“Los resultados de los cambios políticos rara vez son aquellos que sus amigos esperan o que sus enemigos temen”. Thomas Henry Huxley.
Aunque se sabe desde hace siglos que la ilusión ha sido al mismo tiempo el motor de muchas de las más grandes empresas humanas y también de algunas de sus peores frustraciones, parece que esta lección sólo se asimila siendo protagonista y no por aprendizaje histórico.
Hace meses un caudaloso río de ilusos inundaba la prensa con profecías de cambio justiciero con la llamada “Primavera Árabe”, que terminó siendo lo más parecido al otoño que derribó las poquitas hojas de democracia que habían logrado brotar en algunos países del Magreb y del Medio Oriente.
Ahora que el régimen de al-Assad parece haber iniciado el camino a su final, vuelven los despistados ilusos a proclamar el triunfo de la justicia y el advenimiento de un mundo mejor. Lastimosamente puede que no sea así.
No estoy defendiendo a este tirano, hijo de tirano y amigo de tiranos, como el venezolano que desde hace dos años es el nuevo mejor amigo del Palacio de Nariño, pero es sensato considerar que la Siria post-Assad no será el Nirvana instalado en el Levante mediterráneo.
Sólo mencionaré algunos potenciales efectos de la caída de Bashar al-Assad. Nadie puede asegurar que luego de su salida, no sabemos cómo ni para dónde, se posará sobre Siria la democracia y la sangre dejará de correr. Ni la CIA que está tan activa como invisiblemente actuando, realmente sabe quiénes son los rebeldes y a quién terminarán ayudando, porque existe la posibilidad que de una tiranía secular se pase a una islamista.
También es posible que el derramamiento de sangre apenas esté comenzando. Los rebeldes sunitas perseguirán a muerte a los alauitas, que no podrán escapar del país como su líder, y tendrán que luchar por sus vidas acorralados entre la costa del país y las montañas que corren paralelas a ella, en donde ellos también buscarán exterminar a las poblaciones sunitas con quienes coexisten. La venganza encontraría en Siria un terreno abonado y con gente armada.
El país sunita sirio, sin salida al mar, tendrá que buscar la forma de romper su aislamiento del mediterráneo y probablemente no será por métodos negociados. Incluso si no encuentra salida al mar rompiendo el territorio alauita de Siria, tendrá que encontrarla por el Líbano, que parece condenado a estar manipulado por los sirios, no importa quién esté en el poder.
Así como una pérdida para Rusia y China en su juego geopolítico contra Estados Unidos, la caída de al-Assad es una de las peores noticias para Irán, que tal vez deba reducir su agresividad. Pero quien quedaría en una situación más peligrosa, y por lo tanto con la alternativa de optar por más violencia, es el satélite operativo de Irán en el Levante, Hezbolá, que va a quedar sin apoyo chiita desde el norte y con la amenaza de un nervioso Israel desde el sur, que aunque parezca extraño tenía en al-Assad su más confiable “malo conocido” enemigo, y ahora no sabrá qué esperar del nuevo régimen “por conocer”.
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