El Bautismo del Señor
"Llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Y entonces se oyó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado" . San Marcos, cap. 1.
Los peregrinos quieren bajar hasta el río para tocar el agua. También para mojarse todo el cuerpo, mientras el Jordán avanza hacia el Mar Muerto, escoltado por retamas, juncos y palmeras. A ese lugar, donde el Precursor bautizaba, acudió Jesús según cuenta san Marcos.
El relato se enriquece con la fe de las primeras comunidades, que ya confesaban a Cristo como el Hijo de Dios. Por lo cual el evangelista enlaza los signos propios de los judíos para significar la presencia divina: Se abre el cielo, baja el Espíritu en forma de paloma. Se oye una voz: "Este es mi Hijo amado".
Juan habría tomado ese rito bautismal quizás de los monjes esenios, o bien de algunos pueblos vecinos a Israel. Sin embargo lo explicaba como un bautismo de agua únicamente. Detrás de él vendría Alguien que bautizaría en Espíritu. Es decir daría algo mayor, capaz de transformar al creyente desde su corazón.
En todas las culturas el agua ha significado purificación y fecundidad. Con estos sentidos la Iglesia inició la costumbre de bautizar a quienes, ya instruidos en la fe, deseaban iniciar una vida cristiana.
También muchos de nosotros fuimos llevados un día al templo, donde un sacerdote o un diácono repitió esta ceremonia lustral: Nos llamó por el nombre diciéndonos: "Yo te bautizo"?
San Mateo, al final de su evangelio había recogido este mandato del Señor: "Haced discípulos de todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".
Y al reburujar viejos archivos, hallaremos un documento que atestigua el proyecto religioso que aquel día iniciamos, con el aval de nuestros padres y padrinos: Vivir al estilo de Jesús. A la vez se nos matriculó en la escuela de la comunidad creyente, donde enseñan las artes del amor: A Dios y al prójimo.
Desde remotos tiempos, el profeta Isaías imaginó la identidad de un cristiano de hoy como alguien a quien el Señor sostiene en todo momento. El que se siente privilegiado, porque Él lo lleva de la mano. Es su tarea aplicar el bien y la justicia. Abrir los ojos del ciego y redimir a los cautivos.
Sobre ese texto podríamos verificar si verdaderamente el bautismo nos ha transformado.
Un grupo de creyentes rodea la pila bautismal de la parroquia. Allí va a ocurrir un acontecimiento que ofrece tres niveles: La comunidad, presidida por el sacerdote, realiza unos signos, recita unas plegarias. Pero Dios hace además algo invisible: A ese niño, a esa niña que estrenan su vida terrenal, los proyecta a un nivel más excelente, reconociéndolos como sus hijos verdaderos. Enseguida ha de empezar una auténtica educación en la fe. De lo contrario crecen las estadísticas de hombres y mujeres mojados con agua. Pero no de bautizados en el Espíritu.
- Yo no puedo recibir el bautismo, le decía un anciano musulmán al misionero. ¿Será cuando hayan muerto tres de mis cuatro esposas? Pero admiro mucho a tus cristianos. Son honrados, generosos, constantes. Oran también todos los días al Dios del cielo.
Por fortuna el viejo Abdel Salam no se había encontrado con nosotros, cristianos de baja calidad.
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