Durante los últimos 120 años hemos vivido inmersos en el bullicio de la guerra, y debates en torno a cómo pelearla. Los intensos y urgentes encontrones de los años 90 por la “intervención humanitaria” dieron paso a batallas por “cambio de régimen” y “promoción de democracia” después del 11 de septiembre, y luego a discusiones sobre “estrategias de contrainsurgencia”, una nueva batalla por los corazones y las mentes, a medida que el presidente Obama le subía el tono a la guerra en Afganistán.
El debate en torno a la política extranjera a veces ha parecido una pelea de gallos ideológica. Y ahora, aunque no nos hemos dado cuenta, esa era ha llegado a su fin.
Para comprobarlo, no es sino mirar el documento de “guianza estratégica” del Pentágono, realizado el mes pasado después de que Obama anunciara que iba a recortar $485 billones del presupuesto de defensa a lo largo de la próxima década. Repite muchos de los objetivos principales de la reciente estrategia de seguridad de los Estados Unidos: derrotar a al-Qaeda, disuadir a los agresores tradicionales, contrarrestar la amenaza de armas no-convencionales.
Pero también dice: “En las secuelas de las guerras en Irak y Afganistán, los Estados Unidos harán énfasis en medios no-militares y cooperación militar-a-militar para manejar la inestabilidad y reducir la demanda por compromisos significativos de fuerza estadounidenses para operaciones de estabilidad”. A continuación dice que “las fuerzas estadounidenses ya no estarán diseñadas para llevar a cabo operaciones de estabilidad prolongadas en gran escala.
Con este párrafo los planeadores militares señalaron el abrupto final a la era de intervención pos-11 de septiembre. Apenas hace algunos años las guerras en Irak y Afganistán, guerras de ocupación, construcción de nación y contrainsurgencia, parecían ser la cara del conflicto moderno. Ahora no lo son. Los americanos ya ni creen en ellas ni tienen los recursos para pagarlas.
La guianza estratégica también tocó sobre otro punto nuevo: mientras que las fuerzas estadounidenses seguirán manteniendo una presencia significativa en el Medio Oriente , escribieron los planeadores, “por necesidad nos iremos inclinando hacia la región de Asia y el Pacífico”. Esto es código burocrático para “nos defenderemos de China,” cosa que, según ha concluido la administración Obama, ha superado a al-Qaeda como la futura amenaza principal a la seguridad de los Estados Unidos.
Decir esto no es simplemente afirmar que una región ha tomado precedencia por encima de otra pero que la amenaza tradicional del Estado expansionista ha remplazado la amenaza del actor sin patria que emergió después del 11 de septiembre. Por supuesto, problemas globales como cambio climático, epidemias, proliferación nuclear y terrorismo no desaparecerán. Pero en materia de guerra y paz parecemos estarnos devolviendo hacia un mundo más familiar en el que las grandes potencias manipulan para aventajarse.
Dejamos ese mundo atrás, o eso pensamos, con el fin de la Guerra Fría, que privó a América de su enemigo tradicional y por lo tanto planteó la pregunta de cuándo y cómo utilizaríamos el recurso de la fuerza.
La respuesta llegó a mediados de la década del 60, cuando la administración Clinton se sintió obligada a responder al caos político de Haití y la violencia masiva en los Balcanes. Fuerza podía utilizarse en la persecución de justicia. Durante la campaña electoral del 200, George W. Bush prometió ponerles fin a estas campañas moralistas y enfocarse hacia las relaciones entre grandes poderes.
Pero el 11 de septiembre reversó aquellos planes. Aunque es cierto que la estrategia de seguridad nacional de 2002 de la administración Bush afirmó que “América ahora está menos amenazada por Estados victoriosos que Estados fracasados. Bush, mucho más que Clinton, disculpó el uso de fuerza con un principio trascendental, insistiendo que América “debe defender libertad y justicia porque estos principios son correctos y verdaderos para la gente en todo el mundo”.
Aquellas fueron palabras de lucha y no sólo en el exterior. El debate alrededor de la guerra en Irak revivió muchos de los viejos debates de la era de Clinton. Internacionalistas liberales como el primer ministro británico Tony Blair se unieron a los neoconservadores americanos como William Kristol y Robert Kagan en su argumento a favor del uso de fuerza para traer cambios políticos transformadores, mientras “realistas” a la izquierda y derecha advertían del peligro de aventuras imprudentes.
La era en la que hemos entrado será menos cargada ideológicamente. Las preguntas que surgen a partir de las crecientes ambiciones de la China son categóricamente distintas a aquellas provocadas por el 11 de septiembre. China es una potencia emergente, y una vez encuentran su equilibrio, los poderes emergente normalmente buscan expandirse a costa de sus vecinos.
El mundo está acostumbrado a tener que manejar este tipo de problema, que requiere convencer al poder presuntuoso de que sus intereses están en cooperación y no en confrontación. Y hay buena cantidad de consenso en círculos políticos acerca de cómo manejarlo. Los conservadores han sido una alarma para las ambiciones militares de China por varios años y la administración Obama ha comenzado a inclinarse hacia Asia.
Durante una visita a la región, Obama anunció que América estacionaria a 2.500 oficiales de la Marina en Australia, aunque redujera sus compromisos militares en otros lugares.
Sea cual sea la política que la administración de Obama o su sucesora adopte hacia China, la región asiática del este, a diferencia del Medio Oriente , está llena de Estados estables y en gran parte democráticos. Los Estados Unidos no tienen que defender libertad y justicia allá. El cambio de régimen, la promoción de la democracia y la construcción de naciones ni serán asuntos. La guerra, por lo tanto, tampoco lo será.
América no tiene pensado entrar en guerra con China ni con nadie más en Asia. La lucha por balancear la ambición China se le dejará principalmente al Ejército y la Fuerza Aérea y nuestros aliados en la región, y no será una lucha metafísica: la muy complicada relación con la China es menos un choque de visiones del mundo que de intereses.
Finalmente, está el hecho fundamental de que América ya no dispone de los recursos para sus propias ambiciones. El fracaso del esfuerzo bipartidista del año pasado para solucionar la crisis deficitaria llevó a recortes automáticos que supuestamente duplicarán el medio trillón de dólares, que ya se espera cortarle al presupuesto del Pentágono.
En su libro “La Superpotencia Frugal” (2010), Michael Mandelbaum alega que la contracción de la economía estadounidense significa que “el hecho definitivo de la política extranjera en la segunda década del siglo XXI y más allá será “menos”. Mendelbaum, un realista líder, sugirió que la víctima principal de la nueva austeridad será “intervención”.
Puede que sea cierto, aunque la campaña aérea de la OTAN en Libia demuestra que la intervención humanitaria ni está difunta ni destinada a fracasar. Dichas incursiones, sin embargo, serán escasas, como implica el actual estancamiento en Siria. Los próximos años bien podrán ser un periodo de por lo menos relativa austeridad, modestia y realismo. ¿Debemos sentirnos aliviados?
Resulta fácil decir que los Estados Unidos no deben pelear guerras de ocupación en el Medio Oriente , ni deben promover la democracia por medio de un cambio de régimen, ni embarcarse en campañas de contrainsurgencia en gran escala. ¿Pero en un mundo de
Estados débiles y fracasados, también debemos abandonar las ambiciones de ayudar a construir instituciones estables y democráticas en el extranjero? ¿Será que la ayuda extranjera va a acabar entre el cerro de basura de los sueños fracasados?
América ha sido y seguirá siendo una fuerza de bien en el mundo. Aquellos quienes hemos apoyado una política extranjera idealista hemos sido castigados fuertemente por el fracaso de tantas esperanzas y nos hemos visto obligados a reconocer cuánto daño pueden hacer los Estados Unidos aun con las mejores intenciones y cuan difícil es conseguir buenos resultados en otros países. Tenemos que aceptar, entonces, aunque con intranquilidad, el futuro que parece estar delante nuestro: No haremos tanto bien en el mundo, pero tampoco haremos tanto daño.
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