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El caso de la Universidad San Buenaventura

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10 de octubre de 2011
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De nuevo un episodio en la Universidad San Buenaventura nos reitera la importancia de que las instituciones permanezcan fieles al origen con el cual han sido fundadas.

Ocurrió el pasado 23 de septiembre cuando el coordinador del programa Cátedra Abierta ordenara la cancelación de un evento dedicado a promover la población LGTB, luego de que el director y varios oyentes de un programa de Santa María de la Paz radio, le enviaran una carta cuestionando el contenido del evento, incompatible con la misión de la Universidad.

Más adelante, el rector ordenó la cancelación de todos los eventos similares que se realizarían durante este año. Posteriormente presentó su renuncia el profesor que había organizado esta serie de conferencias quejándose por el “violento boicot” que había presentado el grupo de oyentes de este programa.

Hace dos meses escribí sobre la identidad de la Universidad Pontificia Bolivariana cuando se vio en una situación similar.

Recordemos que la Universidad nació en el seno de la Iglesia. Las primeras instituciones de este tipo (Universidad de Bolonia, París, Salamanca y Oxford), tenían el fin de llegar a la verdad desde diferentes áreas del saber. Verdad que ahora muchos quieren anular en nombre de una falsa concepción de tolerancia

Juan Pablo II lo recordó en 1990 en su constitución Ex Corde Ecclesiae, sobre las universidades católicas (sería bueno que quienes enseñan en ellas la lean, sólo por respeto a la institución en la que trabajan), donde se promueve que en estas aulas se realice un sincero y abierto diálogo entre la fe y la razón y en la que la búsqueda de la verdad “no esté subordinada ni condicionada por intereses particulares de ningún género”.

También es cierto que estas universidades deben esforzarse por la excelencia académica y la formación integral. Un lector me escribió, el día de la publicación de mi columna sobre la UPB quejándose porque en esta institución “no se le da apoyo al deporte universitario, se cobra por todo, se invierte poco en innovación y la calidad de sus programas cada vez es menor”. Se quejaba además del pénsum obsoleto y de la pobre formación de sus profesores. Como egresada de la UPB considero válida su crítica.

En ese sentido, las universidades tienen que revisarse constantemente, tal como lo indica la Ex Corde Ecclesiae: “Los dirigentes y el personal administrativo en una universidad católica deben promover el desarrollo constante de la universidad y de su comunidad mediante una esmerada gestión de servicio”. E indica que para la identidad y vida de la universidad son indispensables “la dedicación y el testimonio del personal académico”.

Casos como este, y como la crisis de identidad que está viviendo ahora la Pontificia Universidad Católica del Perú, cuyas directivas han dado muestras claras de intolerancia e irrespeto frente a las enseñanzas de la Iglesia, nos deben hacer pensar que las universidades católicas no pueden perder su norte. En muchos casos por una concepción errada de la libertad de cátedra, sus docentes y directivas abren las puertas a cualquier ideología basada en teorías débiles que atentan contra la esencia del ser humano y van dejando que se desmoronen los puntos clave que deberían marcar la diferencia en este tipo de instituciones.

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