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El bus-teatro callejero

20 de marzo de 2009
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No entran en los buses, sino que se cuelan, enredados entre las prisas y los apretujones de los pasajeros. Cada ingreso al diminuto escenario en que se convierte el pasadizo interior el bus, trae su sorpresa. Al fin y al cabo es un show, con el artista bamboleándose por las sacudidas del vehículo y los espectadores mirando por la ventanilla hacia ninguna parte, buscando un pretexto para adormecer el remordimiento.

No son, por regla general, nuevos actores. Son los mismos que desde hace meses, desde hace años, vienen repitiendo dolidamente la misma cantilena, proclamando la misma urgente necesidad. Llevan esos meses, esos años, soportando una angustia de vida (o de muerte) que, aunque no da espera hasta mañana, como es el hambre, el dolor y la soledad, parece que se eternizara allí, en sus ojos turbios, en sus rostros fruncidos no se sabe si de tristeza, o de jartera, o de cansancio.

Unos entran con desfachatez, como Pedro por su casa, con la confianza que da estar copiando el mismo gesto, mascullando un parlamento aprendido que ya ni siquiera necesita ser inteligible. Otros aún conservan un dejo de avergonzada timidez, ensayando sonrojos o fingiendo dignidades aplastadas. Aquel, con cara de bardo bohemio, se cree y proclama dueño del mundo cantando tangos mugrientos en una guitarra mugrienta. Su voz no es dulce ni sonora, sino que más bien parece que arrastrara cuchillos afilados por su garganta. Este, con la renegrida piel de momia del famélico, desnuda su hambre con una historia que todos los pasajeros del bus conocen, que ya es familiar, pero sigue ahí, acusadora, con la terca eternidad detenida de la miseria.

O es esa niña envejecida que trepa sus harapos y sus carnes enjutas por encima de la registradora, como un mico en su jaula del zoológico. A ella no le dieron limosna, pero le llenaron el alma de burlas y carcajadas ofensivas. O es este muchachito mocoso, con su cara embadurnada de ausentes ternuras, que se mete por debajo de los barrotes de la inapelable registradora, como añorando desconocidos juegos infantiles, y emite a media lengua unos sonidos extrañamente sordos en los labios de un niño, como queriendo decir una historia que no entiende, mientras va repartiendo unas estampitas desteñidas que a nadie conmueven: niñosjesuses regordetes y sonrosados que brotan, como súplicas no atendidas, de las manos mugrientas y flacas del niño de la calle.

Teatro ambulante de la miseria, los buses urbanos cada vez se ven más visitados por los mendigos, por los abandonados, por los repudiados. Claro que también hay avivatos, que han hecho de la mano tendida un negocio y como buenos explotados han aprendido a explotar a sus explotadores.

Pero aunque no fueran realidad las historias; aunque los rostros renegridos por el hambre fueran máscaras, y trajes de actor las tristezas y las soledades, la escena de los miserables, todos los días en los buses, tiene que preocupar a la sociedad, a las autoridades. No puede convertirse la compasión en una solidaridad pasajera, en una breve escena, bien o mal actuada, que se paga de buena o de mala gana con una moneda en este bus-teatro que se arrastra por las vías y la cotidianidad de nuestra ciudad.

Y no se trata, como muchos piden, de destruir de un manotazo el guiñol de la miseria. Se trata de cambiar la tramoya de privación y pobreza en que se ven obligados a actuar esos seres humanos que por necesidad se suben a los buses a pedir una inútil limosna. La justicia social no es una limosna.

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