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HISTÓRICO
DISPAROS EN EL CAPITOLIO
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    DISPAROS EN EL CAPITOLIO |
Por SANTIAGO SILVA JARAMILLO | Publicado el 05 de junio de 2013

"Violento duelo a bala hubo en el recinto de la Cámara", tituló el periódico El Tiempo del 28 de agosto de 1942 su nota principal en portada.

El representante por Bolívar, Efraín Delvalle, había convocado a sesión para denunciar las supuestas irregularidades en la contratación de la Secretaría General de la corporación, presuntamente utilizadas para pagar servicios electorales. Desde su casa, su suplente Carlos Arturo Pareja lo escuchaba por la radio; pero sintiéndose aludido por las acusaciones de Delvalle, Pareja se presentó en la Cámara poco después de concluido el debate.

Según los testigos, los dos hombres intercambiaron algunas palabras y de improviso, Pareja le propinó un fuerte puñetazo a Delvalle en el rostro, el representante cayó sobre una de las sillas del recinto con la nariz rota, se levantó rápidamente y extrajo su revolver. Pareja no le dio espera y sacó de su bolsillo trasero una pistola. Ambos congresistas se emparapetaron detrás de las curules, cual trincheras.

Ya el pánico recorría el hemiciclo de la Cámara de Representantes y la mayoría de sus miembros huían del lugar, pero unos quince representantes quedaron atrapados en el inesperado campo de batalla. Entonces se oyeron disparos; en la confusión fue difícil determinar quién había sido el primero en abrir fuego, aunque el consenso posterior culpaba a Delvalle.

Así, entre las astillas de los pupitres que volaban por los aires, una bala hirió al representante por Cundinamarca Manuel Castro en el brazo. Pronto, el arma de Delvalle se encasquilló y el representante se levantó señalando a su contendor el problema. Pareja se contuvo también, dando por terminado el poco honroso duelo.

La policía desarmó entonces a los representantes. La confusión se apoderó del recinto, mientras los demás legisladores regresaban a la Cámara y en las gradas se discutía si a Delvalle y Pareja los cobijaba la inmunidad parlamentaria. La comisión de justicia que debía decidir sobre ellos no funcionaba ese año por la inasistencia de sus miembros, por lo que se constituyó una a toda carrera con algunos de los representantes presentes.

Castro, todavía quejándose por la herida y terriblemente pálido, había decidido a esa altura no presentar una denuncia contra los duelistas.

Al final del día, los encargados del aseo del Congreso recogieron casquillos, arreglaron pupitres agujereados y dejaron todo a punto para volver a recibir a los honorables congresistas en el recinto de la democracia colombiana.