1) El Caribe, siempre el Caribe. Esa tierra donde la vida fluye entre ruidos y donde hablar en susurros parece sospechoso.
Oigo la voz de trueno de una madre regañona que insulta a su hijo –para no perder el tiempo corrigiéndolo-, y lo sigue insultando sin preocuparse por el hecho de que los chismosos la miremos.
¡Ah, ya extrañaba estos gritos fellinescos como banda sonora de la vida… Regáñelo más duro, vecina.
2) En enero de 2011 volví a Arenal.
Esperaba encontrar un duelo absoluto porque había visto en la televisión cómo el Canal del Dique se salía de su cauce y asaltaba las casas de por lo menos tres mil habitantes.
El panorama era terrible: un treinta por ciento del pueblo estaba sumergido en el agua.
Como llegué un mes después de la inundación, la gente ya estaba aburrida de lamentarse. Entonces el pueblo terroso en el que crecí se había transformado en una especie de Venecia de los pobres.
Unos niños usaban su calle anegada como cancha de polo acuático, otros se lanzaban a la creciente desde el techo de una casa de dos pisos.
Me sorprendió descubrir a un hombre llamado Santilla Muñiz recorriendo la riada en un bote, al ritmo de un vallenato de los Hermanos Zuleta. El tipo iba cantando como si le hubieran dicho que apenas le quedaban dos horas de vida. Lo dicho: en el Caribe, tarde o temprano, todo drama se vuelve un asunto bailable.
3) Caminaba dentro de un centro comercial en Barranquilla.
Justo cuando pasaba frente a un almacén de ropa femenina, vi a una morenaza midiéndose un jean. Estaba de espaldas frente a un gran espejo, mirándose las nalgas.
Por un momento tuve la impresión de que sus ojos eran los míos. Es decir, ella estaba mirando lo mismo que yo miraría. Lo estaba mirando por mí. Le agradecí en silencio la cortesía de anticipar, con su propia mirada, el gozo de todos los mirones del mundo. Pero me dije: "no, no mires por mí: déjame mirar a mí mismo pues este es un asunto personal", y miré, no precisamente con disimulo. Cuando se sintió descubierta, sonrió. Cuando me sentí descubierto, sonreí.
4) Uno llega a las fritangas y come lo que quiere: una arepa de huevo, dos caribañolas, un buñuelo de fríjol cabecita negra, lo que sea. El tipo bitogudo de más allá hace lo mismo y la señora de al lado, también. Todos los que estamos ahí -somos muchos- comemos a gusto sin necesidad de que la dueña del negocio vaya tomando nota en una libretica.
Cuando llega el momento de pagar, la fritanguera empieza a preguntarle a cada cliente qué comió, y todos vamos recitando en voz alta lo que nos comimos. Nadie hace trampa. Si a alguien se le ocurriera hacerla, lo dejaríamos en evidencia.
Una región que exhibe generación tras generación este bellísimo gesto de confianza es una región que uno lleva en el alma.
El Caribe, siempre el Caribe.
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