Cuando los españoles llegaron a Centroamérica se frotaron las manos. Creían que Costa Rica era oro puro, pero sólo veían verde. Jamás imaginaron esos conquistadores que siglos después, los mismos ticos convertirían en verdadero oro toda esa majestuosa naturaleza que cubre el suelo costarricense.
Estar en Costa Rica es poder sentir el sonido permanente de los pájaros, el ruido melodioso de los ríos y cascadas, y el rojo intenso de sus volcanes que, como el Arenal, lanza flujos piroclásticos todas las noches, en una especie de ceremonia con la naturaleza.
Los Ticos han hecho del turismo una mina de recursos, pues es la primera fuente de divisas. Y no les resulta difícil cautivar a esa masa enorme de estadounidenses, canadienses, españoles y alemanes, que durante todo el año aterrizan en San José y de allí comienzan un periplo de descanso por las siete provincias que componen a Costa Rica. Dos mares, decenas de islas y un paisaje verde que solo se rompe con hilos de cemento en carreteras que conducen al paraíso.
Las 500 mil especies de fauna que tiene Costa Rica, sólo superada por Colombia, encuentran en sus territorios toda la protección y la cultura ambiental de los ticos. Además son parte del patrimonio de la humanidad. Los 51.000 kilómetros cuadrados de su territorio, incluyendo las islas, se hacen gigantes para los cuatro millones de habitantes que tiene el país. Se parece tanto a Colombia que ir de San José hasta Puntarenas, en el Caribe, es como atravesar el Eje Cafetero antes de llegar a Santa Marta o Cartagena. Estar en la Isla Tortuguero es como haber llegado en Islas del Rosario a Barú, con la diferencia de que en vez de encontrar palmeras a uno lo recibe en las playas un bosque gigante con montañas verdes que se asoman sobre las aguas del mar formando una especie de caparazón, como de tortuga.
Tener costas sobre los dos océanos es también tener lluvias durante buena parte del año, pero no aguaceros torrenciales. El cielo se abre como una regadera suave y uniforme para refrescar los calurosos vientos que llegan del Caribe, que se confabulan para vestir de rocío los bosques tropicales.
En uno de ellos, en la zona de La Fortunal, en lo más alto de la montaña, un circuito de cables aéreos lo lleva y lo baja del cielo, a rapel, a velocidades de entre 60 y 90 kilómetros por hora.
Es la aventura extrema que lo pone a uno a hablar con Dios y, de vez en cuando, a mentarle la madre al diablo, porque la adrenalina es al canopy lo que la tranquilidad al spa. En Costa Rica es posible bajarse del cable y meterse de inmediato a las aguas termales que bajan de los volcanes y se vuelven piscinas en medio de la naturaleza.
La gastronomía también es parte del atractivo turístico y también tiene aroma y sazón colombianos. El gallopinto, esa mezcla mágica de arroz con frijoles, hace parte del menú de los costarricenses.
Las artesanías en madera con obras de arte y el influjo de los indígenas marca la historia de los ticos. Esa que ellos convirtieron en oro verde.
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