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El misterio del sufrimiento

14 de abril de 2009
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El fin de semana me propuse descansar de mis galeras, del trabajo de forzado frente a esta máquina compuesta por una torre de latón, la pantalla luminosa como luna de cuento malo, una impresora, un teclado sensible a las barrabasadas, y los parlantes que hacen sonar la alarma cuando se me descarría la sintaxis, siempre a la caza de la ballena azul de la inspiración, de la frase lapidaria que justifique la sentada, del escurridizo rasgo de genio, y me di a la piadosa tarea de ver por televisión la liturgia de Semana Santa. Confieso que me impactaron menos el vía crucis del Papa en el Coliseo romano, y los coros de púberes en las catedrales del gran mundo, de prestigios centenarios, que las procesiones de nuestros pueblos con sus santos tallados por humildes imagineros. La Semana Santa de Medellín me trajo recuerdos de infancia. Me acordé de los pavores de la niñez cuando asistía a la belleza trágica del Oficio de Tinieblas. Y volví a sentir el sabor de la conciencia que me torturó tanto, en esas horas espantosas que corren entre la crucifixión y el domingo de pascua, cuando la Creación queda en desamparo y el universo entero a la deriva, mientras el Señor realiza el paso del estadio larvario del cadáver de un hombre a la transfiguración en un Dios. Los monaguillos guardan las campanas y suenen las matracas en la bronca por extraer una chispa de la maldita muerte.

Abandoné la iglesia en la juventud arisca. Pero jamás dejé de apreciar la belleza del ritual del catolicismo. Y sobre todo nunca pude escurrir el bulto a las reflexiones propuestas por la religión en que me criaron, sobre el qué somos, por qué estamos aquí, y para qué, si somos simples parásitos de la biosfera o cumplimos un noble papel en el drama del espíritu. Nunca se disolvieron en mi interior sus preguntas acerca del ser del mundo, la Realidad, la libertad negativa, el escándalo de la redención y la hipótesis de un alma inmortal.

Mientras miraba las procesiones en Roma, Popayán, Bogotá, y Medellín, vi detrás de las apariencias el mismo empeño por resolver el misterio del sufrimiento y la esperanza en todas partes. Por qué sufren los niños. Por qué existen la enfermedad, los pobres, la muerte. Y admiré el genio del cristianismo al intentar una solución para el enigma por el pecado original. Y me percaté sobre todo de que tanto valen para poner a hervir esos interrogantes que no pude absolver por el cinismo de la indiferencia ni las filosofías que reemplazaron las certezas candorosas de la infancia, las imágenes de nuestros talladores, sus palos de monte convertidos en tristeza pura, con rubores pintados, como las obras sublimes de Miguel Ángel. Todos, genios, artesanos rasos, teólogos y poetas ramplones como uno, formamos parte del mismo inquirir sobre el dolor y la esperanza, en el Vaticano y en la iglesia de guadua del pueblo andino.

Terminando esta nota supe de la muerte del poeta envigadeño Mario Rivero. La tristeza fue la vocación de este nadaísta renuente. Que desempeñó montones de oficios tristes como artista de circo, crítico de arte, boxeador, y tanguista sin éxito, y fue autor de baladas melancólicas y salmos con el tono aterrado del Oficio de Tinieblas que me llenó de pavor a los diez años. Adiós, al compañero.

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