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Cuidado: así viaja una obra de arte

Llevar una escultura de Fernando Botero o una obra de Débora Arango, de un lugar a otro, tiene su trabajo. Cuidado de detalles.

  • Cuidado: así viaja una obra de arte | La obra de Débora Arango viajará a Bogotá. Irá en compañía del curador Óscar Roldán. Y va con todos los protocolos. FOTO ARCHIVO
    Cuidado: así viaja una obra de arte | La obra de Débora Arango viajará a Bogotá. Irá en compañía del curador Óscar Roldán. Y va con todos los protocolos. FOTO ARCHIVO
08 de abril de 2012
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Ya colgadas parecen olvidarse de todos los viajes. De los momentos oscuros, del allí y el allá. De que antes estuvieron en otra pared, con otra gente. Con otras miradas. De otros hombres que las tocaron, incluso.

Porque para que el Viacrucis de Botero o el trabajo de la francesa Sophie Calle, por ejemplo, llegaran al Museo de Antioquia y al de Arte Moderno, respectivamente, tuvieron que pasar por largos viajes.

Y todo ello no es como empacar con cartón y montar en un avión o en un barco. Cada detalle es importante, porque ahí va nada menos y nada más, que una obra que cuesta dinero, que debe llegar intacta, que hay que cuidar casi con el alma. El Gato de Botero, que llegó desde Italia a la biblioteca de San Cristóbal, solo está avaluado (ironía) en un millón trescientos mil dólares.

"Primero hay que tener en cuenta de qué se trata lo que se va a trasladar. Es muy distinto hablar de una acuarela, un óleo, una escultura, un dibujo. Todas tienen unos protocolos implícitos", explica Óscar Roldán , curador del Museo de Arte Moderno.

Y aunque cada institución tiene su estilo, hay operaciones que son estándar. Por ejemplo, si la obra viene de otro país debe ser nacionalizada, hay que estar pendiente del transporte, que no se les vaya a caer un cuadro y que vengan bien enguacaladas, es decir, bien empacadas.

"Todos los empaques de deben ser diseñados a medida para las obras -añade Roldán-. Por lo general deben tener guacales en madera, que se hacen en pino blanco y que tienen certificación del ICA". Maderas ya curadas, que hacen encajar a la viajera de manera perfecta.

"La obra está envuelta y está con icopor, para que no tenga movimiento. El guacal debe estar muy bien hecho, de tal manera que ella no se desliza. Además está recubierta, para que los lienzos no vayan a sufrir ni a rayar", señala Ju an Guillermo Bustamante , director de operaciones del Museo de Antioquia.

Para abrir el guacal, por lo general se hace en compañía de un registrador o conservador, que es asumido por quien hace el préstamo. También, casi siempre, está presente el curador.

Lo que hacen es revisar que todo esté perfecto en el cuadro o en la escultura. Incluso hay tapabocas y guantes y muchas fotos, para dar registro de qué es lo que llegó y comparar, cuando se vaya a ir, que es lo que se va.

Entonces hacen un Estado de conservación. Léase unas fichas donde se anotan todos los detalles pertinentes. Si hay un rayón, si hay un golpe. Cualquier miniatura es digna de escribir.

"Es un recorrido minucioso", expresa Bustamante. Recorrido que no termina cuando se cuelgan las pinturas, si hablamos de ellas. Porque durante la exposición, el personal del, llámese museo, revisa todos los días cómo está por la mañana y cómo por la tarde. Si alguien la tocó y la rayó, o si hay una novedad en su lienzo.

Los guacales se guardan, para después, en un proceso casi de lo mismo, pero en retroceso (revisar, empacar muy bien), se puedan devolver a su dueño. Ojalá en perfecto estado, para ser coherentes con el cuidado extremo.

De muchos detalles
Las obras de arte se cuidan de varias cosas. De los ladrones, como agente externo. Por eso siempre viajan con seguros. Del medio ambiente. "Que no haya polución -dice Roldán-. Eso tiene unas medidas. La carga de CO2 en el ambiente es nocivo para el arte. Siempre deben estar entre 18 y 22 grados centígrados y a una humedad relativa".

Y hay hechos a tener en cuenta, tan simples como que no chucen lo guacales, para que no vayan a romper la pintura, o que la toquen, porque la puede rayar. De hecho, uno de los daños más frecuentes es en la sala. Que alguien pasa y raya con un papel. Por eso las líneas de no siga y las tantas advertencias para que no pongan la mano. Todo cuenta.

"Si ves en la historia, muchas obras hay que restaurarlas, en el transcurso de su vida. Lo ideal es que no haya que hacerlo y, por supuesto, depende del daño", cuenta el director de operaciones.

Porque aunque parezca que es cuestión de poner unos clavos y colgar el cuadro ahí en la pared, y aunque todo este resumen no parezca tan complejo, que una obra viaje de un kilómetro a otro tiene su cuento. Uno de muchas miradas y muchas manos, que quieren que ese Cristo verde de Botero, siga siendo verde, pese a los viajes y, después, los años.

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