se sumaba el nunca esclarecido pago a cuenta del contribuyente de una fiestecita que se dio el buen hombre en un motel de dudosa reputación sito en São Luis, a la que acudieron señoritas de esas que tanto le gustan a Berlusconi.
Lo más sonrojante es que tres de los ministros caídos, Antonio Palocci, Alfredo Nascimento y Wagner Rossi, eran una herencia envenenada del mentor de Rousseff, Lula da Silva, ese mago de la política capaz de hacernos creer que nunca supo nada de todos los enredos en los que se vieron salpicados familiares y amigos a lo largo de sus ocho años en el poder, el alquimista que se vendió como paladín de una "cuarta vía" brasileña para la moribunda izquierda mundial, el ecologista que aprobó proyectos faraónicos en las selvas para seguir alimentando crecimientos chinescos.
A medida que se levanta el polvo bajo la alfombra de dos legislaturas con mayoría aplastante, los años de Lula, elevado a los altares como estadista del nuevo milenio, están desdibujando la aureola de santón con la que concluyó su carrera en Planalto. Alabado por los gurús de las finanzas por hacer suya una de las más célebres frases de Marx (Groucho, no el otro), aquella que rezaba "estos son mis principios, si no le gustan tengo otros", su legado económico había mitigado hasta ahora el hedor a podrido en la gestión de los miles de millones en concesiones de obras y ayudas varias con las que se han forrado unos cuantos.
Quien fuera, en términos generales, un buen presidente para Brasil, no fue capaz de atajar la galopante corrupción que amenaza seriamente la tarea de Rousseff.
De hecho, para muchos periodistas y políticos brasileños existen dudas razonables de que ciertas tramas no contaran con el beneplácito del exmandatario. Cualquiera que conozca la realidad brasileña sabe que los recursos policiales son escasos para un país de esta dimensión, con casi 200 millones de habitantes, que las obras públicas interminables que apenas aguantan la inauguración están sobrefacturadas y que el compadreo entre la política y los negocios es un mal endémico.
El constante flujo de inversiones para el Mundial no sólo abarca los 12 estadios sino obras en aeropuertos, carreteras y transportes públicos.
Unos 100.000 millones de dólares están sobre la mesa para hacer frente a la cita futbolística y a los Juegos Olímpicos de 2016 en Río.
De su control con microscopio depende el éxito del "decenio de Brasil". Y son legión los que afilan los cuchillos para cortar el pastel.
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