Ecuador cada día que pasa nos acostumbra más a sus reclamos y negaciones de las relaciones que en ese país sostienen las Farc.
Sólo hasta ahora se destapan los vínculos existentes entre algunas autoridades del país vecino con el frente 48 de esta guerrilla (que actúa en Putumayo y la provincia ecuatoriana de Sucumbíos), y el gobierno de Rafael Correa sostiene que hacia el norte, la frontera es con las Farc.
Tal vez es cierto que la presencia del Estado colombiano es precaria en estas tierras, pero podríamos cuestionar la presencia del Estado ecuatoriano en sus propios territorios fronterizos.
Mientras desde Carondelet gritan que el conflicto no es ecuatoriano y que por ende no deben soportar los abusos colombianos, las Farc se pasean por suelos vecinos.
Y no sólo las Farc; cualquier persona que quiera cruzar el puente internacional de San Miguel puede hacerlo sin necesidad de mostrar el pasado judicial, tan requerido por los ecuatorianos, o la apostilla que también comenzaron a exigir desde hace un mes, sin pasaporte, sin cédula, sin el registro de vacuna contra la fiebre amarilla, sin decir si se es de las Farc, de los "paras", amigo de "Macaco", periodista o fotógrafo de un periódico de Medellín.
Y si un día la policía se despierta con ganas de pedir papeles, tampoco hace falta tener los documentos en regla. Lo único necesario es plata para un pequeño soborno que al otro lado del río siempre están dispuestos a aceptar y la "diligencia" cuesta generalmente 20.000 pesos.
En Ecuador nadie pregunta quién es ni para dónde va, simplemente pase y, si es colombiano, engrose cualquiera de los grupos de compatriotas: desplazados, refugiados, comerciantes, narcotraficantes, guerrilleros, ladrones, periodistas o, es el mejor de los casos, trabajadores.
Desde el puente internacional hasta Lago Agrio prácticamente no existen controles migratorios, como si Colombia se extendiera hasta esa ciudad. Durante media hora de camino, la presencia de la autoridad es casi nula: un puesto aduanero donde solo registran las placas vehiculares a un kilómetro del puente y otra caseta con un madero atravesado sobre la vía para obligar a bajar la velocidad.
En ningún momento durante el recorrido nos pidieron identificarnos y por eso mi compañero y yo entramos y salimos de Ecuador sin ser registrados por las autoridades de ese país.
Del lado colombiano, los retenes de la Policía están distribuidos entre San Miguel, La Dorada, La Hormiga y Orito, y en la frontera los puestos de la Fuerza Pública y el DAS controlan la salida y entrada de 600 personas que transitan cada día por el puente. Incluso el Instituto Colombiano Agropecuario vigila la entrada y salida de animales o insumos agropecuarios.
Entrar a Ecuador por el puente internacional del río San Miguel fue tan fácil para nosotros como viajar en metro desde Envigado a San Javier. Lo único que eso demuestra es que la realidad de la que habla el presidente Correa es muy distinta a la que advertimos en este viaje. Tal vez él nunca ha entrado a Colombia cruzando el río San Miguel.
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